domingo, 26 de abril de 2020

POR LA CALZADA DE EMAÚS



    Jesucristo resucitado no nos saca de la historia, sino que nos inserta más a fondo en la vida de la Iglesia. Vamos a acercarnos a la aparición que nos refiere san Lucas en el capítulo 24. Es el evangelio de este domingo 3º de Pascua. Se trata del pasaje de los discípulos de Emaús. Tiene lugar la tarde del primer día de la semana, la tarde del domingo de resurrección. Vamos a asistir a la transformación de la situación, como la que sucedió con la Magdalena.

    «Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba setenta estadios de Jerusalén» (Lc 24,13). Son varios los lugares que se disputan este lugar. Seguramente sería uno que está a unos doce kilómetros de Jerusalén, que hoy se llama Kubeibeh, al Noroeste.
   «Dos de ellos» (Lc 24,13). Parece una introducción sin importancia y, sin embargo, en esos dos están representados los discípulos de todos los tiempos. Ahora no se trata de rostros individualizados con un nombre. Eso había tenido lugar en la llamada de Cristo. Ahora propiamente estos son discípulos que lo han dejado todo, y son dos de ese grupo, van con otros en la vida de la Iglesia, y caminan. Podía parecer una actitud dinámica, pero en realidad es una fuga.
     San Lucas es el evangelista del camino, de la subida de Jesús hacia Jerusalén, hacia su hora y después desde Jerusalén comenzará el camino de la Iglesia. Ahora, estos hombres se alejan de un lugar que les habla de dolor, de derrota, de fracaso. Parece como que esta fuga es un camino inverso al camino de la salvación que va a partir de Jerusalén.
  «Y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado» (Lc 24,14). Conversaban: es un diálogo sobre los acontecimientos que les han dejado perplejos. Intercambian sus opiniones, sus preguntas, discuten, esto es peor.
  «Sucedió que mientras ellos conversaban y discutían» (Lc 24,15). La discusión no lleva normalmente a ninguna parte. El mismo «Jesús se acercó y siguió con ellos». Mientras discuten, un caminante se pone al ritmo de ellos. Podía haber utilizado otro paso que les habría hecho incómodo el camino y, sin embargo, se somete al ritmo de ellos.
    «Pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran» (Lc 24,16). A veces no somos conscientes de esa presencia ordinaria, cotidiana, de Jesucristo, porque nuestros ojos están «retenidos», como expresa el texto original. Somos como incapaces de reconocerle, de abrirnos. Es como un poder que viene de fuera y que impide reconocer al que se pone a su lado. No ven.
    «Él les dijo: “¿De qué discutís entre vosotros, mientras vais andando?” Y ellos se paran con aire entristecido» (Lc 24,17). El viandante lee los corazones de estos hombres, sabe lo que piensan. Podría reprocharles, podría preguntar por qué huyen, pedirles cuentas. Parece que entra en la conversación un tanto en broma.  Podría haberse aparecido directamente y decirles: «Aquí estoy». Pero Jesús, silencioso, discreto, no busca un golpe de escena. «¿De qué habláis?» Se interesa por sus problemas. No presenta directamente soluciones a la situación, soluciones fáciles, sino que abre con una pregunta: abre camino para que podamos entrar en él. Parece que la pregunta los ofende, porque se paran tristes. «Contadme». Y ellos, que huyen, se permiten esa palabra un poco como de acusación.
     A mí me encantaría, en este evangelio, tener la capacidad no solo estética, exterior, sino profunda que tuvo Franco Zefirelli, ese director de cine que conocemos por la película Jesús de Nazaret y por las transmisiones televisivas que, a veces, hacía desde el Vaticano: algo verdaderamente prodigioso. Capacidad para entrar un poco en el corazón de estos hombres. San Lucas tiene aquí en cuenta la vida de la Iglesia: está viendo la vida de la Iglesia representada en estos dos apóstoles. Va a plantear los cimientos sobre los que se tiene que basar todo el camino de la Iglesia.
     En esta primera parte, ellos. Me parece ver dos caracteres, por así decirlo, dos personalidades. Uno es de un carácter más optimista y otro un poco más pesimista. Uno se llamaba Cleofás, pero después el evangelista dice: «ellos le dijeron». Aquí aparece todo texto seguido, en que aparecen como verdaderos patronos de la información, periodistas de la época, mientras no hablen subjetivamente y proyecten sus intenciones o sus esperanzas: entonces solo dirán tonterías.
     «Ellos le dijeron: “Lo de Jesús el Nazareno”» (Lc 24,19). Es importante notar que aparece un verdadero afecto por Jesucristo: son discípulos, hemos dicho. Lo que pasa es que sufren el fracaso, el fracaso de Cristo. El pecado de ellos es el pecado de los justos, quererle decir al Señor cómo tenía o cómo tiene que hacer las cosas. El desencanto, el síndrome de Emaús que encontramos aquí es el de un amor como traicionado. De nuevo, el Señor va a enderezar ese amor. «Lo de Jesús el Nazareno que fue un profeta poderoso, en obras y palabras, delante de Dios y de todo el pueblo» (Lc 24,19). Esto es objetivo, hay una gran admiración ante la figura de Cristo.
    Aquí entraría el menos optimista: «Cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron» (Lc 24,20). También es objetivo. «Nosotros esperábamos que fuera el que iba a librar a Israel» (Lc 24,21). «Nosotros esperábamos»: aquí es donde empieza ya la subjetividad, aquí no dicen más que bobadas, sus desilusiones. «Nosotros», es decir, no los malos, los discípulos; «nosotros esperábamos» algo diverso y… siempre son los otros. «Los sumos sacerdotes» son los que han cometido los errores. Jesús va a seguir pidiendo que salgan de sí mismos, que cuenten su historia. Ellos habían apostado por Jesús. San Lucas subraya cómo la desilusión toca el corazón de estos hombres.
      «Nosotros esperábamos que sería él el que iba a liberar a Israel. Pero con todas estas cosas, llevamos ya tres días, desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado porque fueron de madrugada al sepulcro y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que decían que él vivía» (Lc 24,21-23). Este es el optimista. Pero claro, ¡quién va a creer a las mujeres! Las mujeres que habían ido de mañana. Las que decían todas estas cosas a los apóstoles eran María Magdalena, Juana y María la de Santiago y las demás que estaban con ellas. Pero todas estas palabras les parecían como desatinos y no las creían. «El caso es que algunas mujeres»… pero claro, efectivamente, fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho pero a él no le vieron.
   Hasta aquí es como el primer momento de nuestras celebraciones eucarísticas, es el reconocimiento de nuestra vida con la que vamos a la Eucaristía. Aquí está todo unido hacia la Eucaristía. Ojalá que habláramos, dialogáramos, también entre nosotros, comunidades que viven la Eucaristía, de nuestras esperanzas frustradas, porque eso es lo que puede permitir que un viandante se introduzca en nuestra vida.
    «Él les dijo: “¡Oh, insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas!» (Lc 24,25). «¡Oh, melones! ¡Oh, ceporros! No habéis entendido ni jota». Les reprocha su ceguera, su idolatría, que pongan sus esperanzas en la proyección de sus deseos y no en él. Por tanto, se trata de salir de nosotros, más todavía, para poner la esperanza en él.
    La idolatría es dar forma a nuestras esperanzas y deseos de un modo concreto, es el pecado de los buenos. Y entonces, les va a contar su propia historia, los va a educar. El Señor realiza toda una tarea pedagógica desde que entra a caminar con ellos. «¿No era necesario?» Esta palabra muestra el designio de Dios. «¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?» (Lc 24,26) ¿Te suena la historia? San Ignacio en los Ejercicios espirituales plantea así el seguimiento: «Siguiéndome en la pena tenga conmigo parte en la gloria» (EE 95). Cristo asume también las historias que padecemos de lo que no aceptamos hasta el fondo. Y nos cuenta toda la historia del amor de Dios.
     «Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras» (Lc 24,27). ¡Quién hubiera asistido a esa catequesis de las Escrituras! Este es el segundo momento de la celebración eucarística: dejarnos hablar por Jesucristo en todas las Escrituras. La Escritura está grávida de Cristo en cada una de sus páginas. En el Antiguo Testamento porque apuntan hacia él y en el Nuevo Testamento porque lo manifiestan. «Lo que en el Antiguo está latente en el Nuevo se hace patente: Novum in Vetere latet et in Novo Vetus patet. «El que ignora las Escrituras, ignora a Jesucristo»: Ignoratio scripturarum ignoratio Christi est. Hace falta rumiar y digerir «hasta el quinto estómago» a Jesucristo en las Escrituras.
  Necesariamente hace falta que vayamos de un lado a otro, que nos enamoremos, que seamos apasionados de la Escritura, porque ahí es donde encontraremos a Jesucristo vivo, tal como nos lo transmite la Iglesia. Ojalá fuéramos alimentados así profundamente en su nuestra oración diaria. A veces recurrimos, muy legítimamente, a muchos libros u otras cosas, pero podemos estar perdiendo esta fuente: «Mientras se despeña el río se está secando la huerta» (J. Mª. P EMÁN , El divino impaciente): se despeña el río de agua viva de la Escritura, mientras quizá estamos languideciendo.
    Este es el pilar, el segundo pilar de la vida de la Iglesia, que san Lucas pone como necesario para esos discípulos que en un primer momento se alejan y huyen del grupo, de la vida de la Iglesia. Después dirán que esa catequesis les ha calentado el corazón. ¡Pues claro! La Escritura abre el corazón a reconocer a Jesucristo en el partir el pan y en su entrega.
    Este evangelio tiene también trazas de por dónde tiene que ir la vida de cada uno, la vida de la Iglesia, la vida de las comunidades. San Lucas está viendo la historia de la Iglesia de todos los tiempos. Por eso hace este planteamiento. Me parece que no me invento nada.
   «Al acercarse al pueblo donde iban, él hizo ademán de seguir adelante» (Lc 24,28). Jesús va a «provocar» ese ademán para que le pidan. Los de Emaús le fuerzan, diciéndole: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado» (Lc 24,29). Parece que todavía siguen escondiéndose, se hace tarde. No tienen la valentía de reconocer que le necesitan. ¡Cuánto tiene que esperar Jesús hasta que nos despojamos de nuestras seguridades, de todo, siendo así que su objetivo es que permanezcamos con él, que moremos con él! «Fueron, vieron y se quedaron con él. Eran las seis de la tarde» (Jn 1,39). Entonces él enseguida acepta esa invitación, aunque esta parece forzada.
    «Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando» (Lc 24,29-30). Es expresión de la Eucaristía, evidentemente, y así lo han entendido la Iglesia y los Santos Padres: bendición, partir y darse. Es entonces cuando le reconocen.  Aquellos hombres que habían caminado un camino de desilusión, de esperanzas frustradas, al ver que desaparece de su lado, reconocen que les ha calentado el corazón. «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,32).
   Y desandan todo el camino: el camino del reconocimiento de la propia historia, tras desembuchar, Cristo les tira de la lengua al principio. «¿Qué?» Se hace el «bobo». «¿Qué? Declara lo que llevas dentro». Y su Palabra ilumina la historia, que es su propia historia, la propia historia de Jesús, que es nuestra historia, es la historia de los discípulos. Es lo que a ellos les ha pasado, es la aventura por su Maestro.
   Al caer de la tarde, estaban cansados: «Quédate porque atardece», y de repente desaparece. Han experimentado qué transformación tan maravillosa. ¡Y seguramente ellos creerían ser los únicos...! Esto suele suceder. Vuelven gozosos, con una presencia íntima. Jesucristo se les ha sustraído de su presencia, ha desaparecido. Cristo resucitado pertenece al dominio del Padre. No le podemos retener, como quería la Magdalena, y quiere que entremos en una presencia así, más profunda, una presencia espiritual. «Os conviene que me vaya y así vendrá el Espíritu» (Jn 14,26).
    Esa presencia profunda nos lleva a la Verdad plena que «recordará todo lo que yo es dicho» (Jn 14,26). «Recordar», para nosotros, es traer a la memoria intelectiva. En su etimología, «recordar» es llevar al corazón (cor-cordis es corazón, en latín). «Él llevará a vuestro corazón la Verdad» (Jn 14,17).
   «Levantándose al momento se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y los que estaban con ellos que decían: ¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» (Lc 20,33-34). De la presencia personal en cada uno de ellos, van a pasar a la presencia de la Iglesia. Ellos creen que son los únicos, vuelven, llegan y, como una gran revelación, cuentan lo que les ha pasado. Antes incluso de que ellos tengan tiempo de decirlo, les dicen: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» (Lc 20,34). Es la fe y la vida de la Iglesia (Simón) la que antecede nuestros gozos y los confirma.
    «Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían conocido en la fracción del pan» (Lc 20,35). Los de Emaús empiezan a ser «sastres» de Cristo glorioso, a tomarle medidas. Esto es lo que tenemos que aprender, y conste que nunca terminaremos de descubrir, de tomar la medida plena a Cristo, porque la plenitud será cuando «Cristo sea todo en todos» (1 Cor 15,28). Siempre hay un paso adelante, siempre hay un más allá.
    Dios es siempre mayor. De lo contrario no sería Dios, ni sería nuestra propia historia. «No le habéis visto y le amáis, no le habéis visto y saltáis de gozo»… (1 Pe 1,3-9). Este evangelio nos sugiere la vuelta, desembocar una vez más en la vida de la Iglesia, en la comunidad, siendo nuevos, porque el encuentro con Cristo necesariamente nos transforma y vuelve gozosos tras dejarnos iluminar por la Palabra y encontrarle en la Eucaristía.
    Pidamos al Señor la gracia de vivir así estos pilares que el mismo san Lucas nos presenta al final de su evangelio: los pilares sobre los que se debe fundamentar la vida de la Iglesia en cada uno de nosotros.

Artículo enviado por:
Jesús Manuel Cedeira Costales.

Fuente:
 Texto de Pablo Cervera Barranco, Redactor Jefe de MAGNIFICAT (edición española).

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