miércoles, 20 de enero de 2021

LOS ESTVDIANTES CUSTODIOS DE LAS CAPILLAS DEL MONSACRO: XACOBEO 2021

 



La Hermandad de los Estvdiantes está de enhorabuena. El trabajo de los Cofrades y de su Junta de Gobierno con el Hermano Mayor a la cabeza, D. ANDRES LLAVONA avanza con paso firme.


Hace pocas semanas la Hermandad organizó una peregrinación al Monsacro a la que acudió el Sr. Arzobispo   - que subió marcando el ritmo, dicho sea de paso- para reconocer la ruta del “Vía Crucis” que comienza en el pueblo de LOS LLANOS y culmina en la majada de las capillas, con vistas al VIA CRUCIS que los Estvdiantes organizarán en esta próxima Cuaresma de 2021 (d.m.) con el Santísimo Cristo de la Misericordia a hombros de los costaleros de la Hermandad y flanqueado por antorchas. Una vez arriba, el SR. Arzobispo celebró la misa de campaña en la Capilla de la Magdalena a los peregrinos que acudieron.


El trabajo y las gestiones de la Hermandad con el REVERENDO PARROCO D. RECAREDO de quine dependen las capillas del Monsacro junto con el del Director Espiritual de la Hermandad REVERENDO PARROCO D. ALBERTO REIGADA y con el visto bueno del SR. ARZOBISPO han fructificado en que nuestra hermandad se convierta formalmente en los CUSTODIOS DE LAS CAPILLAS DEL MONSACRO (SANTIAGO Y LA MAGDALENA) para el cuidado, protección y desarrollo de las mismas junto con la feligresía del lugar.



Andrés Llavona habla sobre el Monsacro y su relación con el Camino de Santiago y las actividades deportivas y de culto que la Hermandad de Los Estudiantes de Oviedo tiene previsto realizar en esa localización.

Puede escucharse en http://hermandadestudiantes.es/




ESTO ES SOLO EL COMIENZO….


BAJO LA PROTECCIÓN DE MARIA, porque ¡DIOS LO QUIERE!





Enviado por:


Jesús Manuel Cedeira Costales.


domingo, 17 de enero de 2021

OVIEDO CAMINO PRIMITIVO

 



Se conoce con el nombre de Camino Primitivo el Camino de Santiago que tiene su origen en Oviedo y enlaza con el Camino Francés en Melide. El nombre "primitivo" se debe a que éste es el primer camino del cual se tienen referencias históricas; el rey Alfonso II de Asturias y su séquito salieron de Oviedo, en el siglo IX, para visitar la tumba del Apóstol Santiago, descubierta hacía pocos años.




 El itinerario documentado de aquella primera peregrinación y el actual son bastante coincidentes.

 


Una de las principales características de este camino, en comparación con los otros Caminos de Santiago, es la dureza del recorrido. De Oviedo a Lugo es un típico recorrido de montaña media. Excepto la bajada al embalse de Salime y la subida al Puerto del Palo no hay grandes desniveles a superar de una tacada. Sin embargo, el camino es un continuo sube y baja, con una sucesión de todo tipo de caminos: trochas, senderos, pistas de tierra (es fácil encontrar tramos embarrados), caminos pedregosos o de piedra suelta, y pistas de asfalto. Por lo tanto, es necesario un mínimo de preparación física para afrontar el reto con garantías. Afortunadamente, la distribución de los albergues a lo largo del recorrido permite, para aquéllos algo más lentos o menos preparados, realizar todo el camino sin tener que realizar ninguna etapa excesivamente larga. En invierno debe ser francamente complicado realizar este camino, entre otros motivos porque una buena parte del recorrido se sitúa por encima de los ochocientos metros de altitud.

 


Otras de las características más destacadas del Camino Primitivo, relacionada sin duda con la anterior, es la belleza del entorno y del paisaje. El camino cruza decenas de bosques, ríos, arroyos, prados de pastoreo (con ganado bovino), valles, colinas, montañas, aldeas... y los paisajes, sobre todo en el tramo asturiano, son fabulosos. También vemos numerosos caballos, algunos salvajes. Además, la mayor parte del camino transcurre en plena naturaleza y, afortunadamente, casi no hay contacto con carreteras de tráfico intenso.

 

Por desgracia, en los últimos años la construcción de la autovía Oviedo - La Espina, la A-63, ha afectado grave e irreversiblemente varios tramos, algunos de los cuales eran bellísimos, de las tres primeras etapas. Además, la construcción es lentísima (sólo los primeros 30 km se han puesto en funcionamiento), y a mediados del año 2012 las obras se encuentran casi paradas.

 

A lo largo del camino vamos encontrando numerosas fuentes de buena agua (ojo, excepto en la variante Ruta de los Hospitales), cada pocos kilómetros, con lo cual no es necesario cargar con mucha agua. En la época de máximo calor conviene ser, por supuesto, previsores.

 


En caso de fuertes lluvias algunos tramos, como por ejemplo la bajada a Cornellada y el tramo de La Espina a Tineo, quedan en muy mal estado, dificultando seriamente el avance. Así pues, si se da esta circunstancia, lo mejor es informarse en los albergues y valorar alternativas (pistas asfaltadas, etc.).

 

Donde pasa gente hay negocio, y nunca está de más ganar unos eurillos. Así deben pensar algunas personas cuyas casas están junto al camino y han instalado máquinas expendedoras para los peregrinos, algunas de la cuales no sólo ofrecen bebidas, sino que también ofrecen tabletas de chocolates, sándwiches, ensaladas, etc... y en algún caso incluso han construido una pequeña zona de descanso! Y es que, el camino ya no es lo que era...

 

Uno de los aspectos mejor valorados de este camino es el número de peregrinos que lo recorren. Nada que ver con la masificación del Camino Francés, pero tampoco nada que ver con la gran soledad de otros caminos. En primavera y en verano es habitual coincidir con entre 10 y 20 caminantes en los albergues (año 2012), un número de peregrinos idóneo pues permite compartir vivencias y al mismo tiempo disfrutar de una cierta soledad. La excepción son algunos días de verano, en los que efectivamente los albergues quedan desbordados por la cantidad de caminantes. Por otra parte, una buena parte de los peregrinos que empiezan en Oviedo coinciden cada día en los mismos albergues, al ser éste un camino con las etapas bastante predeterminadas por la situación de los mismos.

 


Y, para finalizar la introducción, lo que sin duda es lo mejor de este camino: los lugareños. A lo largo del día, en los pueblos y campos, nos encontramos con personas encantadoras, sencillas, alegres, perspicaces y extraordinariamente amables, que saben muy bien por dónde pasa el camino, dónde hay una fuente... y que siempre están dispuestas a ayudar en lo que sea menester. En este aspecto, el Camino Primitivo, es muy especial. Esperemos que nunca cambie.









Fuente:

gronze.com

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.

CARTAS DE ESPERANZA 17 DE ENERO DE 2021

  



17 de enero de 2021

 

Hermano:

 

 «Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar bacía Él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: - Tú eres mi Hijo amado, mi preferido»

«He aprendido a confiar en otros. No me he dejado llevar por el pánico. No he caído en la desesperanza. En medio de mi dolor me he vuelto más niño, más confiado, más de Dios»

Los contagios se estabilizan y Asturias suma cuatro muertes.

La pasada jornada se registraron 19 ingresos en los hospitales y dos en cuidados intensivos.

Paso la última página de mi año y abro una página en blanco, todo por escribir. Hay años que son indiferentes, con regalos y dolores. Otros años tibios, en los que no recuerdo nada relevante. Hay otros años alegres porque trajeron bendiciones a mi hogar, a mi alma. Hay años grandiosos y otros años, que como el que acaba de concluir, vienen marcados por el dolor. Cierro esa última página y pienso que por arte de magia todo lo que va a suceder en las siguientes horas va a mejorarlo todo. Pero no es tan sencillo. En la vida, cuando no me resulta algo, creo que con cambiarlo todo se soluciona. Un ordenador, un coche, un móvil. Cambio de médico cuando no sana mi enfermedad. Cambio de cónyuge cuando no me alegra la vida como lo hizo al principio. Cambio de hijo incluso alejándolo de mí cuando no responde a mis expectativas. Vivo una cultura en la que todo tiene un recambio. Y lo que no funciona bien, mejor condenarlo a morir. Como diría Sor Verónica, fundadora de Iesu Comunio: «Vivimos en una cultura que odia la muerte sin amar la vida». Una cultura a la que no le tiembla la mano para decretar la muerte de los inocentes que no llegan a nacer. Ni ve tan mal que mueran los que lo desean, aun sin estar en plena posesión de sus facultades para decidir. Esa misma cultura sí tiembla cuando la promesa de inmortalidad en esta carne se ve amenazada por una enfermedad desconocida. Cuando una pandemia pone en peligro esa proyección de un futuro que quiere ser eterno en esta tierra. Parece que yo mismo me uno a esa cultura del descarte y me detengo al final de este año que ha salido mal, como fallado, y quiero cambiarlo por otro. Igual que cambio el amor por otro cuando no funciona. O cambio la ropa ya vieja, o mis bienes cuando no van bien. Y por eso me levanto con el deseo de un año mejor, diferente, sanador. Y cierro el almanaque del año que acaba con el alma feliz. Y abro el año nuevo deseando que todo mejore. No puede salir todo tan mal. ¿Será todo tan rápido? No es todo malo lo vivido, porque un año como el pasado me ha dejado muchas enseñanzas. Me he fortalecido en mi debilidad. Me he vuelto más humano en mi forma de mirar, más solidario, más empático. He dejado de ser tan individualista porque como dice el Papa Francisco: «Nadie puede pelear la vida aisladamente. Se necesita una comunidad que nos sostenga, que nos ayude y en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia delante» . He aprendido a confiar en otros. No me he dejado llevar por el pánico. No he caído en la desesperanza cuando a mi alrededor mis planes no resultaban. En medio de mi dolor por la pérdida, por la enfermedad, por la ausencia, me he hecho más de Dios, más niño, más confiado. No ha sido un año ausente y vacío. Más bien su dolor me ha hecho comprender el verdadero sentido de la vida y el valor de las cosas pequeñas, esas que a menudo no valoro, y no cuido. No quiero descartar este año así como así, sin darle su valor, su peso, su importancia. No olvidaré ninguno de los meses del año que ahora muere. ¡Cómo hacerlo! Se han grabado a fuego dentro de mi alma. Soy hijo de mi pasado y así voy construyendo mi presente. Es esa la mirada con la que ahora comienzo. Y hago mías las palabras de esa revolución del 68 en Francia: «Seamos realistas, pidamos lo imposible». De pequeño aprendí a prueba de golpes que no podía exigirle a la vida lo que no podía darme y me volví realista. Sólo hacía lo que podía hacer bien y sólo iba allí donde estaba seguro. Me movía en mis entornos sagrados y protegidos. Corrí el riesgo de ser poco niño y más bien un adulto triste. Este año me ha hecho cambiar la mirada. Dejo de ser tan realista y me vuelvo soñador. Pido a este año y a la vida lo imposible. Pero en todos los sentidos que eso tiene. Quiero exigirle más a mi vida, a mi alma. Más a mi forma de amar y de darme. Más a mi fe en Dios, en ese Dios que camina a mi lado. ¿Acaso no tengo claro que para Dios no hay nada imposible? Pero yo sigo pensando que sí. Que lo que no es razonable, no es posible. Que no puedo esperar de la vida lo que no puede darme. Que las cosas siempre van a ser así y no hay solución cuando no soy tan capaz de vivir la vida. Me niego al conformismo. Miro al cielo esta mañana de este nuevo año. No creo que hayan cambiado las cosas de golpe, pero quizás yo sí he cambiado. Eso basta para empezar de cero. Claro que sí, todo puede ser posible si creo en lo imposible, si creo en el poder de Dios que sostiene mi vida y me vuelvo niño. Si creo en el poder de los sueños que me hacen esperar mucho más de todo lo que vivo. Dejo el miedo a la puerta de mi alma. Y camino seguro por caminos empinados, poco importa. Aprendo a valorar la vida como es sin querer que sea distinta. Simplemente cambio yo mi forma de vivir, para que todo cambie. Creo en la vida, no en la muerte. Y deseo vivir con todos los sentidos, con toda mi alma. Creo en lo imposible.

Miro de frente este año que comienza con dificultades, tal como acabó el anterior. Pero no tengo miedo. Tal vez el año pasado me haya hecho más fuerte, o más recio, o con más capacidad para la resiliencia. Con más paciencia. Recuerdo las palabras con las que rezaba Santa Teresa de Ávila: «Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta». Con estas palabras quiero comenzar este año. Miro a los ojos de María que me abraza al entrar por la puerta de un nuevo año. No le tengo miedo a lo que pueda venir. No hago planes, espero con paciencia, estoy dispuesto a renunciar a muchas cosas. Ya me he acostumbrado. Pero ante todo le pido a Dios un corazón de niño para enfrentar la vida. Sólo así tendré la fantasía para pedirle a Dios lo imposible. No esos posibles que veo realizables con mis fuerzas y capacidades. No esos posibles que dependen de la suerte o de que se den bien las cosas. Quiero pedirle imposibles que están fuera de mi alcance. Con un corazón de niño puedo soñar con cosas grandes. Tal vez lo más difícil en la vida sea vivir siempre con la actitud correcta. No es tan sencillo porque tengo mucha inmadurez pegada a la piel. Y la actitud entonces no es la mejor para enfrentar los días que tengo ante mis ojos. Los niños tienen esa capacidad para dibujar en su fantasía mundos ideales, salidas imposibles, caminos ocultos para cualquier adulto. Los santos fueron muy niños porque siempre vieron realidades ante los ojos que los demás no veían. En su corazón había sueños que tenían forma muy concreta. Esa fe en lo imposible es la que mueve montañas. Y tal vez la montaña más difícil de mover sea la de la desesperanza. Tengo planes, deseos, quiero a los que caminan conmigo. Temo perder lo que me hace feliz. Me asusta la incertidumbre y esa impaciencia mía me quita la alegría. Proyecto, construyo, levanto y el miedo a que no sea posible lo que ahora acaricio con las manos me llena de temores. La montaña del desánimo se yergue ante mis ojos. ¿Podré superar todo lo que la vida pone como obstáculo ante mis pasos? Quiero haber sacado enseñanzas del año que ahora acaba. Una actitud nueva y poderosa para enfrentar la vida. Una alegría que ve el lado positivo en todo lo que me sucede. Esa mirada es la que quiero para poder crear a mi alrededor una atmósfera de cielo. Sé que «el Señor bendice a su pueblo con la paz». Yo soy su pueblo y su bendición me levanta. Me da paz en medio de las turbulencias y las olas que amenazan con hundir mi paso firme. Tal vez me he vuelto más recio, más sólido que hace un tiempo. Lo vivido me ha hecho más capaz de valorar los pequeños regalos de la vida. Aprecio ahora mejor lo cotidiano como un don caído del cielo. Ahí me está hablando Dios en medio de la rutina. Y me dice que confíe, pero yo no quiero. Necesito certezas, es lo que pienso. Me resisto a dejarme llevar por la corriente de la vida. ¿Cómo puedo cambiar la realidad cuando no me gusta? No puedo mover las agujas de reloj hacia atrás. A veces lo he deseado. Tampoco puedo adelantarlas pasando por alto los momentos peores que ahora vivo para llegar al momento mejor dentro de un tiempo, cuando ya no haya pandemia. No soy dueño del tiempo, ni de la vida, pero sí lo soy de mi actitud en el presente, es lo único que decido. Es el único momento en el que puedo cambiar algo siendo yo diferente y siendo yo mismo. Puedo hacerlo con esa confianza de los niños que se sienten hijos de un Padre misericordioso. Me gusta esa actitud que quiero hacer mía. Decía José Antonio Pagola: «Con Jesús nos empezamos a encontrar cuando comenzamos a confiar en Dios como confiaba Él, cuando creemos en el amor como creía Él, cuando nos acercamos a los que sufren como Él se acercaba, cuando defendemos la vida como Él, cuando miramos a las personas como Él las miraba, cuando nos enfrentamos a la vida y a la muerte con la esperanza con que Él se enfrentó, cuando contagiamos la Buena Noticia que Él contagiaba». Mirar la vida como la miraba Jesús. Mirar a las personas con sus ojos. Mirar la cruz con su misma confianza. No comenzará este año saliendo todo bien. Tampoco es eso lo que le deseo a nadie. No pedimos la bendición de Dios para que resulten todas nuestras empresas y proyectos. Sino para que en medio de éxitos y fracasos seamos capaces de ver siempre la mano de Dios detrás y demos gracias con un corazón de hijo. Es la bendición que pido al comenzar estos días. No quiero que me salgan todos mis propósitos y buenas intenciones con las que estreno el año. No deseo que todo me resulte y encaje. Sería necio pedir tales cosas. Siempre estaría frustrado y de mal humor cuando no sea así. Conozco a personas que siempre están protestando porque las cosas no se hacen como ellos quieren. Esas personas nunca son felices y siembran a su alrededor tensión y tristeza. No importa si las cosas salen como yo quiero. Lo importante es que yo no deje en ningún caso de estar feliz y no pierda nunca el buen humor. Esa actitud de los niños confiados que no se aferran a su forma de hacer las cosas es la que yo le pido a Dios al comenzar estos nuevos días.

Quiero agradecer conmovido por el año que acaba. Nunca debería cansarme de dar gracias. Hago mías las palabras de Santa Teresa: «Demos gracias a Dios por todo, sin dudar en lo más mínimo de que lo más conveniente para nosotros es lo que acaece según la voluntad de Dios y no según la nuestra». Le doy gracias a Dios por lo que he vivido durante tantos meses, días y horas. Estando confinado o saliendo a la calle con mascarilla. Rezando por los enfermos o acompañando el dolor de los que han perdido seres queridos. Compartiendo alegrías y haciendo que esos momentos vividos aumenten el gozo del alma, eso sí, guardando las distancias prudentes. No quiero olvidarme de todo lo que he amado y de lo que me han amado, más de lo que esperaba. Doy gracias por sentirme en casa y tener ya nuevas raíces, en una tierra que era nueva. No quiero dejar de agradecer la confianza recibida sin merecerlo, nunca se merece. Y valoro como un tesoro los encuentros profundos. Recuerdo con paz las reuniones por pantalla y las conversaciones al aire libre, con media cara visible. Me llevo en el alma tantas palabras guardadas. Y aún creo escuchar muy dentro las palabras gritadas al viento. Conservo en el mismo saco el dolor y la tristeza. Y dejo que quede a un lado esa risa mía tan honda. Agradezco las montañas de esta tierra que me habita, son como una corona que cubre, protege y guarda lo más sagrado del valle. Recorro esos cauces secos, que aun sin agua me hablan de una vida oculta que desconozco. Agradezco la confianza de Dios en mí y de los hombres y mi propia confianza en medio de tantas guerras. Doy gracias por las miradas de misericordia que he recibido. Y por haber palpado la esperanza en tantas manos que luchan entregando la vida cada día. Hoy quiero soñar más fuerte, más hondo, con más libertad, recorriendo estas montañas. Quiero caminar seguro por este año que empieza. No será fácil, me auguran y yo confío. Es tanto lo que queda por trabajar, por conquistar, por encontrar, que no me desanimo. Sé que no soy dueño del futuro, lo aprendí con la pandemia. No tengo el control de nada y mis planes ya no sirven. Aprendí a ser más humilde a fuerza de algunos golpes y más niño al mismo tiempo, dejando de ser adulto. Aprendí a reír por nada y a llorar también por nada. A sacar lo que hay muy dentro del pozo de mi alma. Aprendí a guardar la vida ajena que se hace propia de golpe, con un respeto infinito. Tejí bajo mi piel redes que cubren la vida, la protegen, sosteniendo entre los dedos la fragilidad del alma. Y sé que nada está escrito, todo puede ser distinto, de mí depende. Sé que llevo muy dentro el don de ser feliz y de hacer feliz al resto. Basta con aceptar las diferencias que veo en mí y en otros, por amar mis deficiencias que tanto me escandalizan y comprender de verdad al que más sufre, sin apartarlo de mi camino. Basta con mirar alegre la vida que se me ofrece. Sin exigirle al presente lo que nunca puede darme. Despierto tras esta noche con el alma llena de vida, feliz y confiada. Estoy dispuesto a vivir atento, a querer aún más la vida que Dios me regala y a soñar que María estará dándome abrazos en medio de las tormentas. Los silencios están llenos de gritos de mi alabanza, dando gracias. Puedo construir un mundo más humano, más fraterno. Me pongo manos a la obra. No estoy solo, lo sé, vamos juntos. Eso me levanta el alma. Y así, viviendo el presente, construiremos el mañana. Sé que la vida se escapa si no la vivo con pasión cada día, cada hora. Y sé que los sueños se desvanecen si no los sigo soñando. Tengo mucho por delante, la vida es larga. Hay caminos por abrir, algunos ya se han abierto en medio de la montaña. Y mucho por construir, lugares santos que hagan que mi alma sea más honda. Todo lo que ya he vivido me ha hecho más consciente de una cosa: lo que importa son los detalles de la vida. Cuentan las horas perdidas con los míos, con los que amo, y no esas horas que les robé haciendo siempre algo importante. Valen las palabras dichas, no las guardadas por miedo a no ser escuchado. Cuentan los abrazos dados, esos que entregué sin miedo, y no aquellos esquivados. Cuentan la intimidad que hago posible y el compartir lo más sagrado. Y sé que el dolor de los que sufren es menos dolor si lo comparto con ellos, en medio de mi camino. Dejo de mírame a mí mismo, preocupado por mis problemas, para mirar al que va conmigo, es quien importa, quien cuenta, el que sufre a mi lado. No me importan tanto las pequeñas derrotas de la vida, la pena siempre pasa y al final quedan la paz y la alegría. Sé que mi confianza no está puesta en la vacuna, ni en los políticos, ni en la economía, ni en el fin de la pandemia. Este año he aprendido a poner en Dios mi esperanza. Sólo en Jesús, sólo en María, en ellos descansan mi vida y mi confianza ciega de niño. Creo que me he vuelto más hondo haciendo un surco en la tierra y todo empezó ese día en el que perdí mis seguridades. Por algo coroné a María con los montes de esta tierra, una corona bendita. Y le entregué mi vida, dejando de ser yo dueño, para que con ella hiciera lo que quisiera. Esa paz viene del cielo, en esa paz sí confío. Y camino, y sueño, y doy la vida.

Lo que me sostiene en la vida es la certeza de saberme amado y entender que todo lo que vivo merece la pena. En ocasiones me pregunto cuál es mi misión, qué quiere Dios que haga. En la película «Soul» se plantea uno de los protagonistas: «Dicen que naces para algo, pero ¿cómo sabes qué es esa cosa? ¿Qué pasa si eliges la incorrecta? O la de otra persona, y quedas atrapado». He nacido para algo, tengo una misión delante de mis ojos y a veces no la veo. Hago cosas, vivo experiencias, ¿tengo claro lo que quiere Dios para mi vida? Un año más ante mis ojos. ¿Será el año en el que sepa el sentido de lo que hago? ¿Seguiré haciendo lo mismo que hasta ahora? Comenta el protagonista de la película: «No sé qué voy a hacer con mi vida, pero sí se que voy a vivir cada minuto de ella». Trato de acertar con mi propósito, con mi sentido, con mi misión. ¿Y si no acierto? ¿Y si me meto en la piel de otro queriendo vivir su vida y no la mía? Corro el peligro de no ser fiel a lo que dice mi corazón. Simplemente quiero aprender a vivir el presente con un sentido. En ocasiones tengo expectativas de lo que creía iba a ser el sueño de mi vida. Y cuando llega no es tal como yo lo había soñado. Y entonces me levanto con un nuevo sueño. Queriendo recorrer otra etapa distinta del camino. Y no sé si acierto tampoco. Esa lucha mía por acertar, por encontrar, por ser feliz haciendo lo que me hace feliz, a mí, a otros. Lo importante será vivir cada minuto de mi vida con pasión. «Un pez joven le pregunta a un pez sabio: - ¿Dónde está el océano? Y el pez sabio le responde: - Aquí donde nadas es el océano. Y el joven responde: - No, esto es solo agua». Vivo soñando con océanos que no toco, que no veo, que no encuentro. Y no me doy cuenta de que lo que hoy hago puede que sea mi océano. Quiero vivirlo con alegría. Sin pedirle más al hoy de lo que me pueda dar. Escucho las palabras del profeta. Son las palabras que Jesús hizo suyas en su corazón. Son palabras que dan alegría y esperanza: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre Él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará hasta implantar el derecho en la tierra y sus leyes, que esperan las islas. Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he tomado de la mano, te he formado y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan en las tinieblas». Parece una misión imposible, inabarcable. Una misión que supera las fuerzas de cualquier hombre. Pero Dios sostiene a su hijo en esa entrega. Es su elegido, su preferido. Estas palabras me tocan personalmente. Yo también quiero ser como Jesús. No quiero quebrar la caña cascada, pero a veces, con mis gritos, con mi falta de respeto, puedo hacerlo. No quiero apagar la llama vacilante, y a veces con mis exigencias y demandas, la acabo apagando. Quiero abrir los ojos de los ciegos, para que vean lo que yo veo, lo que Dios les muestra. Y llevar sus corazones y atarlos al de Dios. Quiero liberar a los cautivos que viven presos de sus ambiciones y pecados. O dejar que sea Dios a través mío el que los libere. Jesús libera, no soy yo. Quiero dar luz al que habita en las tinieblas, más con mis obras que con mis palabras. Veo a menudo que mis obras no son de luz, sino de oscuridad. Me parece una misión para toda una vida. ¿No podría ser ese el sentido de mis pasos? ¿Es suficiente para colmar todos mis sueños y pretensiones? Sueño con un océano que a menudo no logro ver en lo que me sucede, en lo cotidiano, en mis aguas diarias donde Dios habita. Me imagino recorriendo parajes diferentes. Habitando tierras distintas a la de ahora. Haciendo cosas únicas y sagradas, nuevas. Y dejo de valorar mi presente, mi momento, la tierra que habito, el silencio que guardo, las palabras que lanzo al viento. Quiero amar la misión de hoy, la que ahora toco. Mi misión humana en el plan de Dios. El otro día escuchaba una canción de Cristóbal Fones: «Vivo en el lado desnudamente humano de la vida, vivo en el lado sagradamente humano de la vida. Amo lo que se gesta en el silencio, el confluir del río en la llanura, los embarazos y el muy sabio invierno. Soy figura emergiendo de la piedra». Pensaba que también vivo yo en ese lado humano de la vida, allí donde la belleza surge silenciosamente de la tierra y no hay nada que temer. Basta con tener paciencia y esperar. Con vivir dejando que surja la figura tallada desde la piedra. Poco a poco descubriré para qué he nacido. Mientras tanto tendré que vivir con alegría cada hora de esta vida donde Dios me habita. Esa certeza es la que me sostiene. Un Dios que me ama y sabe que me necesita en esta tierra para dar alegría y sembrar esperanza. El cómo quiere que lo haga lo iré descubriendo paso a paso, sin miedo, no me complico demasiado. Sé que Él sabe mejor que yo lo que me conviene. No pretendo una misión que no sea la mía. Y sé que puedo confundirme a veces. Vuelvo a empezar. La vida merece la pena cuando la vivo con pasión y alegría. No me desanimo. Los días pasan sin darme cuenta. Tengo el poder oculto bajo la piel de transformar lo que toco. Puedo reinventarme cada nuevo año, volver a existir con una fuerza antes desconocida. La misión me supera, eso siempre lo espero. Como me deseaba una persona al comenzar el año: «Que siempre tengas un trabajo que te supere y la certeza de tener siempre menos dinero del que necesitas». Me gustó pensar en un desafío ante mis ojos que supere mis fuerzas. Para que no me acostumbre a recorrer siempre los mismos mares. Y no caiga en ese aburguesamiento que le quita la magia a mis días. Quiero comenzar siempre de nuevo a recorrer caminos nuevos. Con menos poder del que quisiera. Con menos fuerzas de las que necesito. Con menos capacidades de las que me hacen falta. Con menos tiempo del que quisiera. Siempre viviré al límite, en tensión, sin bajar la guardia. Atento a la vida que pasa ante mis ojos, dispuesto a vivir, a actuar, a dar la vida.

 

 

 

Enviado por:

 

Jesús Manuel Cedeira Costales.

jueves, 14 de enero de 2021

ANUNCIO DE LAS CELEBRACIONES MOVIBLES DEL AÑO 2021

 




Queridísimos hermanos:
La gloria del Señor se ha manifestado y se continuará manifestando entre nosotros, hasta el día de su retorno glorioso. En la sucesión de las diversas fiestas y solemnidades del tiempo, recordamos y vivimos los misterios de la salvación.
Centro de todo el año litúrgico es el Triduo Pascual del Señor crucificado, sepultado y resucitado, que este año culminará en la Noche Santa de Pascua que, con gozo, celebraremos el día 4 de abril.
Cada domingo, Pascua semanal, la santa Iglesia hará presente este mismo acontecimiento, en el cual Cristo ha vencido al pecado y la muerte.
De la Pascua fluyen, como de su manantial, todos los demás días santos: el Miércoles de Ceniza, comienzo de la Cuaresma, que celebraremos el día 17 de febrero;
la Ascensión del Señor, que este año será el 13 de mayo (o 16 de mayo);
el Domingo de Pentecostés, que este año coincidirá con el día 23 de mayo;
el primer Domingo de Adviento, que celebraremos el día 28 de noviembre;
también en las fiestas de la Virgen María, Madre de Dios, de los apóstoles, de los santos y en la conmemoración de todos los fieles difuntos, la Iglesia, peregrina en la tierra, proclama la Pascua de su Señor.
A él, el Cristo glorioso, el que era, el que es y el que viene, al que es Señor del tiempo y de la historia, el honor y la gloria por los siglos de los siglos." 




martes, 12 de enero de 2021

MODIFICADO EL RITO DEL MIÉRCOLES DE CENIZA EN TIEMPO DE PANDEMIA

 



 

La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos ha publicado una nota en la que explica la modificación del rito del Miércoles de Ceniza, adaptándose a las medidas de seguridad sanitarias establecidas en este tiempo de pandemia.

 

Para poder respetar las medidas sanitarias de seguridad y evitar el contagio del COVID-19, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos ha modificado el rito del Miércoles de Ceniza adaptándose a este tiempo de pandemia.

 

 

Tal como se lee en la nota difundida por la Congregación, "pronunciada la oración de bendición de las cenizas y después de asperjarlas, sin decir nada, con el agua bendita, el sacerdote se dirigirá a los presentes, diciendo una sola vez y para todos los fieles, la fórmula del Misal Romano: «Convertíos y creed en el Evangelio», o bien: «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás».

 

Después, el sacerdote se limpiará las manos y se pondrá la mascarilla para proteger la nariz y la boca. Posteriormente, impondrá la ceniza a cuantos se acercan a él o, si es oportuno, se acercará a los fieles que estén de pie, permaneciendo en su lugar. Asimismo, el sacerdote tomará la ceniza y la dejará caer sobre la cabeza de cada uno, sin decir nada".

 

La nota fue firmada en la sede de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, el 12 de enero de 2021 por el cardenal Robert Sarah, prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos desde 2014 y Monseñor Arthur Roche, Arzobispo Secretario.

 

Fuentente:

 

Vaticannews

 

 

Enviado por:

 

Jesús Manuel Cedeira Costales.

domingo, 10 de enero de 2021

CARTAS DE ESPERANZA 10 DE ENERO DE 2021

 



10 de enero de 2021


Hermano:

 

 «Juan intentaba disuadirlo: - Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí? Jesús le contestó: - Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia»

«¿Cuáles son mis sueños? ¿Las batallas que tengo que librar? No le tengo miedo a la derrota. Ese miedo paraliza mis pasos y no me deja creer. Quiero confiar más en ese Dios que camina conmigo»

En la última jornada se produjeron 23 ingresos en planta y 2 en cuidados intensivos.

Los contagios se disparan y doblan a la jornada anterior con un saldo de tres muertes,

Comienza un nuevo año lleno de desafíos. Un año con tantos propósitos por delante. Tantas cosas por cambiar. Tantas otras por mantener. Quiero ser mejor. Quiero seguir siendo el mismo, auténtico, fiel a mi verdad. Comienzo un nuevo año lleno de esperanza. Mientras entierro callado las últimas horas del pasado. ¿Volverá a tener flores el jardín de mi alma? ¿O morirán las que ahora florecen al llegar el frío? ¿Despertarán los sueños dormidos? ¿Se mantendrán vivos los recuerdos guardados? ¿O son sólo recuerdos que se olvidan y se pierden desfigurados en algún lugar del alma? Lo he aprendido a base de golpes, por más que lo quiera intentar el corazón no olvida. Y la tierra que es muy sabia, siempre guarda la semilla, la raíz, el agua, la vida. Lo guarda todo en lo más hondo, en cavernas recónditas. Por eso me gusta la tierra. Y también amo el mar. La tierra me da estabilidad. El mar me muestra un infinito que no alcanzo. Lo miro desde la arena de mi playa. No tiemblo ante lo desconocido. No tengo derecho a temblar ante lo nuevo que aún no me pertenece. ¿Soy dueño de algo? Nada es mío. Estoy de paso. Aun así, me empeño en abrazar el presente conmovido, como un niño reteniendo su juguete. Siempre he tenido corazón de niño. Sé que he soñado, he vivido y he amado más de lo que nunca pensé que pudiera hacerlo mi corazón inquieto. Eso aumenta la sonrisa de mi rostro. Profundiza mi nostalgia y mi deseo. Y me hace extender los brazos a Dios agradecido. Porque me ha dado tanto. En medio de los vientos he tejido esperanzas junto a un reloj de arena, o de pared, o de bolsillo. He soñado orillas nuevas. Tengo claro que la vida se balancea trémulamente entre un ahora sí y un quizás suceda. Todo parece tan inseguro ante mis ojos de hombre que pretende controlar la vida. Miro los días de invierno que son tan cortos, con sus noches tan largas. ¡Qué pronto se pone el sol ante mis ojos! He aprendido a hacerme amigo de la soledad que golpea el alma, hiriéndola a veces. Ya no tengo miedo a la oscuridad, no necesito encender una vela para conciliar el sueño. O tal vez sí me asusta el hecho de desconocer el contenido de la siguiente escena, del capítulo que comienza. Vivo tranquilo entre el ayer y el mañana, en ese segundo lánguido llamado presente. Sé que tan sólo es un momento fugaz de desconcierto que se escapa ante mis ojos. Y yo decido cómo vivir el ahora, el presente. Me la juego. Opto, doy un paso, me quedo quieto. Lo hago todo con miedo o más tranquilo. Con angustia o con la paz de los niños que no entienden muy bien el sentido del tiempo ni conciben cuánto falta, o cuándo sucedió lo que recuerdan. Yo guardo en mis alforjas lo aprendido. No tanto para no olvidarlo, porque el corazón no olvida. Sino para sacar de vez en cuando la sabiduría que he guardado dentro del alma. Como ese viejo sabio que no quiere vivir improvisando cada día. Quiero aprender a vivir la vida desde la vida misma, no desde mis teorías, tengo ya algunas. No sé bien cómo se hace, pero lo intento. Dejando de lado los prejuicios, esas frases que me hacen daño, como siempre se hizo así, o a mí siempre me resulta hacerlo de esta manera. Fuera los prejuicios y las formas de siempre. Deseo empezar de nuevo. Aprender cosas nuevas. Ensanchar el alma. Algo se me ha quedado día tras día pegado en la piel pasado el tiempo. No voy a desperdiciar ni un segundo en este nuevo año. Sé que todo es tan banal en medio de mis días y puedo vivir de forma superficial lo que es importante. Mi vida es sagrada porque no me pertenece. Sólo sé que me pongo de nuevo manos a la obra. En manos de Jesús, de María. Un año nuevo, virgen. Una vida nueva, abierta. Una nueva oportunidad para ser yo mismo y 2ser mejor persona. ¿Y si no gusto a muchos? No importa tanto. Creo yo. Al fin y al cabo, seguro que a Dios le gusto. Ha creado mis manos, ha insuflado mi voz. Y ha despertado sueños imposibles en mi alma. Su amor incondicional consuela mi inseguridad de niño con un abrazo. Y sonrío mirando al frente para no perderme un solo detalle. Sin temer la burla, o el desprecio, o el olvido. Valgo más de lo que pensaba. Eso me ha dicho Dios al oído. Lo llevo guardado muy dentro como una certeza.

¿Qué es verdad? ¿Qué es mentira? ¿Por divulgar una mentira por las redes sociales se convierte en verdad? ¿La ficción crea realidad? ¿Por ocultar una verdad pasa a ser una mentira? Vivo en una época en la que todo parece relativo. Tanto la verdad como la mentira. Se impone la emoción, el sentimiento, lo que la realidad contada despierta en mí. Me impresiona el valor que tiene la emoción. Por encima de la verdad, de la realidad tal y como es. En una película puedo cambiar una cosa por otra. Puedo hacer que importe poco la historia verdadera. En mi propia vida puede suceder lo mismo. Lo que los demás dicen de mí determina mi vida. ¿Sabrán de verdad cómo soy? Sólo Dios lo sabe. El arte expresa con símbolos verdades más profundas. Personajes ficticios parecen ser reales, históricos, sin pretender serlo. Tiene su peligro. No siempre la historia verdadera importa. Lo que importan son las emociones que se despiertan al escuchar ciertas posturas. Los de un lado, los del otro. Emociones contrarias. A favor o en contra. Yo soy de tu lado, de tu partido o soy del otro. Y por eso no te puedo ver y me alejo. Oculto la verdad, cuento la historia a mi manera. Todo se absolutiza, se relativiza. O soy del mundo o soy de Dios, casi como si fuera algo antagónico. O soy cristiano o pagano. ¿Me estaré dejando llevar por los vientos del mundo? Jesús se hizo hombre, carne de mi carne para asumir mi historia tal y como es, mi naturaleza igual en todo menos en el pecado. Jesús quiso asumir mi verdad para que nunca fuera mentira ante los ojos de nadie. Para Él soy verdadero, soy bueno, soy suyo. Asumió mi carne para que aprendiera a quererla como es. En su fragilidad, en su pecado. He decidido no quedarme en la apariencia de las cosas. La verdad es lo que importa. Jesús unió la verdad y la caridad en su alma humana y divina al mismo tiempo. Dios y hombre. No me dejó extremos contrapuestos. Unió lo que parecía imposible unir. Un Dios todopoderoso atado a la carne impotente. A veces parece que, si soy del mundo y lo amo, irremediablemente me mundanizo y pierdo a Dios de mi mirada. Y sólo si rechazo el mundo, con sus pecados y tiranías, sólo entonces puedo ser de Dios. Pero es mentira. Me lo repito para no olvidarme mientras miro a un niño en el Belén. No es eso lo que Jesús hizo, lo que quiso. La verdad sigue siendo la misma. Aunque yo cuente otras cosas, o hable de mi verdad, de mi punto de vista. De lo que sé o he escuchado. Parece que lo histórico es lo que vale. Lo que ocurrió de verdad, lo que yo pensé en ese momento, lo que en realidad hice. Y es distinto a lo que puedo llegar a inventarme para que sea más interesante. La tensión siempre va a existir entre la emoción y la realidad. Me cuesta cuando se pretende presentar la vida como opuestos enfrentados. O eres de un lado o de otro. O eres de Pablo o de Apolo. O de Cristo o del demonio. Dos formas diferentes de ver la vida. O de derechas o de izquierdas. O conservador o progresista. O de un bando o de otro. A Jesús también quisieron encasillarlo. Así era más fácil. Cuesta creer en el punto medio. La emoción va unida a cada uno de los extremos. Todo parece irreconciliable. La caridad y la verdad no se pueden separar. La verdad sin caridad es insufrible. Van unidas siempre. Me impresionan esas personas que lo ven todo blanco o negro. Noche o día. Frío o caliente. De Dios o del mundo. No quiero contemporizar. Ni ceder en todo. Eso tampoco. Sé que es fácil lanzar una mentira al viento. Se convierte en verdad casi sin quererlo. Lo que digo pasa a ser creído como verdadero. Y surge la sospecha. Ya es difícil apagar los ecos de una difamación cuando es pública. Sea verdad o mentira. Tengo la fama que me han creado. Me han encasillado en un lugar y no puedo salir de él. Eso hago yo con las personas. Las encasillo, las someto a mi juicio, las aprisiono en mi forma de verlas. Einstein decía: «Preocúpate más por tu conciencia que por tu reputación. Tu conciencia es lo que eres. Tu reputación lo que los demás piensan que eres». La verdad sin caridad es un cuchillo afilado. La verdad es lo que soy, no lo que parezco. Lo que hay en mi corazón sólo Dios lo sabe. El hombre inventa. Pretende saberlo todo y juzga. Se queda en los extremos. Me aferro a la verdad en la que creo. No quiero que en mí impere la mentira. Es fácil caer en ella. Recuerdo una canción antigua que cantaba siendo niño: «Ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras. Por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas. Me encontré con un ciruelo, cargadito de manzanas. Empecé a tirarle piedras y caían avellanas». Mentiras de niño, absurdas. Pero mentiras que luego se hacen mentiras de adulto. Si me acostumbro a mentir siendo niño, me acabaré haciendo mentiroso siendo hombre. Y me creeré mis propias mentiras. No distinguiré la verdad de la mentira. Y la emoción que despierta lo que creo será lo que me haga optar por uno u otro camino. No quiero vivir en los extremos. Enfrentado con los otros. Con los que no piensan como yo. Miro en el corazón de Jesús. Para verme en mi verdad mirando dentro de Él. Allí descanso y soy yo mismo.

¿Cuáles son mis metas en este nuevo año? ¿Qué desafíos me planteo? Es importante despertar el corazón. Soñar con cosas grandes, no pequeñas. Desear lo imposible para llegar muy lejos. Imaginar, crear, despertar. No quedarme dormido desde este primer día del año. Deseo enamorarme más de la vida. Arriesgar, entregar, sufrir, sacrificarme. Merece la pena sentir que lo doy todo. Sin escatimar esfuerzos. Me propongo ser yo mismo siempre y en todo. No vivir acomplejado pensando que los demás son mejores que yo. Quiero creer que puedo cambiar algo en este mundo difícil. En el que todo parece en continua evolución y cambio. No pretendo ser mejor de lo que soy. Porque lo he comprobado, voy a seguir siempre siendo yo mismo. Y eso me gusta. Por eso me gustan las palabras que leía en un texto de Mirta Medici: «No te deseo un año maravilloso donde todo sea bueno. Ése es un pensamiento mágico, infantil, utópico. Te deseo que te animes a mirarte, y que te ames como eres. Que tengas el suficiente amor propio para pelear muchas batallas, y la humildad para saber que hay batallas imposibles de ganar por las que no vale la pena luchar. Te deseo que puedas aceptar que hay realidades que son inmodificables y que hay otras, que si corres del lugar de la queja, podrás cambiar. Te deseo que logres ser feliz, sea cual sea la realidad que te toque vivir». Me gusta enfocar así este nuevo año. ¿Cuáles son mis sueños? ¿Y las batallas que tengo que librar? No le tengo miedo a la derrota. Porque ese miedo paraliza mis pasos y no me deja creer. Quiero confiar más en ese Dios que camina conmigo. En María que me abraza el primer día del año. Descorro las cortinas que no dejan que entre la luz a mi alma. Puedo ser feliz con muy poco, lo he visto tantas veces. Pero se me olvida. Aprendo lentamente. Creo de repente que seré más feliz cuando más posea y cuando mis sueños se hagan realidad. Me da miedo pedirle al año que me conserve lo que hoy me alegra. Se lo pido. Sin querer que sea mágica mi forma de pedir. Pero ya me lo dijo Jesús, que lo pidiera todo. Y luego tuviera la libertad interior para seguir corriendo, luchando y creyendo en todo lo que puedo seguir amando. No le tengo miedo a Dios en medio de mi vida. Pues Él me ha dicho de muchas maneras que me ama hasta el extremo y dio su vida por mí. Nunca me va a pedir lo imposible. Y siempre va a cuidar mis pasos para que no me desanime cuando caiga. Sigo soñando con grandes ideales. ¿Acaso no puedo cambiar yo y conmigo todo lo que me rodea? Puedo sembrar yo mi semilla. Aportar mi amor, mi lucha y mi entrega. Me detengo de nuevo ante mis ideales. «El proceso de vida que está ante nosotros como ideal es una y otra vez el mismo. Estar arraigado en el otro mundo. Punto de Arquímedes desde el cual hemos cambiado radicalmente el mundo, también el mundo actual»1. Si me creyera que puedo vivir anclado en el mundo de Dios. Anclado en el corazón de Jesús. Cobijado en Él cada momento de mi vida. Si lograra vivir así tantas cosas dejarían de preocuparme. Viviría con paz, seguro en Dios, tranquilo, sin nada que defender, sin nada de lo que defenderme. Estoy tan lejos, tan apegado a mis deseos del mundo. A mis aficiones y gustos. Vivo con miedo y no es lo que deseo. El ideal vuelve a brillar hoy ante mis ojos. ¿Cómo quiero vivir este nuevo año que se me regala? Con un corazón libre y sencillo. Con un corazón humilde que sepa sobreponerse a las decepciones y volver a nadar en mares de alegría. Es lo que deseo. Vivir de tal forma que el presente me sea fácil. Y viva sin temer el futuro que ignoro. La vida es tan corta. No tengo asegurado ni el futuro más inmediato. Sé sonreír en medio de las lágrimas y después de una derrota, no me quedo saboreando su sabor amargo. Vuelvo al trabajo, a la lucha. No importa el tiempo invertido. La vida es para darla, para perderla en medio de las dificultades. Sonrío. Soy feliz haciendo mi camino, su camino. Al fin y al cabo, fue Él el que se empeñó en seguir mis huellas. Me buscó para imprimir su rostro en mi pecho. Me amó para que yo aprendiera a amar sus caminos. Me eligió sabiendo la pobreza de mi vida, mi impureza y poca capacidad de amar. Me sigue llamando, conociendo mis pecados, mis debilidades, mis egoísmos y miedos. Y sigue detenido a la puerta de mi vida golpeando para que abra y lo deje entrar en medio de mis miserias. Yo que he pensado con frecuencia que lo que le gustan de mí son mis logros y triunfos. Mi pobreza, esa que resalta con tanta nitidez, es lo que despierta día tras día su ternura. Me conmueve su mirada alegre sobre mi vida. No se escandaliza, no se asombra. Simplemente me mira con una sonrisa y me anima a volver a decir que sí, aunque no sepa, aunque no quiera. Vuelven los ideales que Dios ha sembrado en mí a brillar en mi camino. El ideal de vivir consagrado. El ideal de ser un hombre pobre, libre y alegre. El ideal de ser fiel a las promesas sembradas en mi alma. Y a los sueños con los que sueña Dios dentro de mí. El ideal de ser peregrino por mares revueltos. Y la confianza de que en mi barca Él hace su morada.

Hoy se manifiesta el poder de Dios en el Jordán. Hoy se revela el misterio que esconde la carne mortal. Hoy se hacen vida las palabras de Isaías: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre Él. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará. Manifestará la justicia con verdad. No vacilará ni se quebrará. Te formé e hice de ti alianza de un pueblo y luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la cárcel, de la prisión a los que habitan en tinieblas». El Mesías, el salvador, el que ha de cambiar el mundo. El poder oculto en las tinieblas. Es el elegido, aquel al que Dios sostiene. En el Jordán se manifiesta el amor de Dios. Jesús es el elegido, el amado: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». Dios se complace en Él. Un hombre entre los hombres. Elegido, aquel al que Dios sostiene. Un hombre que no gritará ni voceará. No apagará al vacilante. No herirá al débil. Salvará a los justos. Rescatará a los que se mueren. Me impresionan estas palabras. Una elección. El amor que elige. No me siento elegido por Dios tan a menudo. Son otros los que valen, los que tienen méritos. Otros a los que merece la pena salvar y enaltecer. Otros, no yo. Puede que de ahí vienen mis complejos de inferioridad. He mirado a otros y los he visto más capaces. Y a mí me he visto pequeño, insignificante, pobre y sin valor. Me he sentido demasiado miserable. ¿Qué sentiría Jesús en su corazón antes de llegar al Jordán? No puedo ponerme en su piel. Era hombre, era Dios. Y María lo amaría con toda su alma, y José. No tenía la herida del pecado en su piel. Jesús habría saboreado el amor en el hogar de una familia. Una elección. Sé que muchos de mis miedos e inseguridades se esconden en lo hondo de mi memoria. En lo profundo de mi alma. En las heridas pasadas que no recuerdo. Y en esas heridas, en esa ruptura de mi alma, siento que no soy digno. Un sentimiento que no me lo quitan los aplausos ni los reconocimientos que intentan calmar mi sed de amor. He tocado tantas veces esta misma herida. En mí, en muchos que llegan buscando misericordia. He visto heridas profundas y superficiales. Llenas de pus, cubiertas por costras sin haber llegado a sanar desde la raíz. Y en cada grito violento, en cada queja amarga, he visto el hedor de una herida oculta. Ignorada incluso. Desconocida por la poca capacidad de introspección que el hombre tiene. Esa herida viene de haberse sentido no amado en un grito de bebé al nacer al mundo. De forma incomprensible llevamos un lastre difícil de salvar. Un peso con el que cargamos renegando de un mundo que no nos reconoce, no nos ama. ¿Con cuántos likes y gritos de apoyo se satisface mi alma herida? Una cadena interminable de búsquedas enfermizas y desesperadas queriendo oír un grito a través de las nubes, el mismo grito de hoy: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». Y aún así corro el riesgo de no creer en las palabras. Se las lleva el viento. Muy amado pero olvidado. Mucha complacencia y desprecio. No me creo la bondad del amor incondicional que nunca desaparece de mi vida. ¿Cómo se puede calmar la sed que supura en mi carne herida? El grito de mi corazón que busca a Dios. A un Dios que me ame como soy, no como debería ser. Un Dios que no espere mi comportamiento perfecto. Y simplemente me cubra con su manto de ternura y susurre a mi oído esas palabras de esperanza. Si soy amado de verdad por alguien, ¿Qué puedo temer? Nada es tan fuerte como el amor. Nada tan sanador como un abrazo. Nada tan insondable como un te quiero dicho con palabras, gestos y hechos. Su amor no es quebradizo y es capaz de suturar y curar las heridas más feas. Las provocadas por desprecios y odios. Ese amor me hace por un momento sentirme digno. Las palabras que escucha hoy Jesús me conmueven. Es el amado, el predilecto. ¿Cómo no empezar a correr la carrera definitiva después de esa certeza? Los grandes santos iniciaron su camino de santidad en el momento en el que se sintieron amados. Vuelven hoy a mi corazón. He pretendido recorrer la carrera de la santidad siendo justo, ecuánime, verdadero, fiel. Apretando los dientes. Olvidando el amor. Sin el amor primero. ¿Cómo voy a recorrer caminos imposibles? Me gusta pensar en ese amor incondicional que Dios me tiene. Santa Teresita se sentía muy pequeña y necesitada del amor de Dios: «El pajarito se vuelve hacia su amado Sol, expone a sus rayos bienhechores sus alitas mojadas, gime como la golondrina y en ese suave canto le confía sus infidelidades contándolas en detalle, pues en su temerario abandono, piensa que atraerá más plenamente el amor de Aquel que no ha venido a llamar a los justos sino a los pecadores»2. Yo me siento pequeño como esta santa. Pequeño e infiel, pecador. Y en mi impotencia estoy convencido de la mirada bondadosa de Dios sobre mí. No la olvido. Sé que su misericordia es infinita. Y conoce la torpeza de mi alma, mi poca hondura, mis inconsistencias, mis banalidades. Ha tocado mi traición. Ha acariciado mis caídas. Y sabe que lo único que puede levantarme de nuevo es su voz que estalla sobre mi barro. Soy su hijo amado, su predilecto. Y yo me lo creo y confío.

Este Jesús que se manifiesta a los ojos del pueblo en el Jordán como el Mesías tiene una misión salvadora: «Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él». Viene Jesús a liberar al oprimido, a salvar al débil. Pasó haciendo el bien. Sus palabras, sus gestos, sus abrazos, su amor han salvado el mundo. No han sido sus discursos. Ha sido su mano haciendo el bien. Jesús es amado en el Jordán. Escucha la verdad más honda que ya había acariciado en su vida oculta en Nazaret. En esos años de silencio aprendió a saborear el amor familiar. Se volvió seguro. Y hoy en el Jordán experimenta la bendición. Se llena del Espíritu Santo. Jesús no tiene pecado, pero sí tiene que descifrar el querer de Dios en medio de su vida. Se retira tantas horas a orar en silencio. Para saber qué debe hacer. No es tan sencillo tomar decisiones. Y hoy se llena del Espíritu Santo. Habita en Él el fuego de Dios. Tiene lugar en este día el primer Pentecostés. Y se llena Jesús de una fuerza que le muestra así el querer de Dios, los pasos a dar. Se llena de una fuerza nueva. Me gusta ese Jesús que pasa haciendo el bien. Yo quisiera ser recordado por haber pasado haciendo el bien. Se me olvida. Pienso en mi bien, en mi plan, en mis sueños. Y me olvido de los que sufren junto a mí. Es fácil que me olvide. Hacer el bien exige un esfuerzo. Decía el apóstol en Gálatas 6,9: «No nos cansemos de hacer el bien». Quiero aprender a salir de mí mismo y vencer mis miedos. Quiero ser capaz de mirar fuera de mí, dejar de lado mis agobios y angustias. Quiero pedir la capacidad de preguntar cómo se encuentra el otro. No tengo que hablar siempre de mí. Es mejor callar más y escuchar siempre. Hablar bien de los demás. Enaltecer, no denigrar. Decía santa Teresita: «Para no ser juzgada en absoluto, quiero tener siempre pensamientos caritativos pues Jesús ha dicho: - No juzguéis y no seréis juzgados»3. Es mejor admirar que condenar. Escucho la expresión hacer el bien y me parece muy amplia. Puedo hacer el bien de muchas maneras. Sé que puede llegar a ser algo cotidiano en mi vida. No tengo que hacer demasiadas cosas. Sólo el bien. Siempre el bien. Pensar y hablar bien de los otros. Hacer el bien que puedo hacer. No siempre me resultará fácil saber qué bien tengo que hacer. Especialmente si tengo que escoger entre dos bienes. ¿Cómo puedo aprender a distinguir entre el mal y el bien? ¿Cómo se elige entre dos bienes posibles? ¿Y si hacer el bien a alguien significa un mal para mí? ¿Y si mi renuncia es lo único que logra hacer un bien al que amo? No me gusta la renuncia. La renuncia a mis intereses, a mis deseos, a mis planes. Renunciar y sacrificarme siempre duele. Ponerme en un segundo plano me hace crecer en humildad, pero cuesta. Me resulta difícil ceder los mejores puestos. Enaltecer antes que hablar mal. Vencer en mi corazón perdiendo en lo que hago. Amar renunciando a lo propio, a mi amor propio. Parece todo tan complejo y a la vez tan sencillo. La frase suena muy bien: Hacer el bien. Pero luego todo se complica en medio de la vida, cuando se concreta. No es tan fácil. Tal vez todo estriba en un cambio de mirada. En palabras de Santa Teresita: «Siempre me ha dado lo que yo deseaba, o más bien, me ha hecho desear lo que Él quería darme»4. Esa mirada me la da Dios. Cuando el bien que temo perder deja de ser un bien para mi vida, todo cambia. Dejo de obsesionarme por bienes que no me traen la felicidad a la larga. Y pienso que esos bienes pueden ser un verdadero bien para aquel al que amo. Elijo el bien de mi prójimo antes que el mío propio. Elijo la felicidad de aquel que se cruza en mi camino. No quiero yo ese bien para mí, lo cedo. Y en mi corazón acabo deseando lo que Dios me ofrece. La pobreza de mi vida. Elijo la cruz que no puedo dejar pasar. La paz se encuentra en mi mirada. Parece sencillo y no lo es. Es un milagro. Es la verdadera santidad con la que sueño. Me inmolo por amor. No quiero que se haga siempre lo que deseo. Cedo mi voluntad y hago mía la de Dios. Dejo de querer bienes que tal vez no me hagan feliz. Y me pongo en un segundo plano por amor. Cedo en mis intereses. Renuncio a lo que antes deseaba, por amor. ¿Hay algo más noble que esa renuncia sincera? Parece un sinsentido vivir renunciando, cuando lo miro todo con ojos totalmente humanos. El mundo me dice que no ceda, que no renuncie, que no me sacrifique, que no sea tonto. A menudo me tienta ese mensaje. Necesito una conversión del alma. Es necesario que Jesús mire con mis ojos. Y que sus sentimientos acaben siendo los míos. Es toda una locura de amor que me supera. Hoy la suplico en medio de mi Belén del que me despido. Cuando va pasando el tiempo navideño y guardo al niño mientras lo beso.

Tengo que renovar mi bautismo una y otra vez para que pueda reinar Dios en mi alma. Necesito el agua y el fuego para ponerme en camino. Que me unjan con aceite sagrado y me indiquen a quién pertenezco. Soy hijo de Dios. Necesito que me laven de nuevo porque sigo sucio. Acepto ser bautizado para volver a empezar. Juan tuvo que bautizar a Jesús, aunque era él quien más lo necesitaba: «En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: - Soy yo el que necesito que Tú me bautices, ¿y Tú acudes a mí? Jesús le contestó: - Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia. Entonces Juan se lo permitió». Yo como Juan me siento indigno. Veo que no logro estar a la altura de lo que sueño. Y miro más allá de mis vértigos, de mis miedos. Sueño con un agua que cambie mi alma por dentro. ¿Existen los milagros? Sí, existen cuando dejo que Dios cale en mí. Me dejo bautizar. Pienso en las aguas del Jordán. Uno se descalza y se adentra en sus aguas. No son aguas trasparentes. ¿Qué sentido tiene? ¿Qué poder tienen ahora esas aguas? En esas aguas fue bautizado Jesús. Y el contacto con Él santificó el agua para siempre. Me adentro feliz en las aguas. Me dejo bautizar de nuevo. Renuevo mi alma. Dejo que Jesús me toque por dentro, me sane. El agua limpia. Quiero bañarme en las aguas para quedar limpio. Miro mi suciedad interior. No hay paz dentro de mí. No son mis pensamientos puros. Deseo una pureza que no tengo. Una trasparencia que me es esquiva. Mirar con pureza. Ser trasparente en todo lo que hago. No lo consigo. Se enturbia mi mirada. Y dejo de ver lo bueno, lo bello, lo puro en los demás. Veo lo que hay en mi propio corazón. Veo y juzgo desde mi pecado. Mi mirada que no está limpia. Ve las impurezas en los demás. Interpreta, juzga, cuestiona. «Francisco da una y otra vez el consejo: ¡créete amado, siéntete amado, sábete amado! La pieza maestra es la conciencia de que es Dios quien poda, el Padre quien limpia»5. El agua de Dios limpia mi mirada, mi corazón, mi conciencia. Limpia mi alma para que viva con paz. Decía S. Juan de la Cruz: «El alma que anda en amor, ni cansa, ni se cansa». El alma limpia. El pecado ensucia el fondo de mi ser. Mi amor deja de ser tan puro. Mi mirada cambia. El pecado me hace entrar en un círculo enfermizo. La confesión me permite volver al comienzo. Lava mi alma. Me deja volver a empezar. Siempre de nuevo. Un nuevo paso hacia dentro, hacia los hombres. Me libera de mis egoísmos y orgullos. Me siento de nuevo niño, hijo. Eso es lo que me salva, saberme amado, sentirme amado en lo profundo. Es el agua que se derrama por mi ser. El agua como una cascada. Quiero recibir el amor de Dios como un agua nueva. Guardo silencio en este día del bautismo. Es una invitación a adentrarme en lo más hondo de mi ser. Hacen falta hombres renovados por el agua del bautismo que sean Jesús en medio de los hombres. Ese Jesús al que poder señalar como aquel que me cambia la vida y me salva. El Padre Jerome afirma: «Hacen mucho bien quienes, con el peso de su silencio, actúan de diques y rompeolas, frenando todo alboroto procedente de fuera o de dentro. Gracias a ellos las aguas se mantienen siempre en calma. No se rompen las amarras de las barcas ni chocan sus cascos»6. Hacen falta personas con las aguas de su alma en calma. Aguas tranquilas en puertos seguros. Aguas en las que la barca no se sienta alterada por las olas. El agua de mi bautismo me vuelve hoy hijo confiado. Me convierte en agua limpia. Renueva mi deseo de entrega. Me lleva a besar con fuerza y alegría mi misión de vida. Me convierto en un puerto en el que muchos puedan y quieran descansar. El agua de mi corazón se calma y mi mirada ve la vida de forma diferente. Aprende a ver lo bueno, a rescatar lo valioso de la vida. El agua penetra como un surtidor en mi corazón. Sacia mi sed y me permite saciar la sed de tantos. No es violento el oleaje. «Muro de hielo, torrente de montaña, bajando desbocado, sin remanso ni playas. Así era mi alma, antes de que tú llegaras, antes de tu vida sosteniendo la mía, antes de tu barca tomando posesión de mi historia. Desde cuando acepté que me alzaras como un río en el hueco de tu mano para hacerme el alma navegable con la temperatura de tu paz». Quiero tener agua navegable en mi corazón. Para que no choquen con mi violencia, con mi dureza.  

 

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.

miércoles, 6 de enero de 2021

CARTAS DE ESPERANZA 6 ENERO DE 2021

 



6 de enero de 2021

 

Hermano:

 

 

 «Él estaba en el principio junto a Dios. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió»

«Es un lujo levantarme cada mañana con salud. Un lujo tener un lugar donde vivir y personas que me quieren. Es un lujo poder amar a los míos y saberme amado por ellos»

Los brotes de Avilés y del Sporting obligan a Salud a pedir a los jóvenes de seis concejos que limiten su vida social.

El llamamiento del Principado, que estudia la relación de los casos de cepa británica con un brote en un colegio, está dirigido a los que residen en los concejos de Gijón, Avilés, Castrillón, Corvera, Carreño y Gozón.

Salud pide a los jóvenes de 15 a 25 años que restrinjan su vida social en los próximos días.

Esta noche, como todas las noches, tiene algo mágico que asusta y conmueve a partes iguales. La noche con sus sombras inquieta. Recoge la luz de todo un día. Y guarda lo vivido como algo sagrado. En la noche Dios me habla en sueños. En la noche el cansancio me invita a descansar. En la noche nace un Niño en un pesebre, en un portal, en Belén y muy pocos comprenden lo que sucede. Es sólo una noche, el final de un día, el comienzo del siguiente y la vida sigue igual. Estoy tan acostumbrado a pasar la página de mi día. Es tan habitual ir olvidando lo que vivo a medida que pasa y lo guardo dentro del alma. Es como si el sueño dejara de dibujar los contornos de lo amado, de lo entregado, de lo vivido. Me da miedo vivir pasando páginas y dejando que todas se consuman en un fuego extraño lleno de olvido. Quisiera ser un maestro en sacar del pozo del recuerdo oleadas de sabiduría. Pero sé que lo que vivo nunca cae en saco roto. Me importa vivir amando para grabar dentro de mí las experiencias más hondas, las que me han dado la vida. Que nunca llegue a olvidarlas. Merece la pena vivir, amar, sentir. Merece la pena escribir una historia santa, digna de ser recordada. Entre el olvido y el recuerdo elijo siempre hacer memoria. Incluso cuando al sacar de dentro del alma encuentro experiencias difíciles que casi siempre quiero olvidar. Pero no puedo, justo esas no se olvidan. Caprichosa la memoria que guarda fielmente las heridas, los rencores, los agravios sufridos. Pero en esta noche que es santa quiero recordar la bondad, la vida, la alegría, los abrazos, las palabras importantes, los silencios sagrados. Quiero traerlos todos a la conciencia. Que no se me olvide nada. Ni la fecha, ni la hora, ni el momento del día, ni la luz que percibía dentro de mi pecho. Todo quiero retenerlo, es sagrado. No para aprender de mi pasado. No es esa la idea. Sé que tengo una tendencia casi innata a repetir de forma obsesiva mis comportamientos torpes. Palabras dichas en el momento menos oportuno. Omisiones que me cuestan perder el momento para hacer algo importante. No quiero recordar para aprender a vivir. Es más bien que los recuerdos me construyen, me sanan por dentro, me levantan. Son como las raíces sobre las que mi vida se asienta firme. Esos pilares que me identifican. Un bálsamo en el dolor. Y en esta noche ante el Niño vengo con el alma llena de recuerdos. De historias vividas, y de otras que ahora vivo con la fuerza de un niño, con la pasión de un hombre. No le tengo miedo al futuro porque el pasado guardado me sostiene, me mantiene en pie, me alegra. Pase lo que pase, creo poder decir que he vivido. Que mi vida ha merecido la pena y que hasta mis errores y torpezas embellecen mi pobreza. No me guardo nada oculto dentro de mi alma. Todo lo pongo ante el Niño que sólo mira conmovido. Son mis manos vacías las que más le impresionan. Porque hace falta tener paz en el alma para no traer nada ante el Niño. Solo mi vida, sólo yo y mi pobreza. ¿Es eso lo que Él quiere? Ya no lo sé con certeza, pero lo intuyo. Creo que sí, que sólo necesita esa memoria del alma que guarda lo vivido como un don sagrado. Sólo temo dejar de vivir con pasión la vida que me toca. Con alegría el presente. Con paz mirar la vida pasada. Soy el que soy fruto de mis decisiones y cada día es una segunda oportunidad que Dios me da para recomponer mi vida. Quiero aceptarme tal y como soy, en mi pequeñez. Es lo más valioso que puedo entregarle al Niño en esta noche de olvidos y recuerdos. En esta noche en la que todo comienza, justo cuando muere el día. Todo surge con una luz nueva, justo al apagarse todas las luces de la vida. Y en medio del olvido brota la memoria. Porque reconciliarme con mi propia historia es lo más grande que le puede pasar a una persona. Y Jesús, ese niño envuelto en pañales, me hace ver que mi vida merece tanto la pena. No quiero guardar rencores en esta noche santa. No quiero olvidarme de lo importante que he vivido. Lo escribiré todo para leerle al Niño mi carta más profunda. Mis palabras más ciertas. Mis silencios más bellos. Jesús escuchará con el alma abierta. Dispuesto a dejarme pasar dentro de su vida en esta noche. Mis manos vacías, nada temo.

Llegan las fiestas de Navidad y no sé bien cómo mirar al cielo. Dejo de pensar solo en mí, en lo que a mí me angustia y quita la paz. Dejo de pensar sólo en mis problemas. Quizás no encuentro hoy las palabras para vivir con paz en la tierra. El otro día leí una frase que movió mi alma: «Para que te ocupes de lo que realmente importa en la vida». Y la frase acompañaba la historia de un abuelo que hacía ejercicio para estar en forma y poder alzar a su nieta en brazos y que ella pudiera colocar en lo alto del árbol de Navidad la estrella. Una estrella que iluminara sus vidas. Pienso en las cosas pequeñas que de verdad importan. ¿Qué es lo que realmente importa en mi vida al arrodillarme en estos días delante del Nacimiento del Señor? Viene Dios a hacerse hombre entre mis brazos, pequeño, humano, frágil. ¡Qué curioso! Un Dios frágil. Cuando yo pierdo tanto tiempo en querer ser como Dios. Quiero hacerlo todo bien, llegar a todo y a todos, ser perfecto. Y siento que pierdo el tiempo en cosas poco importantes. Vivo compitiendo con competidores que imagino en mi propio corazón. Parece que intento hacerlo todo mejor que otros. ¿Es eso realmente lo importante? Vivo mendigando el reconocimiento de los que me rodean. Quiero que me quieran más que a otros. Quiero tener el mejor lugar y que todos me lo agradezcan. Quiero que valoren mi esfuerzo, mi sacrificio, mi vida entregada como ofrenda. Que vean todo lo que hago y aplaudan ante mis ojos. Y si no lo hacen, y si otros son mejor vistos o más valorados y tomados en cuenta que yo, entonces sufro sintiendo que soy poco valioso. ¡Cuánta pobreza hay en mi corazón! La angustia se apodera de mi alma y la tristeza. Me molesta que otros copien mis ideas. Que otros triunfen donde yo fracaso. ¿Es todo eso lo que realmente importa en esta vida que quiere ser habitada por Dios? Vivo tratando de cumplir, de hacer lo que corresponde. Mi orgullo es tan poderoso, mi amor propio. Yo intento cumplir para demostrarme algo quizás, no lo sé. Veo que a otros que no lo hacen todo bien les va mejor que a mí. El amor de Dios puede lograr milagros en mí: «Él nos regala gusto por ser buenos, alegría en ser buenos». Muchas veces he creído que ser bueno era un deber, una obligación, pero nunca un placer. Veía que hacer el bien era dejar a mi hermano el mejor regalo, u ocultarme yo para que él brillara, o ceder en mis planes aceptando los de los otros. Hacía el bien y era bueno. Y a veces me rebelaba contra esa aparente injusticia. Bueno para ceder, para sacrificarme. Era lo que Dios siempre esperaba de mí. Eso creía. El problema no es el bien que hago, sino la actitud de mi alma al hacerlo. ¿Dónde está mi orgullo? El orgullo de querer hacerlo todo bien. Como un deber grabado en la piel. Ahora me detengo ante Dios hecho hombre, niño y quiero aprender a ver que hacer el bien y ser bueno es un gusto, una alegría, más que una obligación. Quiero ser bueno y no competir en ese ser bueno y hacer el bien. A veces creo que quería ser bueno para ser mejor que otros, o incluso ser el mejor. Siento que en esos casos me he equivocado. No hay que ser mejor en nada en la vida, basta con ser bueno. El tenista Rafael Nadal decía: «Me gustaría que me recordasen como una buena persona». Basta con bueno para ser feliz, eso me va quedando claro. O más aún, creo que sólo seré feliz si soy mejor persona, mejor padre, mejor hijo, mejor trabajador. No el mejor en todo lo que hago, ni el más inteligente, ni el más capaz. Ser el mejor en algo, en lo mío, no es lo que me da la paz. Siempre puede surgir alguien que me supere. Miro con humildad mi vida y me alegro de lo que Dios hace conmigo. ¿De verdad ser bueno es lo más importante? El mundo con sus pasiones, con sus modas, con sus cantos de sirena, sigue despertando al hombre herido que llevo dentro. Ese hombre que busca la aprobación del mundo en todo lo que hace. Y quiere que el mundo se arrodille a sus pies. ¡Cuánta vanidad en mis gestos, en mis palabras! ¿Cómo lograré ser más humilde esta Navidad? A veces me descubro en mi pobreza alentando mi deseo de ser casi más grande que Dios. Se me olvida que soy pequeño, un niño desvalido, un hombre herido. Sólo necesito ser hijo necesitado, ser pobre, ser pequeño delante de este Nacimiento en el que Dios se hace carne de mi carne. No viene Dios mostrando su poder, sino su indefensión. Será que me está mostrando un camino. No tengo que ser el más grande, ni el mejor. Sólo la aceptación de mi pobreza es lo que me acerca a Dios. Tengo claro que la vanidad me aleja de Él porque, en esos momentos poderosos en los que triunfo, siento que no lo necesito. De rodillas ante Jesús renuevo mi deseo de ser simplemente bueno esta Navidad. No el mejor, sólo bueno. Y eso ya es mucho. Y alegrarme en esa bondad que es un don de Dios inmenso, un don, no un deber. Algo que se me da como un regalo, no algo que conquisto. Esta Navidad acepto la bondad de los que me aman más de lo que yo puedo demostrarles. No estoy en deuda con ellos. Todo es gratuidad. Y esa bondad humana que se me regala, se convierte en un alimento que saca lo mejor de mí.

Dejo caer entre mis dedos la nostalgia y el frío. El sol se ha puesto de repente o más bien es que nace Dios en una cueva y una luz extraña lo llena todo de alegría. ¿Cómo es posible que Dios quiera hacerse niño, tan débil, tan humano? Jamás lo entiende mi razonamiento que me lleva a querer dar razones de todo. Mientras tanto mi corazón se calla, no busca explicaciones, sólo acoge la luz cada mañana, o reposa cada noche cuando el sol se oculta entre las sombras. Es Navidad. Y me detengo donde estoy, en este presente eterno que se me regala. Quiero la vida, el amor y la esperanza. Quiero los abrazos que ahora se me niegan y las conversaciones que nunca mueren. Quiero lo que de verdad queda cuando disipo lo superficial de mi vida, lo que no vale tanto aunque a menudo me empeñe en darle más valor que a todo lo demás. Y me quedo pensando en ese deseo profundo que tiene mi alma. Abrazo en Navidad la alegría que se derrama de un nacimiento escondido. Nace Dios y su presencia ilumina mi camino. Me quedo con lo que cuenta, con las miradas de aceptación, con las palabras sin rencor, que enaltecen y elevan el ambiente. Me quedo con las frases limpias, escritas o pronunciadas a viva voz. Elijo la parte positiva de todo lo que me sucede, incluso cuando sufro o me duele la vida. Elijo los momentos sencillos, sin muchos más adornos, más bien desnudos, despojados de ropajes que todo lo disimulan. Elijo las sonrisas que lo llenan todo de vida y la paz antes que la guerra, porque levanta el ánimo. Elijo subir a la montaña para luego bajarla, no importa cuánto tarde. Elijo contestarte y no dejarte en visto, no para cumplir expectativas, sino porque elijo la vida, y el amor, y los sueños. Me visto de esperanza, al fin y al cabo, «estás hecho de la misma materia que los sueños», como decía Shakespeare. Estoy hecho de sueños. La misma materia soñada por Dios. Esa misma vida que no he imaginado y es la que se despliega ante mis ojos. Elijo reírme un poco de mí mismo, para no tomarme demasiado en serio. Elijo abrazar a los que amo, para añorar después esos abrazos, y repetirlos en mi memoria que está viva. Elijo la vida, nunca la muerte. Y los silencios que aprueban antes que los gritos. Elijo los halagos y desprecio los reproches. Acojo como un don la vida sencilla, sin pretensiones. Cenar cualquier cosa, regalar poesía. Decir que te quiero, no guardarme nada por miedo a que me rechacen. Elijo las verdades, no las dulces mentiras. Elijo vivir con paz, no en lucha conmigo mismo. Elijo perder si eso trae paz a mi vida. Elijo el desprecio si es lo que me toca. Elijo la soledad si es para tener más raíces. Elijo los bosques que me llevan a lo hondo de mi vida. Elijo los abrazos que son tan gratuitos. Y las palabras sinceras que me llenan el ánimo. Elijo perder el tiempo con los que amo. Elijo no llevar cuentas del mal recibido y menos aún del bien que yo hago. Elijo palpar la vida por fuera, con respeto infinito, sin quebrantar la inocencia de los que se me confían. Elijo la libertad y el respeto hondo a todas las decisiones. Elijo al Niño que nace y viene a quedarse conmigo, aunque no lo comprenda. Elijo la compasión y la misericordia como respuestas. Elijo no juzgar ni condenar a nadie. Elijo los puestos ocultos, no los primeros en la vida. Elijo lo que me toca vivir sin antes haberlo elegido. Incluso cuando es dolor, por ser enfermedad o muerte, nada más lejos de ese deseo de Dios de que yo viva eternamente. Elijo amar a Dios en todos a los que amo. Y elijo comenzar de nuevo cada mañana con el corazón alegre. Y acostarme cansado, por haber vivido, con el corazón tranquilo, sin tantos miedos. Elijo confiar, aun cuando me hayan fallado. Elijo ser yo mismo, aunque otros quieran que sea diferente. Me acuesto y amanezco sin dejar de ser hijo, de ser niño. He descubierto a tientas el rostro de mi padre. No dejaré ya nunca a los que me han amado, a los que yo he amado. No tengo miedo a la vida que se escapa entre los dedos. Confieso que he vivido y las canas lo prueban. Que he entregado mi vida entre el alba y la noche. Deshojando misterios escondidos en el aire. Sin temor a esas luces que se apagan y encienden. Es Navidad, sonrío y me agacho ante el Niño con mis manos vacías. Tantas cosas he hecho. ¿Dónde las he dejado? No importa tanto, sólo cuenta el Niño. Y mis manos vacías sólo llenas de sueños. Al fin y al cabo todo es esa misma materia que se eleva en el cielo, buscando las respuestas. Y mientras tanto me dejo querer. Cuánto cuesta dejarse amar y estar en deuda con quien me ama. ¿Cuándo entenderé el secreto de la gratuidad? Lo que me hace más grande es ser pequeño. Y lo que me hace más rico es reconocerme pobre. No me ama Dios más cuando yo más lo amo. Es justo al revés. En mi debilidad Dios se derrama en gracias, se conmueve y se llenan de luz todas mis noches y los rincones oscuros de mis entrañas. Y sonrío a ese Niño que se ríe de mí, o de la vida. Yo aún no he dicho nada y Él ya lo sabe todo y toma mis manos en las suyas, estando vacías. Me quedo quieto, cansado, feliz, dormido. No sé bien cuántas cosas he de vivir para ser de verdad de Dios, para ser niño, hijo y poder amar así en Él todos sus sueños, mis propios sueños. Y caminar tranquilo por sus santos caminos.

Dios se hace carne por algún motivo que no alcanzo a comprender. Se hace hombre como yo, sin pecado, pero sujeto a las tentaciones. Frágil, humano, caduco. Busco razones teológicas para entender cómo es posible que la omnipotencia se vuelva impotente, y la eternidad se limite en el tiempo. Para lograr que el que es camino nazca sin poder caminar. Y el que es la Palabra nazca sin poder hablar. Todo permanece ante mis ojos lleno de misterio, que a mí, hombre de este siglo, me incomoda. Quiero saberlo todo, comprender todas las cosas, desentrañar lo enredado y desvelar lo oculto. Pero no lo logro y sigue sin cuadrarme todo en mi alma que quiere razones y las exige. ¿Por qué se hizo niño indefenso siendo poderoso? ¿Por qué asumió ese rostro, esa piel, esa lengua, esa religión, esa tierra? Sigo sin encontrar razones suficientes para elegir un camino y no otro. Pero es Navidad y entonces decido dejarme caer de rodillas en oración ante mi nacimiento. Sin entenderlo acepto la realidad en su belleza, en su misterio. Un Dios sin defensas, vulnerable, ignorante, desconocido, perseguido. ¿Qué peligro podía tener un niño indefenso? Es temible en lo que puede suponer un Dios hecho niño que llegue a ser hombre y pretenda ser rey. Puede intimidar a los poderosos y poner en peligro su poder. Por eso querían matarlo ahora que era indefenso. Yo sólo quiero que crezca y sea poderoso, y salve el mundo a mi manera, con poder. Lo contemplo en el nacimiento, en mi Belén. Un niño como cualquier otro. ¿Dónde están sus poderes especiales, esos que yo deseo para enfrentar la vida? ¿Dónde puedo ver su inmortalidad que ahora se limita en el tiempo? ¿Dónde están sus manos fuertes que bendicen y hacen milagros, ocultas ahora en esas manos de niño? ¿Dónde puedo encontrar su Palabra viva, la única que salva, cuando en Navidad sólo escucho el llanto de ese niño? ¿Cómo creer lo contrario a lo que me dicen los sentidos? Dios impotente no cambia mi vida. Todo el poder del mundo está sujeto a una impotencia que no me salva. ¿Cuántos años tendré que esperar para que cambie el mundo? ¿Por qué nació huyendo de sus enemigos, escondido y sin protección? Tantas incongruencias me ponen nervioso a mí que busco justificaciones que le den sentido al absurdo. Me dicen que se hace carne para reconciliar a Dios con el hombre, por ese primer pecado que sigo teniendo en mi alma de querer ser como Dios. Parece que no lo logra. Sigo sin estar del todo reconciliado con el Dios de mi vida. Más bien creo que Jesús se hizo carne para hacerme ver la vida con sus ojos. Vino para que aprendiera a usar mi voz y mis palabras como Él lo hizo. Y quizás lo más importante, vino para que aprendiera a ordenar mi amor enfermo. Un amor como el suyo, desde mi misma carne, es el camino que quiero seguir para ser más niño, más hijo, más de Dios. Me arrodillo ante Jesús en Navidad con el alma encogida. Estoy tan lejos de ser como Él. Él es el camino. Y su alegría se convierte en mi única forma de vivir. «Si su corazón es infeliz, no servirá de nada». Vino para que mi corazón dejara de ser infeliz, para eso vino. Se hizo hombre para entregarlo todo por mí, con un corazón manso. Me cuesta tanto entender esa forma de amar. Yo pongo límites, soy prudente, y creo que si amo más de lo que me aman, seré infeliz. Por eso mido tanto la entrega. Ese Jesús escondido en mi mismo cuerpo que vive de esa forma nueva y lo hace todo nuevo me desconcierta. Yo estoy más roto, más herido. Y mi amor sale de mí de forma muy desordenada. En Navidad me arrodillo ante el pesebre. Quizás si me hago un poco niño como Él pueda empezar a crecer desde dentro, desde la inocencia más sagrada y llena de confianza: «Sé como un niño que camina tomado de la mano de su Padre poderoso». El poder es de Dios y así me siento yo dándole la mano a ese niño indefenso. Es Dios oculto que viene a mostrarme un camino, el de ser niño para descansar en el corazón de Dios y creer en su misericordia. No quiero rechazar las apariencias, a veces pesan tanto. La apariencia de un Dios que no puede salvar. Quiero tener fe cuando en mi vida parezca que Dios no me salva, no me saca de la angustia, no acaba con la enfermedad ni con la muerte. Me parece un Dios indefenso, fallado, perdido. Un Dios impotente que no puede hacer nada. Pero no es así. En medio de mis dudas y mis miedos viene a hacerse carne en mi debilidad. A hacerse uno de los míos. Mi hermano, mi padre, mi hijo. Viene a salvarme de mi egoísmo, de mi necedad, de mi orgullo, de mi vanidad, de mi soledad. Viene a hacerme sonreír en medio de mis tristezas. Puede hacerlo todo nuevo en mí ese niño que parece no tener poder. Pero tiene un poder distinto al que yo busco. El poder más fuerte de todo hombre. El poder de su amor con el que me ama hasta el extremo y me mira con misericordia en mi fragilidad. Ese poder es el que salva. No hay nada más poderoso que el amor. Me arrodillo de nuevo ante este Niño. Quiero ser niño, quiero ser confiado, quiero tener paciencia. Y sueño conque Dios Niño haga todo nuevo en mi corazón herido y me llene de paz y de una alegría nueva que nadie me pueda quitar.

Quiero mirar agradecido el año que termina. Quiero mirarlo sin rencor, sin enojo, sin lágrimas. Sólo quiero detenerme a agradecer por todo lo bueno que he recibido. En medio de muertes, enfermedad, cubrebocas, distancias sociales, conflictos, crisis y miedos. ¿Es posible agradecer por lo bueno mientras estoy llorando por lo malo que ha sucedido? Creo que sí, aunque no es tan fácil. Mi tentación es echarle en cara a Dios, o a los hombres, las maldades que padezco. Como si fueran otros los culpables y no yo. Por lo general, tiendo a dar gracias por lo bueno, pero no tanto por lo malo. Estoy feliz por los éxitos cosechados y me duelen los fracasos que he sufrido. Me llenan de paz los abrazos que recibo y no tanto las distancias o el rechazo del amor que deseo. Por eso no es tan evidente que al acabar el año pueda agradecer. Hoy me detengo y miro a María en Belén, al acabar el año, al empezar el año y de rodillas le doy gracias. ¿Acaso no ha estado Ella presente en medio de todos mis días? ¿No sujetaba Ella el timón de la barca en medio de la tormenta? Sí, mire donde mire la veo caminar al ritmo de mis pasos. ¿Por qué voy a tener miedo si Ella no ha dejado de abrazarme? Ella siempre está ahí, ha estado durante este año y estará conmigo al comenzar el que viene. Y me enseña una forma diferente de vivir la vida, agradeciendo, meditándolo todo en el corazón: «María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón». Quiero aprender a meditar sobre mi vida como lo hizo Ella. ¿Qué he vivido este año? ¿Qué regalos me han caído del cielo? ¿Qué cruces y dificultades me han hecho sufrir? ¿Qué impresiones guardo como un tesoro dentro del alma? La resonancia de los acontecimientos ha dejado una huella. Ha sido el año de la pandemia, de la enfermedad, de la soledad, de los límites, de los planes imposibles, de los proyectos truncados, de las injusticias y las crisis. Un año tan difícil para todos. En medio de los dolores compartidos, medito en silencio, dejo que pasen las horas por mi alma meditando en el silencio de mi corazón. No tengo miedo a los sentimientos que afloran. Sé que no me voy a encontrar con nada malo. Simplemente necesito tiempo y fuerza para ponerme en presencia de Dios, sólo eso. Y miro hacia atrás conmovido. ¡Cuántos recuerdos corren por mi alma queriendo dejar su impronta y no ser olvidados! Tantas cosas han pasado. Tanta vida como ríos desbordados. Corro el riesgo de olvidar lo importante y quedarme sólo con un regusto amargo en los labios al pensar en todo lo que no ha sido posible. No quiero acordarme solo de lo doloroso. Pongo la mirada en lo vivido, en todo lo bueno que se me ha regalado. No ha sido un año vacío. Han pasado muchas cosas en mis días. Quizás menos viajes, menos movimiento, menos estar fuera de casa. Tal vez más angustias, más ansiedades, más preocupaciones y más miedos. Y mucha vida honda, callada, calmada. Quiero mirar a María que me ayuda a meditarlo todo en mi corazón. ¿Qué me querrá decir Dios con todo lo que ha pasado? Quizás Él quiere que no le dé tanta importancia como antes a lo superfluo. Que me fije en lo realmente valioso y fundamental de mi vida. Que comprenda que es un lujo tener libertad y hacer lo que quiero, un lujo abrazar a los que amo sin barreras prudentes. Un lujo levantarme cada mañana con salud, pudiendo respirar, estando sano y con unas mínimas seguridades. Un lujo tener un lugar donde vivir y personas que me quieren. Es un lujo poder amar a los míos y saberme amado por ellos. Un amor incondicional, limitado, pero que trasparenta el amor de Dios en mi vida. Entresaco con paciencia todo lo bueno de estos meses. Todo lo que he aprendido. He tenido más tiempo para conocer mi alma, saber mejor cómo soy, quién soy y cómo reacciono ante las dificultades. Aprender de la vida es mi tarea cada año. Por eso miro agradecido hacia atrás. Y muy confiado hacia delante.

 

Hoy Dios bendice mis pasos con su paz: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre tu rostro y te conceda la paz». Una mirada de Dios sobre mi vida me calma. Me ama y eso que sabe perfectamente cómo soy. Ha visto mi pecado y mi debilidad. Ha contemplado mis pensamientos llenos de rencor o maldad. No se sorprende al ver mis límites y conocer mis impurezas. Me sonríe y me hace creer que puedo ser mejor de lo que yo creo. Miro este nuevo año con un corazón alegre. Dios puede hacer muchos milagros en mi vida si me dejo hacer por Él. No tengo miedo. Él sabe que soy de barro y eso me gusta. El barro en sus manos puede llegar a ser una obra de arte. Me dejaré hacer al comenzar este año. Soñaré con el que puedo llegar a ser. Y sonreiré a la vida feliz por lo que me ha dado. Los sueños se harán realidad en medio de tantas dificultades. No importa, nada es imposible para Dios.

Jesús siempre llega, cuando menos lo espero y corro el riesgo de dejarlo pasar de largo, por no estar atento. Hoy escucho a Juan hablándome al corazón. En el principio, antes de nada, ya era Dios. Y Dios, eterno, todopoderoso, quiso hacerse carne de mi carne. Y yo no lo vi: «Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió». Él es la luz y yo la tiniebla. Él la salida del túnel, yo la sombra del túnel. Me gusta esa imagen que contrapone la vida y la muerte. La luz que acaba con la oscuridad, con las tinieblas. Pero luego miro en mi corazón y veo que dentro de mí se superpone la luz y la tiniebla, la esperanza y la desolación. Me gustaría que hubiera más luz y más salidas en mi oscuridad, en mi alma. Noto la ausencia de la luz porque tal vez tenga los sentidos embotados. Me duele el alma por dentro de tanto buscar a alguien que le dé sentido a todo lo que me ocurre. Sueño con encontrarme con Dios, pero no soy capaz de dar un paso. No dejo que entre Dios dentro de mi vida, por ese temor mío. Me asusta que se me complique todo si lo dejo entrar. Y entonces no logro ver al Dios que viene a acampar en mi vida: «El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron». La luz verdadera que destierra toda oscuridad de mi vida. ¡Cuántos hay hoy que no le reconocen! ¡Cómo es posible no ver la luz cuando hay tantas sombras a mi alrededor! Muchos dicen creer en Dios, pero no creen, son creyentes ateos. Se sienten cristianos pero han desterrado a Dios de sus vidas. No lo ven, dudan de su poder, de su presencia, de su luz. Dicen que sí, que tienen fe, pero luego actúan como si no existiera. ¿No soy yo a veces uno de ellos? Un creyente pagano, demasiado contagiado del mundo. Es más fuerte ese ateísmo creyente. Casi más que ese otro ateísmo beligerante. Un ateísmo hecho de oscuridad y de noche. De pereza y cansancio. De desilusión y soledad. De desesperanza y de vértigo. Porque da vértigo creer. Juan describe así al creyente cuando habla de Juan el Bautista: «Éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios». Dar testimonio de la luz con obras, con la sangre, con la carne, con la luz que consigo que se encienda en mi interior. Ojalá pueda vivir yo cada día lo que dice hoy S. Pablo: «Ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos». Una luz, una riqueza, una forma diferente nueva propia de los santos, de los que son hijos de Dios, nacidos de la sangre de Dios, de la carne de Cristo. Quizás me falta una fe viva, apasionada, para descubrirlo en medio de las sombras que me rodean. Es tan fuerte la tentación del mundo que me hace creer que esta vida es todo lo que hay. Y después nada más que polvo y el olvido o el recuerdo. Amar siempre compensa. Pero amar la carne caduca sin atisbo de inmortalidad parece poco. Un amor caduco como la vida. No lograré encender una hoguera que nadie apague. Al final el fuego siempre se consume. Igual que la vida misma, o el amor que cambia de objeto, o se torna odio o desprecio. Es tan fácil pasar de ese amor apasionado a un odio igual de apasionado. ¡Qué línea más delgada separa a mis actos de caer en la oscuridad! Una línea tenue separa al día de la noche. Un amanecer que tiende al sol. Un atardecer que tiende a la noche. Es muy fácil confundir el momento en el que me encuentro. Estoy saliendo o entrando, partiendo o llegando. El comienzo de la vida o el final de esta. Una línea apenas perceptible. Y lo único que rompe el equilibrio es tener fe o dejar de creer. Puedo empezar de cero o puedo llegar a cero. Comienzo desde la nada y llego al final de un camino con las manos vacías. No quiero que Jesús pase por delante de mis ojos y yo no sea capaz de darle posada. Quiero que aumente mi fe. Ha venido a habitar en mí, a acampar en medio de su pueblo. Y yo quiero reconocerlo, quiere que se abran los ojos de mi fe. No necesariamente allí donde brilla la luz de una lámpara, de una vela, es Dios más visible. De forma especial quiero aprender a verlo llegar en mi oscuridad. Allí donde los hombres viven en guerra y no se aman. Allí donde el odio es más fuerte que el amor. Allí donde es rechazado viene en mi carne. En la carne de mi hermano. En la carne de aquel a quien yo mismo desprecio. Quiero tener los ojos de mi corazón abiertos. Para verlo y acogerlo y alabarlo por caminar y abrazarme en mi soledad.

 

Enviado por:

 

Jesús Manuel Cedeira Costales.