viernes, 15 de febrero de 2019

PIEDAD POPULAR Y LITURGIA: LAS IMÁGENES SAGRADAS







Fue especialmente el Concilio Niceno II, "siguiendo la doctrina divinamente inspirada de nuestros Santos Padres y la tradición de la Iglesia Católica", el que defendió con fuerza la veneración de las imágenes sagradas: "definimos, con todo rigor e insistencia que, a semejanza de la figura de la cruz preciosa y vivificadora, las venerables y santas imágenes, ya pintadas, ya en mosaico o en cualquier otro material adecuado, deben ser expuestas en las santas iglesias de Dios, sobre los diferentes vasos sagrados, en los ornamentos, en las paredes, en cuadros, en las casas y en las calles; tanto de la imagen del Señor Dios y Salvador nuestro Jesucristo, como de la inmaculada Señora nuestra, la santa Madre de Dios, de los santos Ángeles, de todos los Santos y justos".



Los Santos Padres encontraron en el misterio de Cristo Verbo encarnado, "imagen del Dios invisible" (Col 1,15), el fundamento del culto que se rinde a las imágenes sagradas: "ha sido la santa encarnación del Hijo de Dios la que ha inaugurado una nueva economía de las imágenes".



La veneración de las imágenes, sean pinturas, esculturas, bajorrelieves u otras representaciones, además de ser un hecho litúrgico significativo, constituyen un elemento relevante de la piedad popular: los fieles rezan ante ellas, tanto en las iglesias como en sus hogares. Las adornan con flores, luces, piedras preciosas; las saludan con formas diversas de religiosa veneración, las llevan en procesión, cuelgan de ellas exvotos como signo de agradecimiento; las ponen en nichos y templetes, en el campo o en las calles.



Sin embargo, la veneración de las imágenes, si no se apoya en una concepción teológica adecuada, puede dar lugar a desviaciones. Es necesario, por tanto, que se explique a los fieles la doctrina de la Iglesia, sancionada en los concilios ecuménicos y en el Catecismo de la Iglesia Católica, sobre el culto a las imágenes sagradas.






 Según la enseñanza de la Iglesia, las imágenes sagradas son:



·         traducción iconográfica del mensaje evangélico, en el que imagen y palabra revelada se iluminan mutuamente; la tradición eclesial exige que las imágenes "estén de acuerdo con la letra del mensaje evangélico";



·         signos santos, que como todos los signos litúrgicos, tienen a Cristo como último referente; las imágenes de los Santos, de hecho, "representan a Cristo, que es glorificado en ellos";



·         memoria de los hermanos Santos "que continúan participando en la historia de la salvación del mundo y a los que estamos unidos, sobre todo en la celebración sacramental";



·         ayuda en la oración: la contemplación de las imágenes sagradas facilita la súplica y mueve a dar gloria a Dios por los prodigios de gracia realizados en sus Santos;



·         estímulo para su imitación, porque "cuanto más frecuentemente se detienen los ojos en estas imágenes, tanto más se aviva y crece en quien lo contempla, el recuerdo y el deseo de los que allí están representados"; el fiel tiende a imprimir en su corazón lo que contempla con los ojos: una "imagen verdadera del hombre nuevo", transformado en Cristo mediante la acción del Espíritu y por la fidelidad a la propia vocación;



·         una forma de catequesis, puesto que "a través de la historia de los misterios de nuestra redención, expresada en las pinturas y de otras maneras, el pueblo es instruido y confirmado en la fe, recibiendo los medios para recordar y meditar asiduamente los artículos de fe".



Es necesario, sobre todo, que los fieles adviertan que el culto cristiano de las imágenes es algo que dice relación a otra realidad. La imagen no se venera por ella misma, sino por lo que representa. Por eso a las imágenes "se les debe tributar el honor y la veneración debida, no porque se crea que en ellas hay cierta divinidad o poder que justifique este culto o porque se deba pedir alguna cosa a estas imágenes o poner en ellas la confianza, como hacían antiguamente los paganos, que ponían su esperanza en los ídolos, sino porque el honor que se les tributa se refiere a las personas que representan".



A la luz de estas enseñanzas, los fieles evitarán caer en un error que a veces se da: establecer comparaciones entre imágenes sagradas. El hecho de que algunas imágenes sean objeto de una veneración particular, hasta el punto de convertirse en símbolo de la identidad religiosa y cultural de un pueblo, de una ciudad o de un grupo, se debe explicar a la luz del acontecimiento de gracia que ha dado lugar a dicho culto y a los factores histórico-sociales que han concurrido para que se estableciera: es lógico que el pueblo haga referencia, con frecuencia y con gusto, a dicho acontecimiento; así fortalece su fe, glorifica a Dios, protege su propia identidad cultural, eleva con confianza súplicas incesantes que el Señor, según su palabra (cfr. Mt 7,7; Lc 11,9; Mc 11,24), está dispuesto a escuchar; así aumenta el amor, se dilata la esperanza y crece la vida espiritual del pueblo cristiano.







Las imágenes sagradas, por su misma naturaleza, pertenecen tanto a la esfera de los signos sagrados como a la del arte. En estas, "que con frecuencia son obras de arte llenas de una intensa religiosidad, aparece el reflejo de la belleza que viene de Dios y a Dios conduce". Sin embargo, la función principal de la imagen sagrada no es procurar el deleite estético, sino introducir en el Misterio. A veces la dimensión estética se pone en primer lugar y la imagen resulta más un "tema", que un elemento transmisor de un mensaje espiritual.



En Occidente la producción iconográfica, muy variada en su tipología, no está reglamentada, como en Oriente, por cánones sagrados vigentes durante siglos. Esto no significa que la Iglesia latina haya descuidado la atención a la producción iconográfica: más de una vez ha prohibido exponer en las iglesias imágenes contrarias a la fe, indecorosas, que podían dar lugar a errores en los fieles, o que son expresiones de un carácter abstracto descarnado y deshumanizador; algunas imágenes son ejemplo de un humanismo antropocéntrico, más que de auténtica espiritualidad. También se debe reprobar la tendencia a eliminar las imágenes de los lugares sagrados, con grave daño para la piedad de los fieles.



A la piedad popular le agradan las imágenes, que llevan las huellas de la propia cultura; las representaciones realistas, los personajes fácilmente identificables, las representaciones en las que se reconocen momentos de la vida del hombre: el nacimiento, el sufrimiento, las bodas, el trabajo, la muerte. Sin embargo, se ha de evitar que el arte religioso popular caiga en reproducciones decadentes: hay correlación entre la iconografía y el arte para la Liturgia, el arte cristiano, según las épocas culturales.



Por su significado cultual, la Iglesia bendice las imágenes de los Santos, sobre todo las que están destinadas a la veneración pública, y pide que, iluminados por el ejemplo de los Santos, "caminemos tras las huellas del Señor, hasta que se forme en nosotros el hombre perfecto según la medida de la plenitud en Cristo". Así también, la Iglesia ha emanado algunas normas sobre la colocación de las imágenes en los edificios y en los espacios sagrados, que se deben observar diligentemente; sobre el altar no se deben colocar ni estatuas ni imágenes de los Santos; ni siquiera las reliquias, expuestas a la veneración de los fieles, se deben poner sobre la mesa del altar. Corresponde al Ordinario vigilar que no se expongan a la veneración pública imágenes indignas, que induzcan a error o a prácticas supersticiosas.








RITO DE LA BENDICIÓN DE UNA IMAGEN DE LOS SANTOS



RITOS INICIALES



Reunido el pueblo, se entona oportunamente un canto adecuado, terminado el cual, el celebrante dice:



En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.



Todos se santiguan y responden:



Amén.



Luego el celebrante saluda a los presentes, diciendo:



La gracia de nuestro Señor Jesucristo, que es la corona de todos los santos, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros.



U otras palabras adecuadas, tomadas preferentemente de la sagrada Escritura.



El pueblo responde:



Y con tu espíritu.



O de otro modo adecuado.



Luego el celebrante exhorta brevemente a los fieles para disponer su espíritu a la celebración y explicar el significado del rito; puede hacerlo con estas palabras u otras semejantes:



Al disponernos, hermanos, a celebrar este rito, en el que bendeciremos a Dios con ocasión de exponer a la pública veneración de los fieles esta nueva y noble imagen de san N., conviene que, ante todo, preparemos nuestro espíritu para entender lo que significa esta celebración. La madre Iglesia, al exponer a la pública veneración las imágenes de los santos, espera de nosotros, sobre todo, que, al mirar las efigies de los que han seguido a Cristo con fidelidad, andemos en busca de la Ciudad futura y, al mismo tiempo, aprendamos cuál es el camino para llegar con seguridad a la plena unión con Cristo; los santos, en efecto, son amigos y coherederos de Jesucristo, y también hermanos y eximios bienhechores nuestros, que nos aman, nos asisten, interceden solícitamente por nosotros y, de una manera admirable, están en comunión con nosotros.








LECTURA DE LA PALABRA DE DIOS



Luego el lector, uno de los presentes o el mismo celebrante, lee uno o varios textos de la sagrada Escritura, seleccionados principalmente entre los que proponen el Leccionario del Misal Romano o de la Liturgia de las Horas en el Común o en el Propio de los santos, intercalando los convenientes salmos responsoriales o espacios de silencio. La lectura del Evangelio ha de ser siempre el acto más relevante. También pueden leerse los textos que se proponen a continuación:



Mt 5, l-12a: Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo



Escuchad ahora, hermanos, las palabras del santo Evangelio según san Mateo.



Al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablarles, enseñándoles:

—«Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.

Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.

Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.»



Palabra del Señor.

 

Pueden también leerse: Ef 3, 14-19; 1P 4, 7b-ll; Un 5, 1-5.



Según las circunstancias, se puede decir o cantar un salmo responsorial u otro canto adecuado.



Salmo responsorial Sal 1, 1-2. 3. 4 y 6 (R.: 2a)



R. Su gozo es la ley del Señor.



Dichoso el hombre

que no sigue el consejo de los impíos,

ni entra por la senda de los pecadores,

ni se sienta en la reunión de los cínicos;

sino que su gozo es la ley del Señor,

y medita su ley día y noche. R.



Será como un árbol

plantado al borde de la acequia:

da fruto en su sazón

y no se marchitan sus hojas;

y cuanto emprende tiene buen fin. R.



No así los impíos, no así;

serán paja que arrebata el viento.

Porque el Señor protege el camino de los justos,

pero el camino de los impíos acaba mal. R.



 O bien:



Sal 14 (15), 2-3. 4-5



R. (cf. Ib) El justo habitará en tu monte santo, Señor.



Sal 33 (34), 2-3. 4-5. 6-7. 8-9. 11



R. (2a) Bendigo al Señor en todo momento.



Luego el celebrante, según las circunstancias, hace la homilía, en la cual explica adecuadamente las lecturas bíblicas y el papel que representan los santos en la vida de la Iglesia, para que el significado de la celebración sea percibido por la fe.



PRECES



Si se estima oportuno, antes de la oración de bendición puede hacerse la plegaria común. Entre las intercesiones que aquí se proponen, el celebrante puede seleccionar las que le parezcan más adecuadas o añadir otras más directamente relacionadas con las circunstancias de la comunidad o del momento.



Invoquemos suplicantes a Dios Padre, que configura a los santos con la imagen de su Hijo, y que con la fuerza del Espíritu no deja de santificar a la Iglesia, y digámosle:



R. Sálvanos, Señor, por la intercesión de san N.



Dios, fuente de santidad, que has hecho brillar en tus santos las maravillas de tu gracia multiforme,

— concédenos celebrar tu grandeza en ellos. R.



Dios sapientísimo, que por medio de Cristo has constituido a los apóstoles fundamento de tu Iglesia,

— conserva a tus fieles en la doctrina que ellos enseñaron. R.



Tú que has dado a los mártires la fortaleza del testimonio, hasta derramar su sangre,

— haz de los cristianos testigos fieles de tu Hijo. R.



Tú que has dado a las santas vírgenes el don insigne de imitar a Cristo virgen,

— haz que reconozcan la virginidad a ti consagrada como una señal particular de los bienes celestiales. R.



Tú que manifiestas en todos los santos tu presencia, tu rostro y tu palabra,

— otorga a tus fieles sentirse más cerca de ti por su imitación. R.



Sigue la oración de bendición, como se indica más adelante.



Cuando no se dicen las preces, antes de la oración de bendición, el celebrante, con estas palabras u otras semejantes, invita a todos a orar, implorando la ayuda divina:



Reunidos desde diversos lugares por la fuerza de un solo Espíritu, y llamados todos a una misma santidad, invoquemos suplicantes al único Dios Padre.



Y, según las circunstancias, todos oran durante algún tiempo en silencio.






ORACIÓN DE BENDICIÓN



El celebrante, con las manos extendidas, dice la oración de bendición:



Proclamamos tu grandeza, Señor, porque sólo tú eres santo; compadecido de nosotros, enviaste al mundo a tu Hijo, Jesucristo, el que inicia y completa toda santidad. Él envió sobre la Iglesia naciente el Espíritu Santo Defensor, voz que enseña los secretos de la santidad, brisa que inspira fortaleza y suavidad, fuego que enciende en amor los corazones de los fieles, semilla divina que produce abundantes frutos de gracia.

Te glorificamos hoy, Señor, porque llenaste con los dones del Espíritu a san N., en cuya veneración tus servidores han hecho modelar esta imagen.

Haz, Señor, que ellos, siguiendo las huellas de tu Hijo, y considerando los ejemplos de san N., lleguen al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud. Que con su palabra y su ejemplo proclamen el Evangelio, dispuestos sin miedo a derramar su sangre por él; que carguen cada día con la cruz de Cristo y se entreguen totalmente a tu servicio y al de los hermanos; que cumplan sus deberes como ciudadanos de este mundo, llenándolo del Espíritu de Cristo, con la mirada puesta en la mansión celestial, donde tú, Padre, los recibas un día para reinar con tu Hijo.

Que vive y reina por los siglos de los siglos.



R. Amén.



O bien:



Oh, Dios, fuente de toda gracia y santidad, míranos con bondad a nosotros, tus servidores, que hemos dispuesto esta imagen de san N., y haz que experimentemos la intercesión de este santo, el cual, convertido en amigo y coheredero de Cristo, resplandece como testigo de vida evangélica y como egregio intercesor ante ti.

 Por Jesucristo, nuestro Señor.



R. Amén.



Después de la oración de bendición, el celebrante, según las circunstancias, pone incienso e inciensa la imagen, mientras se canta un salmo o un himno que guarden relación con el santo cuya imagen se bendice, o una de las siguientes antífonas:



Alabad a nuestro Dios, todos sus santos y los que teméis a Dios, pequeños y grandes, porque ha establecido su reinado el Señor, nuestro Dios todopoderoso. Con alegría y regocijo démosle gloria.



O bien:



El pueblo cuenta la sabiduría de los santos, la asamblea pregona su alabanza.







CONCLUSIÓN DEL RITO



El celebrante bendice al pueblo, con las manos extendidas sobre él, diciendo:



Dios, gloria y felicidad de los santos, que os ha concedido gozar de su patrocinio, os otorgue sus bendiciones eternas.



R. Amén.



Que por intercesión de los santos os veáis libres de todo mal, y, alentados por el ejemplo de su vida, perseveréis constantes en el servicio de Dios y de los hermanos.



R. Amén.



Y que Dios os conceda reuniros con los santos en la felicidad del reino, donde la Iglesia contempla con gozo a sus hijos entre los moradores de la Jerusalén celeste.



R. Amén.



Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo + y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros.



R, Amén.



Es aconsejable terminar el rito con un canto adecuado.








Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales









Fuente: piedadpopular.blogspot.com

DIRECTORIO SOBRE LA PIEDAD POPULAR Y LA LITURGIA. CIUDAD DEL VATICANO, 2002




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