viernes, 18 de febrero de 2022

JUDAS ISCARIOTE, EL TRAIDOR QUE VENDIÓ A JESUCRISTO

 


El nombre de Judas siempre ha sido sinónimo de traición, falsedad y maldad, algo usual después de leer las sagradas escrituras. 


Y es que, Judas Iscariote fue, según la Biblia, el apóstol que vendió a Jesucristo a los sacerdotes a cambio de unas meras monedas. Este hecho, sucedido según la liturgia un Miércoles Santo como el de hoy, marcó hasta tal punto a la cristiandad que ha sido imposible eliminar la connotación negativa de este nombre.

 

Judas, el más malo de la película

A pesar de que Judas aparece nombrado en los cuatro evangelios, es curioso que la Biblia no narre como fue llamado por Jesucristo para formar parte de los 12 apóstoles iníciales (los elegidos para seguirle en su predicación).

 

Por ello, y para conocer sus primeros pasos dentro del grupo, es necesario remontarse a los textos recogidos por Juan.

 

Concretamente, lo que las escrituras dicen de Judas es que era el tesorero de los apóstoles, es decir, el encargado de guardar el dinero tanto de Jesús como de sus compañeros. Sin embargo, no parece que fuera un ejemplo de honestidad, pues, según Juan, solía apropiarse del dinero común que iba a ser entregado a los pobres.

 

Judas era un ladrón que robaba de la bolsa común de los apóstoles

Juan no se deshace precisamente en elogios hacia su compañero, de hecho, cuenta en su evangelio que, poco antes de la muerte de Jesús, Judas mostró su verdadera cara al mundo. Al parecer, tras una cena, María quiso lavar los pies del maestro con un frasco de nardo, un perfume carísimo para la época.

 

«Judas, a pesar de haber motivos más que suficientes para alabar a María (…) no pudo soportar que se echase a perder un perfume tan caro, y dijo que con lo que valía podían haber resuelto las necesidades de muchos pobres» determina Luis de la Palma en su libro «La Pasión del Señor».

 

Sin embargo, y según narra Juan en su evangelio, no hizo esto porque «le importaran los pobres, sino porque era ladrón y, como llevaba la bolsa, hurtaba de lo que le echaban en ella». «Por eso hubiera preferido que el dinero que valía el perfume se echara en su bolsa», explica por su parte Luis de la Palma.

 

La venta de Jesús

A su vez, según el autor, Judas llegó pronto a odiar a Jesús, pues, mientras que él era un ladrón, su maestro predicaba a favor de la pobreza y condenaba la codicia. «Endureció su corazón de tal manera que culpaba al Señor de su propia inquietud y malestar, murmurando de El y censuraba todo lo que hacía en vez de reconocerse a sí mismo culpable», añade el experto.

 

Judas encontró durante el Jueves Santo el momento perfecto para vender a Jesús

Tal era su animadversión hacia Jesucristo que no tardó en venderle a sus más terribles enemigos, los sacerdotes de la ciudad, durante una reunión en el palacio de Caifás. «Judas (…) sabía que los fariseos buscaban a Jesús para matarle, y pensó que no le convenía en esas circunstancias seguir apareciendo como discípulo del Señor; así que decidió asegurarse, y ganar de una sola jugada amigos poderosos y dinero», determina el escritor.

 

Tras negociar, Judas decidió definitivamente vender a su maestro por 30 monedas alegando que merecía lo que estaban planeando hacer con él. Desde aquel momento, según el evangelio de Mateo, estuvo siempre planeando el momento oportuno para entregar a Jesús.

 

Una cena de despedida

Finalmente, Judas encontró durante el Jueves Santo el momento perfecto para vender a Jesús: después de la que sería conocida como la Última Cena. Concretamente, informó a los sacerdotes de que la persona a la que él diera un beso sería a quien debían prender. El plan estaba en marcha.

 

Sin embargo, y según la Biblia, Jesús ya conocía entonces sus intenciones. «El Señor tenía clavada en el corazón la pérdida de Judas y no dejó escapar esta nueva ocasión, así que, para demostrarle su sentimiento, para moverle a que se arrepintiera, (…) añadió (a sus apóstoles): “Vosotros estáis limpios, pero no todos”», explica el experto en su libro.

 

Tras la cena, el final de Jesucristo ya había sido escrito. Todo sucedió muy rápido mientras el maestro rezaba en un huerto cercano. En ese momento, Judas se acercó, y, con un beso, le entregó. Por su fechoría cobró las 30 monedas prometidas.

 

Sin arrepentimiento, sin santidad

No obstante, y a sabiendas de que Jesús iba a ser crucificado, Judas pronto se arrepintió de lo que había hecho e intentó ponerle solución. «Devolvió a los sacerdotes su dinero, como si, por eso, ya no tuviese él la culpa del daño que sufriese el Salvador», afirma el experto en su texto. No fue suficiente, los sacerdotes ya habían decido la suerte de Jesús. Esto fue demasiado duro para Judas que, tras arrojar delante de ellos las monedas, se colgó de tal manera que cayó de cabeza y todas sus entrañas se desparramaron al partirse su cuerpo por la mitad.

 

Para la cristiandad este fue el gran error pues, mientras que otros apóstoles pidieron perdón a Jesús tras cometer todo tipo de actos indebidos, Judas no se arrepintió verdaderamente. «Ya que conocía su culpa y le pesaba haberla hecho, podía haberle dolido por amor al Señor. (…) pero como hombre que siempre ha sido falso y mentiroso (…), no supo dar con el verdadero camino. No le dolía haber ofendido a Dios, no deseaba enmendarse y servirle, su arrepentimiento no le llevó a una verdadera penitencia sino a la desesperación. (…) Le dolía por sí mismo, por haberse equivocado, porque los hombres iban a odiarle, pero no por amor a Dios», sentencia el escritor.

 

Así, si el destino de Jesús estaba marcado antes de la cena, el de Judas quedó grabado para siempre con este último acto. Y es que, al no arrepentirse por su pecado «no subió al cielo» y, hasta hoy, no ha sido declarado santo por la Iglesia.

 

Enviado por:

 

Jesús Manuel Cedeira Costales.


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