domingo, 18 de abril de 2021

CARTAS DE ESPERANZA 18 DE ABRIL DE 2021

 



18 de abril de 2021

 

Hermano:

«Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: - Paz a vosotros. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor»

«El amor ensancha el corazón. Las personas que aman tienen una mirada más amplia, no viven retraídas en sus miedos. Se arriesgan más. Son más generosas. Están dispuestas a dar más»

El 24,1% de la población ya ha recibido al menos una dosis.

Nuevo récord de vacunas en Asturias: 14.585 dosis en una jornada.

El Principado cree que «no es momento» de relajar las restricciones ante el covid.

El consejero de Salud explica que se sigue pendiente de los efectos que aún pueda tener la Semana Santa.

Me impresiona esa escena en Betania en la que María rompe un frasco de perfume de nardos a los pies de Jesús. Jn 12, 1-3: «María tomó entonces como medio litro de nardo puro, que era un perfume muy caro, y lo derramó sobre los pies de Jesús, secándoselos luego con sus cabellos. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume». Me conmueve ese gesto exagerado en el que el amor se expresa sin medida. ¿Acaso es necesario expresar el amor de esa manera? Parece innecesario. Hay pobres a los que cuidar. Hay muchas cosas mejores que hacer con ese dinero. No resulta fácil expresar el amor. Cuando le digo a alguien que lo amo me vuelvo vulnerable ante él. Quedo expuesto ante unos ojos que me miran. No sé si me juzgan y condenan. O están agradecidos. No sé si me aman correspondiendo a mi entrega. No sé si tengo que seguir amando o dejar pasar el tiempo sin hacer nada. Cuando expreso mi amor me quedo expuesto. Puedo ser amado o rechazado. El amor duele. Más aún el desamor. Y ante el miedo que tengo al rechazo me escondo, me guardo, me reservo. Que no sepan lo que siento. Construyo una barrera para que nadie me toque por dentro, para que nadie me hiera. Así estoy más seguro y no sufro. Pero cuando decido romper un frasco de perfume ante la persona amada todo se complica. Me critican, me juzgan, pueden incluso rechazar mi osadía. Amar sin expresar es más seguro. O tal vez mejor aún no amar, para no sufrir con la pérdida, para no lamentar el desengaño. Y cierro mi alma. María esa noche expresa un amor incontenible que lleva guardado en su pecho. Ha sido muy amada y sólo puede corresponder con amor a quien tanto la ha amado. Y al romperse el frasco se llena el lugar de olor a nardos. Todo queda lleno de la esencia del amor. No puede ocultarse el amor verdadero. Y cuando se rompe el alma dejándolo escapar, todo se llena de una luz nueva. Debería aprender a expresar lo que siento, mi amor, mi alegría, mi misericordia. Si lo expreso todo lo que está a mi alrededor se llenará de un perfume a nardos, como esa noche en Betania. Me cuesta demostrar mi amor y, al mismo tiempo, me cuesta, no sé bien por qué, dejarme amar. Me pongo tenso. No soy como Jesús que esa noche en Betania no rechazó a María que llenaba de perfume sus pies. Me alejo, me tenso, me resisto. Recibir mucho amor es tan difícil como darlo. En ambos casos me siento en tensión. ¿Aceptarán mi amor? ¿Soportaré recibir tanto amor de forma alegre y paciente? Ser amado incomoda. Es como si me sintiera en deuda con el que me ama. Como si alguien al amarme me exigiera amarle de la misma manera. Ser amado duele. Me bloquea en mi interior. Siento que no soy capaz de recibir tanto amor inmerecido. Hay un desequilibrio y yo no lo quiero. Tendré que equilibrar y no puedo. El amor imposible sobre mi vida me desconcierta. Ser muy amado es incómodo. Me rompe. Me saca de mi confort. Me expone. El drama en mi vida sucede cuando no me dejo amar y cuando no soy capaz de demostrar cuánto amo. Me voy encerrando dentro de mi cueva. Voy construyendo barreras altas y resistentes. Y el corazón se seca y la vida se pierde. Siento que expresar lo que siento es imprudente. Y recibir mucho amor, excesivo. Y entonces me seco por dentro. El amor que no se cuida y se riega muere. La vida consiste en amar y ser amado. En expresar el amor y dejarse amar por los que me aman. El amor me fortalece por dentro y hace que sean mejores aquellos a los que amo. Dar abrazos, exagerar en los gestos. Nada es excesivo en el amor. Porque el que ama de verdad no conoce medidas ni tiene límites. Me gusta esta escena de amor excesivo. El corazón quiere expresar cuánto ama. Y en ocasiones mi amor a Dios lo siento dentro y no lo expreso. No alabo, no le doy gracias, no le canto. Y se seca ese amor que no toca mis sentimientos ni mis lágrimas. Un amor de teorías languidece pronto y muere. Quisiera tener un amor más grande, más hondo. Y ser capaz de expresarlo con fuerza. La vida es corta y en ocasiones se me escapan los días sin romper el frasco de mi perfume de nardos a los pies de las personas a las que amo. Si lo hago, corro el riesgo de ser herido. Si no lo hago morirá conmigo ese frasco duro y seco. Prefiero expresar el amor antes que guardarlo y dejar que se seque.

El amor siempre cura. No sólo cura el alma, también logra curar el cuerpo, aunque me cueste creerlo. El corazón que se sabe amado tiene una fuerza interior que se sobrepone a todas las dolencias y enfermedades. Tiene más resiliencia y más capacidad de lucha. No pierde la esperanza. No se detiene a revisar estadísticas. Porque la enfermedad del enfermo no es un caso más, no es un número entre muchos números. Los porcentajes me pueden orientar, pero no me limitan. Yo decido cómo enfrentar una enfermedad. Y en esa lucha, en esa batalla diaria, es fundamental que me sepa amado. Que comprenda que hay alguien junto a mí a quien le importa mi vida, mi futuro, los pasos que voy dando. Por eso es tan importante el amor, sentirme valorado y aceptado en mi debilidad, en mi verdad. Ese amor me levanta cuando estoy cansado y me permite creer cuando otros me aconsejan que ya no crea. Es como ese amor de María junto a Jesús caminando al Calvario. Un abrazo que lo sostiene para recorrer cayendo los últimos pasos hasta la cima. El amor me sana, me fortalece, me llena de luz y esperanza. Por el contrario, cuando mi corazón no se siente amado, me vuelvo débil y me faltan las fuerzas. Surge la desesperanza en mi corazón rodeado de tinieblas. Dejo de creer que mi vida esté fundada para siempre. Es tan fácil no tener un lugar en el que descansar. No es evidente pertenecer a una familia, saber que hay un corazón que me espera y me aguarda cada atardecer. Tocar el calor de una amistad. Acariciar ese amor de madre que vela mis noches desde niño. Abrazar ese amor de padre que me permite confiar en las fuerzas escondidas dentro de mi alma. Ese amor de un hijo que me hace sentir padre por vez primera y comprender que la vida siempre puede volver a comenzar. El amor es mucho más que un sentimiento, es una decisión. Quiero entrenarme en ese ejercicio del amor. Porque tengo claro que el enemigo del amor es el miedo y el antídoto del miedo es el amor. Cuando el temor se impone en mi corazón se bloquea mi capacidad de amar. El miedo me paraliza. Pero al mismo tiempo cuando me sé amado en mi verdad, tal y como soy. Cuando alguien me quiere sin querer cambiarme, dejo de tener miedo. El miedo es limitante. Bloquea mi vida y no me deja crecer. El amor ensancha el corazón. Las personas que aman tienen una mirada más amplia, no viven retraídas en sus miedos y seguridades. Se arriesgan más. Son más generosas. Están dispuestas a dar más. Porque han sido amadas y ese amor recibido las ha capacitado para decidirse a amar más. Las heridas provocadas por el amor me cierran, me hacen protegerme construyendo muros. Porque no quiero sufrir más. Pero es todo lo contrario. Cuanto más amo más sano me vuelvo. Cuanto más desprecio y compito con mi hermano, más me enfermo por dentro. Un corazón grande es un corazón en el que caben muchas personas. Cuando me sé amado, esa experiencia me sostiene y fortalece. Aprender a amar, a vincularme sanamente es una tarea para toda la vida. «Nos encontramos con toda una cantidad de enfermedades psíquicas porque no tenemos suficiente vinculación a personas y a lugares» . El que no se sabe amado, el que no ama, enferma más fácilmente del corazón. Conozco a personas enfermas del corazón que no lo saben. Simplemente creen que la culpa es de los demás, que no los valoran y enaltecen como ellos se merecen. Se comparan y enferman al ver cómo otros reciben más amor que ellos. Se han puesto una coraza casi sin darse cuenta. Se vuelven agresivos y viven a la defensiva. El amor sana los corazones. Pero para ello es necesario que la persona a la que amo lo sepa. Si no lo percibe, si no se lo cree, mi amor no entrará en su alma. Quiero aprender en esta Pascua que comienza el arte difícil de amar. Me decido a amar no sólo a los que me aman, sino también a aquellos que no me aman tanto. A los que no me buscan, a los que no me quieren. Si mi amor puede sanar a otros no quiero llegar al cielo y decirle a Dios que no pude darlo. No quiero pecar por omisión guardándome todo ese amor que he recibido en mi vida. Quiero mirar mi historia agradecido por tantos que me han amado, por ese pozo de mi interior que se ha llenado de gestos de amor. ¿Cómo puedo no corresponder con amor cuando he recibido tanto? Dejo de ser mendigo de amor para volverme donante. Ese es el camino que recorro de la muerte a la vida que me muestra la Pascua. Un amor tan grande como el de Jesús que se rompe en su costado abierto para llegar a todos. Ese milagro es el que quiero que suceda en mi vida. El amor que recibo me sana y el amor que doy sana al que se sabe amado por mí. Que lo sepan. Que sepan que los amo como son, no como a mí me gustaría que fueran. Si tienen esa duda, algo estoy haciendo mal. Si creen que sólo los amo cuando hacen lo que yo deseo estoy fracasando. Pero si tienen la confianza para mostrarse en su debilidad ante mí y no dudar de mi amor, ese amor sí que sana el alma y la levanta por encima de todos sus miedos.

Me gusta tocar la misericordia de Dios en mi vida. Y especialmente la recuerdo en este domingo de la misericordia. «Hay corrientes ascéticas que enseñan a decirse siempre: - Soy un esclavo de Dios, un perrito de Dios. ¿Y qué decimos nosotros en cambio?: - Soy una hija de Dios. Por eso no nos cansaremos de repetir: - Dios me quiere. Piensen si tuviéramos que decir como la mayoría de los occidentales: - Dios me mira para ver si tiene que echar mano de la vara. Seríamos entonces como perritos atentos a esquivar a Dios. Por eso será una gracia para nosotros repasar las incontables misericordias de Dios en nuestra vida y ver que somos hijos predilectos de Dios, que Dios nos mira a todos con complacencia» . Me gusta pensar en esa mirada de Dios sobre mi vida. No se fija en mis carencias. No pone su mirada en mis torpezas. No se indigna por mis incumplimientos y mis infidelidades. Se conmueve cuando vuelvo a abrazarle y a pedirle perdón por mi miseria. Y entonces Dios se ve desarmado y me acoge roto entre sus brazos. «Dios me ama con amor de complacencia significa que me ama a causa de mí mismo. Algo debe de haber en mí, conmigo y en mi interior, que atrae hacia mí su amor» . Algo debo tener que me hace querible ante sus ojos. No son mis obras, eso seguro, ni creo que sean mis talentos. Más bien es mi forma de amar y darme la que le cautiva. Le alegra mi alegría y llora con mis lágrimas, en mi llanto. Se turba con mis miedos y me recuerda que la noche está llena de luz porque Él camina a mi lado. Se abaja a la altura de mis ojos. Desde su tumba, ahora vacía, me contempla conmovido al verme llegar con las manos vacías dispuesto a besar su ausencia. Y yo me alegro hoy al pensar en todo lo que me quiere. Me busca cuando me alejo y me abraza cuando regreso. Su mirada es un bálsamo que eleva mi canto de alabanza cada mañana. Madrugo para encontrarlo como esas mujeres que querían ungir su cuerpo, sin imaginar quién podría mover la piedra para entrar. Eso no importaba. La fe mueve montañas y aparta piedras del camino. Especialmente esas piedras inmensas que tapan mi alma. Me asusta pensar en lo que pueda encontrar cuando Jesús la corra. Porque yo sólo no podré mover nada. La misericordia es una fuerza incontenible que brota del corazón de Jesús. La tuvo con los que amó. La tuvo con los que pecaban y se alejaban de Dios por miedo. Jesús no despertaba temor. No condenaba, no juzgaba. Sólo hablaba de un reino nuevo que lo podía cambiar todo, de un amor que sería una fuerza transformadora. Su misericordia despierta ecos en mi alma. Dios me respeta. El respeto hace que me sienta aceptado como soy. Dios respeta mis formas, mis debilidades, mis carencias. No me fuerza, no me presiona, no se cuela en mi alma poniendo en peligro mi pureza. Dios me protege apartando mis temores. Esa mano que me cubre es la que me salva. Muchas veces he tocado su mano que hacía milagros a mi paso. Milagros de amor que yo atribuía a la suerte o a mis propios talentos y virtudes. Que alguien me quiera y acepte es un milagro inmenso. Que salgan algunos de los planes que cultivo en mi interior es otro milagro. Que la vida cuadre y yo tenga paz es el mayor milagro. Dios me perdona y me devuelve la alegría cada vez que mis caídas y tropiezos enturbian mi ánimo. Su misericordia me hace sonreír entre lágrimas. Lo habré perdido todo y al mismo tiempo lo poseeré todo. No quiero despertar la compasión de los hombres, pero eso es parte de mi pecado de orgullo. Estoy dispuesto a ceder ante Dios y aceptar su mirada compasiva. Esa mirada me levanta del barro sin juzgarme, sin exigirme un cambio inmediato en mi interior. Porque igual que no puedo correr la piedra que esconde mi pequeñez, tampoco puedo corregir mis defectos y evitar mis debilidades. Tocar la misericordia de Dios en mi vida sólo es posible cuando me he visto desnudo en mi pecado. En momentos de turbación, de crisis, se desvela la materia de la que estoy hecho. Así lo comenta el Papa Francisco: «En las pruebas de la vida se revela el propio corazón: su solidez, su misericordia, su grandeza o su pequeñez. Los tiempos normales son como las almidonadas formalidades sociales: uno nunca demuestra lo que uno realmente es. Nos dedicamos a sonreír, decir lo correcto y salir de la estacada sin mostrar jamás quién soy en realidad. Pero cuando pasas por una crisis, ocurre todo lo contrario: te pone ante la necesidad de elegir y, al elegir, se revela tu corazón». En medio del dolor y de mis lágrimas elijo a Dios, opto por dejarme mirar, salvar, sanar, levantar por Él. Su mirada se abaja a la altura de donde estoy caído. En estos momentos difíciles que vivo me siento frágil y sin poder controlar nada. Miro a Dios compungido. Quiero su perdón, su mano que me levante y saque de mi miseria. Tal vez es necesario caer para poder tocar la fuerza de ese brazo que me saca de las aguas y me salva. Siento la fuerza de esa misericordia que me hace abrazar la esperanza cuando todo parecía perdido.

Jesús trae la paz. Llega hasta los que ama que están escondidos en el Cenáculo y les entrega su paz. Su corazón se calma: «Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: - Paz a vosotros. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: - Paz a vosotros». Jesús entra por las puertas cerradas. No importa con qué fuerza cierre mi alma. Él entra. No presiona, simplemente pasa y me deja su paz. Es lo que ellos necesitan. Tenían miedo y temían por su vida. Estaban nerviosos y no querían morir. A menudo yo me aferro a mis planes, a mis seguridades. Me siento cómodo atado a mi vida tal y como es y no quiero que nada cambie en ella. Cierro las puertas de mi Cenáculo para que no entren los que desean mi mal. He construido muros para no ser herido, para que no me hagan daño. Me he protegido tantas veces de los que no me aman. Tengo miedo. ¿Por qué tengo miedo? Porque no confío en Dios, en su amor, en su vida. Porque no me creo que su amor me baste para ser feliz. Porque vivo buscando la felicidad en tantos bienes que no dependen de mí, son pasajeros. He construido una vida artificial y en ella quiero ser feliz. Y me alejo de todos los que me amenazan con sus propios planes y deseos. No veo en ellos a Dios. No descubro en ellos buenas intenciones. Sólo desean mi mal, pienso, y me pongo a la defensiva. No soy un hombre libre. Y pierdo la paz en esa esclavitud que he convertido en una forma de vida. Quiero controlarlo todo para que salga según mis deseos. Que no cambie nada cuando todo va bien y que cambie todo cuando nada funciona. A mi manera. Cierro las puertas de mi cenáculo donde me siento seguro. Gracias a Dios Jesús entra pese a mis resistencias. No puedo impedir que entre y me dé su paz. Y esa paz suya me calma. Es la paz del resucitado. Hay cosas en la vida que tienen mucha importancia. Es justo que me preocupe cuando suceden. Tienen que ver con la salud, con la verdad de mi vida, con la justicia, con el amor. Son sucesos y situaciones donde es razonable que pueda perder la paz por el miedo. Pero no todas las cosas que me inquietan merecen la pena. Hay sucesos y situaciones que son superficiales y no deberían afectarme mucho, pero lo hacen. Ahí veo mi inmadurez. Comenta el papa Francisco: «Tenemos que aprender a no quedarnos en un nivel inmediato, superficial, sino a reconocer qué cosas son las que dejan en nuestro interior una huella buena y más duradera, porque vienen de Dios y ciertamente sirven para nuestro bien». Hay cosas que suceden y tocan un nivel más hondo de mi vida. Son las cosas que tienen que ver con el mundo de Dios. Es la paz que viene de lo alto, del Resucitado. Él me da su paz y esa paz quisiera que fuera definitiva. No quiero perderla ante la primera contrariedad que sufra en el camino. Una paz honda que me haga libre y profundo. Una paz verdadera que impida que me turbe ante los pequeños problemas que trae la vida. No me quiero quedar en lo inmediato, en lo superficial. El otro día escuchaba una propaganda: «Entérate de lo que se está hablando en este momento en el mundo». Vivo inquieto queriendo saber cuál es el último trending topic o el último video viral o la última foto más difundida o la última noticia sobre algún tema crucial. Me importa lo actual, lo inmediato, lo que está pasando ahora. Y vivo sin paz, inquieto y agobiado por todo lo que sucede a mi alrededor. Sin paz en mi alma, sin calma en mi corazón. Angustiado, intranquilo, agobiado por lo que puede llegar a suceder. En esta pandemia de noticias en desarrollo me agobia que no pase pronto este virus y la situación que me atormenta no pase rápido. Y le exijo a Dios que cambie todo. Me quedo en la superficie de las aguas del río que pasa por mi corazón. Aguas revueltas, confusas, en las que no puedo ver el fondo del río. Es cierto que sumergirme en las aguas de mi alma tiene sus riesgos. Como esos buceadores que se sumergen en cuevas profundas recorriendo galerías estrechas. No pueden mover los pies con fuerza porque si lo hacen moverán la arena del fondo y las aguas se volverán turbias. Si sucede no podrán ver la salida y no lograrán subir a la superficie cuando les falte el oxígeno. Cuando me sumerja dentro de mi alma quiero hacerlo con calma. Sin prisas. Sin mover mucho los pies para no levantar la arena del fondo. Quiero ir buscando a tientas los caminos que me llevan a mi interior. Me dejo sumergir en lo más hondo. No fuerzo. No presiono. Dejo que Dios me guíe de su mano en mi interior. Él puede hacerlo. Y allí tomo mis miedos y se los entrego a Dios. Le pido que me dé su paz, esa paz que nada podrá quitarme y me permitirá distinguir las cosas por las que merece la pena que me preocupe y aquello que no es relevante. Dejaré de dar valor a las noticias pasajeras que vuelan rápidamente. No me agobiaré intentando llevar el control de mi barca en el mar abierto. Sólo Dios sabe cuál es la ruta que me conviene, yo lo ignoro. Dejo de hacer planes porque sólo Él tiene la paz que calma mis ansias. Simplemente dejo que entre y me calme por dentro. Y acabe de golpe con mis miedos.

 

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales

sábado, 10 de abril de 2021

CARTAS DE ESPERANZA 11 DE ABRIL DE 2021

 



11 de abril de 2021

 

Hermano:

«El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro y vio la losa quitada. Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo»

«Quisiera amar sin retener. Querer bien sin exigir lo que no me pueden dar. Sonreír incluso cuando broten las lágrimas por el dolor. Acariciar mis heridas sin sentir que son injustas»

Más de 10.000 vacunados contra el coronavirus en un solo día en Asturias.

El Principado registra un nuevo récord en la campaña de administración de dosis.

Bajan los contagios por coronavirus tras seis días al alza en una jornada con un fallecido en Asturias la tasa de positividad se situó en el 5,15%.

 

Un sepulcro vacío es la señal de la ausencia de muerte. Pero no necesariamente me habla de la vida. Hoy es el signo de la resurrección. La tumba abierta, caída. Y dentro un lienzo bien dispuesto: «Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte». Me conmueve este sepulcro vacío, sin vida, sin muerte. Y los dos discípulos amados que corren, Pedro y Juan. Y antes María Magdalena que no entiende nada: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Sólo sabe que el sepulcro está vacío. En Tierra Santa uno se introduce bajando la cabeza en un sepulcro vacío. No es como me lo he imaginado. No tiene esa gran piedra junto a la entrada. Y dentro todo es más estrecho, más pequeño. Pero allí se besa la vida, la esperanza, la luz. Allí, con olor a ungüentos, con olor al perfume de Cristo, se palpa la vida más maravillosa. La presencia más gloriosa. El silencio más absoluto. El otro día un médico quería explicarle a un niño enfermo de cáncer cómo sería la muerte. Trató de hacerlo lo mejor que pudo y le dijo: «Estarán en partes distintas de una misma habitación. No se verán, pero sabrán que están cerca. Y se oirán. Sí, oirás la voz de tus padres y ellos la tuya. Y eso para siempre». Me conmovió esa explicación de la muerte tan sencilla, tan directa. El dolor de la muerte y la alegría de la vida. Cuando beso el sepulcro vacío no tengo pena, no me inquieta, no me amarga. Está frío, sí, pero hay vida oculta muy dentro. No veo nada, pero lo siento todo. Es la vida el final de todo, o el comienzo una vez que me invade la muerte. Es la presencia viva de ese Jesús que ha pronunciado su última palabra y ha vencido a la muerte. Sí, la vida ha vencido, siempre vence. Y el todo ha logrado imponerse sobre la nada más desafiante. Me gusta pensar en esa vida que acaricia la piedra fría del sepulcro. Esa vida que no necesita más lienzos que cubren la muerte. Esa vida que no puede contenerse ya dentro del sepulcro. Y entonces me revisto de esperanza. llego con los dos discípulos corriendo. Tampoco yo sé dónde han puesto a Jesús. Sólo sé que está vivo. El espacio vacío me habla de una vida más grande, una vida que no se puede reducir a polvo. Pienso en el sepulcro vacío en este tiempo que vivo de pandemia. Este tiempo en el que ha habido muchos sepulcros y mucha muerte. Mucho dolor y desesperanza. Mucha amargura y rebeldía. Y parece que el corazón de desalienta y pierde la ilusión. Dicen que los partidos se pierden cuando uno deja de creer en la victoria final, incluso cuando uno va ganando. Es sicológico, si dejo de creer en la victoria, acabaré perdiendo. Si dejo de creer en mis fuerzas, me quedaré sin ellas. Si dejo de creer en mi capacidad, dejaré de tener capacidad para entregarme y hacer las cosas bien. La esperanza sólo se puede fundar en la fe. Porque se trata de creer en aquello que todavía no poseo. Es ver la luz en medio de la noche y seguir caminando. Es pensar que el final del túnel está ya próximo. Ver un sepulcro vacío me llena de luz y de vida. Dejo la muerte del sepulcro sellado, para abrir el paso a un camino nuevo. Esa es la esperanza que me lleva a creer en lo que aún no poseo. En ocasiones espero lo que no puede ser. Pero esa esperanza me da fuerzas para vivir el presente confiado. Lo importante es que la esperanza ensancha mi alma y eso es lo que María, y Jesús necesitan de mí. «¿Con qué espera contar? Con nuestra magnanimidad. ¿Y qué quiere hacer ella de nosotros? Lo hemos escuchado a menudo: quiere hacer de nosotros santos, santos de la vida diaria» . María espera mi magnanimidad, mi alma grande. Y el alma sólo se ensancha cuando cree en lo imposible y espera lo que aún no ha sucedido. Cuando ve el sepulcro vacío y cree que hay vida más allá de la muerte. Ve una pandemia que no acaba y ve detrás un final que sucederá pronto, antes de lo que uno piensa. La vida vence siempre la muerte. Hoy se llena mi corazón de esperanza. no dejo de luchar, no dejo de entregar mi tiempo y mi energía, no dejo de creer en la victoria final, no dejo de confiar en esa vida que es mucho más fuerte que le muerte y es para siempre.

Hay una pregunta que resuena en estos días de Resurrección. Es la pregunta que Jesús le hace a María Magdalena al encontrarla llorando junto al sepulcro vacío: «Mujer, ¿por qué lloras? Ella les dijo: - Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto. Apenas dicho esto, volvió la cara y vio allí a Jesús, aunque no sabía que fuera él. Jesús le preguntó: - Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Esa pregunta ha recorrido los días de la Semana Santa hasta haber sido testigos de la resurrección. La búsqueda de los discípulos que pensaron el domingo de Ramos que todo iba a ser tan distinto. Por un momento creyeron que iba a salir todo bien, y Jesús iba a ser coronado como rey. Un reino de este mundo, no algo tan lejano. Pero no, lo que ellos buscaban no sucedió. Y vinieron el miedo y la tristeza. Corrieron las lágrimas del llanto. A la luz de la resurrección todo queda más claro y el corazón se llena de esperanza. Ya la muerte parece no tener la última palabra. Pero esa pregunta llega a mi interior en medio todavía de la muerte, de la oscuridad, en medio de este tiempo extraño que vivo, lleno de pandemia y de incertidumbres. ¿Por qué lloro? ¿A quién busco en medio de mi noche? Es la pregunta que atraviesa siempre mi alma. Porque me detengo al borde del camino en cosas poco importantes. Porque no me fijo en la meta de mis pasos y me olvido del ideal que persigo. Y me pasa como a María Magdalena que no ve a Jesús, sino a un hortelano. Un pobre hombre sin respuestas. Hasta que pronuncia su nombre: María. Y cesan las lágrimas y todo cambia. Pero ese encuentro no sucede siempre. Porque me he dedicado a perder la vida en lugar de darle valor a las grandes cosas en mi corazón. Dios me quiere mucho más de lo que yo me quiero. Conoce mi nombre y lo pronuncia para que deje de buscar su cuerpo muerto y me fije en lo que está vivo. Me ha elegido para ser su hijo, para caminar a su lado por un camino de esperanza. Tengo una misión imponente entre mis manos, no quiero olvidarlo. Con frecuencia no me doy cuenta. Pienso que soy demasiado pequeño y mi vida no vale mucho. Y dejo de buscar, de preguntarme nada. Sobrevivo entre grandes tristezas y pequeñas alegrías pasajeras. ¿Qué busco de verdad? ¿A quién busco? En primer lugar creo que me busco a mí mismo y no acabo de encontrarme nunca. Pablo Neruda decía: «Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y esa, sólo esa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas». Encontrar mi verdad más íntima es la búsqueda más importante de mi vida. Y algún día lo encontraré si busco de forma correcta. Quiero pensar que ese día será la hora más feliz, no la más amarga. Saber quién soy, de lo que soy capaz. Conocer mi alma y mis rincones ocultos. Percibir mis miedos y darles un sí. Acariciar mis límites sabiendo que en ellos me encuentro con mi pequeñez, con mi pobreza. Esa es la gran tarea que tengo ante mis ojos. No quiero olvidarme de buscar en lo más hondo la felicidad que anhelo. No fuera de mí, no en las circunstancias, en el gobierno que gobierna mi país, en la situación económica que me trae o me quita la paz, en la salud propia o de las personas a las que amo. ¿Qué busco? Quisiera ser capaz de mantener la calma en medio de las tormentas y los mares revueltos. Con la certeza de saber que mi paz no me la dan otros. Yo la encuentro dentro de mí y bebo de la fuente que mana en lo más hondo de mi interior. No tengo miedo a lo que puede matar el cuerpo pero no el alma. Es mi alma la que quiero conservar sana, con paz. La vida, lo que acontece, no es definitivo, nunca lo es. Puedo ser feliz en las circunstancias más ásperas y difíciles. Puedo mantener la calma aunque muchos la pierdan junto a mí. Soy dueño de mis silencios, de mi búsqueda en lo profundo de mi ser. «¿Hacia delante? ¿Hacia lo alto? No, hacia dentro, más profundo». Si no busco dentro de mí dónde echar el ancla de mi vida viviré perdido, sin un rumbo claro. Se abre ante mí la esperanza de un sepulcro vacío. Pero yo puedo seguir quedándome, como María Magdalena en la superficie de las cosas. Han robado el cuerpo de Jesús. Han ocultado su carne. No voy más allá de esa evidencia. Ya no está, pero no me acabo de creer la resurrección. Así pasa a menudo en mi vida. Me pierdo en los detalles, en la superficie de las cosas que me suceden. No busco más adentro. No voy a lo esencial. Me quedo en los detalles sin buscar en lo hondo. Me pierdo en las sutilezas sin indagar, sin pensar más. Me da pena caer en esta actitud tan mundana. No creo en los milagros, ni en la vida eterna. Cuento las cifras de los enfermos. Critico al gobierno que gobierna, el que sea. Hablo mal de los que hacen las cosas mal. Me fijo en lo que falta, en lo que no es perfecto. Deseo que pase lo malo y llegue lo bueno para poder ser feliz, para vivir tranquilo, sin miedos. Deseo una vida más cómoda, más lograda, más plena, pero no hago nada por vivirla de verdad. Me conformo con la mediocridad de una vida de superviviente. ¿Qué busco en mi interior? ¿Qué necesito en esta hora de vida cuando el sepulcro está vacío? Necesito que Dios venga a mí y me saque de mi mirada estrecha y pobre, que ensanche mi horizonte y me haga confiar en Él, en su amor y creer en todos esos imposibles que descarto, porque me falta fe.

En este día de Resurrección quiero pensar en S. José, el padre de Jesús. José es un hombre justo. Porque justo es el hombre que cumple la ley y obedece a Dios en todos sus pasos. El hombre justo es honrado, odia la mentira, piensa antes lo que ha de responder, hace lo que es justo y recto. Elige la verdad por encima de la mentira. Opta por el amor dejando a un lado el odio. Así era el hombre que Dios eligió para María. Y de él aprendería Jesús tantas cosas, en primer lugar esa justicia. Dicen de Jesús: «Herodes le temía y le protegía sabiendo que era un hombre justo y santo» Mc 6,20. José era como Jesús y Jesús como José. Se asemejan en su justicia, en su honestidad, en su verdad. Jesús era Dios. Y José era sólo un hombre, un hijo de Dios. La justicia se hace carne en el padre y en el hijo. Los dos hacen de la voluntad del Padre su alimento diario. Sólo descansan cuando entienden lo que Dios les pide y lo llevan a la práctica. José tal vez no había escuchado la voz de Dios por un ángel hasta que se encontró con María. Simplemente conocía a Dios y lo amaba. Y por eso lo amaba a él María. Porque en José había una verdad, una sinceridad y una hondura que habían sido creadas sólo para Ella. Por eso lo ama tanto. Lo ama como una niña que ha visto al Ángel de Dios y ha conocido su camino. Lo ama como el hombre que Dios le da para vivir la justicia de Dios en su propia vida. ¿Y cuál es la justicia de Dios sino la salvación de todos los hombres? Dios ama a María y ama a ese hombre justo, José, que se convierte en esposo y padre de Jesús. Pienso que el amor de María sostenía a José en medio de sus dudas. En medio de sus luchas interiores encontró su paz en Dios, en el ángel de Dios que venía a hablarle en sueños. Y seguramente en su vida se preguntaría muchas veces: ¿Por qué Dios permite ahora otro camino cuando todo antes parecía tan claro? Comenta el Papa Francisco en Patris Cordis: «Muchas veces ocurren hechos en nuestra vida cuyo significado no entendemos. Nuestra primera reacción es a menudo de decepción y rebelión. José deja de lado sus razonamientos para dar paso a lo que acontece y, por más misterioso que le parezca, lo acoge, asume la responsabilidad y se reconcilia con su propia historia. Si no nos reconciliamos con nuestra historia, ni siquiera podremos dar el paso siguiente, porque siempre seremos prisioneros de nuestras expectativas y de las consiguientes decepciones». Es difícil de entender la vida. No todo está tan claro. Así comienzas las luchas en su corazón. ¿Cuántas veces lucho yo en mi interior buscando el querer de Dios? Es la lucha continua entre el bien y el mal en mi alma. Siempre puedo elegir la llamada de Dios a seguirle, o la del demonio a adorarle. Es esa lucha que sufro en mi intento por hacer lo que me lleva a la felicidad. Sólo tengo que vencer la tentación que tanto me seduce. Es esa lucha que sufro por ser fiel al querer de Dios siempre en mi vida, a veces es tan sutil la diferencia entre un camino y otro. ¿Estaré eligiendo el correcto, el camino justo, el de la verdad, el que me llevará a la plenitud? Quisiera tener un corazón tan justo y bueno en medio de estas luchas humanas que vivo. En medio de esas noches cuando nada parece tan seguro. Como en los días de la primera Semana Santa cuando se tomaron decisiones justas e injustas. Esas noches las he sufrido yo, como tantos otros, en algún momento cuando no entiendo nada. Como lo vivió José cuando pensó en repudiar a María en secreto. Llegó al límite y se abandonó en Dios y el Ángel vino a calmar sus miedos. El ángel podría haber aparecido antes para evitar tanto sufrimiento y tantas dudas. Hubiera evitado Dios su lucha, su angustia, su ansia de respuestas. Pero Dios calla muchas veces, como en la Semana Santa y me deja luchar, me deja enfrentarme conmigo mismo. Yo entonces grito, me ahogo y creo que he llegado al final de mis fuerzas. Como esa noche en el huerto cuando Jesús parecía perdido. O esa otra noche mucho tiempo antes, la de José. Y es que Dios no evita la angustia, no evita la lucha, no evita el huerto en mi vida, ni la oscuridad. Como no lo hizo con José ni con Jesús. Dios permanece escondido, oculto, mirando, eso sí, con mucha ternura. Mirando a su propio hijo. Mirando a José el justo. Mirándome a mí y en medio de la lucha me siento solo, como José, como Jesús. Y seguramente esa lucha me deje herido y al mismo tiempo me salve. Toco en lo más hondo del alma mi dolor y me enfrento con mi verdad, con la justicia. Y me siento vencido en mi fortaleza, debilitado en mi poder. Pero sé que esa lucha es la que cambió la vida de José para siempre. Y en el huerto cambió la vida de Jesús. Y en mis noches cambia mi propia vida. Porque entonces Dios abre el corazón a fuerza de golpes. Deja que surja una grieta, un espacio interior, un hueco en el cielo, por el que Dios puede caminar y dejar su aliento dentro de mí. En esa lucha interior, la de José, la de Jesús, la de tantos, la mía, siento que lucho con Dios a solas y herido. Y al final encuentro un abrazo. Siento una mano que me sana por dentro y me levanta. Dios pronuncia mi nombre. Y entonces la justicia de mis pasos parece más clara. He elegido en el dolor, como José lo hizo, el hombre justo. Y se han impuesto la vida, el amor, la verdad. Me gusta mirar a José y ver a Dios en su mirada, en su interior, en su corazón bueno de hombre justo, de esposo fiel, de padre misericordioso.

Para creer no es necesario ver nada. No hace falta tocar lo que quisiera fuera realidad. La fe es un don que me hace creer en lo imposible aún sin verlo, o precisamente entonces, cuando no veo absolutamente nada. Es lo que les sucede a Juan y a Pedro. Llegan, no ven, o ven el sepulcro vacío, y creen contra toda lógica: «Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos». No brota en ellos la pregunta más evidente: ¿Dónde han escondido el cuerpo muerto de Jesús? Volver a la vida después de la muerte parece imposible. No hay fe que pueda creer en lo que no puede ser. Jesús murió en la cruz y con Él murieron todas las esperanzas de los hombres. ¿Basta con ver un sepulcro vacío para creer? Para Juan y Pedro es suficiente. Los lienzos caídos en el suelo. Y ni restos de aquel a quien tanto aman. Sólo eso basta. En Jerusalén hay un sepulcro vacío que los cristianos veneran. Entran en esa cueva estrecha y besan una losa. La misma piedra de aquel sepulcro que vieron vacío los discípulos. Mi fe está basada en la ausencia de la muerte. Puede que no haya escuchado la voz de Jesús pronunciando mi nombre, como María. o puede incluso que no haya sentido su presencia a mi lado como los discípulos camino a Emaús. Puede que no haya podido meter mi mano en su costado abierto. Y aún así mi fe será firme, como el tronco de un roble, con hondas raíces. Y todo porque no he visto nada, no he tocado la carne resucitada y no he escuchado la voz de mi amado. Y creo pese al aparente fracaso humano de todas mis pretensiones. Creo en un absurdo. ¿Cómo será posible volver a la vida después de haber muerto? Lázaro volvió a una vida para la muerte. Pero Cristo abre una puerta en el cielo rompiendo todos mis límites y frustraciones. Quisiera tener más fe para creer que en la ausencia está oculta la abundancia, y en el silencio anida un grito de esperanza. Y en la victoria aparente del odio se está amasando la victoria del amor más grande. Esa fe es la que necesito. El Papa francisco me habla de la fe del José: «José nos enseña que tener fe en Dios incluye además creer que Él puede actuar incluso a través de nuestros miedos, de nuestras fragilidades, de nuestra debilidad. Y nos enseña que, en medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca. A veces, nosotros quisiéramos tener todo bajo control, pero Él tiene siempre una mirada más amplia» . Me gusta esa fe que va contra toda lógica humana. La pandemia arrecia con más fuerza y yo sigo creyendo que pasará. Pierdo a un ser querido, sufro la enfermedad y creo que en medio de ese dolor brota la luz más cálida. Fracaso en mis pretensiones, toco la desilusión y la pena y sigo pensando que la victoria final está en mi mano, contra todo pronóstico. Esa fe es la de José, la de los santos, las de los mártires entregando sus sueños en manos de los verdugos. Todo parece que va a salir mal y una fe inconmovible les hace pensar que la vida va a vencer la muerte. Un sepulcro vacío, abierto, solitario, me transmite una esperanza que no tenía justo antes de encontrarlo vacío. Cuando ya nada tengo que perder sólo me queda poder ganarlo todo. Esa forma de ver la vida me llena de esperanza y alegría. Nada temo. En medio de la dificultad del camino sonrío y duermo con paz. Porque Dios ha venido a habitar en medio de mis tristezas. Ha venido a calmar todos mis vientos indómitos. Me postro humillado ante un sepulcro vacío. nada temo. No me inquieta que hayan podido robar un cadáver. No lo creo. Sigo pensando que la vida es más fuerte que la muerte y el amor más grande que el odio. Parece ser que realmente Dios tiene la última palabra. Aunque no sea de la forma que yo esperaba, ni con mis medios humanos. Ni tampoco en esos plazos que le pongo a Dios para ver si cumple la promesa que me hizo. Acepto que en la Pascua pasa Dios por mi vida para aumentar mi fe. Sólo quiere que corra con fuerza, como Juan, como Pedro. Tal vez me falta fe, pero no fuerzas para correr. Lo mínimo que espero encontrar es una losa corrida y un sepulcro vacío. Eso bastará para calmar todos mis miedos e inquietudes. La vida es mucho más honda que la muerte de esta tierra tan caduca. Me falta fe. Pero hoy se la pido a ese Jesús que está vivo y desaparecido. Le pido que aumente mi fe infantil y me dé una fe honda y firme. La fe en ese hombre que vive después de haber sido traicionado y odiado.

Si creyera de verdad en la Resurrección mi vida sería diferente. Hoy S. Pablo me lo recuerda: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos, juntamente con Él». Una forma diferente de entender la vida y la muerte. En ocasiones vivo con angustia el presente. Como si de mí dependiera todo. Intento controlar mis pasos para que no se me desboquen. Cuidando que todo esté bien, en orden. Me fijo en los bienes de la tierra, no en los del cielo. Una decisión, un gesto, algo que no cuadra, una caída, un tropiezo. Una interpretación equivocada de la realidad, o distinta. Una confusión que lleva al juicio, a la condena, tal vez al odio. El desprecio de mis seguridades que me dan tanta paz. Busco los bienes de la tierra que no acabo de proteger del todo. Porque es tan efímera la vida que se me presta. Y no levanto la mirada al cielo. no vivo escondido con Cristo en Dios. como si quisiera ganarme un día más de existencia sobornando a los hombres para que me dejen vivir más. Unas horas siquiera. Es todo tan frágil a mi alrededor. Empeñado estoy en gobernar yo solo los días, las horas. Lo que los demás piensan, sienten o hacen. Como si estuviera en mis manos. ¿Cuáles son esos bienes del cielo? Me quedo pensativo buscando respuestas. Si realmente creyera en la resurrección aspiraría a la libertad de los hijos de Dios, no a la de los hijos de este mundo, condicionados por su pecado. Esa libertad de Jesús caminando bajo el peso del madero. ¿Cómo se hace para ser libre de juicios y suposiciones? ¿Libre de plazos y obligaciones que otros me presentan condicionando mis pasos? Es tan etéreo lo que creo sostener entre mis dedos. El cuerpo misterioso de un presente que se disipa apenas tiendo mis brazos hacia él. Retengo como un náufrago el último madero de mi barco queriendo alcanzar una orilla llena de paz. Un bien del cielo es lo que necesito para caminar más liviano por esta vida. Y que las cosas que sucedan no logren quitarme el sueño. ¿Y el dolor? ¿Y la muerte? ¿Qué magia existe que logre hacer que no sienta el dolor de los clavos, ni la ruptura que provocan la ausencia y la partida? No hay magia, sólo basta con mirar al cielo y buscar los bienes del cielo. Como esa misericordia que lo vuelve todo fácil: «Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia». Un bien del cielo, esa mirada misericordiosa sobre mi vida llena de noches y nostalgias. Una mirada honda que me perdona y sostiene en el difícil equilibrio en el que deambulo entre la vida y la muerte. Miro al cielo y tantas cosas se llenan de alegría. Porque se derrama como una lluvia una misericordia que me levanta de mi pecado y mi fragilidad. Soy más que mis caídas. Incluso mucho más que la interpretación que el mundo hace de mi vida. ¿Qué se esconde detrás de la traición por treinta monedas? ¡Quién soy yo para juzgar la intención de cualquier hombre! Soy tan sólo una mirada torpe que interpreta y juzga casi sin comprender el sentido de la vida. Analizo los pasos mal dados como caídas imperdonables. Como si no hubiera perdón suficiente para escribir una historia santa. Se detienen mis pasos al pie de una tumba vacía que me habla del cielo. Y yo sonrío como esos niños que acarician el sol con la brisa de la mañana alzando sus manos a lo alto. Así es la mirada que busca el cielo en el que hay una paz que yo deseo. No busco la ausencia de dolor. Ni tampoco un corazón que no ame, sabiendo que el que no ama apenas sufre. Busco un corazón capaz de amar hasta el extremo. Porque Jesús sufrió en aquel madero. Sufrió el dolor de los clavos, la sed y el hambre, la angustia honda de una tortura difícil de soportar. Y el dolor más grande, el de sentir que no había logrado despertar el amor en todos a los que había amado. Cuesta mucho recibir amor cuando yo doy amor. Debería ser fácil, pero no siempre el corazón está dispuesto a aceptar un amor más grande que el propio, una incondicionalidad que yo no poseo y un perdón que yo no estoy dispuesto a dar ni a recibir. Entonces no es tan fácil amar hasta el extremo. Y morir por aquellos que no me han amado. Un justo condenado como injusto, despreciado. A mí me importan los juicios y los aplausos. Las condenas y los gritos de odio. Me importan el qué dirán y el qué es lo que piensan. Cuando juzgan todo lo que hago, pienso o siento. Como si de verdad importara tanto. Si fuera capaz de elevar mi mirada al cielo y la dejara prendida de las estrellas, o de esos halcones que cruzan el cielo planeando sin apenas mover sus alas. Mirar el cielo y más allá de mis pequeños problemas que a veces me parecen tan grandes. Es tan misteriosa esta vida que sostengo torpemente queriendo que sea eterna. Y no es así. Aunque algo tiene que ver con ese cielo. Con los bienes del cielo que no poseo y anhelo. Un agua que calme mi sed de infinito. Un pan que sacie mi hambre insaciable. Un abrazo que calme mi necesidad inmensa de ser amado. Una mano que acaricie todas mis heridas calmando mis dolores. Me detengo mirando al cielo, implorando esos bienes de allá arriba que puedan amansar ese corazón inquieto que sufre más de la cuenta.

María Magdalena fue a buscar a Jesús de madrugada. No porque intuyera que estaba vivo. Simplemente quería ungir su cuerpo en la sepultura: «El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba». Encuentra la losa quitada y piensa que alguien se ha llevado su cuerpo. Corre a contarle a Pedro y a Juan. Llena de inquietud y de miedo. Ya no puede amar ese cuerpo muerto ungiéndolo. No saben dónde lo han puesto. Hay gestos inútiles que nacen del amor. Porque el que ama puede hacer gestos inútiles por la persona amada. Ungir un cuerpo muerto. Ir a ver al que está muerto. Vivo en un mundo que busca la utilidad en todo. Quiero ser práctico. Lo más rápido y seguro para conseguir lo que quiero. Busco lo útil, lo que vale. Me resisto a las cosas aparentemente inútiles. Contemplar una puesta de sol sin hacer nada más. Una conversación sencilla y familiar en el que no se toman decisiones importantes. Una hora jugando con mi hijo dejando de lado lo que es urgente. Un paseo sin necesidad de muchas palabras. Los gestos inútiles parecen prohibidos. No tengo que esforzarme más de lo necesario si puedo evitarlo. ¿Para qué? Una flor nunca es útil, parece algo de lo que se puede prescindir. Solo refleja una belleza que no produce nada, ni trae ventajas. Entre vivir en una casa bella y otra llena de utilidades, ¿qué prefiero? Lo bello llena mi corazón. Pero puedo optar por lo útil. Un gesto de amor aparentemente inútil me parece bello. La Semana Santa estuvo lleno de gestos bellos, aunque inútiles. Un apóstol, Pedro, merodeando la casa de Caifás, buscando el rastro de su Maestro. Sin poder salvarlo, sin intentarlo siquiera. Sólo por no perderlo de vista se expone a que lo vean. Un gesto bello, un gesto inútil. Como el gesto de la Verónica limpiando el rostro de Jesús ensangrentado. O el gesto de las mujeres que lloran en su impotencia. O el gesto de María y Juan y otras mujeres al pie del Calvario, incapaces de salvar al Salvador. Todo bello, todo inútil. Igual que esa imagen de María acompañando de lejos la última noche de Jesús encerrado en la cisterna, antes de que amaneciera el viernes Santo. Un gesto bello de amor. Hay tantos gestos de amor que puedo hacer en esta vida. Gestos inútiles tal vez, gestos torpes pero llenos de amor. Gestos callados o llenos de ruidos. Pero bellos y sencillos. Gestos de fidelidad. Me impresionan estos días de Semana Santa. Hasta que llega María a la tumba vacía. Días llenos de gestos de amor. De amores imposibles que están dispuestos a entregar la vida por la persona amada. Todos estaban dispuestos a morir. Pero ninguno murió por Jesús. Sólo tuvieron gestos heroicos e inútiles. Eso basta. En la vida me gusta ese amor lleno de gestos bellos. La belleza de un abrazo, de una sonrisa, de un silencio. La belleza de una espera paciente. De un acompañar al enfermo. Un cuidar al que está sufriendo. Gestos inútiles, porque no salvan la vida del que está muriendo, pero embellecen su último camino hacia la muerte, hacia la vida. Me alegro con María en este domingo de resurrección. Su último gesto de amor le permitió ver la tumba vacía. Y luego encontrarse con ese hombre que sabía su nombre verdadero, parecía un hortelano pero era el Maestro. Todo por haber sido audaz e insensata. Se había arriesgado en la noche buscando llegar al amanecer al sepulcro. Es la audacia del amor que no puede quedarse quieto, aguardando y se pone siempre en marcha hacia el amado. La Semana Santa está llena de gestos de amor. Un amor que se parte, que se rompe. Un amor que busca en la noche al amado. Un amor insensato y valiente. Un amor que está dispuesto a dar la vida aunque luego tenga dudas y miedos. Pienso que la muerte del viernes Santo supone una ruptura en mi alma que me lleva a la vida verdadera. Muero para vivir. Pierdo la vida para ganar una vida para siempre. Siento la impotencia de mi amor para poder vivir y aprender una forma de amar que me sane por dentro. María va a ungir el cuerpo de Jesús y ella misma es ungida, tocada, amada por esas palabras y por ese gesto bello de Jesús. María, le dice al oído su nombre y ella entiende. La tumba vacía no es la prueba de la desaparición de un cadáver. Más bien es expresión de un amor que vence el peso de una roca pesada que cierra la puerta de la vida. Jesús ha vencido la muerte porque su amor es más fuerte que el odio. Ese momento siempre me impresiona y llena de lágrimas. El sepulcro vacío es el gesto más bello de amor que Dios ha hecho por mí. Para que cada Semana Santa recuerde que todos los gestos hechos por amor valen la pena

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.

domingo, 4 de abril de 2021

Feliz Pascua de Resurrección

 



«El primer día de la semana, muy de mañana, fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Pero encontraron que la piedra había sido retirada del sepulcro, y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. No sabían que pensar de esto, cuando se presentaron ante ellas dos hombres con vestidos resplandecientes. Ellas, despavoridas, miraban al suelo, y ellos les dijeron: "¿Por qué buscáis ente los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado"» (Lc 24, 1-6). 

Feliz Pascua de Resurrección




Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.



CARTAS DE ESPERANZA 4 DE ABRIL DE 2021

 



4 de abril de 2021

 

Hermano:

«Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz».

«La historia de la salvación se cumple creyendo contra toda esperanza a través de nuestras debilidades. Muchas veces pensamos que Dios se basa sólo en la parte buena y vencedora de nosotros, cuando en realidad la mayoría de sus designios se realizan a través y a pesar de nuestra debilidad. Esto es lo que hace que san Pablo diga: - Para que no me engría tengo una espina clavada en el cuerpo, un emisario de Satanás que me golpea para que no me engría. Tres veces le he pedido al Señor que la aparte de mí, y él me ha dicho: - ¡Te basta mi gracia!, porque mi poder se manifiesta plenamente en la debilidad (2 Co 12,7-9). Si esta es la perspectiva de la economía de la salvación, debemos aprender a aceptar nuestra debilidad con intensa ternura».

La región mantiene el cierre perimetral y el toque de queda a las 22 horas.

Más de 7 millones de dosis administradas y 2'5 millones de personas inmunizadas en los tres meses transcurridos desde que iniciamos en España el proceso de vacunación.

Cuando no me alegro con la alegría de los demás tengo que preguntarme qué me pasa. Si siento rabia o malestar al ver a otros felices tengo que cuestionarme: ¿Estará todo bien en mi interior? Es la envidia el pecado más antiguo, el primero. Deseo lo que no tengo y no me alegro cuando no soy yo el que disfruta una alegría. Si realmente no me alegra que el otro, mi amigo incluso, aquel a quien amo, se alegre por algo bueno que sucede en su vida, tengo un problema. Cuando no me alegra el éxito de mi hermano. Cuando no valoro con paz y alegría lo bueno que le sucede en su vida, puede ser que esté realmente enfermo mi corazón. En estos días de Semana Santa es la envidia un sentimiento muy fuerte. Los fariseos no se alegran al ver la popularidad de Jesús. Tienen miedo quizás, como si su fama fuera a poner en peligro su posición y su prestigio. Desean su poder y le tienen envidia, ellos no pueden hacer todos los milagros que Él hace y sus palabras no tienen la vida que poseen las de Jesús. ¿Envidia? ¿Celos? ¿Miedo? Todo se mezcla en el corazón. Envidio lo que no poseo y además los éxitos de los cercanos ponen en peligro mis propios éxitos. Si mi vecino logra lo mismo que yo deseo, ¿qué queda para mí? Resulta muy difícil alegrarse con el éxito de mi compañero cuando yo he fracasado. O alegrarme con sus victorias cuando yo he perdido. Deseo lo que otros tienen y no me alegra su suerte. Es el pecado del hombre que no tiene paz cuando ve triunfar a otros. Parece que mi propia valía disminuye ante el valor de aquel bajo cuya sombra vivo. Entonces no me alegro, no sonrío. Es la Semana Santa un tiempo de caras largas y llenas de amargura. No desean el éxito de ese Jesús que cuestiona sus propias formas y maneras de vivir. Es diferente a ellos y envidian su libertad, esa autoridad que emana de su mirada, de sus palabras. No creen en Él y no lo aman. Sólo quieren su mal. Y es que la envidia y los celos llevan al desamor, al rencor, a la rabia. Y el odio anida dentro de su pecho. «De celos se habla cuando se teme el perjuicio a raíz de tener que compartir con otros el bien que se posee, por ejemplo, el amor de una persona, o bien, conocimientos, poder, prestigio» . Los celos abundan esos días en Jerusalén. Quieren matar a aquel que pone en entredicho el poder de los fariseos. Es un peligro, una amenaza. Quiero mirar mi corazón en su verdad. Muchos de estos sentimientos los tengo yo. Leía el otro día: «Saca toda tu vergüenza», pedí a mi mente. Y Santo Dios, qué horrores vi. Un desfile patético en que estaban todos mis fallos, mis mentiras, mi egoísmo, mis celos, mi arrogancia. Pero los contemplé sin pestañear. «Muéstrame lo peor», dije. Y al invitar a las peores unidades de vergüenza a entrar en mi corazón, se quedaron paradas en el umbral, diciendo: «No. A mí no querrás invitarme a entrar. ¿Sabes lo que he hecho?». Y yo decía: «Sí que quiero tenerte dentro. A pesar de todo sí que quiero. Hasta a ti te acojo en mi corazón. No pasa nada. Te perdono. Formas parte de mí. Al fin podrás descansar. Se acabó» . Es un ejercicio difícil dejar entrar en mi corazón todo lo que no me gusta de mí. Esos sentimientos enfermos que no me dejan vivir con paz y alegría, son serenidad y libertad interior. Esa envidia, esos celos, esa rabia, esa amargura. Forman parte de mis pecados. Son parte de mi debilidad. Quiero hacer ese ejercicio de reconocerme en mi debilidad en esta Semana Santa. No soy tan puro como me gustaría, no tengo tan buenos sentimientos. No siempre me alegra el bien de mi hermano, y lo bueno que a otros les sucede es lo que yo quiero. Deseo lo que no tengo y temo perder lo que poseo y me hace feliz. La envidia me puede llevar al odio y ese sentimiento me envenena. Reconocer que soy débil es el paso primero para postrarme humillado ante Jesús este viernes Santo, al besar el madero de la cruz en el que me entrega la vida. Y entonces me mira con misericordia, con mucha paz. Sabe cómo soy y no se extraña de todo eso que a mí me sorprende. ¿En qué momento de mi vida anidaron en mi alma sentimientos tan impuros? El paso del tiempo ha dejado su huella y quiero reconocerme en mi verdad total, no en esa verdad edulcorada que intento vender. Yo siento envidia y tengo celos. Sufro al compararme y no soy feliz cuando a otros les va mejor. Es parte de mi herida, de mi enfermedad. No me escandalizo al verme como soy. No me turbo. Jesús me conoce mucho mejor y me mira como miró a la mujer adúltera, o a la mujer samaritana en el pozo, o a Pedro esa noche en el que lo negó nada menos que tres veces, o a Judas cuando lo besó aquella noche del huerto. Sí, me mira sin condenarme, aunque yo mismo me condene. No le importa mi juicio, Él no ha venido a condenarme, sino a salvarme. Y entonces me doy cuenta de algo muy básico que olvido. El cambio en mí sólo comenzará cuando sane en mi interior. Porque al sanar, los sentimientos que tengo cambiarán y seré capaz de soñar más alto y llegar más lejos. Y dejaré a un lado esos sentimientos malos que me enferman. Pero la sanación sólo me puede venir de ese madero, de esa cruz, de esa muerte terrible. Sólo Dios sana, yo no puedo sanarme solo, sin Él. Sólo su amor me sana y construye por dentro.

Ante la violencia respondo con violencia. Cuando me gritan grito. Cuando me hieren hiero. Cuando me mienten, miento. Y si me tratan mal yo hago lo mismo. Veo esa tendencia mía a pagar con la misma moneda. Ante el bien y ante el mal. Es tal vez por eso que me provoca rechazo la pasividad de Jesús, su silencio en medio de esta Semana Santa. Hoy dice el profeta: «Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor me abrió el oído; y yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos. El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado». Isaías describe el Cordero que se va a entregar manso en las manos del verdugo estos días de Semana Santa. Va a ofrecer su Cuerpo inmolado en la cruz sin oponer resistencia. Deja que el mal se imponga, que el odio venza el amor. Es como si el demonio pareciera ocupar el principal lugar estos días en el corazón del hombre. Sé que Dios puede vencer siempre. Sé que el amor vence al odio y el perdón al deseo de venganza. Pero aún así la pasividad de Jesús me duele en lo más profundo del alma. Soy impaciente. Parece un hijo abandonado a su suerte al que su Padre le ha negado la sonrisa. Nadie lo salva en el último momento. En el salmo grito como Jesús oró ese día desde la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Al verme, se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza: - Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre, si tanto lo quiere. Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una banda de malhechores; me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos. Se reparten mi ropa, echan a suertes mi túnica. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme». Sería esta la oración diaria de Jesús en esta semana. Desde el primer día en el que entra en Jerusalén aclamado por el pueblo. Jesús calla ante las aclamaciones, espera y aguarda. No se rebela cuando deciden crucificarlo. No responde con violencia a los ataques ni clama por ejércitos de ángeles que acudan en su ayuda. En el fondo de su alma espera a que Dios actúe y se manifieste y le diga cuál es el cáliz que ha de beber y cuál es el sentido de todo. Pero no busca aliados humanos, no pretende que sus hombres, débiles e inseguros, lo salven de esos otros hombres que sólo desean el mal. No busca que las cosas se arreglen por el camino humano. Lo ha entregado todo en el huerto en las manos de Dios y ahora sólo confía. Allí ha dejado sus miedos en una hora de lágrimas y sangre. Allí ha entregado sus deseos más íntimos, sus ansias de amar a todos y sus sueños de salvarlos para la vida eterna. Miro a Jesús manso después de ese grito desgarrador en el huerto. Ahora ya no habla, calla, no se rebela, no se indigna ante la injusticia, ante ese juicio injusto. Normalmente yo no actúo así cuando veo que las cosas son injustas. Intento que todo se resuelva a mi manera, buscando mi bien y de acuerdo con mis formas. Y no alzo la mirada a lo alto buscando auxilio, una señal, una respuesta. Yo quiero que todo se cumpla según mis deseos, no pienso en ese Dios que va a salvarme en el último momento, cuando yo haya perdido toda esperanza. Él lo hará todo a su manera, no a la mía. Lo hará salvándome desde mi muerte, dándome la vida. Pero yo no me espero, me desespero siempre, soy impaciente. Me rebelo, no soy manso ni humilde de corazón. Hoy quiero mirar a ese Jesús manso que se entrega sin oponer resistencia. Quiero mirar a ese Jesús que cree en su Padre y lo ama por encima de todo. Decía Santa Teresa de Jesús: «Si algo acontece en contra de lo que hemos pedido, tolerémoslo con paciencia». Frente a la violencia mansedumbre. Frente a los gritos silencio. Frente al odio amor. Esas reacciones tan contrarias me impresionan. Yo a menudo actúo como si creyera en el ojo por ojo. Y frente a una acción busco una reacción. Pero no estoy llamado a vivir así. Las maneras de Jesús son contrarias a las mías y eso me incomoda. Parecen ser el camino más seguro de vuelta a la casa de Dios. Frente al odio, vence siempre el amor. Frente a la ofensa, se impone el perdón. Frente al que me hiere, triunfa la calma. No sé si algún día podré vivirlo así. No sé si será posible no alterarme, no dejarme llevar por la rabia y el odio. No lo sé, porque estoy acostumbrado a vivirlo todo como un agravio. Y me indigno con las injusticias que sufro yo y mis seres queridos. No me quedo callado. Y me vuelvo esclavo de mis gritos, dejando de ser dueño de mis silencios. Miro a Jesús que camina como un cordero llevado al matadero y me sorprende ese espíritu tan dócil y manso. ¿Cómo podría mantener yo la calma cuando otros pretenden quitármela? Me gustaría ser más dócil, más niño, más tranquilo en mis gestos, más fácil en mis reacciones. Se lo pido a Jesús esta Semana Santa. Que pase por mi vida y me calme.

Siempre me sorprende la entrada victoriosa de Jesús el domingo de Ramos: «Y la multitud, que era muy numerosa, tendía sus mantos en el camino; y otros cortaban ramas de los árboles y las tendían en el camino. Y las multitudes que iban delante de él y las que iban detrás aclamaban, diciendo: - ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas! Y al entrar él en Jerusalén, toda la ciudad se alborotó, diciendo: - ¿Quién es este? Y la gente decía: - Este es Jesús, el profeta, de Nazaret de Galilea». Parece que todo está bien, y que todo al final va a salir bien. Como si de repente se hubieran acallado todas las amenazas contra Jesús y nadie fuera a levantar la mano contra el hijo de Dios, inocente y lleno de bondad. Parece que todo está bien, ya nada podrá salir mal. Se siente una paz extraña y nueva y parece que por fin las multitudes han reconocido a Dios en la carne de un hombre. Lo admiran como Rey, lo siguen como Hijo de Dios. Una sensación extraña después de tantos temores guardados en el alma. Pero ¿será cierto? ¿Podrá el mal ser vencido por el bien? Con frecuencia me pasa en la vida. Vivo momentos de domingo de Ramos y pienso que todo está bien y lo malo se va a solucionar. Ya no habrá nada que temer, todo está resuelto. Pero luego todo se complica de nuevo. Es como esa mejoría que experimenta el enfermo poco antes de morir. Parece que va a salir de su agonía y el corazón se llena de esperanza. ¿Qué pensarían los discípulos ese domingo lleno de sol? Quizás pensarían que ya estaba todo resuelto. Sentirían que todo era posible y no tenían que temer. Que sus sueños humanos respecto a Jesús se iban a hacer realidad. ¡Cuánta ingenuidad! Como si la luz de un día de fiesta fuera a borrar para siempre el horror de la muerte y la enfermedad. Esos hombres que aclaman hoy a Jesús no obedecen nada más que a su corazón. Seguramente en ese domingo hay junto a esa puerta de acceso a Jerusalén muchas personas agradecidas. Hombres curados por Jesús. Muchos de los que se han sentido reconfortados con sus palabras. Amigos valientes y amados. Hijos que han tocado el amor de Jesús en sus corazones. Todos los de ese día son sinceros. Simplemente ven más allá de la apariencia. Y con ese gesto sencillo no pretenden cambiar las cosas. Solo quieren agradecer a Jesús por tantas obras buenas que ha realizado. Tal vez no son conscientes del peligro que Jesús corre. No han creído las amenazas de muerte que cada vez son más frecuentes. No importa. Ese domingo es un día de fiesta. Hay que agradecerle a Dios por el presente. Y ese momento es de fiesta. En ocasiones, turbado por mis agobios y mis miedos, no disfruto el presente amable que la vida me regala. He vivido muchos domingos de ramos. Pero no siempre los aprovecho. Son esos momentos de calma antes de la tormenta. Son momentos de luz que preceden la oscuridad. Momentos de esperanza antes de la desesperación. Puedo dejarlos pasar por temer el futuro algo más incierto y mucho más triste. Puedo vivir quejándome por lo que no ha ocurrido en lugar de sonreír como un niño feliz delante de su mayor regalo. Quiero tener un corazón de niño que se ríe en la fiesta y se alegra con el regalo del momento. Tal vez por eso a los regalos los llamamos presentes. Porque todo regalo que recibo lo recibo en presente. Y en ese instante fugaz y sagrado puedo vivir con alegría o dejarlo pasar con amargura preocupado por el futuro que no controlo. Sobre lo que ha de venir no mando, no tengo poder. Vivir la alegría del domingo de ramos no es una posibilidad, es una obligación. Así como estoy llamado a reír y alegrarme con los momentos de fiesta en mi vida, aunque tras ellos vengan desgracias y dolores. Nadie me puede quitar la alegría vivida. Esa alegría llenará el pozo del alma y me dará fuerzas para resistir las dificultades y dramas de la vida. Siento la obligación de llenar el pozo de mi corazón con alegrías pasajeras, pero duraderas en el recuerdo. Volveré a ellas cuando sienta que la paz me abandona y la nostalgia me hunde. Sacaré con un cubo agua del pozo saboreando esos recuerdos sagrados y llenos de luz que adornan mi historia santa. No me dejaré llevar por el desánimo y no permitiré que mis domingos de ramos se tiñan de viernes santo. A cada día le basta su propio afán, me dijo Jesús. Y lo he aprendido. Ya llegará el viernes, de momento es domingo y el corazón se alegra y agradece. Jesús es un hombre misericordioso, porque sus palabras cambian el corazón y sus gestos y milagros me llenan de alegría en medio del camino. No es un hombre cualquiera. Es el amor de Dios hecho carne. La presencia salvadora hecha presente. Y ese abrazo de Jesús en mi vida no lo olvidaré nunca. Y reviviré los pasos de la procesión de este día, de la borrica que carga con Jesús entrando en Jerusalén. Y sonreiré a la vida porque ha merecido la pena vivir, sea lo que sea lo que me depare el futuro, no importa. Tengo y he tocado muchos domingos de ramos. Doy gracias al Dios de mi vida que me ha hecho sensible y capaz de enamorarme de la vida. Sólo eso merece la pena. Vivo en presente y sonrío feliz, me basta.

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Jesús Manuel Cedeira Costales.

sábado, 3 de abril de 2021

VÍA CRUCIS HASTA LAS CAPILLAS DEL MONSACRO JUNTO AL SANTÍSIMO CRISTO DE LA MISERICORDIA.

 Los costaleros de la Hermandad de los Estudiantes subieron en sus hombros al Cristo de la Tenderina recorriendo las quince estaciones por la ruta que asciende desde los Llanos a las Capillas del Monsacro.




























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Jesús Manuel Cedeira Costales.

miércoles, 31 de marzo de 2021

CARTAS DE ESPERANZA 31 DE MARZO DE 2021

  





31 de marzo de 2021

 

Hermano:

«Y la multitud, que era muy numerosa, tendía sus mantos en el camino; y otros cortaban ramas de los árboles y las tendían en el camino»

«Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo se guardará»

«La vida sólo merece la pena ser vivida si se entrega sin poner barreras al viento y al amor. Me gusta ese rey montado sobre un borrico en este día de fiesta»

Crece el ritmo de vacunación en Asturias: el 13% de la población ya ha recibido al menos una dosis.

El pasado viernes se superaron por primera vez las 6.000 vacunas administradas en una misma jornada.

La Semana Santa es la semana más sagrada del año. No quiero dejar que pasen los días sin hacer nada. No quiero que se me escape una oportunidad de acompañar a Jesús en su camino a la muerte. Es un tiempo santo que tengo ante mis ojos. Una oportunidad para tocar el cielo. Quiero abrazarme a ese Jesús que sufre el rechazo, el abandono y toca el dolor de la soledad. Ama hasta el extremo y es odiado hasta la muerte. Algunos lo aman y acompañan de cerca al pie de la cruz. Otros en su amor lloran su pérdida pero les falta valor para acercarse al madero del que pende. No se atreven a luchar por Él, a dar la vida. No se arriesgan porque no quieren perder lo que ahora poseen. Saben que el grano de trigo tiene que caer en tierra y morir, pero no saben nada de la vida eterna. No comprenden la resurrección que todavía no acontece. Estos días de Semana Santa están marcados por el dolor, la angustia y la consternación de los más cercanos. Yo me he acostumbrado a tomar distancia del dolor. Prefiero encapsularlo y olvidarlo, prefiero pasarlo por alto hasta llegar a momentos más felices en mi vida. No me gusta el sufrimiento, ni la muerte. Detesto la enfermedad que ahora se aferra a la piel en esta pandemia. No quiero sufrir la pérdida. Creo que la Semana Santa es una ocasión para vivir el paso de Jesús por mi vida. He vivido la Cuaresma intentando preparar el corazón. Queriendo que Jesús toque mi alma y trabaje mi interior para acompañar a Jesús como María, como Juan, como las santas mujeres. No quiero quedarme lejos pensando en otras cosas sin darle importancia. No quiero volverme inmune al sufrimiento de los hombres. Su dolor es el mío, no puedo ser ajeno. No puedo quedarme quieto sin hacer nada, sin acercarme, sin socorrer al débil, sin salvar al desvalido. Quiero que mi corazón se vuelva más humano. Hay personas cerca que recorren su propio Via crucis. Sufren en soledad y no encuentran ni la compasión de la Verónica camino al Calvario. No son comprendidos en su debilidad, en su miseria. Yo no quiero dejar de vivir la Semana Santa de los que más sufren. Por eso quiero vivir a fondo estos días, para aprender a vivir cerca del crucificado. Aprendo a acompañarlo por los lugares sagrados que recorro. Desde la entrada en Jerusalén el domingo de ramos. Pasando por Betania donde descansaba cada noche. Acercándome al templo del que echaba a los vendedores. Recorriendo esas calles de Jerusalén por las que pasó predicando. Y luego el Cenáculo, en el que tuvo lugar la última Cena. Y después el huerto, en el que siempre rezaba, y especialmente esa noche sudó sangre, tanto era el miedo y la entrega. Y los ángeles lo consolaron. Y entonces, entregándolo todo, halló la paz. Acompaño sus pasos cuando fue apresado y llevado a esa cisterna en la que iba a pasar su última noche entre los hombres. Y su madre cerca y lejos acompañando su dolor. Y luego ese juicio en la noche y por la mañana del viernes. Para condenarlo a muerte lavándose las manos. Y el dolor de esa muchedumbre que ahora prefería a Barrabás antes que salvar al que había dado su vida por amor. Y entonces recorrer esos últimos pasos cargado con su madero. El via crucis camino al Calvario. Los gritos, María cerca queriendo consolarlo. Estaba haciendo todas las cosas nuevas y yo no entiendo, ni nadie en ese momento. El silencio de Jesús, muy dentro de sí mismo, viviendo este momento en soledad, unido a su Padre, con paz profunda. Y el Calvario imponente con esas tres cruces. Los dos ladrones a ambos lados. El bueno y el que no supo ver a Dios muriendo en un madero. Y unos pocos amigos, mujeres, Juan y su Madre al pie del suplicio. Y sus últimas siete Palabras, las vuelvo a escuchar rememorando su dolor y sus lágrimas. Quisiera estar cerca para consolarlo, para darle agua, para calmar su pena profunda por ese rechazo de los hombres a los que tan solo había querido amar dando su vida. Quiero recorrer cada paso de estos días sin perderme nada. Pienso en el viacrucis de tanta gente a mi lado. Esa Semana Santa que paso por alto porque tengo otras cosas importantes que hacer y descuido lo importante. Quiero vivir estos días con un sentido. Es una Semana Santa especial después de un año lleno de tantos dolores. Confío y toco la cruz que me salva, me eleva.

Comienza la Semana más santa del año y después de cuarenta días de Cuaresma veo que yo no soy más santo que antes. Puede que estos días sean santos, pero mientras yo no lo sea nada va a cambiar en mí. No veo que sea más de Dios, ni más dócil, ni más niño, ni más puro en la mirada. Esa santidad que es un don es justamente lo que quiero. No pretendo sólo vivir intensamente esta semana, la más importante del año. En realidad sueño con que algo de la santidad de estos días se prenda de mi piel y me invada el Espíritu Santo calmando todas mis ansias e iluminando todas mis oscuridades. Esos días de Semana Santa que ahora son santos, no lo fueron un día. Esa primera Semana Santa que hoy revivo estuvo llena de pecados. La santidad reposaba en el cordero inmolado en la cruz, en el Hijo de Dios que amó a los hombres hasta el extremo. Pero en torno a Él abundó esos días el pecado. Y donde abundó el pecado, acabó sobreabundando la gracia que trajo su resurrección. Pero en esos días lleno de oscuridad reinaron la noche, el odio, el dolor. El hombre no soportaba un amor incondicional, humilde y misericordioso en sus vidas. No soportaban a aquel hombre que parecía no temer el poder de ningún hombre. Era un hombre de Dios, libre, firme, fiel. Y en torno a Él se hizo fuerte el pecado de aquellos hombres que no soportaban a ese Jesús que pretendía ser Dios, hijo predilecto de Dios, escogido. No soportaban sus milagros, ni sus curaciones en sábado, ni el perdón de los pecados que proclamaba abiertamente. Dijo que era el pan de vida eterna, y ellos no lo creyeron y lo negaron. Esa Semana Santa se hizo fuerte el pecado de todos los que condenaban a Jesús con sus palabras y sus silencios, con sus gritos y sus salivazos. ¡Qué fácil puede resultar condenar al que me resulta molesto e incómodo! ¡Qué fácil despreciar a quien no amo y desear incluso su muerte! Había muchos que hablaban y condenaban la actitud de aquel hombre que parecía blasfemo. No condenaban sus milagros que podían ser dignos de admiración. No condenaban sus palabras que a menudo edificaban el alma. Pero sí condenaban esas pretensiones que sentían ocultas y ellos las imaginaban. Es muy fácil imaginar en los otros actitudes e intenciones que no tienen. O proyectar en el prójimo lo que yo mismo siento y deseo. Es mi palabra contra la del otro. Yo no quiero caer en esos juicios, en esos chismes y en esas críticas. No quiero hablar tanto, prefiero callar. Pero a menudo me veo condenando a los que no actúan como yo espero que lo hagan. Critico a los que destacan, a los que son admirados por otros más que yo y me despiertan envidia. Critico a los que no se comportan como a mí me gustaría, y no siguen mis indicaciones. A los que son infieles, pecadores o simplemente no cumplen la palabra dada, o no realizan lo que les exigen a otros. Entonces me siento pequeño al comprobar lo sucia que tengo la mirada y envenenado mi pensamiento. Llevo en mi interior veneno que vierto con rabia cuando me siento ofendido o se abre sin quererlo alguna herida del pasado. En esos días santos en Jerusalén corrían muchos rumores, muchas críticas circulaban. Se hablaba y se callaba para condenar a un hombre. Callaban los que tenían miedo. Hablaban los que no querían que nada cambiase a su alrededor. Quizás porque sus obras no eran buenas, o tal vez su corazón estaba lleno de pecado. Y entonces surgía la condena de sus labios. No importaba que muriese un hombre por el bien de muchos. Decía el Papa Francisco que sólo la ternura me salva: «La ternura es el mejor modo para tocar lo que es frágil en nosotros. El dedo que señala y el juicio que hacemos de los demás son a menudo un signo de nuestra incapacidad para aceptar nuestra propia debilidad, nuestra propia fragilidad». Esa ternura me levanta por encima de mi juicio y de mis condenas. Ternura hacia mi propia debilidad en primer lugar. Porque normalmente es la no aceptación de mi fragilidad la que me indigna con los demás, la que me violenta y vuelve agresivo. La que me hace criticar y condenar porque no estoy en paz conmigo mismo, con mi vida como es, con mi propia historia llena de sombras. La ternura hacia mi corazón me vuelve tierno con la debilidad visible e incluso reconocida de los demás. Esa ternura me vuelve misericordioso y compasivo. Dejo entonces de ser un chismoso, dejo de andar por la vida con habladurías. Tantos hablaban mal de Jesús en esos días santos. Tantas veces soy yo el que vive hablando mal de lo que no hacen bien los otros. No miro mi interior por miedo. Prefiero taparlo dejando mal a los que pueden hacerme sombra y ocultar mi valor. Descalifico a los que tengo cerca de mí, incluso a los que más quiero. El amor que les tengo no impide que los critique, incluso frente a muchos. Condeno sus errores y no hablo bien de sus decisiones nobles y puras. Me río de ellos y los condeno. Me quedo sólo en lo que no hacen bien, resaltándolo. Jesús pasó haciendo el bien. Yo no hago el bien muy a menudo. Jesús observaba todo pero no lanzaba ninguna piedra acusatoria al ver la debilidad del hombre. Sólo se rebelaba contra la hipocresía y la falsedad de los que se creían más sabios. Hablaba contra los juicios que hacían los hombres sobre los débiles. Yo no quiero hablar en estos días. Quiero aprender a enaltecer a las personas sin vivir juzgando sus obras. Guardo silencio. Sólo así seré más de Dios y su presencia hará más santa mi vida.

 

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Jesús Manuel Cedeira Costales.

martes, 30 de marzo de 2021

El Alcalde visita la Exposición de los Estvdiantes



Un alcalde (árabe clásico, قاضي qāḍī < árabe hispano, قاضي alqáḍi: juez) es un cargo público que se encuentra al frente de la administración política de una ciudad, municipio o pueblo. Existe una amplia variedad de regulaciones jurídicas de esta figura, tanto en lo relativo a sus competencias y responsabilidades como a la forma en que el alcalde es elegido por su pueblo o ciudad.


El alcalde dirige la administración municipal, puede reorganizar los gastos de los servicios ordinarios del municipio, decide en que gastar el dinero que sobra de cubrir los gastos ordinarios, propone cambios en la ley local, preside y representa al ayuntamiento. Es elegido entre los concejales por mayoría absoluta, los cuales son a su vez elegidos por los vecinos.


Existen tres fórmulas de elecciones, dependiendo del número de habitantes del municipio. Si existe un régimen de concejo abierto (menos de 100 habitantes), los vecinos eligen al alcalde directamente por mayoría, este también se le conoce por el nombre de postor o alcalde pedáneo.


Si el municipio tiene una población entre 100 y 250 habitantes, se elige el método de listas abiertas. En una misma papeleta figuran los candidatos de todos los partidos, y los electores deberán seleccionar un determinado número de ellos. Los más votados serán nombrados concejales, los cuales, posteriormente, elegirán al alcalde.


En el resto de los casos, los partidos concurren en listas cerradas. La asignación de concejales se realizará en función del Sistema D'Hont, concejales que serán los que posteriormente elijan al alcalde de entre, generalmente, los cabezas de lista de cada partido. Si el partido ganador ha obtenido la mayoría absoluta de los concejales, en la posterior votación entre los ediles para elegir alcalde no habrá problema en que este pertenezca a la formación política ganadora. Si. por el contrario, nadie ha obtenido la mayoría absoluta de los concejales, se busca el establecimiento de pactos entre los partidos para conformar mayorías de gobierno estables, y como resultado de estos no necesariamente el alcalde ha de pertenecer al partido con mayor número de concejales. Pero si ninguno resulta en mayoría absoluta, aunque estos pactos sean claramente mayoritarios y superen con creces a los resultados de otros pactos o listas, es proclamado Alcalde el concejal que encabeza la lista que ha obtenido el mayor número de votos en el municipio. En caso de empate, se resolverá por sorteo.






El alcalde tiene toda una serie de facultades, algunas de ellas son delegables. Está asistido por un órgano colegiado que recibe en la actualidad el nombre de Junta de Gobierno Local y está formado por un número no superior a un tercio del número legal de miembros del Pleno. Corresponde al alcalde el nombramiento del teniente de alcalde.


El alcalde puede ser reelegido en la mayoría de los países. Su obligación consiste en defender los intereses de sus conciudadanos mediante la ejecución de las políticas locales que tengan por objetivo la mejora de su calidad de vida.

El alcalde puede ser reelegido en la mayoría de los países. Su obligación consiste en defender los intereses de sus conciudadanos mediante la ejecución de las políticas locales que tengan por objetivo la mejora de su calidad de vida.

El Alcalde de Oviedo visita la Exposición de los Estvdiantes.

Se le ha realizado entrega como recuerdo la pulsera de Guardianes  y Custodios del Monsacro, delante del Paso.


Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.