martes, 14 de septiembre de 2021

Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.



Según nos enseñan el Martirologio Romano y la lección de los maitines, la Iglesia de occidente celebra en este día la veneración a las reliquias de la cruz de Cristo en Jerusalén, en 614, después de que el emperador Heraclio las recuperó de manos de los persas que se las habían llevado quince años antes.

De acuerdo con la historia, al recuperar el madero precioso, el emperador quiso cargar una cruz, como había hecho Cristo, a través de la ciudad, con toda la pompa posible. Pero, tan pronto como el emperador, con el madero al hombro, trató de entrar a un recinto sagrado, no pudo hacerlo y quedó como paralizado incapaz de dar un paso. El patriarca Zacarías, que iba a su lado, le indicó que todo aquel esplendor imperial iba en desacuerdo, con el aspecto humilde y doloroso de Cristo cuando iba cargado con la cruz por las calles de Jerusalén. Entonces, el emperador se despojó de su manto de púrpura, se quitó la corona y, con simples vestiduras, descalzo, avanzó sin dificultad seguido por todo el pueblo, hasta dejar la cruz en el sitio donde antes se veneraba la verdadera.




Los fragmentos de ésta se encontraban en el cofre de plata dentro del cual se los habían llevado los persas y, cuando el patriarca y los clérigos abrieron el cofre todos veneraron las reliquias con mucho fervor. Los escritores más antiguos siempre se refieren a esta porción de la cruz en plural y la llaman "trozos de madera de la verdadera cruz". Por aquel entonces, la ceremonia revistió gran solemnidad: se hicieron acciones de gracias y las reliquias se sacaron para que los fieles pudiesen besarlas y, se afirma, que en aquella ocasión, muchos enfermos quedaron sanos.

En la Iglesia de oriente la fiesta de la Exaltación Universal de la Santa Cruz Vivificadora, es una de las más grandes del año y conmemora, principalmente, el hallazgo de la santa cruz y (actualmente el día anterior) las dedicaciones de las iglesias del Santo Sepulcro y del Calvario por el emperador Constantino.




La peregrina Etheria que visitó los santos lugares en el siglo cuarto, nos dice que aquellas dedicaciones se celebraban el mismo día que el descubrimiento de la Santa Cruz; en tiempos más antiguos, en el oriente, las festividades de la cruz se relacionaban con el descubrimiento, las dedicaciones y una visión que tuvo San Cirilo de Jerusalén en el año de 351, más que con la recuperación de las reliquias por el emperador Heraclio.

Parece cosa cierta que el 14 de septiembre era la fecha original de la conmemoración del hallazgo, aun en Roma, pero fue reemplazada por la Exaltación del triunfo de Heraclio y el Descubrimiento en el día 3 de Mayo, de acuerdo con una costumbre gálica. Mons. Duchesne declara que este día de la Santa Cruz en septiembre es una festividad que se originó en Palestina, "en el aniversario de la dedicación de la basílica erigida por Constantino en el sitio del Calvario y la que edificó en el Santo Sepulcro".




"Esta festividad de las dedicaciones", agrega, "fue celebrada en el año de 335 por los obispos que asistían al Concilio de Tiro que pronunció la sentencia de deposición contra Atanasio. También estaba asociada con ella, la conmemoración del descubrimiento de la verdadera cruz", que fue "exaltada" ante el pueblo reunido.



Enviado por:


Jesús Manuel Cedeira Costales.


lunes, 13 de septiembre de 2021

EL SANTO SUDARIO: “LA PERDONANZA”


 

EL JUBILEO DE LA SANTA CRUZ

“LA PERDONANZA”

“El perdón en Oviedo de todos tus pecados…”

Se conoce como Jubileo a la indulgencia plenaria, solemne y universal,

concedida por el papa en ciertos tiempos y en algunas ocasiones.

En Oviedo se gana la indulgencia desde los tiempos de Alfonso

II, cuando las reliquias fueron depositadas en la Cámara Santa. En el

año 808 el rey Alfonso II donó a la Catedral la Cruz de los Ángeles y,

cien años más tarde, en el 908, Alfonso III donó la Cruz de la Victoria.

En el siglo XV, debido a la gran afluencia de peregrinos, el cabildo

solicitó al papado poder celebrar un Jubileo y en 1438 Eugenio IV

otorgó la bula que concedía indulgencia plenaria a los que acudiesen

a la Catedral el día en que la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

(14 de septiembre) tuviese lugar de viernes, así como los ocho días

anteriores o posteriores a dicha festividad.

En la Catedral de Oviedo se gana la indulgencia entre los días 14

y 21 de septiembre: Se debe realizar una visita piadosa a la Catedral,

confesar, comulgar y rezar por las intenciones del Papa.





El SANTO SUDARIO

(que cubrió el rostro de Nuestro Señor…)

Es la prenda que cubrió el rostro del Señor al bajarlo de la cruz y por tanto impregnado

de su sangre que se conserva en la Cámara Santa de la Catedral de Oviedo.

Te recomendamos que te acerques a venerar la reliquia más importante de la Cristiandad

junto con la Sábana Santa de Turín ( el primero se lo pusieron al Señor en la cara para

bajarlo de la cruz; la Sábana Santa de Turín fue el lienzo con el que envolvieron al Señor ya

en el sepulcro.

Deberías saber que el Santo Sudario se puede visitar todos los días en la Cámara Santa

de la Catedral de Oviedo, pero que son 3 dias al año los que se saca de allí para dar su bendición

a los fieles que acudan a la Catedral de Oviedo:

- El 14 de Septiembre, Día de la Santa Cruz, e inicio del Jubileo de la Santa Cruz (“La

Perdonanza”).

- El 21 de Septiembre (Día de San Mateo) y final del Jubileo de la Santa Cruz (“La Perdonanza”)

- El día de Viernes Santo.




EL SANTO SUDARIO (El objeto)

En la época de Jesús un sudario era un pañolón que servía para quitarse el sudor de la cabeza o

limpiarse la cara en caso de necesidad.

La Enciclopedia Universal Judía recoge la prescripción según la cual cuando un cadáver tenía

desfigurado o mutilado el rostro era imprescindible que este fuera cubierto con un velo para ocultarlo

a los ojos de la gente. No es extraño que se empleara para este menester el pañolón –sudario– que se

tenía a mano (en ocasiones enrollado en la muñeca) y que se colocara sobre el difunto aun antes del

entierro.

Por otra parte sabemos que uno de los «lienzos funerarios» empleados en enterramientos judíos

es el sudario, y que cubre exclusivamente el rostro. San Juan en su evangelio menciona en dos ocasiones

un sudario sobre la cabeza de un cadáver. En el relato de la resurrección de Lázaro (Jn 11,44)

dice que salió el muerto «atado de pies y manos y envuelta la cabeza en un sudario» pero el texto evangélico

más importante del Apóstol en este punto es el Cap. XX. En sus versículos 6 y 7 distingue claramente

entre los lienzos en los que fue envuelto el cadáver (entre ellos, lógicamente, la Sábana que

mencionan los evangelios sinópticos) y «el sudario que había estado sobre su cabeza».

En los primeros años del cristianismo, se veneraron en Jerusalén estas reliquias de Jesús que

los apóstoles habrían guardado en un arca de cedro.

Para albergar tal tesoro, Alfonso II el Casto mandó construir la llamada «Cámara Santa», que

inicialmente sería la capilla de su palacio, y que hoy se halla incorporada a la Catedral gótica que se

edificó posteriormente. Desde ese momento la denominada «Arca Santa» y su contenido han recibido

la veneración constante de los asturianos, a pesar de las diversas vicisitudes históricas.

Ante la invasión de los persas, mandados por Cosroes II, en el 614, se hizo necesario ponerlas

a salvo. El presbítero Filipo fue el encargado de llevar hasta Alejandría el arca con las reliquias.

El empuje de los persas en África dio lugar a nuevos traslados, y, a través de ellos, terminó llegando a España.



EL SANTO SUDARIO (Veneración tradicional)

El obispo de Ecija, S. Fulgencio, acogió a los huidos, que llegaron a la península por

Cartagena, y puso en manos de S. Leandro, obispo de Sevilla –su superior y hermano – el «Arca Santa».

Es bien conocido que S. Isidoro sucedió en la sede hispalense a Leandro y fue maestro de S. Ildefonso.

Cuando este último fue nombrado obispo de Toledo llevó consigo a la capital del reino Hispano-Visigodo

el arca de las reliquias.

El Diccionario Eclesiástico de España señala la presencia de la misma en los primeros años del

S. VII. En la primera mitad del S. VIII, una nueva arca –de roble– sale de Toledo en dirección al norte,

esta vez coincidiendo prácticamente su traslado con la invasión musulmana y llegando a

Asturias –según diversos autores– entre el 812 y el 842.

En 1075, con ocasión de la visita del Rey Alfonso VI, se procedió a la apertura del Arca y la realización

de un inventario de los distintos objetos guardados en ella, entre ellos el Santo Sudario. El monarca

ordenó que se la recubriera de plata como homenaje a su precioso contenido.

En el recubrimiento del Arca Santa podemos leer la fecha de su realización (el año 1113) y la relación

del contenido que atesoraba. Se menciona expresamente «el Santo Sudario de N. S. J. C.». Desde

ese momento son constantes las referencias documentales al Sudario, puesto que se hicieron diversos

inventarios.

No hay circunstancia alguna que permita dudar de la permanencia ininterrumpida de la reliquia

en Asturias. Aunque en la actualidad no es excesivo el conocimiento que se tiene de ella entre la población

española, esta situación es radicalmente distinta a la de tiempos pasados. Su fama llegó a ser tal

durante la Edad Media que, a pesar de la dificultad que suponía atravesar el macizo montañoso que separa

Asturias de Castilla, muchos peregrinos se desviaban del Camino francés a Compostela para acercarse

a San Salvador de Oviedo (la Catedral) y venerar el «Arca Santa» de las reliquias.

Actualmente se bendice con el Sudario tres veces al año: el Viernes Santo, el 14 de

septiembre –día de la Santa Cruz– y el 21 de septiembre –día de la octava–, pero la fama del relicario

de Oviedo es multisecular. A ella debe la catedral el sobrenombre de «Sancta Ovetensis» y que, ya en

la Edad Media, los peregrinos del Camino de Santiago considerasen imprescindible su visita.


Enviado por:


Jesús Manuel Cedeira Costales.


domingo, 12 de septiembre de 2021

CARTAS DE ESPERANZA 12 DE SEPTIEMBRE DE 2021


 

12 de SEPTIEMBRE de 2021

 

Hermano:

«Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: - Effetá, esto es Ábrete »

«En medio de mis pasos va Jesús caminando. Pasa por mi vida, porque su misión está junto a mí y eso me basta para comprender que puedo ir en silencio, hablando o cantando a su lado»

El Gobierno regional acaba de publicar la rescolución con las nuevas medidas que flexibilizan las restricciones por el covid. La caída de la incidencia de la enfermedad en Asturias a niveles del mes de agosto del año pasado, ha permitido una relajación de la situación.

El proceso de desescalada en Asturias va viento en popa. Los contagios han caído drásticamente y la incidencia acumulada por coronavirus en la mayoría de los concejos de la región se sitúa por debajo de los umbrales de riesgo extremo, «similares a las de agosto del año pasado». Una favorable evolución epidemiológica que evidencia que la comunidad se está acercando ya a un escenario de nueva normalidad, pero «de prudencia» y, por tanto, la Consejería de Salud ha decidido flexibilizar alguna de las restricciones en vigor. Estas beneficiarán principalmente al sector de la hostelería, el más perjudicado por las medidas anticovid. Así, según ha detallado el director general de Salud Pública, Rafael Cofiño Fernández, el horario de cierre de los negocios hosteleros se corresponderá con la licencia de apertura, se reabrirá el consumo en barra con la obligación de respetar la distancia de seguridad de 1,5 metros y el aforo de las mesas será de 10 personas, tanto en exterior como en interior.

Dicen que cuanto más conozco algo más puedo amarlo. Un conocimiento que logro con el corazón. No sólo con los ojos que se apegan a la superficie de las cosas, de las personas. O tal vez es amando a alguien o algo que llego a conocerlo en profundidad. La cercanía que me da el conocimiento me ayuda a crear una intimidad nueva, antes desconocida. De cerca veo mejor la humanidad de la persona amada. Y conociéndola hasta en lo más pequeño puedo amarla más. Conocer los defectos y límites puede lograr que mi amor sea más grande, eso siempre me sorprende. Amando conozco más. Conociendo más, amo más. No es un amor verdadero el que siento por un desconocido al que sólo admiro. La admiración no conlleva necesariamente el amor. Pero eso sí, cuando amo es necesario que admire a la persona amada. Amar tapando lo que no me gusta de mi amado empobrece mi amor. Es como si no supiera integrar en el amor los defectos y los límites. Queriendo que la fascinación del enamoramiento tape o disimule las manchas y pecados. ¿Cómo puedo llegar a sentir que amo incluso lo que me incomoda? Es un paso más en ese amor que me engrandece como persona. El que ama así ama a un nivel superior. Amar mientras no me decepcionan es hasta sencillo. Porque la persona amada responde a todas mis expectativas, a todo lo que espero de ella. Y cuando me falla o no logra hacer todo lo que yo deseo, me frustro y siento que no es igual mi amor que antes, cuando todo fluía y era sencillo. Pensar que mi amor depende del sentimiento es limitarlo a un aspecto del amor que pretende ser más grande. El sentimiento faltará en ocasiones. Sentiré poco o no sentiré como antes. ¿Ha muerto el amor? Entonces descubro que el amor es una elección continua. Elijo a quien amo, pero no la primera vez, sino todos los días. Incluso cuando los defectos me han herido, o las expectativas se han visto frustradas. Incluso cuando lo que sentía, pasión, o deseo, ya no es tan grande, es menor y parece estar dormido. Me siento culpable y pienso que ha muerto el amor, que todo es pasajero. Pero no es así necesariamente. El amor es más grande que un sentimiento. Más profundo que la admiración. Más fuerte que la fuerza de la pasión primera. Llamado a ser eterno el amor no conoce límites, conviviendo con ellos. Mi capacidad de amar es limitada. No puedo amar como Jesús me ama. No logro amar renunciando a mi deseo. No consigo amar entregando el cien por cien y sabiendo de antemano que no me importa lo que reciba a cambio. Ese amor generoso, imposible, es el amor que desea vivir mi corazón pequeño y eterno. Es el amor que puede hacer que mi vida sea diferente y merezca la pena. Me levanto de nuevo cada mañana pidiéndole a Dios que renueve mi amor. Vuelvo a elegir, como un niño, siempre en presente, a la persona amada. Elijo el camino previamente elegido. Elijo los sueños ya antes soñados. Y no tengo miedo. Dios lo puede hacer posible en mí. Quiero amar más, conociendo más en profundidad lo que Dios ha puesto en mí, como un amor que me saca de mis egoísmos y mis miedos. Porque sufre menos quien no ama. Y también goza menos. Porque amando más se sufre siempre. La pérdida en la vida es el mayor desgarro. No por eso dejo de pensar que quiero conocer más a quien amo. No dejo de sorprenderme y admirarme de su belleza escondida. No dejo de amar también aquello que no es virtud, sino defecto. El límite que me confronta con mis propios límites. Y entonces tiene sentido todo lo que vivo, todo lo que amo. Y la vida florece a mi alrededor al sentir los dedos de quien me ama y me describe en sus sueños. El amor humano es sólo el reflejo pálido del amor del cielo. Amar y ser amado el sentido último de mi vida plena. Y sé que he nacido para amar de muchas maneras y a muchos. Y no por amar a más mi corazón ama menos. Es más grande su poder, no sé como lo logra Dios, pero lo hace. No por no amar  a alguien en exclusividad es mi amor más pobre. Porque lo personal es lo que hace que el amor sea grande. Un amor que ama conociendo y cuanto más conoce a quien ama, con más fuerza lo ama.

Vivir entre el miedo y la confianza es la forma habitual de vivir. Confrontado con mis límites, consciente de mis posibilidades. Alarmado por los peligros circundantes. Acariciando la seguridad de mis raíces seguras en un hogar donde soy amado. El vértigo que me plantea la vida, con cada día que se desploma delante de mis ojos. El paso traicionero del tiempo que se escapa sin darme cuenta por debajo de mi puerta. El frío que se hace fuerte en mi alma provocado por ese miedo que tengo a perderlo todo. Que el presente estalle en mil pedazos convirtiendo mi vida en un relámpago fugaz perdido entre las sombras. ¡Cómo no gritar de miedo ante tanto dolor y tanta muerte! El corazón se aferra tembloroso firme en medio de los vientos que amenazan con arrasar mis seguridades. ¿No puedo repetir cada vez que lo desee todo aquello que me da felicidad y me alegra el alma? ¿Quién decide hasta cuándo podré repetir el gesto de amor que levanta mi alma a la altura del cielo? ¿Cómo y por qué es posible que lo que hoy me da vida deje un día de ser fuente de gozo? No tengo respuestas a preguntas inquietantes. Lo que he vivido antes no tiene por qué volver a repetirse. Puede ocurrir algo inesperado que lo cambie todo. Sin yo pretenderlo ni desearlo. Algo que tuerza mi camino por un sendero nuevo apenas perceptible entre las sombras de mil arbustos. Y el viento, sí ese viento ingrato que me mueve por dentro. Vivir entre el miedo y la confianza es el ejercicio diario que practico. Aferrado con una mano al cielo y con la otra sujeto a mis entrañas, donde se desarrolla la batalla más verdadera, entre mis sueños y la fuerza violenta de la realidad. Confiar y temer como dos acciones separadas que alimentan mi propio corazón. Temo perder la vida al tiempo que confío en un desenlace inesperado cuando se esté acabando el tiempo. No dejo de creer cuando todo parece perdido. No dejo de esperar cuando nada merece ser esperado. Temer y confiar. ¿Quién puede despertar en mí la confianza? Sólo un amor más grande que el mío puede levantarme en tiempos inquietos de pandemia, de inseguridad, de violencia. El alma quiere repetir rutinas cargadas de paz y de esperanza. Y reniega de las novedades que llenan el alma de oscuridad y miedo. Levanto los ojos al cielo confiado. ¿No me dijo acaso Jesús un día que no me iba a dejar nunca en medio de mi vida? ¿No me pidió con vehemencia que no me agobiara por el mañana porque cada día tiene su propio afán? Sí, así lo hizo, así lo hago hoy. No quiero agobiarme como hoy escucho: «Decid cobardes de corazón: - Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Porque han brotado aguas en el desierto, torrentes en la estepa; el páramo será un estanque, lo reseco un manantial». Me gusta mirar a Dios en medio de la tormenta del alma y ver su sonrisa al otro lado de los vientos que me arrasan. Convierte lo reseco en manantial. Y calma la sed de mi alma. No puedo temer, mientras estoy temiendo. No quiero dejar de confiar, aún con ciertas dudas dentro del alma. Quiero aprender a confiar en medio de mi presente. Es lo único que puedo controlar. Mi actitud interior ante el futuro inquietante. La paz en el alma como un don que Dios me regala cuando todo a mi alrededor pretende llevarse con fuerza la quietud de mi corazón. Alzo la mirada y confío. «No temas». Me grita Dios en mi interior. Y yo escucho su voz suplicante. «No tengas miedo ni te agobies». Y sonrío, caminando sobre esa cuerda sostenida sobre el vacío, entre el miedo y la confianza, sigo adelante. La vida son dos días, me repito. Y las tormentas pasan. Y los tiempos inquietos mudarán, trayendo paz y de nuevo inquietudes. Y yo no podré controlarlo todo, como me pasa ahora, siempre será lo mismo. Pero para eso fui creado, para caminar sobre un alambre. Sin dejar la mano que me ha creado y amado hasta el extremo. No vivo con miedo al castigo, al rechazo de Dios, eso nunca lo he sentido. Creo mucho más en su misericordia y en su abrazo eterno mirando mi belleza, mi pureza interior, esa que Él mismo ha sembrado. Y no desconfío porque sé que el Dios de mi historia es siempre fiel a sus promesas. A su manera, está claro, no a la mía. En sus términos, no escuchando mis expectativas. El Dios de mi camino me construye desde la pobreza que hay en mi corazón. Sabe de mis miedos y me da fuerza, para que viva el presente con pasión, sin angustia, sin miedo. Porque sólo Él sabe que no puedo hacerlo todo bien, no puedo alcanzar las estrellas por mucho que me atraigan y no puedo vivir con plenitud lo que en mí es sólo un deseo hondo y verdadero. Y me dejaré llevar por mis debilidades no siendo fiel a lo que he elegido. No haciendo el bien que deseo hacer y dejándome tentar por el mal que me promete felicidades definitivas que luego solo son pasajeras. En medio de temores fundados e infundados. En medio de angustias que no puedo controlar porque la vida es así, está llena de incertidumbres. Y me abrazo al Dios de mi historia, a Aquel que me ha amado. No tengo motivos para temer porque no estoy solo y me ama Él como nadie antes me había amado.

Me gusta recorrer en el rosario los misterios de mi vida. Porque mi historia, reciente y lejana, está llena de misterios. Los misterios son esos momentos en los que Dios se hace presente en mi camino, en mi vida, revelándome sus deseos, sus sueños, su amor hacia mí. Son esos momentos sagrados en los que en medio de la noche rompe la luz de la esperanza que brota de su corazón de Padre, del corazón de María. En esos momentos duros comprendo que la cruz bendice el mundo aunque no lo entienda, sigo buscando respuestas, sabiendo que no vendrán. Pero comprendo que sólo Dios sabe lo está pasando en la oscuridad que vivo cuando sufro. Recorro también esos misterios alegres, momentos llenos de luz en los que el cielo se hace presente en medio de la tierra. ¡Cómo olvidarlos si en ellos toqué la piel de Dios en piel humana! Momentos de Tabor donde el misterio se me revela y veo a Dios sonriéndome. Acaricio en las cuentas también esos instantes en los que las decisiones tomadas se hacen vida. Misterios sagrados en los que comprendo que Dios pasa de forma silenciosa en medio de mis dificultades, en medio de mis cruces y alegrías y me muestra el camino a seguir, a veces con dudas. Acaricio también esos misterios de esperanza en medio de este mundo tan desesperanzado. La verdad es que recorrer los misterios de mi vida me confronta con el Dios de mi camino. Él va caminando conmigo siempre y va tejiendo un tapiz, una obra de arte. Él y yo los dos en el mismo camino, en la misma barca. Por eso me gusta acariciar las cuentas del rosario alabando a Dios y alegrándome con María. Sin ellos mi vida se queda vacía y el camino deja de contar con su presencia. Al repetir esas alabanzas cadenciosas del rosario el alma se llena de gratitud y brota súbitamente el silencio. ¡Cuánto me cuesta callar para poder tocar a Dios en el silencio! No sé bien cómo sucede, pero acariciando las cuentas de mi rosario, Dios me acaba susurrando no sé bien que cosas. Quizás no son muchas, sólo las importantes. Me dice que me quiere, que me ha elegido, que en cada cosa que me pasa Él está conmigo y no me va a dejar nunca. Y así me lleno de alegría, de una paz inmensa mientras acaricio las cuentas de mi rosario. No pienso en nada, no lo necesito. No busco soluciones ni espero sabias respuestas. No quiero solucionar mis dudas ni pretendo tenerlo todo claro. Sólo sé que en ese silencio con Dios recupero la paz y me quedo tranquilo. Dios sabe mejor lo que me conviene más allá de las peticiones concretas que le grito al oído. Sabe lo que necesito y sufre conmigo en todo lo que me pasa, mientras desgrano las cuentas de mi rosario. Lo único que me promete es que estará conmigo cada día, ya sea malo o bueno, soleado o lleno de nubes. Camina a mi lado sin soltarme la mano, así como yo mismo no suelto las cuentas de mi rosario. Y entonces percibo su mano en la mía y me tranquilizo. Seguiré sin tenerlo todo claro, pero al menos se me habrá colado en el alma la paz al pensar en esos misterios de mi historia, en todo lo que ha pasado en mi vida. Son esos momentos sagrados en los que Dios sale a mi encuentro para decirme que me ama. Por eso me gusta caminar mientras acaricio las cuentas de mi rosario. Y le doy gracias a Dios por ser peregrino y por ser capaz no sé bien cómo de echar raíces en esa tierra que piso. Rezar el rosario con María, en su corazón de Madre, calma mi sed, sacia mi hambre y me da una luz para la vida cuando me desanimo y pierdo la esperanza. Renuevo mi alianza de amor con Ella y la vuelvo a elegir. Sin Ella estaría perdido. Ella sostiene mis pasos, levanta mi mirada y me hace confiar dejando a un lado mis miedos. Camino y paso las cuentas de mi rosario. Y renuevo mi sí, me alegro por ese Dios que camina conmigo. Y no dejo de esperar su abrazo cada día. Esa presencia de María en mi camino me va haciendo más dócil a Dios. Va despertando en mi corazón del deseo de entregarme totalmente a sus planes. «La palabra entrega total. ¿Qué significa? Es la disponibilidad del corazón para consentir a Dios, incluso atendiendo a sus más mínimos deseos» . Para que ello sea posible es necesario aprender a confiar en el silencio de mi oración, en ese diálogo callado con Dios mientras camino. En ese encuentro personal con María cuando recorro mi vida y Ella va cambiándome por dentro y me va haciendo dócil a los más leves deseos de Dios. Creo que a veces me puedo enamorar de ciertos ideales que me encienden, de proyectos que despiertan mi deseo de cambiar el mundo. Puede fascinarme esa gran misión que se abre ante mis ojos, pero mientras no esté profundamente enamorados de Dios, de un Dios personal, todo será muy frágil. Si la oración no me ata a Dios en lo más íntimo mis propósitos y elecciones no serán tan firmes. Es el amor a la persona lo que me cambia por dentro. Al amor a Jesús hombre, a María hecha carne en mi vida. Es ese amor único que Dios me hace recordar cada vez que recorro como un niño los misterios de mi vida. Y así me enciendo en ese amor siempre de nuevo. Un amor cálido y profundo, un amor que me transforma por dentro para siempre. Un amor personal que me salva.

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.


miércoles, 8 de septiembre de 2021

Covadonga, el inicio de la Reconquista





covadonga el inicio de la reconquista

En el año 714 -sólo tres años después de la Batalla de Guadalete- los árabes invasores ocuparon Gijón, culminando así en la costa asturiana su dominio de la Península Ibérica. El gobernador de la región asturiana, Otman ben Neza –Munuza para los godos- se esforzaba por entenderse con los notables locales y mantener así apaciguada a una población abrumadoramente superior en número a la musulmana.


Hacia el año 717 Munuza, para atraerse la simpatía de los godos, envió a Sevilla a un grupo de notables (godos) entre los que se encontraba Don Pelayo, que llevaba consigo los tributos recaudados. Se cree que Pelayo era hijo de Favila, el duque visigodo encargado de Asturias. A la muerte de Favila, al parecer, por orden del rey visigodo Witiza, Pelayo se hizo cargo de las propiedades y los vasallos de su padre. La importancia de la familia de Pelayo pudo influir para que Munuza deseara casarse con Ermesinda, hermana de Pelayo, y consolidar, de este modo, su dominio sobre el territorio.




don pelayo

inicio de la reconquista

A la vuelta de Sevilla, Pelayo se encontró con que se iba a celebrar la boda y, a pesar de las ventajas que le podría reportar este parentesco, reaccionó violentamente. Al parecer, Pelayo había previsto que Ermesinda se casara con un noble godo, Don Alonso. (Hay coincidencia de opiniones en que la tensión suscitada acabó con la huida de Don Pelayo a sus dominios desde donde comenzaría a liderar la resistencia contra los musulmanes).


Durante los años posteriores, Pelayo acrecentó sus fuerzas y sus ataques a los musulmanes. En el año 722 Munuza ordenó al general Al Qama la marcha en busca de los rebeldes godos situados en la zona de Cangas de Onís. Según los árabes se acercaban, Pelayo y los suyos se fueron retirando hasta las inmediaciones del monte donde nace el río Auseva.





El cerco del ejército musulmán se hizo más fuerte, empujando a Pelayo y sus hombres a refugiarse en una cueva llamada Covadonga (cuyo significado es “Fuente de la cueva” ) donde les resultaba más factible una defensa continuada. Se cuenta que en su retirada llevaban consigo una imagen de la Virgen para evitar que cayera en manos de los árabes o porque confiaran en que les protegiera durante tan difícil trance. El sitio debió de durar algún tiempo, pues las crónicas musulmanas detallan que los godos se alimentaron de la miel dejada por las abejas en las hendiduras de las rocas, explicación poco verosímil pero ilustrativa de que la situación de los sitiados los moros la entendieron como desesperada.




Sin embargo, para los bereberes debería de resultar muy difícil entrar en una cueva localizada en un lugar tan inaccesible y defendida por guerreros que luchaban por sus vidas. Los musulmanes se situaron encima y debajo de la cueva, dedicándose a lanzar multitud de piedras y flechas contra los defensores pero muchas de ellas acabaron cayéndoles a los sitiadores que estaban situados debajo, causándoles algunos muertos. Los sitiados interpretaron lo ocurrido como un verdadero milagro y recobraron el ánimo suficiente para atacar a los musulmanes situados debajo, desbaratándolos. A la vez, muchos godos que no habían podido refugiarse con Pelayo dentro de la gruta, y que esperaban en la parte alta del monte, salieron de sus escondrijos y atacaron a los musulmanes situados encima.




inicio de la reconquista

Sorprendidos por estos inesperados ataques, los moros emprendieron la huida, muriendo muchos de ellos. Munuza, enterado del desastre de su ejército, abandonó Gijón tratando de huir hacia el sur, a través del puerto de la Mesa. El caudillo árabe fue interceptado, derrotado y muerto en Olalíes -actual concejo de Santo Adriano.


Estas victorias confirieron a Don Pelayo un gran prestigio que le permitió, además, aglutinar la autoridad de un gran número de partidarios y establecer una primera estructura de gobierno en Cangas de Onís, donde finalmente morirá en el año 737. Los restos de Pelayo fueron sepultados, primeramente, en la iglesia de Santa Eulalia, en Abamia (concejo de Cangas de Onís), para luego ser trasladados, junto con los de su esposa y los de su hermana Ermesinda, a un túmulo de piedra localizado dentro de una cavidad horadada en la Santa Cueva de Covadonga.




inicio de la reconquista

El rey Alfonso I de Asturias, yerno de Don Pelayo, construyó más tarde, una capilla para conmemorar aquella victoria y disponer de un lugar donde adorar la imagen de la virgen, La Santina de los asturianos.


Desgraciadamente, en el año 1777 se produjo un incendio que destruyó parte del templo y que calcinó la imagen de la virgen protectora de los godos en aquella Batalla de Covadonga. Al año siguiente, el obispo de Oviedo regaló una imagen propiedad de su catedral, para que sustituyera en Covadonga a la imagen original de la Santina. De esta forma – más o menos – se produjo el inicio de la Reconquista.





Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.

Texto de:

 Ignacio Suárez-Zuloaga

sábado, 4 de septiembre de 2021

CARTAS DE ESPERANZA 5 DE SEPTIEMBRE DE 2021

 



5 de SEPTIEMBRE de 2021

 

Hermano:

«Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está   vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos»

«Necesito elevar mi grito al cielo para que Dios me escuche y saber que estoy vivo. Sueño con que su voz llene mi alma y me cambie por dentro haciéndome más dócil, más niño, más hijo»

Salud augura un inicio de curso «infinitamente mejor» en Asturias con la mayoría de alumnos vacunados.

A fecha de hoy el 90% del grupo entre 12 y 19 años ya tiene al menos una dosis a pocos días del comienzo de las clases.

A veces me detengo a pensar. Miro hacia atrás y se me ocurren otras historias con otros desenlaces para mi vida. ¿Qué hubiera pasado si hubiera decidido otra cosa? Entre dos bienes posibles no es fácil tomar un camino u otro. ¿Cómo encuentro la paz después de la decisión tomada? ¿Acierto en el camino emprendido? Hay una paz que viene con el tiempo y no siempre de forma inmediata. El tiempo me hace pensar que sí, que era lo que Dios quería. Pero ¿y si hubiera tomado el otro camino también posible, también bueno, sería feliz? Mi vida habría sido diferente, y quizás hubiera pensado que era de Dios. Sé que nunca es fácil elegir un camino u otro. Busco señales claras, incluso les pido a otros su consejo tratando de aclarar mi corazón. No saben, o no tienen la respuesta. Soy yo en mi interior el que tiene que descubrir el querer de Dios, percibir sus voces, claras o a veces confusas. Y optar por uno u otro camino. No importa cuál sea. Sólo en mi corazón lo sabré con certeza. No habrá flechas claras como en el camino a Santiago. No tendré un Gps preciso que me indique el camino. No habrá ángeles que bajen del cielo por la noche para hacerme ver cómo seguir mis pasos. Sólo Dios en mi alma y otras percepciones de su voluntad en personas, en sucesos, en mociones del Espíritu me muestran su querer. Y sabré más o menos por dónde ir. Con miedo, con paz, con calma y con llanto. Y me pondré a andar que es lo importante. Sabiendo que voy con Dios aunque a menudo no sepa bien hacia dónde. Elegiré un camino y no dejaré al azar los pasos que doy. Me gusta pensar que cada día vuelvo a elegir mi camino de felicidad. Con riesgo a confundirme de nuevo. Con paz porque sé que Dios no se baja nunca de mi barca, no me deja solo en mis pasos. Siento que todo hombre sufre las mismas dudas y siente los mismos miedos. ¿Acertaré siempre? No creo que se trate de acertar o de fallar. La vida es mucho más que eso. Dios es mucho más grande que todas mis decisiones. No me mira en mis fracasos para echarme en cara mi ineptitud. Mira mi vida entera, con su grandeza y su pobreza y se conmueve, tiembla ante mí feliz y enamorado. Esa imagen de Dios es la que me salva siempre. Incluso en esos momentos en los que dudo y no sé bien el camino a seguir. Cuando la vida es incierta y la tormenta arrecia. Me hace bien decidir con otros, discernir escuchando y compartiendo, encontrar salidas, oyendo dentro de mí y dentro de otros. Decía Leonardo Boff hablando de S. Francisco y Santa Clara: «En sus búsquedas y dudas ambos se consultaban, y buscaban un camino en la oración». Me hace bien escuchar a otros en mis búsquedas. Abrirme a la opinión y juicios de los que van a mi lado. No tienen la respuesta correcta, seguro, porque esa es mía. Soy yo el que decido, pero escuchar ensancha mi alma y me hace más diestro en la búsqueda del querer de Dios. Caminar con otros y amar en profundidad a las personas que van conmigo es lo que me hace más sabio. El amor me hace más conocedor de la vida. Cuanto más amo a Dios, más capacidad tengo para percibir sus deseos. Igual que cuando amo a una persona, con solo mirar sus ojos sé muy bien lo que desea. Como dice S. Agustín: «Conocemos en la medida en la que amamos». El amor me hace más conocedor de la vida y de las personas. Y amando a Dios cada día más me vuelvo más capaz de descubrir sus deseos, su voluntad. No es tan sencillo pero es el camino de mi vida. Navegar a tientas, buscar luces en la oscuridad y voces en medio del silencio. No acertaré siempre, eso lo tengo claro, no entenderé cada paso que doy. Pero sé que la vida se juega en decisiones pequeñas. Cuando voy caminando en medio de la vida buscando el querer más sagrado de ese Dios que va conmigo. Vivir sin miedo a equivocarme es imposible. Pero saber que de mis errores aprendo es el camino para ser feliz. Si me equivoco no es el fin del mundo. Puedo volver a empezar. Puedo retomar el paso con alegría. Puedo avanzar en medio de la noche tomado de la mano de Dios. Puedo mirar las estrellas y confiar. Desde lo alto Dios me cuida. Desde lo más hondo de mi alma me sostiene. Su voz, apenas perceptible, es más audible cuando callo. Cuando me quedo en silencio aguardando. Dios sabe mejor lo que me conviene. Y yo asiento esperando su abrazo.

La vida que no se entrega no sirve para nada. El amor que no se convierte en servicio no es amor verdadero. El corazón que no se pone en la piel del que está enfrente no logra ayudar de verdad. Los ojos que no ven el dolor del que me mira no han aprendido a mirar como me mira Dios. La vida que guardo egoístamente por miedo a que se pierda, se vuelve inservible. Como la sal que no sala. Como la semilla que muere fuera de la tierra fecunda. Nada tiene total sentido si no es para mirar un horizonte más amplio que el que delimitan mis deseos y proyectos personales. Romper esa línea mágica que me ata es lo que de verdad me salva. Leía el otro día: «Ahora estaba empezando a comprender, de una manera brutal, que hasta que no se ha sufrido en carne propia una pérdida, con el consiguiente dolor, es imposible empatizar realmente con otras personas en igual situación» . Hasta que no he sufrido lo que el otro sufre no puedo de verdad comprender lo que está viviendo. ¿Tengo que sufrir yo la enfermedad para entender al enfermo? ¿O padecer yo la muerte de alguien amado para acercarme al dolor del que sufre una ausencia? No lo sé, pero es lo más fácil. Me sirven más las palabras y consejo del que ha vivido o está viviendo lo mismo que yo. Entonces veo qué difícil resulta cuando no he vivido lo que otros viven y tengo que ayudarles igualmente. No tengo la misma autoridad moral del que ha padecido la cruz y ha vivido la resurrección. Tal vez no sientan mi comprensión verdadera o no crean en la autoridad de mis palabras al no haber sufrido lo mismo. Aún así no me puedo eximir de mi obligación de ponerme en su lugar. De acercarme de rodillas a su misterio aunque no acabe de comprenderlo. Sólo tengo que mirar conmovido esa vida suya que es tan frágil y se abre ante mí. Sólo puedo respetar con ojos bien abierto todo lo que viven al ver cómo confían en mis palabras. El corazón de mi hermano es siempre un misterio, es un regalo que se me entrega sin yo merecer nada. Y yo tengo que ayudarle a pasar ese momento difícil que atraviesa, en ese preciso instante en el que se encuentra conmigo. La antropóloga Margaret Mead explica: «Ayudar a alguien a atravesar la dificultad es el punto de partida de la civilización». La solidaridad en medio del dolor es el rasgo más humano. Puede llegar a superar a instinto de la supervivencia. Por ayudar al que está a punto de padecer llego a arriesgar mi propia vida. Es lo más humano esa capacidad mía de dejar de pensar en mí mismo, en mis intereses, en mi bienestar y en mi comodidad para abrirme generoso al que está frente a mí sufriendo. No le cierro mi carne cuando suplica misericordia. No corto el diálogo y me acerco, sin guardar las distancias sagradas. Y pienso en lo que el otro siente, en su dolor, en su angustia. No pienso en mí, ni en lo que necesito. Tampoco pongo por delante mi dolor o mis miedos, mis recelos e inseguridades. Pienso sólo en aquel que está ante mí. Contemplo como algo sagrado su vida, su enfermedad, su miseria. Me vuelvo misericordioso y acepto ser sólo el camino al cielo, al Padre, a la misericordia de Dios. No soy yo el centro ni el salvador. Tengo claro que el centro siempre es Dios y sólo Él salva la vida de los hombres. Por eso sé que lo que de verdad importa es lo que necesita quien me busca en ese momento. El dolor de muchos que se hace viral a mi alrededor. Las injusticias gritadas al viento que yo mismo denuncio. Quiero tender la mano a mi hermano aún con el riesgo de sufrir, de perder, de no ganar nada. Es el camino de la solidaridad. El camino de la ayuda a superar las dificultades. Este tiempo que vivo está lleno de dolor y de angustia. Y me desborda lo inabarcable del sufrimiento. No logro consolar a tantos que sufren con mis palabras y con mis abrazos. Tengo que meterme en mi corazón para hallar la paz que pueda entregar al que le falta. Estar con Dios para poder dar tranquilidad a los que la han perdido. No paso de largo ante el que me pide ayuda. Miro a Jesús «¿Cómo amó el Señor a los hombres? Nadie tiene mayor amor que quien da su vida por sus amigos (Jn 15, 13). ¡Y cómo amó él al prójimo! Al precio de su propia vida, entregando su propia vida. ¿Qué significa: el amor al prójimo es idéntico con el amor a Dios? El Señor coloca ambos mandamientos uno junto al otro. Y si examinan al apóstol Pablo, es algo peculiar, en la culminación de su himno sobre el amor, cómo uno y otro amor fluyen uno hacia el otro y cómo el amor a Dios opera en el amor al prójimo» . El amor a Dios, el amor de Dios, despierta mi solidaridad, mi amor al que necesita, mi amor humano y generoso con el que está a mi lado. Ese amor es el que me salva de la soledad egoísta del que no necesita a nadie y al que nadie necesita. Miro a Jesús que me enseña esa forma concreta de amar a mi hermano. Rompiendo los límites y venciendo las resistencias de mi alma.

Quiero una vida para servir. Quiero vivir sirviendo. Quiero servir para poder vivir de verdad, a manos llenas. Po eso no quiero olvidar de dónde vengo. Recuerdo con nitidez mi primer amor, esa perla escondida que descubrí un día. Toco entre mis manos ese tesoro encontrado en el terreno a veces confuso de mi alma. Vuelvo a revivir el motivo por el que me enamoré un día de Dios sin llegar a comprender ese día las consecuencias. Hago memoria de la razón por la que pensé que mi vida merecía la pena sólo si me disponía a seguir los pasos de Jesús con calma y pasión. Con paz en el alma, con el rostro radiante de felicidad. Sabiendo lo que dejaba, aquello a lo que renunciaba. Tengo claro que me da miedo vivir sin construir nada, sin sembrar nada, sin lograr nada. Y tal vez la vida no consiste en conseguir metas, en alcanzar logros. Más bien consiste en luchar hasta el extremo por hacerlo posible. El éxito de mis empresas no está en mis manos. Me da miedo no llegar a escuchar la voz de los que no piensan como yo. Y así no abrirme a la crítica, al complemento. Pues siempre el que no piensa como yo me enriquece, me complementa y hace que lo que yo persigo llegue a ser mejor de lo que tengo ahora. Acepto lo que piensan los demás, sin volverme loco. Sin querer contentar a todos, sin querer que todos estén felices y satisfechos con mis obras y palabras. No quiero trabajar para la galería, para que me aplaudan, eso sólo trae una infelicidad profunda. Hay a mi alrededor más gente agobiada y triste que gente contenta. Más personas que no logran sacar adelante sus vidas y se fijan continuamente en las de los demás. Hay tantos descontentos con la vida que lleva, con ese Dios que parece no responder a sus miedos y deseos, con el mundo que no responde a todas sus expectativas. Y yo sin miedo a la vida sigo pensando que es posible vestir de luz la noche y de esperanza la tristeza que lucha por quitarme la paz. Veo que hay mucho miedo a la tormenta y a la desgracia. Tanta preocupación por la incertidumbre de este mundo en el que nada está claro y nada es seguro. El mal es poderoso y las desgracias que suceden quitan la paz y la alegría. Comenta S. Agustín: «La auténtica vida no está en la rebelión, sin en la adoración silenciosa. No tenemos respuesta al problema del mal. No obstante nuestra tarea consiste en hacerlo menos insoportable y darle remedio sin orgullo» . No entiendo el sentido del dolor, ni la herida que deja la pérdida. No logro aceptar que las cosas no son como deseo. Y no tengo respuesta a las mil preguntas que me hace el que no entiende. Yo mismo corro el peligro de permanecer escondido esperando a que pase ante mis ojos la tormenta en medio de la noche. Con miedo a salir en medio de las olas y arriesgarme a perder la vida. Ese miedo a llorar por las velas rotas de la barca en un intento inútil por apaciguar el mar. Entonces callo y espero y me asalta el miedo de ser mediocre, blando, tibio, gris, mudo, inútil, vacío, necio. Por eso me levanto cada mañana dispuesto a no caer en la tentación de la liviandad. Tengo miedo de no llegar nunca a encender los corazones que se abren ante mí y se me confían. Me asusta no llegar a ser capaz de dar respuesta en este tiempo que vivo lleno de preguntas abiertas. Comparten mis mismos miedos y yo me siento tan pequeño porque no es mi obra aquella en la que estoy sumido. No es mi reino ese por el que tanto lucho y me esfuerzo tratando de dar la talla y estar a la altura. Me queda claro que es su Reino, el de Cristo y eso me deja más tranquilo. Él todo lo puede y yo solo no puedo nada. Pasa el tiempo ante mis ojos y los sueños se elevan en forma de fuego. Siento que mi corazón se enciende al revivir el primer amor que un día movió mis pasos. Han pasado los años, ha crecido la vida en mí y a mi alrededor. He cerrado días pasados. He guardado bellas memorias. Y ese fuego del amor vuelve a ponerme en camino. No me desaliento y confío. Sé lo que dejo y lo que elijo. Por eso, por encima de verdades dichas a medias, o de las mentiras que quedan ocultas bajo apariencia de verdad, vuelvo a elegir a Aquel que me llama mientras la vida transcurre lentamente. Sale a mi encuentro como ese hombre hijo de Dios que me ama con locura y quiere que sea caminante a su lado. Y yo me siento en lo más hondo indigno, como Pedro aquel día tras la pesca milagrosa. ¿Quién soy yo? Me sé débil y pecador. Quizás como muchos. Nada especial. ¿Por qué me llama? Le vuelvo a preguntar al ponerse el sol cada tarde. Y Él me contesta que porque quiere, y necesita mi sí alegre y convencido, y mi vida vacía de méritos y logros. Y es capaz de levantar montañas con mis brazos débiles y calmar los vientos con mi voz muda. Él quiere sólo que yo le quiera. Eso le basta, no deja de sorprenderme, a mí que valoro los logros en los demás y veo con facilidad sus capacidades. Necesito elevar mi grito al cielo cada mañana, para que Dios me escuche, para saber que estoy vivo. Sueño con que su voz llene mi alma cada hora y me cambie por dentro haciéndome más dócil, más niño, más hijo. Deseo su mano sobre la mía para calmar todos mis miedos y ansiedades. Y que el fuego vuelva a elevarse desde lo más hondo de mi alma llenándolo todo con su presencia. Eso es lo que quiero.

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.

viernes, 3 de septiembre de 2021

CONFERENCIA Y PRESENTACIÓN DEL TRAIL "RELIQUIAS - PERDONANZA" EN EL CLUB PRENSA ASTURIANA

  



El martes 7 de septiembre de 2021, a las 19:00 horas, en el CLUB PRENSA ASTURIANA, tendrá la CONFERENCIA titulada "Las Reliquias de la Cristiandad: del Monsacro a Oviedo, a cargo de D. Constantino Bada Prendes  (Doctor en Teología, Profesor y sacerdote de la Diócesis de Oviedo). Tras la citada conferencia será presentado el I Trail "RELIQUIAS-PERDONANZA" organizado por la Hermandad y Cofradía de Los ESTVDIANTES de Oviedo.



D. Constantino Bada Prendes es sacerdote diocesano de Asturias. Vive en Oviedo, es párroco de tres pequeñas parroquias en Gijón y es profesor de Sagrada Escritura, hebreo y orígenes del cristianismo. Imparto un montón de asignaturas. Antes del sacerdocio era intérprete, traductor y profesor de idiomas. Ingresó en el Seminario de Oviedo a los 35 años, estudiando también en Roma, Teología Bíblica, y luego arqueología bíblica en Jerusalén.






RECUERDA:




7 de septiembre de 2021, a las 19:00 horas


Club Prensa Asturiana



C/ Federico García Lorca 7, Oviedo




Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales


miércoles, 1 de septiembre de 2021

El Santo Sudario se mostrará en todas las misas del Jubileo de la Santa Cruz en la Catedral de Oviedo

 


El Santo Sudario se mostrará en todas las misas del Jubileo de la Santa Cruz en la Catedral de Oviedo
Bernardito Cleopas, nuncio apostólico en España, presidirá el primer oficio, y el presidente de la Conferencia Episcopal el del día 20.



El cabildo catedralicio de Oviedo prepara un Jubileo de la Santa Cruz a la altura de una catedral doce veces centenaria. Las ocho misas de la perdonanza estarán presididas por obispos, y en todas se mostrará el Santo Sudario, la más relevante de las reliquias que se custodian en la Cámara Santa, cuando tradicionalmente el pañuelo solo estaba presente en dos de ellas.


El Jubileo de la Santa Cruz es un tiempo de perdonanza para todos aquellos que acuden a la Catedral de Oviedo entre el 14 y el 21 de septiembre. La bula por la que se concedió al cabildo el jubileo fue firmada por el papa Eugenio IV en 1438, en reconocimiento a la riqueza de sus reliquias y ante la gran afluencia de peregrinos que acudían a la ciudad. En origen, la indulgencia plenaria beneficiaba a todos aquellos que acudiesen a la catedral cuando la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz (14 de septiembre) cayese en viernes, así como los ocho días anteriores y posteriores a la festividad.


En 1982, para celebrar la recuperación y restauración de las joyas de la Cámara Santa tras el robo de 1977, Juan Pablo II concedió a Oviedo un privilegio por el cual el jubileo se celebra, desde entonces, todos los años, independientemente de cuándo caiga el 14 de septiembre, y siempre entre el 14 y el 21 de septiembre. Así, todos los que acuden a la catedral esa semana se ganan el perdón de todos los pecados, aunque antes tienen que confesarse, comulgar y rezar por las intenciones del Papa.


Para celebrar el Jubileo de la Santa Cruz este año, y en el marco de las celebraciones por los 1.200 años de la consagración del primer altar de la Sancta Ovetensis, el cabildo ha invitado a obispos destacados para presidir los diferentes oficios de la perdonanza. En concreto, se ha llamado a prelados de especial relevancia dentro de la jerarquía eclesiástica, y vinculados a Asturias.


Por un lado, el cabildo ha invitado a presidir sendos oficios a los dos asturianos que ejercen de obispos en España: Atilano Rodríguez Martínez, que encabeza la diócesis de Sigüenza-Guadalajara, y el obispo auxiliar de Madrid, Juan Antonio Martínez Camino.


Además, participarán en las celebraciones los representantes de las diócesis que comparten provincia eclesiástica con Asturias: Jesús Fernández González, obispo de Astorga; Manuel Sánchez Monge, obispo de Santander; y Luis Ángel de las Heras, obispo de León. No faltará, por supuesto, el arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, que presidirá la misa que cierra el jubileo: la del mediodía del 21 de septiembre.


La selecta nómina de prelados que presidirán los oficios se completa con dos destacados miembros de la jerarquía eclesiástica. Se trata de Juan José Omella, arzobispo de Barcelona y presidente de la Conferencia Episcopal Española, que presidirá la misa del 20 de septiembre; y del arzobispo Bernardito Cleopas Auza, nuncio apostólico y embajador de la Santa Sede en España, que será el encargado de abrir las celebraciones presidiendo la primera de las misas del Jubileo, el 14 de septiembre. Todas las misas se oficiarán a partir de las 18.30 horas , salvo la última, el 21 de septiembre y presidida por Jesús Sanz, que comenzará a las 12.00 horas.




Las misas del Jubileo de la Santa Cruz



14 de septiembre, 18.30 horas. Preside Bernardito Cleopas Auza, nuncio apostólico de la Santa Sede en España.


15 de septiembre, 18.30 horas. Preside Jesús Fernández González, obispo de Astorga.


16 de septiembre, 18.30 horas. Preside Manuel Sánchez Monge, obispo de Santander.


17 de septiembre, 18.30 horas. Preside Luis Ángel de las Heras, obispo de León.


18 de septiembre, 18.30 horas. Preside Juan Antonio Martínez Camino, obispo auxiliar de Madrid.


19 de septiembre, 18.30 horas. Preside Atilano Rodríguez Martínez, obispo de Sigüenza-Guadalajara.


20 de septiembre, 18.30 horas. Preside Juan José Omella Omella, arzobispo de Barcelona.


21 de septiembre, 12.00 horas. Preside Jesús Sanz Montes, arzobispo de Oviedo.


 Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales