sábado, 21 de abril de 2018

REGINA CAELI







Regina Caeli (o Regina Coeli) es el nombre de una de las antífonas marianas y oración cristológica de la Iglesia católica en honor de la Virgen. Las otras tres antífonas marianas son: Ave Regina Caelorum, Alma Redemptoris Mater y Salve Regina. Son las palabras latinas con que abre el himno pascual a la Santísima Virgen María que traducidas al español son “Reina del cielo”, es una composición litúrgica a manera de felicitación a María por la resurrección de su Hijo Jesucristo.

El Regina Caeli sustituye el rezo del Angelus durante el tiempo pascual. Así lo estableció El rezo de la antífona de Regina Coeli el Papa Benedicto XIV en 1742. Litúrgicamente está prescrita en el Breviario Romano desde las completas del Sábado Santo hasta la hora nona del domingo de Pentecostés. Debe ser cantado o rezado en coro y de pie.

Aunque no se conoce el autor, ya se rezaba en el siglo XII y los frailes menores (OFM) lo rezaban después del oficio de Completas ya en la primera mitad del siglo XIII y gracias a la misma actividad de los frailes franciscanos se popularizó y expandió por todo el mundo cristiano.

Si bien esta oración es de autor desconocido, la tradición se la atribuye a San Gregorio Magno, el cual escuchó los tres primeros versos cantados por ángeles mientras caminaba descalzo una mañana en una procesión en Roma, a las que él agregó la cuarta línea. Sin embargo, también ha sido atribuido a Gregorio V, aunque sin sólido fundamento.

El himno no parece caer en desuso en la Iglesia, siendo uno de los más populares y rezado -incluso fuera del preceptivo tiempo pascual- por los católicos hasta el día de hoy.





Texto de la oración



Latín

V/

Regina caeli, laetare, alleluia.

R/

Quia quem meruisti portare, alleluia.

V/

Resurrexit, sicut dixit, alleluia.

R/

Ora pro nobis Deum, alleluia.

V/

Gaude et laetare Virgo María, alleluia.

R/

Quia surrexit Dominus vere, alleluia.

V/

Oremus:

Deus, qui per resurrectionem Filii tui, Domini nostri Iesu Christi, mundum laetificare dignatus es: praesta, quaesumus; ut, per eius Genetricem Virginem Mariam, perpetuae capiamus gaudia vitae. Per eundem Christum Dominum nostrum. Amen.



Español

V/

Alégrate, reina del cielo, aleluya.

R/

Porque el que mereciste llevar en tu seno; aleluya.

V/

Ha resucitado, según predijo; aleluya.

R/

Ruega por nosotros a Dios; aleluya.

V/

Gózate y alégrate, Virgen María; aleluya.

R/

Porque ha resucitado verdaderamente el Señor; aleluya.

V/

Oremos:

Oh Dios, que, por la resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, te has dignado dar la alegría al mundo, concédenos que, por su Madre, la Virgen María, alcancemos el gozo de la vida eterna. Por el mismo Cristo Nuestro Señor. Amén.



Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales.

Fuente: https://es.wikipedia.org

jueves, 19 de abril de 2018

NO EXISTE LA “EVANGELIZACIÓN DE SOFÁ”




Todos los cristianos tienen la “obligación” y la “misión” de evangelizar, pidiendo la gracia de ser “escuchadores del Espíritu” para “estar en salida”, demostrando “cercanía a la gente” y partiendo “no de las teorías sino de las situaciones concretas”. El pontífice reflexiona hoy sobre el pasaje de los Hechos de los Apóstoles, donde un ángel del Señor le dice a Felipe: “Levántate y ve hacia el mediodía, por la carretera que baja de Jerusalén a Gaza; está desierta”.

Francisco explica que, después del martirio de Esteban, “estallo una gran persecución” para los cristianos y “los discípulos se dispersaron un poco por todas partes” en Judea, en Samaria. Pero precisamente ese “viento de la persecución” – añade – empujó a los discípulos a ir “más allá”.

Como hace el viento con las semillas de las plantas, las lleva más allá y siembra, así sucedió aquí: ellos fueron más allá, con la semilla de la Palabra, y sembraron la Palabra de Dios. Y así podemos decir, bromeando un poco, que nació la ‘propaganda fide’. Así. De una persecución, de un viento, llevaron la evangelización los discípulos. Y este pasaje que hoy hemos leído, de los Hechos de los Apóstoles, es de una belleza grande… Pero es un verdadero tratado de evangelización. Así evangeliza el Señor. Así anuncia el Señor. Así quiere el Señor que evangelicemos.

Las tres palabras de la evangelización

Francisco subraya que el Espíritu es el que empuja a Felipe – y a los cristianos – a la evangelización. Esta, añade, “se estructura” en tres palabras clave: “levántate”, “acércate” y “parte de la situación”.

La evangelización no es un plan bien hecho de proselitismo: “Vamos aquí y hacemos muchos prosélitos, allá, y muchos…” No… Es el Espíritu el que te dice como tienes que ir para llevar la Palabra de Dios, para llevar el nombre de Jesús. Y comienza diciendo: “Levántate y ve”. Levántate y ve a ese sitio. No existe la evangelización “de sofá”. “Levántate y ve”. En salida, siempre. “Ve”. En movimiento. Ve al lugar que te dice la Palabra.

Francisco recuerda los muchos hombres y las muchas mujeres que dejaron patria y familia para ir a tierras lejanas a llevar la Palabra de Dios. Y muchas veces, “no preparados físicamente, porque no tenían los anticuerpos para resistir a las enfermedades de esas tierras”, morían jóvenes o “martirizados”: se trata, dice el Papa – recordando las palabras que le dijo un cardenal – de “mártires de la evangelización”.

Ninguna teoría para evangelizar

El Pontífice explica que no hace falta un “vademecum de la evangelización” sino que hace falta “cercanía”, acercarse “para ver lo que pasa”, y “partir de la situación”, no de una “teoría”.

No se puede evangelizar en teoría. La evangelización es un cuerpo a cuerpo, persona a persona. Se parte de la situación, no de las teorías. Y anuncia a Jesucristo, y el valor del Espíritu le empuja a bautizarlo. Ve más allá, ve, ve, hasta que sientas que ha terminado su obra. Así hace la evangelización.

Estas tres palabras son claves para todos nosotros los cristianos, que tenemos que evangelizar con nuestra vida, con nuestro ejemplo, y también con nuestra palabra. “Levántate, levántate”; “acércate”: cercanía; y “parte de la situación”, la concreta. Un método sencillo, pero es el método de Jesús.

Jesús evangelizaba así. Siempre en camino, siempre en la calle, siempre cercano a la gente, y siempre partía de las situaciones concretas, de lo concreto. Evangelizar solo se puede con estas tres actitudes, pero bajo la fuerza del Espíritu. Sin el Espíritu ni siquiera estas tres actitudes sirven. Es el Espíritu el que nos empuja a levantarnos, a acercarnos, y a partir de las situaciones.









Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales.



Fuente: Homilía del Papa Francisco el 19-04-2018 en Casa Santa Marta, Aleteia.

sábado, 14 de abril de 2018

LA CORONA DE LAS 7 ALEGRÍAS DE LA VIRGEN MARÍA





Muchos conocen los dolores de Nuestra Señora, pero ¿y sus alegrías?

Sin embargo, pocos conocen bien sus siete alegrías, que componen una tradición igual de antigua. Los franciscanos han contribuido a preservar esta tradición a lo largo de los siglos gracias a su “rosario”, llamado Corona Franciscana.

Hay una historia que dice que esta corona nació cuando la Virgen María se apareció a un joven novicio franciscano en el siglo XV y “le enseñó que, rezando diariamente un rosario de siete decenas en honor a sus siete alegrías, podría tejer una corona que sería más de su agrado [de la Señora] que el material ramo de flores”.

Las siete alegrías que se meditan durante la Corona Franciscana son similares a los cinco Misterios Gozosos del Rosario.

La Corona de las Siete Alegrías de la Virgen María, también llamada Rosario Franciscano, surgió a principios del siglo XV en Italia, en la época de san Bernardino de Siena (1380-1444). En esta oración, los franciscanos recuerdan las alegrías de Nuestra Señora.

Según una antigua tradición, antes de su Asunción de los cielos, María vivió 72 años en la Tierra. Por eso, en la Corona de las Siete Alegrías rezamos dos Avemarías antes de las siete decenas para completar un Avemaría por cada año de vida de nuestra Madre del cielo.


Introducción.

Dios mío, ven en mi auxilio.

Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Se reza el Credo, un Padrenuestro y 2 Avemarías.


Primera alegría de María: El ángel Gabriel le anuncia el nacimiento de Jesús.

– Lc 1,30-31.38 y reflexión

– Padre nuestro, 10 avemarías y gloria

Oh María, Virgen de la escucha, tú eres la llena de gracia,

tú eres la humilde esclava del Señor.

Tú has dado libremente tu sí al anuncio del ángel

y te has convertido en madre del Hijo de Dios hecho hombre.

Enséñanos a decir siempre sí al Señor, aunque nos cueste.


Segunda alegría: María visita a su pariente Isabel.

– Lc 1,39-42 y reflexión

– Padre nuestro, 10 avemarías y gloria

Tú, María, madre del Señor, llevando a Jesús, que ha tomado cuerpo

en ti, vas a visitar con gozosa premura a la anciana prima Isabel,

para ponerte a su servicio. A tu saludo, su hijo es santificado

por la presencia del Salvador. Enséñanos, Madre de Dios,

a anunciar y llevar siempre a Jesús a los demás.


Tercera alegría: Jesús, Hijo de Dios, nace de la Virgen María.

– Lc 2,6-7 y reflexión

– Padre nuestro, 10 avemarías y gloria

Oh María, madre siempre Virgen, en la pobreza de una cueva

has dado a luz a Jesús, venido al mundo para nuestra salvación.

Tú adoras como Hijo de Dios al que has engendrado.

Guíanos por el camino de una fe viva en Jesús, nuestro Señor y Salvador.


Cuarta alegría: Unos magos de Oriente adoran al niño Jesús en Belén.

– Mt 2,1.11 y reflexión

– Padre nuestro, 10 avemarías y gloria

Oh María, pobre y humilde de corazón, enséñanos a no juzgar,

sino a confiar únicamente en la misericordia de Dios,

que no hace distinción de personas. Porque, si nuestra fe

no se traduce en obras, muchos “magos” nos irán por delante

en el reino de los cielos.


Quinta alegría: María y José encuentran al niño Jesús en el Templo.

– Lc 2,43.46.48-49 y reflexión

– Padre nuestro, 10 avemarías y gloria

Oh María, Virgen del silencio, tú saltas de gozo al encontrar

a Jesús en el templo de Jerusalén, y adoras el misterio

del Hijo de Dios Creador, que en Nazaret vive obediente a sus criaturas.

Enséñanos a buscar siempre a Jesús y a vivir en su obediencia.


Sexta alegría: Jesús resucita victorioso de la muerte y se aparece a los suyos.

– Hch 1,14; 2,1-4 y reflexión

– Padre nuestro, 10 avemarías y gloria

Oh María, fuente del gozo, tú eres la madre del Señor resucitado.

Él es quien ha vencido la muerte. El es nuestra esperanza

en el camino de la vida. Enséñanos, María, a vencer la muerte del

egoísmo, para vivir en la resurrección del amor.


Séptima alegría: María es elevada al cielo y coronada como reina y primicia de la humanidad redimida.

– Ap 11,19; 12,1 y reflexión

– Padre nuestro, 10 avemarías y gloria

Oh María, Reina de los ángeles y de los santos, coronada

de gloria y honor en el gozo sin fin del paraíso,

tú brillas delante de nosotros como estrella de la mañana.

Enséñanos, Madre, a caminar por el mundo con la mirada puesta

allá donde está el gozo auténtico y definitivo.


Letanías de nuestra Señora

Se recitan las letanías lauretanas u otras semejantes.


Saludo a la Virgen

Se puede decir la Salve, o el siguiente Saludo de San Francisco:

Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios,

que eres Virgen hecha Iglesia,

y elegida por el Santísimo Padre del Cielo,

consagrada por él con su santísimo Hijo amado

y el Espíritu Santo Paráclito,

en la que estuvo y está toda la plenitud de la gracia, y todo bien.

Salve, palacio suyo; salve, tienda suya;

salve, casa suya, salve, vestidura suya;

salve, sierva suya; salve, madre suya,

y todas vosotras, virtudes santas, que por la gracia y la iluminación

del Espíritu Santo sois infundidas en el corazón de los creyentes,

para que de infieles se vuelvan fieles a Dios.


Conclusión.

Oremos: Oh Dios, que en la gloriosa resurrección de tu Hijo has devuelto la alegría al mundo entero, concédenos por intercesión de la Virgen María poder gozar de las alegrías sin fin de la vida eterna. Por Cristo nuestro Señor.

Amén.

Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales.

Fuente: Aleteia.

martes, 10 de abril de 2018

CÓMO DEBO VESTIRME PARA IR A MISA O A UNA PROCESIÓN






Una guía para hombres, ¡pero vale también para mujeres!

La sociedad se está volviendo cada vez más casual. Las personas compran en la droguería en pantalones de pijama y pantuflas peludas. En conciertos de música clásica a nivel internacional en los que la gente va vestida con camisetas hawaianas y vaqueros. Incluso las bodas y los funerales son cada vez más casual.





Esto es molesto, porque la forma como vestimos es signo de cuánto respeto tenemos por nosotros mismos y por los demás. Si no nos vestimos bien por alguien o algo, es un signo de que no respetamos a ese alguien o algo.



Vestirse bien es un pequeño sacrificio



Parecer elegantes requiere un esfuerzo. Llevar un vestido bien planchado y corbata en lugar de una camiseta mal doblada requiere tiempo. Afeitarse un requiere un poco de esfuerzo, peinarse también. Son precisamente estos pequeños sacrificios a nivel de tiempo y esfuerzo, sin embargo, los que dicen a los demás que son dignos a nuestros ojos.






Para los hombres no es fácil. Por naturaleza no quieren hacer este esfuerzo. es garantizado que si se hace te sentirás más feliz, viril y seguro de ti mismo.



¡Vístete bien para ir a Misa o una procesión!



Aunque no creas que en las actividades cotidianas valga la pena vestirse elegantemente, hay un lugar en el que sí deberías hacerlo. Siempre. Y es la Santa Misa o una procesión. Jesús, el Rey de los Reyes, está en tu parroquia. Los ángeles tiemblan frente a Él, los demonios huyen de Él. Se hace presente en el altar en cada Misa. ¿De verdad quieres ir a verle en chanclas y pantalón corto? ¿Quieres de verdad decirle a Jesús, “no valía la pena vestirme bien por Ti”?



Como sociedad, nos cuesta comprender esto. Tenemos un punto de vista distorsionado de la igualdad, según el cual nadie, independientemente de quién sea, merece honor o respeto. Esto es simplemente un error. San Pablo dice que hay que honrar a quien se le debe, y si hay alguien que merece honor es Jesucristo.





Es sabido. No lo hace nadie. La Misa en tu parroquia quizás no sea muy reverente (espero que sí), pero no es excusa. Parte del ser hombre es hacer lo correcto, aunque no sea aplaudido. Sé fuerte, ve contracorriente.



Los Sacerdotes, tienen que pensar en explicar el significado de la presencia real de Jesús en la Eucaristía, y después animar amablemente a los feligreses a mostrar respeto en el modo como se visten.



El legalismo no es la respuesta



Todo el mundo debería vestir bien en Misa o una procesión, pero no se trata de prescribir exactamente lo que hay que ponerse. No es nuestra tarea recomendar un frac o una levita, un color determinado de pantalones o cierto tipo de zapatos. Pero te sugiero tres normas básicas:



1. Tu vestido debería requerir un esfuerzo



Cuando decides qué ponerte para ir a Misa o una procesión, no busques lo más confortable o cómodo. Intenta estar un poco incómodo. Haz un esfuerzo y un pequeño sacrificio.







2. Tu vestido debería estar por encima de lo casual



Cada uno vive en un lugar, y nuestra cultura tiene mucho que ver con lo que representa un vestido respetuoso. Pero, independientemente de donde vivamos, deberíamos tener “vestidos de domingo”, más bonitos que los que llevamos todos los días. Si para ir a Misa o una procesión te pones lo mismo que para ver la tele, entonces tienes un problema.







3. Hazlo por amor



Lo más importante es que nuestra motivación debe ser el amor. En el momento en que hacemos las cosas por otras razones, estamos perdiendo el tiempo.



Se oye a muchos decir: “Dios mira al corazón, ve que le quiero aunque no me vista bien”. ERROR. El amor se manifiesta siempre externamente con actos de donación de uno mismo.



El amor no es un sentimiento, sino una elección de sacrificarse uno mismo o algo a lo que se da valor, por otro. Como dije antes, vestirse bien es un pequeño sacrificio. Cuanto menos te apetece, más precioso será a los ojos de Jesús este gesto.



Aunque el mundo te diga que no vale la pena vestirse bien por nada, un caballero o dama católico/a no debe pensar así. Debemos mostrar respeto por nosotros mismos y por los demás haciendo un esfuerzo.






¿Cómo se suelen vestir en tu parroquia o hermandad?  ¿Qué puedes hacer por mejorarlo?







Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales



Fuente: aleteia.org




lunes, 9 de abril de 2018

LETANÍAS A LA DIVINA MISERICORDIA






Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
Jesucristo, óyenos.
Jesucristo, escúchanos.
Dios Padre Celestial, ten piedad de nosotros.
Dios Hijo, Redentor del mundo, ten piedad de nosotros.
Dios Espíritu Santo, ten piedad de nosotros.
Santísima Trinidad que eres un solo Dios verdadero, ten piedad de nosotros.

Después de cada invocación se dice: En ti confío.

1. Misericordia Divina, que brota del seno del Padre.
2. Misericordia Divina, supremo atributo de Dios.
3. Misericordia Divina, misterio incomprensible.
4. Misericordia Divina, fuente que brota del misterio de la Santísima Trinidad.
5. Misericordia Divina, insondable para todo entendimiento humano o angélico.
6. Misericordia Divina, de donde brotan toda vida y felicidad.
7. Misericordia Divina, más sublime que los cielos.
8. Misericordia Divina, fuente de milagros y maravillas.
9. Misericordia Divina, que abarca todo el universo.
10. Misericordia Divina, que baja al mundo en la Persona del Verbo Encarnado.
11. Misericordia Divina, que manó de la herida abierta del Corazón de Jesús.
12. Misericordia Divina, encerrada en el Corazón de Jesús para nosotros y especialmente para los pecadores.
13. Misericordia Divina, impenetrable en la institución de la Sagrada Hostia.
14. Misericordia Divina, en la institución de la Santa Iglesia.
15. Misericordia Divina, en el sacramento del Santo Bautismo.
16. Misericordia Divina, en nuestra justificación por Jesucristo.
17. Misericordia Divina, que nos acompaña durante toda la vida.
18. Misericordia Divina, que nos abraza especialmente a la hora de la muerte.
19. Misericordia Divina, que nos otorga la vida inmortal.
20. Misericordia Divina, que nos acompaña en cada momento de nuestra vida.
21. Misericordia Divina, que nos protege del fuego infernal.
22. Misericordia Divina, en la conversión de los pecadores empedernidos.
23. Misericordia Divina, asombro para los ángeles, incomprensible para los Santos.
24. Misericordia Divina, insondable en todos los misterios de Dios.
25. Misericordia Divina, que nos rescata de toda miseria.
26. Misericordia Divina, fuente de nuestra felicidad y deleite.
27. Misericordia Divina, que de la nada nos llamó a la existencia.
28. Misericordia Divina, que abarca todas las obras de sus manos.
29. Misericordia Divina, corona de todas las obras de Dios.
30. Misericordia Divina, en la que estamos todos sumergidos.
31. Misericordia Divina, dulce consuelo para los corazones angustiados.
32. Misericordia Divina, única esperanza de las almas desesperadas.
33. Misericordia Divina, remanso de corazones, paz ante el temor.
34. Misericordia Divina, gozo y éxtasis de las almas santas.
35. Misericordia Divina, que infunde esperanza, perdida ya toda esperanza.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo.
Perdónanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo.
Escúchanos, Señor.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo.
Ten piedad de nosotros.

V. Las Misericordias de Dios son más grandes que todas sus obras.
R. Por eso cantaré las Misericordias de Dios para siempre.




ORACIÓN



Oh Dios Eterno, en quien la misericordia es infinita y el tesoro de compasión inagotable, vuelve a nosotros Tu mirada bondadosa y aumenta Tu misericordia en nosotros, para que en momentos difíciles no nos desesperemos ni nos desalentemos, sino que, con gran confianza, nos sometamos a Tu santa voluntad, que es el Amor y la Misericordia Mismos. Amén.





Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales




domingo, 8 de abril de 2018

DOMINGO IN ALBIS O DE LA DIVINA MISERICORDIA






Concluida la celebración de la Vigilia de la Pascua de Resurrección, comienza el Tiempo de Pascua, que conmemora la Resurrección y glorificación de nuestro Señor Jesucristo, la donación del Espíritu Santo y el comienzo de la actividad de la Iglesia, al tiempo que anticipa en nuestros días la gloria eterna que alcanzará su plenitud en la consumación de los siglos.

        El tiempo pascual está formado por la "cincuentena pascual" o cincuenta días que transcurren entre el domingo de Resurrección y el domingo de Pentecostés, y en cierto modo constituyen "un solo y único día festivo": el gran domingo (SAN ATANASIO, Epist. Fest. 1).

        El origen de la cincuentena pascual se confunde con la celebración anual de la Pascua: al principio, la Pascua apareció como una fiesta que se prolongaba durante cincuenta días. A partir del siglo IV d. C. la unidad pascual se fragmentó, cuando comenzaron a celebrarse de modo histórico las acciones salvíficas divinas.

        Los ocho primeros días de la cincuentena forman la octava de Pascua, que se celebra como solemnidad del Señor. Esta semana -in albis, como se denomina en el rito romano- surgió en el siglo IV por el deseo de asegurar a los neófitos una catequesis acerca de los divinos misterios que habían experimentado. El domingo que cierra la semana, el octavo día, constituye el día más solemne del año litúrgico después del domingo de Resurrección. Como explica Benedicto XVI "Hoy domingo concluye la Octava de Pascua, como un único día "hecho por el Señor", marcado con el distintivo de la Resurrección y por la alegría de los discípulos al ver a Jesús. Desde la antigüedad este domingo se llama in albis, del nombre latino alba, dado por la vestidura blanca que los neófitos llevaban en el Bautismo la noche de Pascua, y que se quitaban después de ocho días" (Homilía 21 Domingo de Pascua, 11.IV.2010)



        La celebración del día conclusivo del Tiempo Pascual, Pentecostés, nació a finales del siglo III. Esta fiesta, que en su día conmemoraba la semana de semanas pascual, surgió por influencia de la fiesta judía homónima. En el siglo IV, la fiesta poseía un doble contenido celebrativo: Ascensión del Señor y descenso del Espíritu Santo, como se advierte en los testimonios de la Iglesia de Jerusalén. Sin embrago, poco a poco, el proceso de historificación litúrgica de los hechos salvíficos de Cristo, llevó a algunas iglesias a dividir la fiesta, celebrando la Ascensión el día cuarenta después de Resurrección.

        Por último, en los siglos VII-VIII, la Iglesia romana añadió a la fiesta de Pentecostés una octava, como réplica a la octava de Pascua. El origen de esta institución, que rompe la cincuentena pascual, se encuentra en la necesidad de una catequesis para aquellos que habían sido bautizados en el día de Pentecostés. Esta octava fue suprimida por la reforma del Calendario actualmente en vigor, ya que oscurecía el simbolismo del tiempo de Pascua.

        Los textos de la fiesta de la Ascensión recuerdan el hecho histórico de la subida de Cristo a los cielos, a la vez que fundamenta la esperanza en la segunda venida del Señor y la exaltación gloriosa del hombre. La fiesta de Pentecostés, por su parte, muestra la íntima relación entre la Resurrección de Cristo y la venida del Espíritu Santo: todo el tiempo de Pascua es considerado como tiempo del Espíritu. Queda así remarcado el carácter unitario de toda la celebración pascual (muerte, resurrección, ascensión de Cristo y venida del Paráclito, momentos de un único misterio salvífico divino).

        Los tres primeros domingos se leen los Evangelios de las apariciones del Señor resucitado; mientras el cuarto se reserva a la parábola del Buen Pastor y los restantes al discurso sacerdotal de Cristo después de la Última Cena, tal y como vienen recogidos en el texto de San Juan. Las lecturas no evangélicas dominicales están tomadas del Nuevo Testamento: así, la primera lectura recoge los Hechos de los Apóstoles, mientras la segunda se dedica a la I Epístola de San Pedro, a la I Epístola de San Juan y al Apocalipsis.



        De este modo, el Tiempo de Pascua subraya la renovación bautismal de la vida cristiana, en continuidad con la novedad del acontecimiento de la Resurrección. La Iglesia se ve a sí misma como presencia ininterrumpida de Cristo, movida por el dinamismo del Espíritu, en camino hacia su verdadera patria, con la segunda y definitiva venida de Cristo.

        Durante el tiempo de Pascua, los cristianos recordarán que la vida nueva iniciada con la celebración de los misterios pascuales debe perpetuarse durante toda su existencia. En medio de las circunstancias ordinarias, los fieles descubrirán la presencia del Señor resucitado que les llama a ser testigos y dar testimonio de su paso entre los hombres.



        El Tiempo pascual comienza el domingo de Pascua y termina el domingo de Pentecostés. La primera semana constituye la octava de Pascua y se celebra como solemnidad del Señor. En los lugares donde no pueda celebrase en jueves, la Ascensión del Señor se traslada al domingo VII de Pascua. Los domingos de Pascua tienen precedencia sobre todas las fiestas del Señor y solemnidades, que serán trasladadas al lunes siguiente. Durante el tiempo de Pascua se utiliza el color blanco.





Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales



sábado, 7 de abril de 2018

SER TESTIGOS DE LA ESPERANZA EN EL MUNDO DE HOY





Con el día de Pascua, comienza el mensaje de ser testigos de la esperanza en el mundo de hoy:


“El hombre actual, que se ha vuelto tan desarraigado y sin hogar, necesita personas que le ofrezcan un hogar. (...) Yo me siento encasa donde me encuentro ante una persona a la que siento cimentada en Dios. Cuanto más esté yo mismo en casa en Dios, tanto más podré llegar a ser hogar para innumerables personas”.


Éste es el mensaje de la Pascua. María ha hallado hogar en Juan, en nosotros, para que

nosotros encontremos hogar en Ella y en Dios. Sólo así nuestra vida será un anuncio de

Pascua y esperanza para el mundo de hoy. Sólo cuando vivimos anclados en Dios,

cuando nuestros fundamentos están firmes en Él, cuando, a pesar de las caídas,

volvemos a Él con un corazón arrepentido para volver a empezar, podemos ser hogar

para tantos corazones desarraigados que necesitan paz. Nos recuerda Benedicto XVI

que somos testigos, cuando “por nuestras acciones, palabras y modo de ser, aparece Otro y se

comunica”. Esta Pascua nos impulsa a ser en el mundo misioneros de la Resurrección, Testigos de la vida y la esperanza.


Pero, además, el mensaje de la Pascua, el mensaje de la vida eterna y de la promesa de Resurrección que hoy está presente en su Iglesia, nos lleva a poner nuestros ojos en los ojos de María.

Es lo que hace Ella con cada uno de nosotros desde el momento en que, al pie de la cruz, recibió el

encargo de su hijo y se quedó en casa de Juan. Así María acogió a los discípulos en este tiempo pascual, cuando todavía no están preparados para ser testigos. Así hace con nosotros, por eso queremos dejarnos educar por Ella. Queremos ser consagrados a Ella como sus hijos. Queremos, como Juan, recibir a María en nuestra casa, en nuestra vida.


 “Nosotros le entregamos a la Madre de Dios el cetro, se lo ponemos en

las manos. Sentimos que está naciendo un mundo nuevo. ¿Quién sabe hacia dónde se dirige

todo esto? Nos hallamos inmersos en un terremoto espiritual. Por eso nos regalamos

nuevamente a la Madre de Dios con la intención de que Ella tome el cetro en sus manos. Ella

debe gobernar, Ella debe gobernar las distintas casas de nuestra Comunidad, cada uno de

nuestros corazones."



 Hoy entregamos a María nuestra vida para que Ella mande en

nuestros corazones, la coronamos como nuestra Reina porque nos sabemos

pequeños y con miedo. Es lo que ahora hacemos al comenzar la Pascua. Las palabras de Cristo dirigidas a María desde la cruz nos llenan de paz y consuelo. “He ahí a tu Madre”.

Sólo sabemos que desde

aquel momento el discípulo la acogió en su casa. Hoy, al ver los sudarios caídos, la losa

levantada, el sepulcro vacío, el corazón revive. Abrazamos a María con la esperanza de

saber que está comenzando un tiempo nuevo y que Ella va a guiar nuestros pasos.

Además, el mensaje de este día nos lleva a mirar nuestra vida con humildad. No

acabamos de tomar en serio nuestra pequeñez y la grandeza del don que hoy

recibimos. S. Agustín decía:



 “Dios, coronando nuestros méritos, corona sus propios dones”.



La Pascua es la corona que recibimos sin merecerlo, como don gratuito. No son

nuestros méritos, no es la forma como hemos vivido la cuaresma lo que nos hace

merecedores de la vida. La Resurrección desborda nuestra entrega y supera nuestra

debilidad. Decía la Madre Teresa:



 “Cuanto menos tengamos, más tendremos para dar.

Porque el amor que se fundamenta en el sacrificio siempre crece” “Es necesario vaciarse para

poder dar siempre más. Y así, al dar siempre más, recibimos nosotros mucho más de los que

damos”.



 El amor que ha pasado por la cruz y la muerte surge con una vida nueva.

Cuando hemos entregado todo, tenemos más todavía que podemos dar. Es el misterio

de la Pascua, del Paso de Dios a través del dolor de la cruz en nuestras vidas.

Hoy abrimos el sepulcro de nuestro interior. Dejamos que desaparezca aquello que

en nosotros está sin vida. Hoy soltamos las cadenas que nos esclavizan y no nos dejan

aspirar a lo más alto. Hoy soñamos y elevamos nuestro canto, sabiendo que el sepulcro

está vacío y que Dios ha vencido en nuestra muerte. Hoy caen los clavos que han atado

a Cristo a la cruz. Los clavos que nos pesaron el viernes al tomarlos en nuestras manos

y pensar en nuestro pecado, en nuestra debilidad, en nuestras heridas. Hoy esos clavos

caen y surge la vida. De las heridas dejadas por los clavos, surgen ríos de agua viva.

En esas heridas abiertas resucitamos juntos a la vida verdadera.

Dios está vivo y vive en todos aquellos que, con sus vidas, hoy quieren tocar su cuerpo glorioso.



Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales