jueves, 26 de noviembre de 2020

CARTAS DE ESPERANZA 26 NOVIEMBRE DE 2020

 



26 de noviembre de 2020

 

Hermano:

«Mi felicidad no pasa por vivir yo feliz, con paz, protegido. Mi felicidad crece cuando busco la felicidad del que sufre y me lanzo al agua para socorrer su vida en peligro».

Comidas y cenas con seis personas a la mesa y el toque de queda a la una en Navidad.

El Gobierno negocia hoy con las comunidades un plan de restricciones que propone que no haya más de seis comensales a la mesa ni cabalgatas.

Escucho con demasiada frecuencia que el mundo está fatal. Me hablan de la crisis de valores, económica y social. Veo los conflictos sociales que estallan en tantas partes. La pandemia que arrasa y se lleva vidas inocentes y acaba con las seguridades que antes parecían inamovibles. Siento que necesito un sicólogo para que vuelva a poner en orden el desorden de mi caos interior. Bulle el pesimismo en el alma y contagio negatividad. Parece como si nada valioso fuera a resistir en medio de la tormenta que me amenaza. Se caen los pilares del mundo en el que vivo. ¿Qué va a quedar cuando todo muera? ¿Qué surgirá de debajo de la tierra? No comparo el hoy con épocas pasadas. No pienso tampoco en las guerras que asolan y han asolado mi mundo. Me detengo asombrado ante este mundo inestable, en peligro de desaparecer. Pienso en todo en lo que creo, en todo lo que amo. Y en medio de tanto desánimo que veo a mi alrededor opto por la esperanza y elijo el camino de la luz. No me desanimo a la hora de hacer planes. Proyecto, sueño, espero, deseo. No quiero que se apague en mí ese fuego de amor que Dios ha encendido. Me gusta la mirada del Papa Francisco: «Dios sigue derramando en la humanidad semillas de bien. La reciente pandemia nos permitió rescatar y valorizar a tantos compañeros y compañeras de viaje que, en el miedo, reaccionaron donando la propia vida. Fuimos capaces de reconocer cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes que, sin lugar a duda, escribieron los acontecimientos decisivos de nuestra historia compartida: médicos, enfermeros y enfermeras, farmacéuticos, empleados de los supermercados, personal de limpieza, cuidadores, transportistas, hombres y mujeres que trabajan para proporcionar servicios esenciales y seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas... comprendieron que nadie se salva solo» . Pienso en los brotes verdes de esperanza en medio del desierto. Las luces sutiles que emergen en la oscuridad de la noche. Las gotas de agua que humedecen las arenas secas del alma. Y me quedo con las semillas de bien que observo en los que hacen el bien, en los que aman la vida, en los que respetan al que sufre, en los que se entregan por amor. No pienso que todo está fatal, no lo digo, porque el pesimismo se contagia con la fuerza de una pandemia. Son contagiosos la tristeza y el desánimo. No quiero ser yo canalizador de este espíritu oscuro. Elijo la luz, la esperanza, me apego al bien de los que hacen el bien. Quiero ser imitador, hacedor de buenas obras. No le tengo tanto miedo a un futuro imprevisible. Si me obsesiono con lo que está mal me deprimo. Si pienso en lo que florece, sonrío. Me abrazo como un niño a esa esperanza última que nunca se pierde. Después de la enfermedad viene la salud, después de la noche el día, después de la muerte la vida. Y sé que tendré que echar de menos lo que haya perdido. Y enfrentar como un hombre las desgracias en mi vida. Asumir con madurez lo que nunca volverá a ser igual. Aceptar la derrota y comprender que la mirada negativa engendra negatividad. Me visto con un traje de gala para enfrentar esta nueva andadura. Sé que los sueños se construyen sobre sólidos pilares, los que Dios coloca en el fondo de mi alma. No temo, sonrío. Deseo que las cosas sean más hondas, más verdaderas. No pienso en lo que puede salir mal, en lo que no resulta. Pienso más bien en la ventana abierta cuando se cierran las puertas. Pienso en el futuro inmenso que tengo ante mis ojos y en todo lo que puedo hacer yo. Puedo construir un mundo mejor que el que ahora veo. Puedo abrazar cuando la sequedad se apodere del alma. Puedo cantar cuando el llanto se asome a mi garganta. Puedo sonreír cuando las lágrimas se impongan en mi ánimo. Me gusta más ver el bien que quedarme detenido en el mal. Tomo nota de los paisajes llenos de luz que alegran mi ánimo. Leo aquellas paginas que me elevan el corazón. Escribo lo que sale de mi alma que suele ser positivo. No me deprimo con facilidad, no me recuerdo deprimido. Soy capaz de adaptarme en situaciones difíciles. Sé ver el lado bueno de las derrotas, aunque me cueste pasar página y olvidar lo ocurrido. Pero lo olvido y vuelvo a la batalla. Pienso que la vida se juega en el presente, por más que a veces me cueste perdonar cosas de mi pasado. Pero sé que el perdón es de Dios, Él es el que lo logra. Mi alma se resiste a olvidar las ofensas. Y el día logra con el paso de las horas que el dolor se amortigüe. Tengo en mi corazón heridas y alegrías. Recuerdos sagrados que alimentan mi esperanza y son esa agua que calma la sed de amor que tengo muy dentro. Sé que lo que ahora decido hacer no está ya hecho, porque a menudo he palpado mi debilidad para ser fiel en el camino emprendido. He aprendido a llevar cuenta del bien que me hacen y eso me ayuda a ser agradecido con frecuencia. Tengo en la piel grabado el nombre de los que amo, y de los que me han amado. He vertido muchas lágrimas, algunas al recordar momentos duros, la mayoría al pensar en la hondura de lo que vivo. Me emocionan escenas muy diversas, cuando lo que veo, escucho o siento encuentra un eco en mi propia alma, en mi misma historia. Son lágrimas de verdad, llenas de esperanza, porque el sol lo dibujo siempre de nuevo con mis dedos. Nada es tan negro ni tan oscuro como para que no pueda brotar de su interior una luz escondida que me muestre el camino a seguir. 

A menudo pretendo que la vida se adapte a mis necesidades. Que los demás se adapten a mis planes y deseos. Que los sueños se adapten a la realidad o la realidad a los sueños. Pretendo que se haga posible lo que busco, lo que anhelo, lo que aún no poseo. Lanzo los brazos al aire queriendo retener pájaros al vuelo, sujetándolos con fuerza para que no se escapen, para que no vuelen. Pretendo esconder el sol con la palma de la mano, como si ya no existiera. Y detengo el viento escondiéndome tras un muro, para que no me haga daño, para que no tenga fuerza. Busco que los demás cambien porque yo estoy bien y los demás son los imperfectos. Y siento que yo hago todo por ellos y no recibo nunca a cambio la misma moneda. Pretendo dibujar un mundo irreal, que no existe fuera de las fronteras de mi fantasía. Niego con rabia lo que toco, lo que duele, para que no sea verdad lo que ahora veo. Esa actitud mía de no querer aceptar lo que tengo, ni desear lo que vivo, es la raíz de mi infelicidad, de mi desasosiego, de mi falta de paz. Parece que no soy feliz con lo que tengo. Quiero algo diferente y busco que todo se adapte a mí para que se haga posible el paraíso en la tierra. También me sucede con Dios y con la religión. Imagino a un Dios como el que deseo. Le pinto el rostro, le pongo las manos y lo hago manejable. Quiero que obedezca mis órdenes y haga posible todos mis deseos. El otro día Rafael Nadal comentaba en una entrevista: «No me ha apetecido hacerme mayor, siempre estuve bien en la edad que me tocaba. A mí nunca me apetecía avanzar». Me gusta esa forma de ver la vida. Estar feliz con lo que tengo es el camino de mi santidad. Sonreír alegre con lo que vivo en este momento, sin querer adelantar el calendario para pasar de puntillas por el presente. Hoy escucho: «Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien. Esta es la bendición del hombre que teme al Señor». Dichoso seré cuando viva temiendo al Señor. Pero no con ese temor que me impide caminar y dar saltos audaces en la vida. No con ese temor reverencial por el que tengo miedo de la reacción del que amo. No me gusta ese miedo que me lleva a ocultar mi debilidad por miedo al rechazo, al enojo, a la rabia de quien dice amarme. Es como si no quisiera decepcionar a nadie con mis pecados, con mis caídas, con mis torpezas. ¿Es que mi amor no es capaz de amar la debilidad del amado? Si alguien, para que yo lo quiera, necesita ocultar su verdad y mentirme, por miedo a mi rechazo. Si eso sucede tengo que preguntarme qué estoy haciendo mal. Si para sentirme amado tengo que ocultar una parte de lo que soy, por miedo a que me rechacen, tengo que cuestionarme cómo es mi amor. El miedo y el amor me parecen incompatibles. Un amor con miedos es un amor tibio, torpe, huidizo. Un amor que exige del otro continuamente una actitud perfecta y no tolera el más mínimo fallo, es un amor muy débil. Un amor incondicional es el que me hace feliz. Cuando lo recibo. Cuando lo entrego. No esperar del otro lo que no puede darme es mi camino a la felicidad. Esperar lo que no me van a dar, es un engaño. Siempre me estarán ocultando lo que no me gusta ver. Y así parecerá que todo está en orden, pero es mentira. Un amor construido sobre mentiras se desmorona muy fácilmente. Quiero vivir en la verdad. Aceptar la verdad de mi vida sin temer que me engañen. Mirar a los ojos y ver la verdad dibujada en ellos, aceptar lo que no me gusta, besar lo que no es perfecto. Quiero que Dios entre en mí venciendo los obstáculos que yo le pongo, a veces le construyo murallas para que no entre dentro. Leía el otro día: «Dios actúa en nosotros cuando le dejamos activar lo mejor que hay en nuestro ser. Toma cuerpo en nuestra existencia en la medida en que lo acogemos. Su presencia se va configurando en cada uno de nosotros adaptándose a lo que le dejamos ser» . Dios respeta al máximo mi libertad. Se adapta a mis formas, a mis maneras. Deja que tenga en el corazón ideas equivocadas sobre Él. No intenta cambiarlas a la fuerza. Ve que hablo mucho de Él y que todavía no vivo en comunión con Él, amándolo. Pero no me fuerza, me deja vivir con mis miedos sabiendo que con esos miedos lo único que consigo es no ser feliz. No puedo vivir con miedo tratando de contentar a todos, incluido a Dios. A la larga me quebraré y no lograré ser quien quiero ser. Mi pobreza es parte de mi verdad. Mis pecados son parte de mi vida. No puedo renunciar a lo que soy tratando de abrazar a un Dios que sólo existe en mi fantasía. Dios es mucho más grande de lo que imagino. Es más misericordioso que ese Dios del que huyo. Cuando no me acepto como soy, cuando no me perdono en mis debilidades y torpezas, cuando no me amo sabiendo que habrá cosas que nunca van a cambiar en mí, me alejaré de Dios porque sentiré que es imposible que pueda quererme viendo como soy. Y viviré pretendiendo tapar el sol con la mano, ocultar las estrellas cerrando las ventanas, hacer desaparecer la lluvia cerrando los ojos. La realidad se impone. Las cosas son como son, aunque yo no quiera aceptarlas. Sólo tengo que amar mi vida como es para ser más feliz.

No ha llegado aún el Adviento y ya me pide Jesús que esté muy atento. No sé la hora ni el día en el que vendrá Jesús a encontrarse conmigo: «En lo referente al tiempo y las circunstancias no necesitáis, hermanos, que os escriba. Sabéis perfectamente que el día del Señor llegará como un ladrón en la noche. Pero vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, para que ese día no os sorprenda como un ladrón, porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no lo sois de la noche ni de las tinieblas. Así, pues, no durmamos como los demás, sino estemos vigilantes y despejados». Soy hijo de la luz, no de las tinieblas. Me gusta esa imagen. Me gusta la luz. Esa luz del sol que todo lo llena de vida. Me cuesta la oscuridad, me duelen las tinieblas que me dejan sin ver. Los hijos de la luz llenan este mundo de esperanza. Viven en la verdad y no les importa enfrentarla, porque la verdad siempre me hace libre. Aunque duela encontrar lo que está oculto en la oscuridad. Descubrir lo que permanecía escondido. Saber lo que hay en mi interior que no sé sacar, ni contar, ni ponerle nombre. Pero dejar que entre la luz en mi alma acaba con esas tinieblas que no me dejan tener paz y alegría. La oscuridad siempre entristece. En ella no me reconozco. Una persona me decía hace algún tiempo: «Siento mucho dolor. No me reconozco. No sé quién soy realmente, no sé para qué valgo». Lo decía después de haber sufrido su pecado y sus consecuencias. Porque mis actos siempre tienen consecuencias. No me puedo olvidar. Mis actos negativos, pecaminosos, me envenenan, me oscurecen, me quitan la alegría y la pasión por vivir. Reconocer quién soy es más difícil cuando estoy turbado. Sin perdón no entra la luz en el alma. Y quizás el perdón a mí mismo es el que más me cuesta dar. Puedo llegar a perdonar al que me ha hecho daño. Al que me hirió sin saberlo. Al que por omisión o acción dejó una huella imborrable de dolor en mi corazón. Eso puedo llegar a perdonarlo por la gracia de Dios. Es un perdón muy importante. Pero el perdón que trae más luz a mi alma es el perdón a mí mismo. Perdonarme por mi pecado, por mis actos que me llenan de dolor, por mis caídas que parecen imperdonables, por mis decisiones equivocadas. Por mi mediocridad y debilidad para enfrentar las tentaciones de la vida. Quiero reconocer que tal vez esté enfermo en mi corazón. O roto por este caminar mío que me ha dejado herido. Y tal vez por eso mis actos son consecuencia de esa rotura interior que a veces no sé de dónde viene. Y tal vez no sea tan importante su origen. Pero sí es fundamental saber que estoy así, herido por dentro. Y que mis actos, esos que no perdono, o mis faltas de amor, esas de las que me acuso, siembran una oscuridad muy densa dentro de mi alma. El perdón a mí mismo trae mucha luz y mucha paz. Soy hijo de la luz. Necesito luz en mi interior para saber qué pasos dar. ¿Quién soy? Brota con fuerza esta pregunta en mi interior. A los ojos de Dios me muestro en mi verdad. No le puedo ocultar nada de lo que soy, de lo que pienso, de lo que hago y no hago. Él lo sabe todo, me conoce muy bien y sabe lo que hay en mi corazón. Sabe que tengo más luz que tinieblas, más fuerza que debilidad, más belleza que fealdad. Me gusta pensar así de Dios. Él me mira muy bien, mejor de lo que yo lo hago. Porque Dios es luz y en su luz todo es verdad. Todo se ve bello a la luz de Dios. Como ese sol que ilumina paisajes maravillosos, bosques llenos de vida. En la noche todos los bosques son iguales, y todos los árboles y todos los rostros. Pero a la luz del día todo se llena de vida, todo lo que observo tiene color. Veo con claridad esa belleza que me enamora. 

Enviado por:

 

Jesús Manuel Cedeira Costales.

martes, 24 de noviembre de 2020

POR UNA NAVIDAD SOLIDARIA

 



Llega diciembre y las cofradías lo celebran ayudando a quien menos tiene. 

Las hermandades reciben las fiestas navideñas con múltiples actividades que van desde la bendición de sus belenes, pasando por acciones solidarias. 

También la cofradía de Los Estudiantes va celebrar sus actividades navideñas.

"ESTE AÑO TODOS CON EL NIÑO "  Por primera vez disponemos participaciones para el Sorteo del "Niño" . Papeletas a la venta ya en la Casa de Hermandad de los Estvdiantes (PLAZA DE LA SENTENCIA  S/N  Barrio de la Tenderina . OVIEDO).




COMIENZA LA OPERACIÓN JUGUETE 2020

JUEGOS DE MESA/LIBROS/MATERIAL DEPORTIVO/VIDEOJUEGOS/PELUCHES/... JUGUETES EN GENERAL, ¡COLABORA!

La Hermandad de los Estudiantes,  con su grupo joven "Los Javieres" a la cabeza, organiza la VI Operación Juguete.

Sabemos más que nadie que este es un año muy complicado, por eso nos marcamos objetivos más ambiciosos, intentando llegar a más hogares necesitados que en ediciones pasadas y siempre con la finalidad de colaborar con los REYES MAGOS DE ORIENTE. Sin embargo tenemos que pediros un favor, nuestra logística es limitada, por eso, este año os animamos a colaborar con JUGUETES NUEVOS. También recogeremos JUGUETES USADOS  pero os pedimos un poco más de colaboración, en la medida de lo posible, para que vengan empaquetados en sus cajas o envueltos en film trasparente, ya que reduciremos su manipulación, facilitando su desinfección y así también podemos ponerlos en cuarentena preventiva cuanto antes, para que lleguen a sus nuevos hogares sin correr ningún tipo de riesgo.

Este convulso año debido a las complicaciones conocidas por todos, también aceptaremos donativos para poder comprar esos JUGUETES NUEVOS y una parte de nuestros propios recursos se destinarán directamente a ello; haremos lo posible para que en cada hogar que ayudemos,  llegue al menos un juguete nuevo.

Si hacéis compras online ó queréis colaborar, nuestra dirección de entrega es:

 "CASA DE HERMANDAD DE LOS ESTUDIANTES", Travesía del Rayo nº4, 33008 OVIEDO, Asturias.

HORARIO APERTURA DE LA CASA DE HERMANDAD: 13:00 A 21:45 HORAS, DE LUNES A DOMINGO. 

Como comprenderéis este año suspendemos nuestra tradicional GALA SOLIDARIA porque tenemos que ser responsables y quedarnos en casa, para poder así disfrutar de la Navidad con nuestros seres queridos. Sin embargo os pedimos ayuda para poder llegar al mayor número de personas que puedan colaborar en nuestro DICIEMBRE SOLIDARIO. COMPARTE ESTA PUBLICACIÓN, ¡GRACIAS!

LA RECOGIDA YA HA COMENZADO y se prolongará hasta el LUNES 21 de DICIEMBRE.

Igualmente queremos recordaros que iniciamos la "OPERACIÓN CARRETILLA", esa que todos los años llena las calles de Oviedo de carros de alimentos, cargados de Amor y Esperanza con destino a  la Cocina Económica y los desayunos que dispensan las Siervas de Jesús en su comedor de la calle Uría.

A la espera de la evolución de la pandemia, las restricciones sanitarias/gubernativas y varias reuniones pendientes, vamos a comenzar con la recogida de ALIMENTOS NO PERECEDEROS en nuestra Casa de Hermandad, desde el día de hoy y hasta el día 19 de diciembre. Mismo horario que el indicado anteriormente.




 

 

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.

En Cofrademanía se hablo de la Hermandad de los Estudiantes de Oviedo.

 



En su nueva temporada televisiva Cofrademanía a través de su programa de cofradías de cada lunes, un programa que este lunes día 23 de noviembre, siguió analizando la actualidad del mundo cofrade.




Así, en esta ocasión nos acompañó el hermano mayor de la Hermandad de Loreto, Eusebio Castañeda, quien nos habló sobre la difícil realidad de la cofradía de San Pedro, además de analizar otros asuntos de actualidad e interés también se hablo de la Hermandad de los Estudiantes de Oviedo.







Como siempre contó con la realización técnica de Róber Benítez, y con la participación de Andrés Cañadas, Álvaro Ojeda, David Montes, Miguel Ángel Moreno, y Miguel Perea, quienes abordaron diversos aspectos del día a día cofrade.






Cofrademanía  lunes día 23 de noviembre 2020.









Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.


domingo, 22 de noviembre de 2020

CARTAS DE ESPERANZA 22 NOVIEMBRE DE 2020

 



22 de noviembre de 2020


Hermano:

«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y lleno de alegría va a vender todo lo que tiene y compra el campo»

«Necesito la presencia misteriosa de Jesús en lo profundo de mi alma. Sosteniendo mis pasos y haciéndome ver que no hay nada que temer, porque Él va a mi lado caminando»

Caen los contagios y los fallecimientos en Asturias: siete muertes y 274 positivos.

La tasa de positividad, tras las 4.800 PCR procesadas ayer, se mantiene en el 5,74%.

El cierre perimetral se extiende a Langreo, Laviana y San Martín del Rey Aurelio.

El Principado añade estos concejos a Oviedo, Gijón y Avilés, donde prorrogará las restricciones.

El que no arriesga no gana. El que no lucha no vence. El que no lo intenta no fracasa. Siempre queda en mi mano el hacer algo o no hacer nada. Canta Rozalén: «Sólo tropieza el que camina y también hay lugar para el error. Atiende a las señales, en verdad nunca hay nada que temer». No sé bien cuáles son las razones que tengo para no temer nada. Porque lo primero que siento en el alma es miedo ante los desafíos que se abren ante mis ojos. Temo la posibilidad incierta del error. Me asusta el fracaso. Me quedo mirando a un futuro incierto y temo caer, no llegar tan lejos como quiero. Me asusta no alcanzar las metas soñadas. Puedo ser conservador y prudente apagando el deseo de avanzar. O puedo ser arriesgado y valiente dejando que el fuego del amor impulse mis pasos. Sé que puedo perderlo todo en medio de la batalla. Y también puedo ganar más de lo que nunca he tenido. Vivo queriendo poseer lo que nunca ha sido mío. Y pierdo la vida intentando conservar lo que no me llevaré conmigo, aún siendo ahora mío. En esta vida fugaz que dura tanto. A veces mucho más de lo que yo haya deseado. Y otras mucho menos cuando pierdo en seguida lo que he buscado. ¿Cuánto vale un segundo en mi vida tan larga? ¿Para qué vivir esperando el momento perfecto para actuar y ponerme en camino? Solo falla el que lo intenta y se confunde el que habla. Yerra el que opta, y no el que duda y espera. Hablar antes que nadie tiene más riesgo que vivir esperando el momento perfecto para hacerlo. Puedo decir lo incorrecto o hablar de más. Puede ser que me confunda y confunda a otros. Las palabras se malinterpretan. Tengo claro que uno no puede dar lo que no tiene. Por eso no me asusto ante exigencias imposibles. Ya no sé si tengo que experimentar la desolación para poder llegar a consolar al que más sufre. O si tengo que haber vivido la pérdida antes de acompañar al que ha perdido lo que ama. Tal vez sí. Y en todo caso al menos tengo que haber vivido esa indigencia a la que se refería el Papa Francisco en los inicios de la Pandemia: «El comienzo de la fe es la experiencia de la necesidad de la salvación. No somos autosuficientes». Tengo que vivir la necesidad y saber que yo solo no puedo caminar. La experiencia de ser un menesteroso me hace hijo, me hace niño. Mi camino es el de la infancia espiritual. El niño se siente necesitado de su padre y sin él sabe que no puede llegar hasta donde quiere. Y al mismo tiempo, cuando cuenta con él a su lado, no teme las olas en la tempestad ni le asustan los vientos fuertes que empujan su barca sin un rumbo claro. «En medio de la inestabilidad actual, las personas necesitan un punto de apoyo». Necesito ser salvado de mi indigencia sosteniéndome en una mano que me levante de mi abandono. Es la experiencia más básica y necesaria. Es el único camino de salvación que tengo. La pobreza, la pequeñez. No puedo cambiar la realidad. Tan sólo puedo enfrentarla con un corazón confiado y lleno de esperanza. No puedo acabar con la enfermedad, no puedo ocultar las noticias que no me gustan, las que me difaman, las que me hieren. Sólo puedo enfrentar los vientos con la confianza de saber que descanso en el corazón de Dios. Me gustan las palabras leía el otro día: «La vida es bella con su ir y venir, con sus sabores y sin sabores. Aprendí a vivir y disfrutar cada detalle, aprendí de los errores, pero no vivo pensando en ellos, pues siempre suelen ser un recuerdo amargo que te impide seguir adelante, pues, hay errores irremediables. Las heridas fuertes nunca se borran de tu corazón, pero siempre hay alguien realmente dispuesto a sanarlas con la ayuda de Dios. Camina de la mano de Dios, todo mejora siempre. Y no te esfuerces demasiado, que las mejores cosas de la vida suceden cuando menos te las esperas. No las busques, ellas te buscan. Lo mejor está por venir». Me aferro a esta idea, a este sueño. Lo mejor está por venir. Y en medio de la vida necesito a Dios a mi lado y necesito de aquellas personas que me sostienen en medio de mi precariedad. Pedir ayuda me sana, me saca de mi autosuficiencia. Sentirme poderoso me hace prepotente y vanidoso. La necesidad forma parte de mi vida. Soy un necesitado desde que nazco hasta que muero. Vivo mendigando amor, ayuda, cercanía, comprensión, indulgencia, admiración. Necesito el amor en manos humanas. Y la presencia misteriosa de Jesús en lo profundo de mi alma. Sosteniendo mis pasos y haciéndome ver que no hay nada que temer, porque Él va a mi lado caminando. A su lado todo es posible.

Me gusta la petición que hoy escucho en labios de Dios: «En aquellos días, el Señor se apareció en sueños a Salomón y le dijo: - Pídeme lo que quieras». Dios se le manifiesta a Salomón porque quiere saber lo que hay en su corazón. En la respuesta que surge espontáneamente del alma me doy cuenta de la calidad de mi corazón. ¿Qué le quiero pedir a Dios en este momento? Me dice que le pida lo que quiera. ¿Ocurrirá el milagro que le pida? No es Dios como esa máquina que dispensa bebidas obedeciendo mis órdenes. No es automático, al menos no de la manera como yo lo espero. Esta pregunta rompe mis resistencias a pedir. ¿Qué necesito? ¿Qué sueño? ¿Qué desea mi corazón? Me adentro en mi interior buscando respuestas, o necesidades concretas. ¿Qué quiero pedirle a Dios? Salomón es muy sensato en sus deseos: «Señor, Dios mío, tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo, un pueblo inmenso, incontable, innumerable. Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien, pues, ¿quién sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?». No deja de sorprenderme su respuesta. Podía haber pedido paz, riqueza, descendencia. Podía haber deseado una vida plena, sin fracasos, sin angustias, sin sobresaltos. Una vida pacífica y acomodada. Podía haber pedido logros incomparables que superaran los de su padre David. Pero no lo hace. Pide sólo sabiduría. Pide un corazón dócil para gobernar, un corazón capaz de discernir el mal del bien. ¿Es eso bastante para vivir tranquilo? Salomón pide lo que necesita para gobernar a un pueblo inmenso. Se siente pequeño y necesitado. Sabe que, sin sabiduría, sin docilidad, no podrá ser un buen gobernante. Me sorprende cuando veo hoy a los políticos que gobiernan la tierra. No suelen pedirle sabiduría a Dios, ni docilidad. No suele ser su petición más corriente. Han dejado de ver el poder como un servicio y lo ven más como una oportunidad para medrar, para crecer ellos, para tener más. Y retienen el poder en sus manos. Salomón sabe que tiene ante sus ojos una misión imposible. Gobernar con paz a un pueblo difícil, rebelde, inmenso. Y pide docilidad, no pide tener una mano fuerte. Pide sabiduría para distinguir el mal del bien, no pide que su forma de gobierno infunda el temor en los que lo siguen. Docilidad y sabiduría. Sólo son posibles cuando vivo anclado en el corazón de Dios. Dios le agradece a Salomón su petición: «Por haber pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riquezas ni la vida de tus enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo tu petición: te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti». Le regala un corazón sabio e inteligente. Eso me sorprende y me alegra. ¿Seré feliz siempre con un corazón así? ¿Viviré largos años en la abundancia con un corazón sabio? No necesariamente. Ser sabio no me traerá la paz de forma natural. Pero sí me permitirá vivir tranquilo y agradecido a Dios. Un corazón sabio busca en todo hacer la voluntad de Dios. Y distinguir el bien del mal es necesario para descansar en Él. Sólo el que busca la verdad en Dios no se altera con las contrariedades del camino. Sabe en quién descansa y no teme el futuro. Esa libertad interior me gusta. Quiero ser sabio, como leía el otro día: «Hablar es de necios, callar de cobardes y escuchar de sabios»2. El que es sabio sabe escuchar antes de hacerse un juicio. Sabe callar y no decir más de lo que es necesario. Sabe esperar su momento antes de tomar una decisión precipitada. El hombre sabio vive con «el oído en el corazón de Dios y la mano en el pulso del tiempo». Quiero vivir buscando en Dios el siguiente paso a dar y percibiendo en mi entorno esa voz que palpita en la sangre, en lo que sucede. El hombre necio busca las respuestas sólo dentro de él. No pide ayuda. No busca a Dios. El hombre sabio es un hombre arraigado en Dios. En Él encuentra las respuestas que busca. En Él puede descansar y sabe en cada caso lo que tiene que hacer, decir, callar, juzgar. Esa sabiduría de los hombres de Dios es la que quiero. No quiero hablar por mí mismo, sino que Dios ponga sus palabras en mi corazón. Quiero ser el instrumento dócil en sus manos y dejar que escuchen la Palabra de Dios en las mías. Y sigan sus pasos en mis pasos torpes. Eso es lo que de verdad deseo. No me importa ser necio a los ojos del mundo mientras siga siendo sabio para Dios. No le pido entonces la realización de mis deseos. Sino que se haga siempre su voluntad en todos mis planes. Esa sabiduría que Dios me regala me hace paciente, manso, humilde, alegre, confiado y fiel. Esa sabiduría para vivir es la que le pido a Dios cada mañana. Que sepa descansar en Él sin temer que no se hagan realidad todos los caminos que emprendo, todos los sueños que sueño.

Me doy cuenta de una verdad muy evidente. El que ama es más feliz que el que no ama. El que ama encuentra un motivo para luchar, para trabajar, para sobrevivir. Porque alguien le espera para recibir su amor. El que no ama se seca como una planta que no recibe agua. Hoy escucho: «Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien». Al que ama a Dios todo le sirve para un bien en su vida. Es curioso. ¿Será siempre así? Quizás el amor a Dios, el amor de Dios, cambia la mirada. Es como el amor humano de una madre que sostiene al hijo en la adversidad. O el amor del cónyuge que mantiene con esperanza al que ha sido condenado a la muerte. El amor recibido, el amor dado, sostiene mi ánimo. Y el mal se torna en un bien tangible. ¿Cómo puede ser eso? La mirada del amor cambia mi propia mirada. ¿Vale todo amor humano? No lo sé. Puede que haya amores que no me dan paz y me dejan un gusto amargo «Todo amor que no sea de alguna manera amor a Dios deja tras de sí un sabor amargo. Deja el alma interiormente insípida y vacía. En modo alguno da respuesta a la tendencia innata del alma hacia el infinito, hacia el amor infinito. Tal respuesta sólo puede esperarse en cuanto y en la medida en que el amor humano sea amor a Dios, en cuanto y en la medida en que el amor al tú divino y humano confluyan en un único torrente»3. Un único torrente que une mi amor a Dios y mi amor a esa persona que me ama, a la que amo. Mi amor humano me lleva con la fuerza del viento a lo más alto de mi vida, a lo más sagrado. Amo en el otro a Cristo. Es lo que espero y sueño. Que al amar a alguien o al ser amado en la misma o mayor medida, sienta que en ese amor está Dios bendiciendo lo que amo, acariciando mi entrega, validando mi sí torpe y a menudo mezquino. Miro la calidad de mis amores. Miro la hondura de mis raíces. Miro la altura de mi mirada. Más alto, más lejos, más dentro. Sueño con ese amor humano en el que confluye el amor a Dios. Sueño con un abrazo de carne que me hable del abrazo de Dios. Con una palabra torpe, con los límites que tienen las palabras, que me evoque esa palabra de Dios que atraviesa con su ímpetu el alma. Hoy escucho: «He resuelto guardar tus palabras. Más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata». Me gusta jugar con las palabras. Como un niño juega con las piezas de un castillo. Cada palabra tiene una apertura hacia lo eterno. Y en sus límites, sin saber bien cómo, se contiene el infinito. Y deja escapar un aliento que todo lo sostiene. Mis palabras son torpes embarcaciones que remontan el río que lleva al corazón de Dios. Pretenden sostener en su grupa todo el cielo reunido en gotas de rocío. Y los vientos arcanos de la vida recogidos en un suspiro. Pretendo expresar el cielo con palabras limitadas, contenidas, incluso reprimidas. No dicen más de lo que pueden. Y sueñan con atravesar los mares infinitos superando el límite del papel, de los labios que las pronuncian. Quiero guardar en mi alma las palabras de Dios. Las que me ha dicho a mí personalmente y también a través de aquellos que me he encontrado en el camino. He visto personas que llevaban guardadas en su alma una carta de amor de Dios dirigida a mí. He leído sus palabras sagradas en sus labios humanos. Y yo mismo he dicho esas palabras de Dios llevándolas en mi pecho, para otros. La palabra de Dios siembra vida y quema muy dentro. Divide el corazón para que sea capaz de optar por el bien, elegir lo más santo. No quiero dejar de verter palabras sobre el papel blanco. No quiero cansarme de decir lo que sueña mi alma. No quiero callar y olvidar. No quiero ocultar a Dios que se esconde detrás de lo que digo, sueño, escribo, dibujo, canto. Ese mensaje escondido que voy sacando como dice hoy Jesús: «Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo». Quiero ir sacando de mi alma, del corazón de Jesús, lo nuevo y lo antiguo. Quiero dejar que su palabra antigua y siempre nueva despliegue en mi interior todo su poder y me dé vida. No quiero hablar sólo palabrería. No quiero perderme en un juego de palabras que no transmite nada importante. Quiero saber callar y hablar a tiempo. Guardar silencio para escuchar cuando no tenga nada que decir. Esperar a ver si encuentro la palabra oportuna, el silencio santo. Quizás necesito callar para entender qué palabras son importantes. Leía el otro día: «En el desierto no es posible lo superfluo. En el silencio sólo se escuchan las preguntas esenciales. En la soledad sólo sobrevive quien se alimenta de lo interior»4. Decido alimentar mi mundo interior. Buscar en mis recuerdos, en mi alma sagrada porque Dios la habita. Allí donde puedo encontrar algunas respuestas y muchas preguntas. Allí donde el cielo viene a habitar en mi pecho. Escucho en silencio para saber qué hacer, qué decir y qué callar. No temo el paso del tiempo. Lo cuento con paz, muy despacio entre mis dedos y aguardo a que Dios se haga carne en mi vida. Esa presencia en mí todo lo transforma y saca agua del desierto.

El reino de Dios es un tesoro escondido en medio del campo. O es una perla fina de mucho valor. O es una pesca maravillosa que supera las expectativas de una tarde en el mar. Esa imagen me gusta y emociona: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor (…). El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces». Pienso en un tesoro escondido. Los tesoros se esconden para no ser robados. Tienen perlas finas, y oro, y todos los metales valiosos que el corazón pueda imaginar. Sueño con un tesoro de esos que están escondidos para que nadie los encuentre. Y ni siquiera el que los posee los puede disfrutar. Parece una contradicción. Un tesoro escondido no es útil. Esconder un tesoro es como esconder algo valioso. Guardarlo bajo la tierra pensando que con eso basta. Pero es una riqueza inútil. A veces me empeño en acumular riqueza. O en guardar mis talentos bajo la tierra para que no se pierdan. Me da miedo perder lo que me han dado. O gastar lo que he recibido. Me inquieta la posible pérdida de mi dinero, de mi tiempo, de mi vida. Por miedo a perder lo que más quiero, lo que he conseguido con esfuerzo, puedo llegar a renunciar a aquello en lo que creo. Podrán quitármelo todo, también la vida, pero nadie tiene poder para quitarme el alma. Esa certeza no la puedo perder. ¿Dónde he puesto mi tesoro? ¿Dónde está aquello que más valoro en mi vida? Me asusta pensar que me quiten lo que más quiero. Y tengo vértigo de traicionar mis ideales por no perder el lugar en el que he puesto mi corazón, ese tesoro que me atrapa con finos hilos que atan mi vida como en una red. ¿Dónde está mi tesoro? Dónde está ese tesoro que he escondido allí está mi corazón. En ocasiones puede ser la fama y el prestigio, y por conservarlos estoy dispuesto a vender mis ideas, mis principios y valores. Puede ser el dinero mi tesoro real. O ese lugar que ocupo donde me siento seguro. O ese cargo que detento y que tanto tiempo había anhelado. Esos amores humanos que se enraízan en mi alma. El miedo a perder mi tesoro es grande. Tal vez soy capaz de vender mi tesoro pensando en un tesoro todavía más valioso. ¿Dónde hay un tesoro que valga más que mi propia vida? ¿De qué me está hablando Jesús? Me cuesta creer en sus palabras. O más bien no acabo de comprender lo que significa pertenecerle a Él para siempre. Un tesoro es vivir en su reino. Participar de su vida divina que me descentra de mis egoísmos. ¿Vale la pena darlo todo? Comenta Santa Teresita: «Después de haber dado todas mis riquezas, estimo, como la esposa del Cantar, no haber dado nada. Comprendo que lo único que puede tornarnos gratos a Dios es el amor, que este es el único bien que ambiciono»». ¿Lo he dado todo para estar con Él? ¿Es Dios mi tesoro? Jesús me ha dicho que no puedo servir a dos señores, a Dios y al dinero. Pero yo trato de ponerlos delante de mí como la única realidad. Y soy capaz de vender mis ideales a cambio de tesoros temporales que no llenan mi alma insaciable. ¿Cuál es el tesoro detrás del que corro cada día? El tesoro quiere ser en mi vida el amor de Dios. Yo lo he disfrazado de honor, reconocimiento, prestigio. He puesto mi corazón en mi trabajo y la admiración de los hombres. He puesto mi corazón en lugares inestables que se derrumban en medio de la noche. No puedo salvar el tesoro que Dios pone delante de mí. Jesús me pide que sea pobre, que me desprenda de todos mis tesoros que me esclavizan. Y que acumule tesoros en el cielo. El amor es el tesoro más grande que nadie podrá quitarme. El miedo a perder el tesoro que llevo atado en mi alma me paraliza, no me deja ponerme en camino hacia ese tesoro más grande que me da vida. Es lo que sueño. Ser libre para vender mis pequeños tesoros por el tesoro más grande. ¿Qué haría si encontrara un tesoro delante de mí? Hoy Jesús lo explica: «El que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. Se va a vender todo lo que tiene y la compra (la perla). Cuando está llena (la red), la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran». El que encuentra el tesoro o la perla gasta todo lo que tiene, o lo vende, para comprar lo más valioso. El que tiene una pesca milagrosa lo que hace es quedarse con los peces buenos y dejar los malos a un lado. La perla, el tesoro, el pescado bueno. Elijo lo bueno, lo valioso, lo bello. Me gusta esa imagen. Invierto todo lo mío para adquirir un tesoro que merece la pena. Doy para recibir. Me pregunto si de verdad mi amor a Jesús es el tesoro que llena mi alma. Me gustaría que así fuera, pero tantas veces no lo es. No quiero guardar tesoros que se pierden. No quiero retener mi fuerza, mis talentos, mi belleza por miedo a perderlos. No me importa. Gano un tesoro que vale para siempre, porque es eterno.

Puede que me haya confundido muchas veces poniendo mi corazón en el lugar equivocado. Hoy Jesús vuelve a decirme que me desprenda de lo que no me hace pleno, de aquello que no me lleva al cielo. El error bendito forma parte del camino, tengo que aceptarlo. Confundir los pasos, guardar tesoros equivocados, es parte de mi vida y de mi libertad para elegir lo que me hace bien. Hoy escucho: «Mi porción es el Señor. Y mis delicias serán tu voluntad. Yo amo tus mandatos más que el oro purísimo; por eso aprecio tus decretos y detesto el camino de la mentira. La explicación de tus palabras ilumina, da inteligencia a los ignorantes». Es la mirada del santo que descubre la belleza escondida. Y es capaz de distinguir a unos peces de otros después de una pesca maravillosa. Halla tesoros bien guardados y valora como lo más grande ese amor que Dios le ha dado. Dios es mi porción y mi ganancia. Él tiene el poder sobre mi vida. Quiero dejar de lado lo que me quita la alegría y dejar que el amor de Dios penetre dentro de mi alma y me vista de sus más bellas joyas. Para eso tengo que estar desprendido de todo lo que me aleja de Él. A menudo vivo desparramado por la vida buscando que me sacie lo que no sacia mi sed de infinito. Quiero asumirlo con mucha paz. ¿Qué quiere Dios de mí? Me lo pregunto mientras me desgasto. ¿Quiere que entregue mi vida como lo estoy haciendo hasta ahora? ¿Quiere algún cambio? Tal vez hoy me quedo con una imagen: cavar hondo en la tierra buscando un tesoro escondido. A lo mejor el tesoro no está tan lejos como pensaba. He buscado tesoros en tierras lejanas, con brújula, con planos. He pensado que hacer cosas es lo que me da paz. O vivir en tal o cual lugar. Pero al final eso no es lo más importante. Lo fundamental no es lo que hago, ni siquiera con quién lo hago o dónde lo hago. Lo importante es lo que estoy viviendo y cómo estoy viviendo desde mi interior. Lo que vale es vivir atado a aquello que le da sentido a todo lo que hago. Incluso a los errores y las caídas. Lo valioso es pensar que dentro de mí hay un tesoro que guarda celosamente Aquel que más me ama. Él lo acaricia mientras se pregunta por qué tardo tanto en encontrarlo dentro de mi propia alma. Es la paradoja. Está dentro de mí y yo lo busco fuera. Así lo explica S. Agustín en sus Confesiones: «¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! y Tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por de fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas que Tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Reténganme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebraste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseo con ansia la paz que procede de ti». Tengo en mi alma un tesoro en el que Dios espeja su propia belleza. Dentro de mí está Él y me permite mirar más allá de mis errores y torpezas. Él sabe que soy débil y me ama. El tesoro es todo aquello que tantas veces no he valorado de mí. Son esos rasgos que tal vez el mundo no ve. O yo no veo en comparación con lo que brilla fuera de mí. No es oro todo lo que reluce. Me digo tantas veces. Tampoco pienso que todo lo que brilla es malo, ni mucho menos. Pero creo que no valoro tanto mi tesoro como lo que brilla en otros. Me quedo en que yo no valgo tanto, no soy tan bueno, tan inteligente, tan capaz. Me abruma mi pobreza y no la valoro como un tesoro digno de los mejores reyes y palacios. Ese soy yo. La mirada de Dios sobre mi vida me hace ver que valgo mucho. Soy más valioso que nada en este mundo. No quiero olvidarlo. Pienso entonces que no tengo que buscar fuera de mí lo que me falta, sino más bien en mi interior. Allí donde Dios habita y yo soy ese niño con sonrisa ancha y ojos grandes. Con el alma inocente y pura y el deseo de entregarlo todo por un amor más grande. Soy ese niño con miedos y anhelos de infinito que recorre los caminos cargado y con prisa. Soy ese niño que desea descansar a la sombra de un buen árbol esperando a que el sol deje de quemar tanto. Me gusta mirar a ese niño y ver en él el tesoro guardado. El alma pura y los deseos más grandes. Ese tesoro que guardo sin saberlo, lo conservo sin poseerlo del todo. Porque no lo veo, no lo aprecio, no lo distingo entre las piedras y ramas dentro de mí mismo. Y busco fuera de mí lo que no me hace falta. Envidio lo que otros tienen sin pararme a valorar la vida que yo tengo. Aprecio más lo que otros parecen vivir con alegría, sin llegar a pensar qué es lo que de verdad ellos sienten. Tengo que ser feliz con mis tesoros, sin desear otros. El camino de la felicidad pasa por aceptar mi presente, mi vida, mi tesoro, sin desear lo que no está dentro de mi camino.

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Jesús Manuel Cedeira Costales.

sábado, 21 de noviembre de 2020

La Patrona de la Música, Cecilia de Roma

 


Hoy festejamos a Cecilia de Roma, conocida como santa Cecilia, fue una noble romana, convertida al cristianismo y martirizada por su fe en una fecha no determinada, entre los años 180 y 230. 

Los católicos incluimos su nombre en una de las plegarias eucarísticas de la misa —la plegaria eucarística I—, y los ortodoxos conmemoran su muerte el 22 de noviembre. 

En la Iglesia católica, es patrona de la música, de los poetas, de los ciegos (junto con santa Lucía de Siracusa), Sus atributos son el órgano, el laúd y las rosas. 

En honor a ella, nace un importante movimiento de renovación de la música sacra católica de finales del siglo XIX que recibió el nombre de cecilianismo.


Enviado por:

 

Jesús Manuel Cedeira Costales.

miércoles, 18 de noviembre de 2020

¿QUÉ ES LA FIESTA DE CRISTO REY?

 



La fiesta del rey Cristo fue iniciado por el Papa Pius XI en 1925 por la iglesia católica romana y es considerada como una de las últimas incorporaciones del calendario litúrgico del oeste.

Como una consecuencia del rito del último domingo del tiempo normal en 1970, la solemnidad católica es generalmente en la segunda mitad de noviembre, precisamente, entre el veinte y el veintiséis de noviembre.

La fiesta del Rey Cristo no es idiosincrásica por la iglesia romana católica; es que se celebra en muchas iglesias de protestantes por la inclusión de la solemnidad en el Leccionario común Revisado.

Los católicos tradicionales no fueron afectados por la decisión de mover la fecha de la solemnidad por la iglesia romana católica y se celebran en el último domingo de octubre, como fue efectuado.

Aunque la iglesia de los ortodoxos rusos se lo celebra en el último domingo del año litúrgico.

Día de la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. expresa el sentido de consumación del plan de Dios.

Conmemora que Cristo es el Rey del universo.

Es el alfa y el omega, el principio y el fin.

Cristo reina en las personas con su mensaje de amor, justicia y servicio.

El Reino de Cristo es eterno y universal, es decir, para siempre y para todos los hombres.

 

 

 

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.

 

domingo, 15 de noviembre de 2020

CARTAS DE ESPERANZA 15 NOVIEMBRE DE 2020

 



15 de noviembre de 2020


Hermano:

«Al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña»

«Un corazón vinculado, enraizado, atado a la vida humana. Sin miedo a perder el tiempo, el alma y los sueños. Sin miedo a querer con toda el alma, con toda la vida y para siempre»

Alerta máxima: El coronavirus marca un triple récord negativo en Asturias.

La región roza los 800 contagios, suma 23 nuevos muertos y eleva la tasa de positividad al 11,45% en las últimas 24 horas.

Me gusta pensar que el reino de Dios nace como la semilla pequeña y se desarrolla en lo oculto. Hoy escucho: «El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas y vienen los pájaros a anidar en sus ramas». Me gusta la pobreza de los comienzos. La semilla incipiente que muere y da un brote tan pequeño que apenas puede verse. Parece imposible que de una semilla pueda surgir un árbol. Parece todo tan débil. Me resulta incomprensible que de lo pequeño pueda nacer lo más grande. ¿Es siempre así? Los pequeños comienzos de las grandes obras. El reino de Dios actúa como la levadura en la masa en manos de una mujer: «El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina y basta para que todo fermente». Es así siempre en los comienzos. Puede ser así en los momentos en los que parece todo perdido en mi vida. «Nunca me encuentro más a gusto que cuando la esperanza humana decae» . Son momentos en los que el desastre parece inminente, el final de todo lo que había soñado. En ese momento se hace más visible la presencia de Dios. Parece imposible que las cosas salgan bien de acuerdo con categorías humanas. Pero no es así. La semilla pequeña tiene que morir. La levadura tiene que hacer fermentar la masa y desaparecer. El Reino de Dios crece por la noche sin que nadie lo vea. Las obras de Dios, que aparentemente no son nada y parecen irrelevantes ante el poder del mundo con todo su ruido. El poder de los poderosos parece insalvable para mi debilidad. Sólo me queda confiar en que una fuerza superior a la mía irrumpirá en medio de mi vida y hará un milagro. Así me siento yo en medio de la pandemia cuando veo que mis seguridades han caído. ¿Qué me queda? Sólo confiar. O cuando veo que me cuestionan verdades de mi vida que parecían inamovibles. Y cuestionan a los que creo santos. Entonces levanto la mirada al cielo y confío. Vuelvo a confiar mirando a María mi Aliada y espero de Ella la misericordia. ¿Cómo voy a dudar de su poder en mi vida?  «El que con todo su ser y actuar por la alianza de amor se pone como instrumento en el campo del juego divino. Ese se siente tanto mejor y más seguro en las manos de Dios cuando todos los apoyos y esperanzas humanas se rompen. El egoísta yo se rompe y le ha hecho sitio total al divino Tú (…). Dios toma el lugar que le pertenece; es el águila que con sus alas fuertes lleva a los débiles polluelos hacia el sol; es el imán que atrae toda la debilidad humana» . Me dejo llevar en las alas del águila porque solo no puedo elevarme en las alturas. En las alas del águila sólo aspiro a tocar el sol. Voy directo hacia el cielo. Me dejo llevar y dejo de temer. No pongo mi confianza en mis propias fuerzas. La semilla más pequeña dará como fruto un árbol inmenso. El poder del árbol nace de una semilla insignificante. Para los hombres todo parece imposible. Pero para Dios nada lo es. En momentos en los que caen mis esperanzas humanas, mis planes mezquinos soñados en mi corazón. En esos momentos en los que me siento abandonado, miro al cielo y miro a Dios. Mi esperanza está puesta en ese sol que ilumina la oscuridad de mi camino. Nada temo.

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.