sábado, 10 de marzo de 2018

LA SAETA



La saeta es un canto religioso tradicional interpretado fundamentalmente en las procesiones de Semana Santa en España, especialmente en Andalucía y algunas zonas de Extremadura, Castilla La Mancha y Murcia.

La saeta es un canto popular que se ejecuta al paso de las procesiones, donde la piedad se transforma en un quejido y lamento profundo. Es una comunicación sentida y profunda entre el cantaor y la imagen de Jesús o la Dolorosa. De ahí su origen en la palabra latina sagitta, que significa flecha, la cual expresa muy bien esta plegaria. En el siglo XIX, Antonio Machado Álvarez definía las saetas como "cancioncillas que tienen por principal objeto traer a la memoria del pueblo, especialmente en los días del jueves y Viernes Santos, algunos pasajes de la pasión y muerte de Jesucristo (...) coplas disparadas a modo de flechazos contra el empedernido corazón de los fieles".



Aunque el origen musical de las primitivas saetas es incierto y muy discutido, se les atribuye una raíz árabe relacionado con las llamadas a la oración de los almuédanos desde los alminares de las mezquitas andalusíes y una raíz judeo-hebraica relacionada con cantos judíos o salmodias sefardíes. Esta visión del parentesco entre la saeta y determinados cantes religiosos orientales ha sido recalcada por la etnografía comparada.



De ahí procedieron las llamadas saetas de frailes, estructuradas por los cantos procesionales cristianos de los misioneros franciscanos en los siglos XVI y XVII, quienes llamaban saetas a "los avisos y sentencias que en forma de coplillas recitaban o cantaban por las calles en determinados momentos", incitando a la devoción y a la penitencia. Estas coplillas se cantaban durante los Rosarios de la Aurora, Novenas de Ánimas, Misiones y otros actos religiosos, y fueron extendidas por toda Andalucía por los frailes capuchinos. En todos estos actos religiosos, era frecuente que los asistentes hicieran manifestación pública de su arrepentimiento por los pecados cometidos, de aquí el nombre de penitentes. La referencia más antigua data de 1671 cuando dos padres jesuitas, Tirso González y Juan Gabriel Guillén, recogen esta denominación para el cantar que el pueblo de Arahal realizaba en una de sus misiones. En 1791 Fray Diego de Cádiz recogió las coplillas y saetas que componía en sus misiones por toda Andalucía en su obra “Aljaba Mística o exhortaciones y saetas para el uso de las Santas Misiones”. A este tipo de saetas primigenias se le denomina “saetas penitenciales”, pudiendo dividirse a su vez en “del Arrepentimiento o del Pecado Mortal” (perteneciente a las Hermandades de Ánimas) y “penetrantes o franciscanas” (cantadas por los frailes franciscanos y capuchinos en sus procesiones).



Estos romanceros de la pasión dieron lugar a la “saeta llana, vieja o popular”, que eran cantes sencillos y simples, más cortos y sobrios de estilo, sin adornos de melismas y ayes. Dentro de este grupo se incluye el Pregón, que más que un cante es un recital, interpretándose todavía en algunos pueblos andaluces. Otro grupo que se incluye en esta tipología son las “saetas autóctonas”, que han tomado forma en diferentes pueblos andaluces diferenciándose entre sí en su estilo, entonación o musicalidad con la que se cantan: Marchena (molederas), Castro del Río (samaritanas), Puente Genil (saetas cuarteleras), Lucena (saetas de santería), Cabra (saetas del prendimiento), Loja (sátiras e incensarios), Arahal. Fuera de Andalucía, se trabaja por recuperar la saeta primigenia de Cáceres. Los temas de las saetas antiguas se pueden clasificar en “saetas narrativas” cuando describen la pasión y muerte o “saetas explicativas” cuando dan a conocer al pueblo el misterio representando en el paso. Las saetas narrativas y explicativas surgen a mediados del siglo XVIII, son verdaderamente las primitivas y solían ser cantadas por miembros de los cortejos. Estas saetas fueron un canto popular entre 1800 y 1840.



Las saetas cantadas actualmente son las llamadas saetas flamencas, que supusieron una transformación, no una evolución, producida a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, a partir de las primitivas saetas. La saeta se transforma en un canto a solo muy elaborado y de extrema dificultad interpretativa que expresaba profundos sentimientos. El tema de estas saetas las hace llamarse “saetas afectivas” porque manifiestan afecto, devoción o súplica. La saeta afectiva surge a mediados del siglo XIX y era cantada de forma espontánea como un “quejío” por el devoto. Este tipo de saeta se extendió rápidamente por Andalucía y fue el estilo usado por los artistas flamencos. La saeta flamenca presenta dos variantes principales: la saeta por seguiriyas, que es la más extendida, o martinetes; la otra es la saeta carcelera, de carácter algo más alegre. La edad de oro de la saeta flamenca se produce en el primer tercio del siglo XX, tras el cual vino una crisis durante los años sesenta y setenta al desaparecer los saeteros históricos que transmitían de forma oral su saber y su arte.



El cante saetero está considerado un palo difícil del flamenco, entre otras cosas porque la voz del saetero no lleva acompañamiento alguno. En el proceso de la adopción de ritmos flamencos de la saeta intervinieron los grandes del cante flamenco: Manuel Centeno, al que se atribuye la autoría de la saeta por seguiriyas, Caracol, Antonio Mairena, Antonio Chacón, Manuel Torre, La Serrana, Medina El Viejo, La Niña de los Peines, Manuel Vallejo o la Niña de la Alfalfa. Grandes de la copla como Juanita Reina, Marifé de Triana o Rocío Jurado también se atrevieron con su difícil cantar.


Entre los principales saeteros actuales destacan El Sacri, José de la Tomasa, Diana Navarro, Álex Ortiz o Manuel Cuevas.




El texto de la saeta está compuesto por 4 o 5 versos octosílabos, y tiene siempre un significado religioso que alude a los hechos de la Pasión. Desde su origen, arraigado en el folclore andaluz, es un rezo en voz alta dirigido a la Virgen María o a Jesucristo, pidiendo ayuda o alguna gracia. La saeta se canta al paso de las imágenes de una procesión de Semana Santa, a pie de calle o desde un balcón. Al comenzar a oírse, los asistentes guardan silencio y buscan el lugar de donde proviene la voz. El capataz decide si parar a la cuadrilla de costaleros o continuar caminando. Los devotos encuentran realizado en la saeta su deseo de demostrar su devoción a través de su arte.



Actualmente, como en otros palos del flamenco, se trabaja por recuperar y fortalecer la tradición, organizándose concursos, conferencias o exaltaciones.


Las Hermandades y Peñas flamencas alentaron las primeras Escuelas de Saetas, siendo la primera escuela creada en Marchena y después en 1992 en la Hermandad de la Cena de Sevilla. También proliferan los certámenes y concursos de Saetas que permiten dar a conocer los nuevos valores de este arte, como el Concurso de Mairena del Alcor, el más veterano, con más de 50 años.



La saeta es una realidad viva y en crecimiento. Cabe recordar que el flamenco, y por tanto la saeta, fue declarada en 2010 por decisión de la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, cuyo día se celebra el 16 de noviembre, día de su declaración, por acuerdo de la Junta de Andalucía.






Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales


















jueves, 8 de marzo de 2018

¿POR QUÉ LA IGLESIA USA EL INCIENSO?



           

El incienso, con un propósito espiritual lleno de significado, lleva usándose miles de años en la adoración divina.



El Catecismo nos recuerda que en la oración participan mucho más que nuestras almas: “Cualquiera que sea el lenguaje de la oración (gestos y palabras), el que ora es todo el hombre” (CIC 2562).



Por este motivo, las formas públicas de adoración en la Iglesia contienen numerosos elementos que son visibles y que apelan a nuestros sentidos corporales.





El Catecismo enseña que, en la vida humana, signos y símbolos ocupan un lugar importante. El hombre, siendo un ser a la vez corporal y espiritual, expresa y percibe las realidades espirituales a través de signos y de símbolos materiales. Como ser social, el hombre necesita signos y símbolos para comunicarse con los demás, mediante el lenguaje, gestos y acciones. Lo mismo sucede en su relación con Dios” (CIC 1146).



Para facilitar la participación de todos nuestros sentidos durante la celebración de la misa, elevando nuestros cuerpos y almas a Dios, la Iglesia lleva siglos usando el incienso como un importante signo externo.



El incienso era una parte vital de la adoración para muchas religiones antiguas, incluyendo la veneración judía de Dios.





En el tabernáculo, además de en el templo, Dios ordenó la construcción de un “altar de incienso”. Dios dio instrucciones a Aarón, el Sumo Sacerdote: “ustedes presentarán constantemente delante del Señor esta ofrenda de incienso aromático, a través de las generaciones” (Éxodo 30,8).



Conectando con esta tradición, está la famosa frase que menciona el incienso en al Antiguo Testamento: “Que mi oración suba hasta ti como el incienso, y mis manos en alto, como la ofrenda de la tarde” (Salmos 141,2).





Los cristianos adoptaron rápidamente el uso del incienso y aparece profusamente en el libro del Apocalipsis en la liturgia celestial, donde san Juan describe: “Y vino otro Ángel que se ubicó junto al altar con un incensario de oro y recibió una gran cantidad de perfumes, para ofrecerlos junto con la oración de todos los santos, sobre el altar de oro que está delante del trono” (Apocalipsis 8,3).



Como se deduce de los pasajes de las escrituras anteriores, el significado principal del uso de incienso es simbolizar nuestras oraciones elevándose hasta Dios. Cuando vemos el incienso recordamos que los sacerdotes están ahí para reunir nuestras peticiones y rogar por nosotros ante nuestro amante y misericordioso Dios.




El incienso también trae a la mente la realidad celestial de la misa. Conecta nuestra celebración con la liturgia celestial representada en el libro del Apocalipsis y nos recuerda que la misa es un lugar de encuentro entre el cielo y la tierra.





Por último, a veces la espesa nube de incienso puede oscurecer nuestra visión del altar. Es algo bueno, porque nos recuerda la naturaleza misteriosa de la misa. Nuestras mentes mortales no pueden comprender por completo el misterio que se celebra ante nuestros ojos, así que el incienso hace esa realidad incluso más tangible.



De modo que, aunque en ocasiones el uso del incienso pueda parecer extraño, tiene unas profundas raíces espirituales y ha sido parte de la adoración divina durante miles de años.


Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales

Fuente: https://es.aleteia.org

LA LIMOSNA CUARESMAL






Recomendación del Señor en el Evangelio

1. «Poenitemini et date eleemosynam» (cf. Mc 1,15 y Lc 12,33).


La palabra «limosna» no la oímos hoy con gusto. Notamos en ella algo humillante. Esta palabra parece suponer un sistema social en el que reina la injusticia, la desigual distribución de bienes, un sistema que debería ser cambiado con reformas adecuadas. Y si tales reformas no se realizasen, se delinearía en el horizonte de la vida social la necesidad de cambios radicales, sobre todo en el ámbito de las relaciones entre los hombres. Encontramos la misma convicción en los textos de los profetas del Antiguo Testamento, a quienes recurre frecuentemente la liturgia en el tiempo de Cuaresma. Los profetas consideran este problema a nivel religioso: no hay verdadera conversión a Dios, no puede existir «religión» auténtica sin reparar las injurias e injusticias en las relaciones entre los hombres, en la vida social. Sin embargo, en tal contexto los profetas exhortan a la limosna.


domingo, 4 de marzo de 2018

NOVENA DE LA GRACIA EN HONOR DE SAN FRANCISCO JAVIER




Tuvo su origen en un estupendo milagro de San Francisco Javier y se divulgó rápidamente. Del 4 al 12 de marzo



ORIGEN DE ESTA DEVOCIÓN

Con ocasión de adornar un altar en Nápoles para una fiesta de la Inmaculada Concepción en 1633, cayó desde los andamios un martillo de dos libras de peso que hirió mortalmente al Padre Marcelo Mastrilli, de la Compañía de Jesús, destrozándole la sien derecha. De día en día llego a agravarse tanto su enfermedad, que iban a darle ya la Extremaunción, pues era imposible administrarle el Viático, por no poder el enfermo ni tomar una gota de agua. Pero cuando estaban pensando en esto, he aquí que el P. Mastrilli se levanta sano y bueno... La herida había desaparecido, la cicatriz no se notaba, el Padre se sentía restablecido de repente. Bien temprano celebró su misa y dio la comunión a muchas personas que concurrieron a ver este prodigio.

Subió en seguida al púlpito, y por su propia voz explico al pueblo de Nápoles el secreto. Viéndose herido y sin esperanza de vida, había hecho voto en honor de San Francisco Javier de ir a las Misiones de Indias, si le concedía la salud. La noche última se le había aparecido el Santo animándole a cumplir su voto y recibir el martirio en el Japón (como así sucedió). El P. Mastrilli prometió la especial ayuda del santo a cuantos le invoquen y también recomendó hacerle una novena.

Más tarde, el P. Alejandro Filipucci, también curado por el santo en 1658, compuso la novena y fijó como fecha para su realización del 4 al 12 de marzo (aniversario de su canonización), aunque puede hacerse en cualquier época del año. Desde entonces esta devoción se ha divulgado rápidamente por todas partes. Se la conoce con el nombre de Novena de la Gracia "por su grande y comprobada eficacia en las necesidades de la vida presente" (S. Pío X).





NOVENA

Para rezar esta Novena de la Gracia, en honor de San Francisco Javier, se debe hacer la oración para todos los días del 4 al 12 de marzo; luego un Padrenuestro, un Avemaría y un Gloria, y terminar con la oración atribuida a San Francisco Javier.

Por la señal, etc.

Señor mío Jesucristo, etc.

ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS

Amabilísimo y amantísimo Santo: adoro con vos humildemente a la Divina Majestad y le doy gracias por los singulares dones de gracia que os concedió en vida y por la gloria de que ya gozáis. Os suplico con todo el afecto de mi alma, me consigáis por vuestra poderosa intercesión, la gracia importantísima de vivir y morir santamente. Os pido también me alcancéis la gracia especial que pido en esta novena...(aquí se piden las gracias espirituales y temporales que se desean). Y si lo que pido no conviene a mayor gloria de Dios y bien de mi alma, quiero alcanzar lo que para eso fuere más conveniente. Amén.

Un Padrenuestro, Avemaría y Gloria.



ORACIÓN FINAL (atribuida a San Francisco Javier)

¡Oh Dios mío! Yo os amo; y no os amo porque me salvéis, o porque castiguéis con fuego eterno a los que no os aman. Vos, vos, Jesús mío, habéis abrasado todo mi ser en la Cruz; sufristeis los clavos, la lanza, las ignominias, innumerables dolores, sudores, angustias, y la muerte: y esto, por mí y por mí pecador. ¿Por qué, pues, no te he de amar, oh Jesús amantísimo? No porque me lleves al cielo, o porque me condenes al infierno, ni por esperanza de algún premio; sino, así como vos me amasteis, así os amo y os amaré: sólo porque sois mi Rey y sólo porque sois mi Dios. Amén.

Oh Dios, que quisiste agregar a tu Iglesia las naciones de las Indias por la predicación y por los milagros de San Francisco Javier: concédenos que, pues veneramos la gloria de sus insignes merecimientos, imitemos, también los ejemplos de sus heroicas virtudes. Por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.





Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales

Fuente: www.devocionario.com 

sábado, 3 de marzo de 2018

¡MARÍA, MADRE DE LA IGLESIA YA ES FIESTA OFICIAL!




Por decisión del Papa Francisco, el lunes después de Pentecostés es obligatoria la Memoria de María Madre de la Iglesia. Publicado hoy el decreto



La Iglesia, el Concilio, los Pontífices y la maternidad espiritual de María

El decreto empieza con estas palabras: «La gozosa veneración otorgada a la Madre de Dios por la Iglesia en los tiempos actuales, a la luz de la reflexión sobre el misterio de Cristo y su naturaleza propia, no podía olvidar la figura de aquella Mujer (cf. Gál 4,4), la Virgen María, que es Madre de Cristo y, a la vez, Madre de la Iglesia».

El Cardenal Sarah, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, presenta el documento – que ordena la celebración y la inscripción de la memoria de la “Bienaventurada Virgen María Madre de la Iglesia” en el Calendario Romano General.

Y hace hincapié en que «el motivo de la celebración es descrito brevemente en el mismo decreto, que recuerda la madurada veneración litúrgica a María tras una mejor comprensión de su presencia “en el misterio de Cristo y de la Iglesia”, como ha explicado el capítulo VIII de la Lumen Gentium del Concilio Vaticano II».

Recordando luego, al beato PabloVI, a san Juan Pablo II, además del magisterio de otros pontífices, el purpurado señala también que el Papa Francisco ha establecido esta celebración «considerando la importancia del misterio de la maternidad espiritual de María, que desde la espera del Espíritu en Pentecostés (cf. Hch 1,14) no ha dejado jamás de cuidar maternalmente de la Iglesia, peregrina en el tiempo».


Tres misterios del amor de Dios al mundo: la Cruz de Cristo, la Hostia y la Virgen

«Esperamos que esta celebración, extendida a toda la Iglesia, recuerde a todos los discípulos de Cristo que, si queremos crecer y llenarnos del amor de Dios, es necesario fundamentar nuestra vida en tres realidades: la Cruz, la Hostia y la Virgen –Crux, Hostia et Virgo. Estos son los tres misterios que Dios ha dado al mundo para ordenar, fecundar, santificar nuestra vida interior y para conducirnos hacia Jesucristo. Son tres misterios para contemplar en silencio (R. Sarah, La fuerza del silencio, n. 57).

El Cardenal Sarah escribe asimismo que esta celebración está en el Calendario proprio de algunos países como Polonia y Argentina. El decreto establece asimismo que «donde la celebración de la bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, ya se celebra en un día diverso con un grado litúrgico más elevado, según el derecho particular aprobado, puede seguir celebrándose en el futuro del mismo modo».



Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales



Fuentes: https://es.aleteia.org




VELAR Y TAPANDO LAS CRUCES Y ESTATUAS EN CUARESMA




El velo y cubierta de estatuas en la última parte de la Cuaresma es algo que afecta a muchas personas la primera vez que lo ven. Es algo que definitivamente me llamó la atención, cuando vi por primera vez esta práctica litúrgica. ¿Últimamente muchas personas me han preguntado acerca de la práctica, como dónde se originó?  es una práctica tradicional? ¿cuál es el significado? Y muchas otras cosas.

Es mi entendimiento de que la Conferencia Episcopal decide si esta práctica se utilizará como la norma o no. Es mi entendimiento de que no se hace generalmente. Sin embargo, hay muchas órdenes religiosas e instituciones como los Padres norbertinos, y muchos otros que están exentos de la supervisión de su obispo local y que reportan directamente a Roma. Por esta razón ellos pueden hacer libremente esta práctica, independientemente de la decisión de un obispo o conferencia de obispos en particular.

Los orígenes, el significado y la práctica del uso del velo y cubrir estatuas y cruces


Esta práctica se dice que tiene orígenes alemanes. El Hungertuch (paño hambre) escondió el altar enteramente de los fieles. Esta práctica tanto, puede decirse que se originó en la Iglesia Primitiva. Sin embargo, esta práctica se normalizó alrededor de la Edad Media en la que no sólo era la Cruz, sino también varias otras cosas como las estatuas de santos, iconos reliquias que fueron velados también.

En el libro La Fuente de Cosas Católicas Peter Klein afirma que esta práctica inicialmente comienza en el quinto domingo de Cuaresma.

“Ha sido durante mucho tiempo la tradición de la Iglesia para cubrir todos los crucifijos, estatuas e iconos en tela púrpura de dos domingos antes de Pascua para el Viernes Santo. Tradicionalmente, el Quinto Domingo de Cuaresma, una semana antes del Domingo de Ramos, fue llamado Domingo de Pasión o Judica domingo después de la primera palabra del Introito: “mi Juez, Señor …” (ver Salmo 43). El velo se refirió a las palabras finales del Evangelio del domingo, “Ellos tomaron piedras para arrojárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo” (Juan 8:59). El velo cuaresmal expresa el dolor de la Iglesia en este tiempo.

Por esta razón, aunque no es totalmente explícito en el Novus Ordo (la forma ordinaria) de la Misa, las lecturas para el quinto domingo de Cuaresma en la Misa Tradicional en latín (Forma Extraordinaria) de la misa, se aplican específicamente al principio de que se celebra esta práctica. El Evangelio según Peter Klein en su libro mencionado, se trata de la Pasión de Cristo en el que Jesús está siendo acusado por los fariseos de ser poseído por el diablo. Después de que Jesús deja claro que él es el Hijo de Dios diciendo que él conoce al Padre y que él glorifica al Padre y el Padre glorifica al Hijo (Jesucristo), los judíos entonces comienzan a apedrearlo y así Jesús se escondió y salió del templo.



Del mismo modo el introito (entrada) durante el Quinto Domingo de Cuaresma Misa tradicional en latín es el Salmo 42 (43) llamado  Judica me que encaja perfectamente con la lectura del Evangelio.

Hazme justicia, oh Dios, y lucha contra un pueblo sin fe; del hombre de engaño e impío rescatarme. Porque tú, oh Dios, eres mi fuerza. Envía tu luz y tu verdad; ellos me darán lugar en y me conduzcan hasta tu monte santo, para Su morada. Hazme justicia, oh Dios.

Además de eso, la práctica de velo y cubriendo la Cruz y las varias otras cosas que están cubiertas, es que simboliza la Iglesia de luto oficial por Nuestro Señor. Monseñor Elliot afirma “La costumbre de cruces velando e imágenes tiene mucho que aporta en términos de psicología religiosa, porque nos ayuda a concentrarse en los grandes elementos esenciales de la obra de la redención de Cristo.” 

El Jueves Santo el velo en la Cruz se cambia de la púrpura al blanco. A continuación, se elimina por completo después de la liturgia solemne de la tarde del Viernes Santo.



¿Por qué en Cuaresma se cubren crucifijos y estatuas?

Los velos que cubren las imágenes nos recuerdan la promesa de la Pascua

Parece extraño que durante el tiempo más sagrado del año se cubra lo que es bello en las iglesias, incluso el crucifijo. ¿No deberíamos estar mirando la dolorosa escena del Calvario mientras escuchamos la narración de la Pasión el Domingo de Ramos?

Aunque pueda parecer contrario a la intuición velar estatuas e imágenes durante las últimas semanas de Cuaresma, la Iglesia recomienda esta práctica para reforzar nuestros sentidos y suscitar en nosotros un anhelo del Domingo de Pascua. Es una tradición que debería seguirse no sólo en las parroquias, porque puede ser también una fructífera actividad que practicar en la “iglesia doméstica” (es decir, en casa).


En la carta circular Paschalis sollemnitatis del 1988, se lee que “la práctica de cubrir las cruces y las imágenes en la iglesia desde el quinto domingo de Cuaresma puede ser útilmente conservada según el juicio de la conferencia episcopal. Las cruces permanecen cubiertas hasta el final de la celebración de la Pasión del Señor el Viernes Santo; las imágenes hasta el inicio de la Vigilia Pascual”.

Esta es la práctica actual de la Iglesia, pero cubrir estatuas e imágenes desde el quinto domingo de Cuaresma es muy poco respecto a lo que se hacía antiguamente. En Alemania, por ejemplo, era tradición cubrir el altar a la vista durante toda la Cuaresma.



Las familias también están invitadas a imitar esta práctica y a cubrir las principales imágenes religiosas de sus casas. Esto ayuda a participar en el tiempo litúrgico, especialmente si no es posible ir a misa entre semana. Si no, sólo vemos las imágenes cubiertas en la iglesia una o dos veces antes de la Pascua y esto tiene mayor efecto en nosotros.

También es una bonita tradición que transmitir a nuestros hijos, que estarán intrigados por ella y hará este tiempo del año verdaderamente especial para ellos. Si nos esmeramos en decorar nuestros hogares para la Pascua, ¿por qué no preparar esta gran fiesta usando velos?




¿Pero por qué empeñarse tanto en cubrir imágenes que están diseñadas para elevar nuestros corazones y nuestras mentes al cielo?


Primero de todo, usamos velos para alertarnos del tiempo especial en que nos encontramos. Cuando vamos a la iglesia y notamos que todo está cubierto, inmediatamente sabemos que hay algo diferente. Estas dos últimas semanas de Cuaresma son significativas como un tiempo de inmediata preparación para el Triduo Pascual y esos velos son un potente recordatorio para estar preparados.



En segundo lugar, los velos enfocan nuestra atención en las palabras que se dicen en misa. Cuando escuchamos la narración de la Pasión, nuestros sentidos pueden concentrarse en las impactantes palabras del Evangelio y verdaderamente entrar en la escena.

Tercero, la Iglesia usa velos para producir un alto sentido de anticipación del Domingo de Pascua. Este hecho se refuerza cuando vas a misa diaria y ves los velos cada día. No los quieres ahí porque están tapando imágenes muy bonitas.

Y el punto es precisamente este: los velos no tienen que estar ahí siempre. Las imágenes necesitan ser desveladas, es antinatural que estén cubiertas.



Desvelarlas antes de la Vigilia Pascual es un potente recordatorio de nuestra propia vida en la tierra. Vivimos en un mundo “velado”, en el exilio de nuestro verdadero hogar. Sólo a través de nuestra propia muerte el velo se retira y somos finalmente capaces de ver la belleza de todo en nuestra vida.




Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales

Fuentes: texto de Philip Kosloski.

y texto de Arturo Ortiz.




jueves, 1 de marzo de 2018

LA ORACIÓN CUARESMAL






1. Durante la Cuaresma oímos frecuentemente las palabras: oración, ayuno, limosna, que ya recordé el Miércoles de Ceniza. Estamos habituados a pensar en ellas como en obras piadosas y buenas que todo cristiano debe realizar, sobre todo en este período. Tal modo de pensar es correcto, pero no completo. La oración, la limosna y el ayuno requieren ser comprendidos más profundamente si queremos insertarlos más a fondo en nuestra vida y no considerarlos simplemente como prácticas pasajeras, que exigen de nosotros sólo algo momentáneo o que sólo momentáneamente nos privan de algo. Con tal modo de pensar no llegaremos todavía al verdadero sentido y a la verdadera fuerza que la oración, el ayuno y la limosna tienen en el proceso de la conversión a Dios y de nuestra madurez espiritual. Una y otra van unidas: maduramos espiritualmente convirtiéndonos a Dios, y la conversión se realiza mediante la oración, como también mediante el ayuno y la limosna, entendidos adecuadamente.

Acaso convenga decir que aquí no se trata sólo de prácticas pasajeras, sino de actitudes constantes que dan una forma duradera a nuestra conversión a Dios. La Cuaresma, como tiempo litúrgico, dura sólo cuarenta días al año: en cambio, debemos tener siempre a Dios; esto significa que es necesario convertirse continuamente. La Cuaresma debe dejar una impronta fuerte e indeleble en nuestra vida. Debe renovar en nosotros la conciencia de nuestra unión con Jesucristo, que nos hace ver la necesidad de la conversión y nos indica los caminos para realizarla. La oración, el ayuno y la limosna son precisamente los caminos que Cristo nos ha indicado.

En las meditaciones que seguirán trataremos de entrever cuán profundamente penetran en el hombre estos caminos: que significan para él. El cristiano debe comprender el verdadero sentido de estos caminos si quiere seguirlos.

Jesús enseña a sus discípulos a orar.





2. Primero, pues, el camino de la oración. Digo primero, porque deseo hablar de ella antes que de las otras. Pero diciendo primero, quiero añadir hoy que en la obra total de

nuestra conversión, esto es, de nuestra maduración espiritual, la oración no está aislada de los otros dos caminos que la Iglesia define con el termino evangélico de ayuno y limosna. El camino de la oración quizá nos resulta más familiar. Quizá comprendemos con más facilidad que sin ella no es posible convertirse a Dios, permanecer en unión con Él, en esa comunión que nos hace madurar espiritualmente. Sin duda, entre vosotros, que ahora me escucháis, hay muchísimos que tienen una experiencia propia de oración, que conocen sus varios aspectos y pueden hacer partícipes de ella a los demás. En efecto, aprendemos a orar orando. E1 Señor Jesús nos ha enseñado a orar ante todo orando Él mismo: «y pasó la noche orando» (Lc. 6,12); otro día, como escribe San Mateo, «subió a un monte apartado para orar y, llegada la noche, estaba allí sólo» (Mt. 14,23). Antes de su pasión y de su muerte fue al monte de los Olivos y animó a los apóstoles a orar, y Él mismo, puesto de rodillas, oraba. Lleno de angustia, oraba más intensamente (cf. Lc 22,39- 46). Sólo una vez, cuando le preguntaron los apóstoles: «Señor, enséñanos a orar» (Lc 11,1), les dio el contenido más sencillo y más profundo de su oración: el «Padrenuestro.

Dado que es imposible encerrar en un breve discurso todo lo que se puede decir o lo que se ha escrito sobre el tema de la oración, querría hoy poner de relieve una sola cosa. Todos nosotros, cuando oramos, somos discípulos de Cristo, no porque repitamos las palabras que Él nos enseñó una vez –palabras sublimes, contenido completo de la oración–; somos discípulos de Cristo incluso cuando no utilizamos esas palabras. Somos sus discípulos sólo porque oramos: «Escucha al Maestro que ora; aprende a orar. Efectivamente, para esto oró Él, para enseñar a orar», afirma San Agustín (Enarrationes in Ps. 56,5). Y un autor contemporáneo escribe: «Puesto que el fin del camino de la oración se pierde en Dios, y nadie conoce el camino excepto el que viene de Dios, Jesucristo, es necesario (...) fijar los ojos en Él sólo. Es el camino, la verdad y la vida. Sólo Él ha recorrido el camino en las dos direcciones. Es necesario poner nuestra mano en la suya y partir» (Y. Raguin, Chemins de la contemplation, Desclee de Brouwer, 1969, p.179). Orar significa hablar con Dios –o diría aún más–, orar significa encontrarse en el único Verbo eterno a través del cual habla el Padre, y que habla al Padre. Este Verbo se ha hecho carne, para que nos sea más fácil encontrarnos en Él también con nuestra palabra humana de oración. Esta palabra puede ser muy imperfecta a veces, puede tal vez hasta faltarnos; sin embargo, esta incapacidad de nuestras palabras humanas se completa continuamente en el Verbo, que se ha hecho carne para hablar al Padre con la plenitud de esa unión mística que forma con Él cada hombre que ora; que todos los que oran forman con Él. En esta particular unión con el Verbo está la grandeza de la oración, su dignidad y, de algún modo, su definición.

Es necesario sobre todo comprender bien la grandeza fundamental y la dignidad de la oración. Oración de cada hombre. Y también de toda la Iglesia orante. La Iglesia llega, en cierto modo, tan lejos como la oración. Dondequiera que haya un hombre que ora.

La plegaria del Padrenuestro.





3. Es necesario orar basándose en este concepto esencial de la oración. Cuando los discípulos pidieron al Señor Jesús: «Enséñanos a orar», Él respondió pronunciando las palabras de la oración del Padrenuestro, creando así un modelo concreto y al mismo tiempo universal. De hecho, todo lo que se puede y se debe decir al Padre está encerrado en las siete peticiones que todos sabemos de memoria. Hay en ellas una sencillez tal, que hasta un niño las aprende, y a la vez una profundidad tal, que se puede consumir una vida entera en meditar el sentido de cada una de ellas. ¿Acaso no es así? ¿No nos habla cada una de ellas, una tras otra, de lo que es esencial para nuestra existencia, dirigida totalmente a Dios, al Padre? ¿No nos habla del pan de cada día, del perdón de nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos, y, al mismo tiempo, de preservarnos de la tentación y de librarnos del mal?

Cuando Cristo, respondiendo a la pregunta de los discípulos «enséñanos a orar», pronuncia las palabras de su oración, enseña no sólo las palabras, sino enseña que en nuestro coloquio con el Padre debemos tener una sinceridad total y una apertura plena. La oración debe abrazar todo lo que forma parte de nuestra vida. No puede ser algo suplementario o marginal. Todo debe encontrar en ella su propia voz. También todo lo que nos oprime; de lo que nos avergonzamos; lo que por su naturaleza nos separa de Dios. Precisamente esto, sobre todo. La oración es la que siempre, primera y esencialmente, derriba la barrera que el pecado y el mal pueden haber levantado entre nosotros y Dios.

A través de la oración, todo el mundo debe encontrar su referencia justa: esto es, la referencia a Dios: mi mundo interior y también el mundo objetivo, en el que vivimos y tal como lo conocemos. Si nos convertimos a Dios, todo en nosotros se dirige a Él. La oración es la expresión precisamente de este dirigirse a Dios; y esto es, al mismo tiempo, nuestra conversión continua: nuestro camino.

Dice la Sagrada Escritura:

«Como baja la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá sin haber empapado y fecundado la tierra y haberla hecho germinar, dando la simiente para sembrar y el pan para comer, así la palabra que sale de mi boca no vuelve a mi vacía, sino que hace lo que yo quiero y cumple su misión» (Is 55,10?11).

La oración es el camino del Verbo que abraza todo. Camino del Verbo eterno que atraviesa lo íntimo de tantos corazones, que vuelve a llevar al Padre todo lo que en Él tiene su origen.

La oración es el sacrificio de nuestros labios (cf Heb 13,15). Es, Como escribe San Ignacio de Antioquia, «agua viva que susurra dentro de nosotros y dice: ven al Padre» (cf. Carta a los romanos VII 2).



Artículo enviado por: Jesús Manuel Cedeira Costales.



Fuentes: Catequesis de Juan Pablo II, 14/2/79