martes, 22 de diciembre de 2020

CARTAS DE ESPERANZA 22 DICIEMBRE DE 2020

 



22 de diciembre de 2020

 

Hermano:

«Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; no soy digno de desatarle las sandalias»

«Dios me puede dar la paz que necesito. Puede regalarme esa confianza que aún no tengo para poder vivir cuidando cada día a mi rebaño. Necesito más fe y esa mirada de niño confiado»

Asturias registra el número más bajo de contagios por coronavirus de los dos últimos meses.

Salud informa de 115 nuevos positivos.

Es este Adviento un tiempo de esperanza. Y la esperanza es el deseo de poseer lo que aún no tengo en plenitud. Es la esperanza de María camino a Belén sin saber cómo sucederá todo. Aún no posee entre sus manos a Dios hecho hombre y ya lo sueña. Es la esperanza que tengo yo de ser mejor, de ser más pleno, más feliz, más niño, más trasparente de Dios. Es el deseo de plenitud que alberga mi corazón herido. Siento una sed insaciable, un ansia de infinito que brota dentro de mi alma. La esperanza me lleva a pensar que mañana va a ser todo mejor que hoy, más pleno, si es que estoy sufriendo. Y si estoy feliz con lo que vivo me lleva a desear que ese presente sea eterno. La esperanza me hace desear que no falte nunca nadie de los míos, que nadie muera ni se vaya. No quiero sillas vacías, ni sueños rotos. Durante muchos años en mi vida las cosas se fueron repitiendo año tras año. Sólo pasaba el tiempo, pero no se movían las fichas de mi tablero. Todo parecía en un orden perfecto, inamovible, intocado y frágil al mismo tiempo. Ni la enfermedad ni la muerte parecían tocarme. Ni el odio ni las divisiones ponían en peligro mi seguridad. Cuando miro atrás en mi vida veo cómo ha cambiado todo desde hace poco tiempo. Y ahora más con esta pandemia que llena el alma de miedos. Quizás en esos momentos de estabilidad pensaba que poseería a los míos para siempre, que no se irían mis padres o la estabilidad formaría parte de mi rutina año tras año. El corazón desea que la alegría sea eterna, cuando tiene paz. Era esa la esperanza de una continuidad en ese amor que parecía infinito siendo finito. Y de repente todo se tambalea en medio de esta guerra que ahora toca mis puertas. Y muy dentro siento que se rompe la esperanza de lo perenne. Entonces asomo la cabeza por mi ventana, con miedo, temblando. Siento el olor de las hojas caídas del otoño, son las tormentas de este invierno que se ha llevado la paz estival. Esas hojas caídas, rojas, amarillas antes eran verdes, parecían eternas. Su verdor se ha convertido en fuego. Esas hojas sin vida a mis pies son como las páginas pasadas de un viejo libro de historia. Mi diario, en el que recojo las anécdotas de cada día, esas que ya no vuelven. Pienso en esas fotos de entonces que vuelven a recordarme un tiempo que ya no es presente, sólo pasado. Pero estando todo vivo dentro de mi alma. Siento que la esperanza sigue muy viva dentro de mí. Es una esperanza que me dice que estoy llamado a algo más grande, más pleno. Al cielo en la tierra. A esa vida eterna que llenará de luz todas mis noches. Esa esperanza me levanta cada mañana, soñando. Ahora amo el presente, porque Dios me ha dado el don de amar mi vida ahora, como es, sin tener miedo a que pase. Sin temblar al ver que los días transcurren apresurados buscando una salida, un camino al pasado. No quiero vivir sin esperanza, porque sin esa luz la vida se vuelve noche. Me escondo entre las sábanas sin encontrar nada que justifique alzar la mirada. Es este tiempo de Adviento un tiempo de esperanza. en una vida nueva, más llena, más verdadera. Me gusta pensar que todo puede ser más bello. Y lo sé, yo puedo contribuir a que así sea. Decía S. Agustín: «Toda mi esperanza estriba sólo en tu muy grande misericordia. ¡Dame lo que me pides y pídeme lo que quieras!». Mi esperanza descansa en la misericordia de Dios. Él me ha creado, me ha dado la vida y la fuerza para componer un día. Me ha dado la luz de mis ojos, el tono de mi voz, la fuerza de mis pasos. Me ha dado la ilusión de mis palabras y ha sembrado en mi alma un jardín sin otoño, siempre en flor. Su misericordia es la que justifica todas mis esperanzas. Puedo seguir creyendo, lo necesito. Nunca voy a dejar de creer en un tiempo nuevo que está por venir, en una victoria al final del camino, en el último suspiro. Vuelvo a levantarme en Adviento, como José y María que no se desalientan. Saben que el camino es largo. Y que en Belén no es seguro lo que encontrarán sus pasos. No importa si tienen que buscar allí un lugar para que nazca Jesús. Algo sucederá que lo haga todo más fácil. Una fuerza de Dios que se una a mi impotencia. No soy yo el que puede levantar el mundo entre mis manos. No soy yo el que sostiene el orden del universo. Me quedo dormido tranquilo porque es Dios quien vela mis sueños y dibuja mi sonrisa cada mañana. Es su poder, no es el mío. Es la esperanza de creer en lo que aún no veo, en lo que no toco, en lo que no alcanzo a vislumbrar detrás de tantas nubes. Cuando la victoria final parece imposible porque todo está en contra. No importa, sigo esperando, tengo fe.

En este segundo domingo de Adviento me detengo a contemplar a los pastores. Forman parte de mi pesebre. Siempre están con sus ovejas, o trayendo alimentos a Jesús. Algunos llevan todo tipo de regalos. Se detienen felices ante el portal. Descubren los signos que los ángeles les anunciaron. Un niño envuelto en pañales. Llegan los pastores y encuentran a un niño y unos padres con él: «Cerca de Belén había unos pastores que pasaban la noche en el campo cuidando sus ovejas. De pronto se les apareció un ángel del Señor, la gloria del Señor brilló alrededor de ellos y tuvieron mucho miedo. Pero el ángel les dijo: - No tengáis miedo, porque os traigo una buena noticia que será motivo de gran alegría para todos: - Hoy os ha nacido en el pueblo de David un salvador, que es el Mesías, el Señor. Como señal, encontraréis al niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». ¿Qué tiene de especial un bebé recién nacido? ¿En qué me puede cambiar la vida si está indefenso? No puede salvarse a sí mismo, ¿a mí me va a salvar? Los pastores tienen miedo. Están acostumbrados a la noche, a permanecer en vela. La vida es dura para ellos. Tienen miedo a perder lo poco que tienen. Llevan vidas rudas y no son tan inofensivos e inocentes como las figuritas que coloco en el pesebre. Esos pastores no siempre tenían buenas intenciones. No todo lo hacían bien. Pero hoy me detengo ante estos hombres audaces, valientes, que velan en la noche cuidando sus rebaños. Los peligros acechan y ellos están atentos y despiertos para defender a sus ovejas e incluso dar la vida por ellas. Me gusta esa imagen del pastor que cuida a sus ovejas y está despierto y atento en la noche. Vence el miedo y el frío. En torno a una hoguera deja pasar las horas. Y de repente esa noche todo se ilumina con la presencia de unos ángeles. Tienen que alegrarse porque ha nacido el Señor. Ni ellos mismos esperan que cambie su suerte. Pero esos ángeles indican lo contrario. Algo está sucediendo que tiene que ver con ellos. ¿Un niño tan pequeño? ¿Cuánto tendrán que esperar para que algo cambie en sus vidas? No parece sencillo. Ese niño sin poderes no iba a sacarles de la pobreza, ni iba a traer la paz que todos necesitaban. ¿Por qué se alegran entonces? No creo que entendieran lo que estaba ocurriendo. Pero aun así son los primeros testigos presenciales. Lo ven allí, en la humildad de aquel establo, un niño, un padre y una madre. Y creen. Esa fe de niño de los pastores me conmueve. Ese respeto infinito ante lo que no entienden. Yo quisiera ser así y no lo soy. Me gustaría entender más cosas de las que entiendo. Busco respuestas en este mundo esquivo. Me falta fe. Esta actitud de los pastores es la que hoy le quiero pedir a Dios. Ellos se alegran sin comprender nada, porque tienen alma de niños y creen en lo imposible. En aquella cueva estaba cambiando la historia, pero era imposible verlo. Y ellos lo ven sin verlo. Creen sin tocarlo. No tengo esa mirada ingenua. No soy tan niño. Todo lo quiero racionalizar, busco que tenga un sentido, que sea creíble, razonable, lógico. No deseo que las cosas cambien demasiado, pero sí deseo la paz, la salvación, la alegría. El coro de los ángeles me anuncia que ha nacido Dios entre los hombres. Y yo hoy lo creo. Y eso que a mi alrededor los signos son de muerte, de pandemia, de conflicto social, de guerras, de injusticias, de abusos, de violencia. Signos que me hablan de desesperanza y soledad, de desamor y odio. Y yo me arrodillo ante un pesebre con corazón de niño. Me pongo en camino buscando a ese niño recién nacido al que todavía no conozco. ¿No será una pérdida de tiempo? No lo creo. Confío y sigo caminando. No voy solo, me uno a tantos otros pastores que como yo también han creído. Dejo a un lado mi rebaño para buscar a Dios porque lo he oído: «Ahí está vuestro Dios. Ahí viene el Señor con poder. Como pastor pastorea su rebaño: recoge en brazos los corderitos, en el seno los lleva, y trata con cuidado a las paridas». Ese Dios que es pastor es el que viene a hacerse carne en mi vida y puede cambiar todo si tengo fe. No sé el cuándo ni el cómo, pero confío con una fe ciega. Me falta fe. No tengo esa fe de los pastores. Y quisiera vivir confiado y con paz. Comenta Sta. Margarita de Alacoque: «Conservad la paz del corazón, que es el mayor tesoro. Para conservarla, nada ayuda tanto como el renunciar a la propia voluntad y poner la voluntad del Corazón divino en lugar de la nuestra, de manera que sea ella la que haga en lugar nuestro todo lo que contribuye a su gloria, y nosotros, llenos de gozo, nos sometamos a Él y confiemos en Él totalmente». La paz me la da el confiar totalmente en Dios en circunstancias difíciles. Es eso lo que necesito, caminar como esos pastores con la confianza de saber que voy a encontrar a un niño envuelto en pañales. Eso basta para tener paz. Esa promesa escondida en una cueva es suficiente. Me impresionan la confianza y la fe de los pastores. Necesitan paz y esa paz, en esa noche de ángeles, llega a sus corazones. Han puesto sus vidas en las manos de Dios y desaparecen sus miedos. Me gusta esa actitud filial y confiada. Es la que necesito tener siempre. Especialmente en estos tiempos de pandemia, oscuridad y desesperanza. Dios me puede dar la paz que necesito. Puede regalarme esa confianza que aún no tengo para poder vivir cuidando cada día a mi rebaño. Necesito más fe y esa mirada de niño confiado.

El Adviento es un tiempo de consolación. Jesús viene a nacer en medio de los hombres para consolar sus angustias. Hoy escucho: «Consolad, consolad a mi pueblo. Ya está cerca su salvación para quienes le temen, y la Gloria morará en nuestra tierra». Dios viene a consolar a su pueblo, trae la salvación. A menudo la desolación viene a mi corazón por las cosas que ocurren en mi vida. Son dolores que me llenan de pena y angustia. ¿Quién me puede consolar? Me quedo mirando al pasado, atado a lo que no puedo cambiar. Sucedieron cosas difíciles que no perdono, que no me perdono. Tengo heridas que no sanan, no cierran. Cuentas pendientes que no acabo de saldar. Hice algo de lo que me arrepiento. Me causaron un daño que no logro perdonar. Me trataron de una forma humillante e injusta. No sucedió aquello que tanto deseaba. No encuentro consuelo. Me dicen que siga adelante, que no mire hacia atrás. Pero yo quiero hacer el duelo por lo que he perdido, por lo que no me han dado, por lo que me han hecho, por lo que me han quitado. Esa herida duele y sangra. ¿Dónde voy a encontrar la consolación? No me la dan los demás, no pueden. No logran reparar lo que no tiene arreglo. Con frecuencia veo en mí reacciones que son desproporcionadas. Vienen de algún lugar dentro de mi alma. En lo más hondo de mí falta el consuelo. No estoy reconciliado con mi historia. Esa pena se adueña de mí como una marea negra. Y no entiendo porque no es tan grave lo que ha sucedido. En ese momento me doy cuenta de algo. Me falta consuelo en mi interior. Dios viene a consolarme en mis dolores ocultos, escondidos dentro de mí. Viene a darme el perdón, para que pase página, para que me libere de esos rencores y resentimientos que me duelen en lo más hondo. En ocasiones no entiendo por qué me duele tanto por dentro. Y Jesús viene para hacerme ver lo que tengo que entregar, que soltar, que liberar. Él me muestra el camino para ser libre, para vivir con paz. La consolación de Dios es como esa mano que me acaricia justo donde me duele. Mis reacciones repetitivas y exageradas revelan que algo está herido, en desorden en mi interior. Me muestra Dios así que quiere nacer en ese lugar interior para traer la paz y la calma. Quiere consolar mis miedos y mis dolores. Yo quiero llenar de luz mi cueva oscura. Ese lugar casi desconocido para mí mismo. Jesús nace en ese establo de mi mundo interior. Allí donde no hay sol, ni esperanza. Allí de donde brotan tantos sentimientos de frustración, de miedo, de ira, de tristeza. Viene a consolarme en todo lo que no logro aceptar en mí. Llega a mi memoria más olvidada, a mis recuerdos más escondidos. Viene a consolar mi historia sagrada en la que Él manifiesta su poder. Pero también sé que no siempre seré consolado y en todo. Decía santa Teresita del Niño Jesús: «No vaya a creer que nado en las consolaciones. ¡Oh no!, mi consolación consiste en no tener ninguna en esta tierra. Sin dejarse ver, sin dejar oír su voz». No siempre la paz va a llegar de forma casi mágica. No siempre se me regala una gracia que no puedo exigir. Pero sí puedo suplicar cada día que me consuele Dios. El Adviento es un tiempo para suplicar el consuelo. Y al mismo tiempo es una oportunidad para consolar a otros y traer esperanza a los corazones desesperanzados. Isaías dice que ha sido enviado a «curar a los de corazón quebrantado y consolar a los afligidos». Yo puedo consolar a otros, y traer paz. Comenta el Papa Francisco: «No olvidemos las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos». Obras de misericordia. Una de ellas me pide consolar al triste, aliviar al que tiene el corazón roto, al que está hundido en su dolor, en su amargura. Yo puedo ser motivo de alegría y de esperanza. Puedo ser bálsamo para los que están sufriendo. Me gustaría serlo. No siempre tengo esa capacidad. No siempre trato con cariño y delicadeza al que lo necesita. No siempre acojo al que espera ser acogido. No trato con bondad al que está más herido. No me doy cuenta y paso por alto sus necesidades. No soy instrumento de sanación, no traigo consuelo. Me gustaría en este Adviento tratar de consolar al que está desolado. No podré reemplazar a Dios en su vida. No podré llegar tan lejos como llega el Espíritu Santo. Pero es posible ponerme en manos de Dios para que haga milagros conmigo. Cuando estoy consolado, cuando tengo paz, cuando ha desaparecido la rabia de mi corazón, entonces puedo consolar mejor a los demás. Conocerme, aceptarme, perdonarme, perdonar, dejar que la luz de Dios entre en mi cueva oscura, es el único camino para poder ser yo instrumento de sanación y paz para muchos. Si dejo que Jesús nazca en mí, aunque me resista con tanta violencia. Si dejo que su luz acabe con mis sombras. Si nace en mí Jesús, sé que algo va a cambiar en mi interior. Y entonces podré aliviar al afligido, consolar al que está roto. Podré hacer un camino desde dentro hacia fuera. Desde lo más hondo de mi cueva a la luz que me espera.

Me gusta la imagen del camino. El dinamismo, el movimiento. No quiero quedarme quieto en este Adviento. Quiero comenzar a andar. Hacia el mundo, hacia dentro. Quizás el camino más difícil es el que inicio hacia mi corazón. Ese camino que pasa por la autoaceptación. Sé que sólo podré aceptarme cuando me sienta y experimente muy amado y querido por Dios en lo más profundo de mi corazón. Tal vez por eso tengo que preparar este camino del que me habla el profeta. Preparo el camino que dejará que Dios venga a mí, calme mis ansias y apacigüe mis miedos: «En el desierto abrid camino a Yahveh, en la estepa trazad una calzada recta a nuestro Dios». Quiero que venga hasta mí porque Él me quiere como soy, no como debería ser. Me acepta de forma incondicional, me mira como nadie antes me ha mirado. ¿Por qué me cuesta tanto creerme su amor? Porque en mi vida he encontrado a personas que no me han amado así, me han despreciado y humillado. Y esa herida del desamor se la he achacado a Dios. He pensado que Él era ese amor humano, o un reflejo de ese amor imperfecto. Me he creído entonces que Dios sólo me amaba si lo hacía todo perfecto. Y poco a poco esa idea de Dios juez ha cobrado fuerza en mi alma. Pero no es así. Dios no es así, no es como yo, no es como ese juez que reúne pruebas contra mí y pone en duda mi sanidad mental, mi capacidad, mi integridad moral. No es así Dios, aunque me lo parezca a veces. No es ese el Dios en el que quiero creer. Me cuesta sacarme del corazón esa imagen tan equivocada de Dios. Él me ama como soy, quiere mi crecimiento y sueña con mi plenitud. Sabe cuál es mi potencial. Ha sembrado en mi alma una semilla que un día dará su fruto. Sabe cómo soy por dentro. Y es curioso, resulta que es mi debilidad, mi pecado, mi pobreza e imperfección lo que despierta su misericordia. No me ama gracias a todos mis méritos y buenas obras. No me quiere con locura porque haya realizado grandes milagros. No son mis actos inmaculados los que más despiertan su amor. Es una sorpresa, pero es mi pecado el que me acerca a Él. Entonces ya no me alejo de su rostro, no me escondo. Llego hasta su lado con todo mi pecado, humillado y siento que mi dolor, mi fragilidad me acercan a Él en lugar de alejarme. En su presencia recibo un perdón misericordioso e incondicional. ¿Cuál es el camino que me une con Él? Es mi camino, ese que recorro a su lado. Él está junto a mí y siento que es un Dios impotente, indefenso. Es casi como si yo tuviera que protegerlo a Él. Y Dios me mira como ese niño en el pesebre, pobre e indefenso y despierta mi ternura. Y creo que yo soy el poderoso y Él el indefenso. Que yo lo protejo y Él suplica mi protección. Hasta que sufro mi pecado, mi humillación, mi debilidad. Y entonces siento que su poder sacar lo mejor de mí y me eleva por encima de todo mi barro. Es entonces mi camino un camino llano por el que puedo transitar con Él a mi lado. Tomado de la mano de ese niño que parece no salvarme, pero lo hace cuando no me doy ni cuenta. Quiero preparar ese camino donde tiene lugar el encuentro. Quiero salir de mí mismo, tirando los muros, destruyendo las barreras que no me dejan darme. Quiero tocar su amor que me salva cuando yo ya no soy capaz de salvarme a mí mismo, cuando me he decepcionado una y otra vez de mi poco poder. Cuando ya no puedo hacer nada por llegar a la meta, Él sale a mi encuentro y me ama. ¿He experimentado alguna vez ese amor inmenso que Dios me tiene? Ese amor sana todas mis heridas. Y sólo entonces, en ese abrazo en medio de mi camino, surge la propia aceptación de mi debilidad. Sólo puedo aceptarme si he experimentado el amor incondicional de Dios en mi espacio interior, en la oración, o a través de personas concretas que me han amado así. Dios me elige una y otra vez y toma mi mano. No lo elijo yo a Él, es Él quien me busca. Yo debo ser capaz de afirmar esta verdad, incluso aunque el mundo no me elija y me olvide. Mientras sean el mundo, mis amigos, parientes, jefes, conocidos, quienes decidan si he sido elegido o no, si valgo o no, si soy digno de ser amado o no lo soy, estaré condenado a la infelicidad y viviré cada día intentando demostrarles a todos cuánto valgo. La presión del mundo es muy fuerte y tiende a empujarme a las tinieblas de la duda sobre mi valor. Caigo en el menosprecio o el rechazo. Me pongo inseguro, dudo de mí, tengo miedo de ser rechazado, y soy entonces fácilmente manipulable por quienes me rodean. Veo con claridad mi pecado, mi debilidad y creo que nadie podrá quererme como soy. Me equivoco. Quiero recorrer el camino eterno que me separa de ese abrazo con Dios. Sueño con el cielo, con estar siempre con Él. Hoy dice el apóstol: «Pero esperamos, según nos lo tiene prometido, nuevos cielos y nueva tierra, en lo que habite la justicia. Por lo tanto, queridos, en espera de estos acontecimientos, esforzaos por ser hallados en paz ante Él, sin mancilla y sin tacha». Quiero cuidarme en este Adviento, intentar vivir sin mancha a su lado. Sé que fracasaré muchas veces, pero no temo ningún mal porque Dios me ama con locura. Él me quiere más allá de mis pecados y caídas. Él ama mi alma como es, débil y con heridas. No me quiere perfecto, sabe cómo soy, y desea estar conmigo cada día.

Quiero en este Adviento allanar la montaña de mi vanidad y mi orgullo. Quiero que se levante el valle de mi tristeza, de mi desaliento y cobardía. Miro mi corazón enfermo y siento que es una tarea ingente la que tengo por delante. ¿Por qué me afectan tanto ciertas cosas que oigo, que me dicen? ¿Por qué reacciono de forma desproporcionada? Hay orgullo dentro de mí. Me puede. Ese orgullo mío me mata. Quiero vencer las aristas que me hacen inabordable. No soy puerto seguro en el que otros puedan descansar y anclar su barca. Las olas de mi rabia, de mi rencor, me matan por dentro. Algo se quema dentro de mí y no lo entiendo. No logro atisbar una paz lejana. Si el viento de su poder lograr calmar mis propios vientos. Si la calma de su corazón limpiara mi propia violencia interior. Se desbordan dentro de mí emociones ocultas en lo más secreto de mi alma. Que asoman en lágrimas o en tristezas que no controlo. Y yo quiero que la razón se imponga. Y el buen juicio. Y no dejarme llevar por la marea de emociones de la que no soy dueño. ¿Cómo se calman las olas del mar embravecido? ¿Cómo se apaciguan las llamas del incendio? ¿Cómo logro alegrarme cuando estoy triste? Jesús quiere que le prepare el camino, que me vista de espera y anhelo, que cambie la violencia de mi alma por la paz de un Niño que viene a llenar el vacío de mi corazón. Pienso en la carrera que tengo que recorrer. Sé que los cambios no son fáciles. No quiero que sucedan de repente. Todo lleva su tiempo y tal vez tocaré el fracaso en muchas de las cosas que quiero sanar. Sólo sé que es verdad lo que hoy escucho: «No se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, sino que usa de paciencia con vosotros». ¿Cómo puedo hacer para que se cumpla su promesa en mi vida? Necesito la misma paciencia que Dios usa conmigo. Vencer mi orgullo y vanidad. Aceptar con humildad todo lo que me sucede. No enojarme cuando nada resulta como deseo. Vivir con paz en el alma incluso en medio de las tormentas. Mi peor enemigo sigue siendo la tristeza. Se apodera de mí como una nube negra, como una marea oscura que me quita la paz y la alegría. Y la cobardía me impide luchar y aspirar a las cumbres más altas. En este Adviento me pongo en pie. Le preparo el camino al Señor. Invierto tiempo en esta tarea inmensa que pone ante mis ojos. No me desaliento. A pesar de la tristeza que pueda quitarme la paz. Decía Sor Verónica fundadora de Iesu Comunio: «Quien ama a sus hermanos más que a sí mismo es liberado de la envidia, de la indiferencia. Quien ama y se sabe amada lejos de entristecerse por el don del hermano puede llenarse de gozo por el bien que obra Dios en sus hermanos». Amar a los otros más que a mí mismo. El Adviento hace que ponga la mirada en mi hermano. Somos familia. Salgo de mi egoísmo para abrirme al otro. Quiero que sea feliz, que sea pleno. Quiero que su vida sea dichosa. No tengo miedo a perder la vida por amor. Entonces la tristeza desaparece porque estoy pensando en la alegría de los demás. Y me alegro de sus logros, de sus éxitos. No vivo pensando en lo que a mí me falta. Un camino fácil abro ante Dios. Así es el camino que voy forjando en mi corazón. Lejos del orgullo vivo la humildad de los que no tienen nada, de los despojados, de los pobres que lo han perdido todo. Vivo con paz en medio de la carencia y no me turbo con las contrariedades. Esa paz es la que le suplico a Dios en esta segunda semana de camino. Pienso en mis orgullos y vanidades. Pienso en mi cobardía que no me deja avanzar y vencer lo que no le pertenece a Dios en este tiempo. Pienso en todas las batallas que tengo por delante y el corazón se alegra. No me desaliento, no pierdo la fuerza. Sigo adelante con alegría sabiendo que sólo Dios puede calmarme y construir sobre la piedra de mi miseria. Sólo confío en el poder de Dios que lo puede hacer todo nuevo en mí. Puede allanar todos los caminos y hacer posible una vida nueva, más alegre y plena. No dejo de confiar y me abro a su presencia. Dios viene, se hace carne y acampa en medio de mis miedos y nostalgias, de mis angustias y tristezas. Y me da su alegría.

 

Enviado por:

 

Jesús Manuel Cedeira Costales.

domingo, 20 de diciembre de 2020

Finalizamos la XII Operación Carretilla con un balance IMPRESIONANTE

 



Es la misión distintiva de las Hermandades y Cofradías el ejercicio del culto público, se hace preciso subrayar que es éste el fin primordial de nuestra Hermandad y viene a ser, por coherencia con el espíritu fundacional, la fuente de donde se derivan todas las obligaciones de los hermanos para con Dios y para con la Iglesia. Así pues, la Fe, la Esperanza y la Caridad serán robustecidas mediante el culto público, que deberá ser practicado con la humildad propia del cristiano, y con la dignidad que corresponde a aquellos a quienes tributamos este culto.




El dinamismo apostólico y evangelizador de la Hermandad, la formación espiritual y el progreso en la caridad de cada uno de sus miembros están tan estrechamente ligados a este fin cultual, que se procurará por todos los medios posibles que el culto público sea practicado con tal sinceridad de corazón, que constituya éste el cimiento desde donde se edifique, para el bien de la Iglesia, una verdadera fraternidad cristiana, fuerte en la fe, segura en la esperanza y rica en el amor.






¡GRACIAS OVIEDO!

Finalizamos la XII Operación Carretilla con un balance IMPRESIONANTE ... de verdad, ¡GRACIAS!

"Bajo la protección de María, porque ¡DIOS LO QUIERE!"


Enviado por:

 

Jesús Manuel Cedeira Costales.

1

CARTAS DE ESPERANZA 20 DICIEMBRE DE 2020

 



20 de diciembre de 2020

 

Hermano:

«Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme».

«Dios me ama por encima de todo y me quiere en mi pobreza. Ese amor incondicional me levanta, me eleva, me sana. Dejo de lado todas las mentiras que me hacen daño».

La verdad me hace libre, lo sé pero lo olvido. No siempre me resulta tan fácil reconocer mi verdad. Saber si lo que siento, pienso o hago es lo verdadero. O si no me estoy engañando a mí mismo. Ser capaz de reconocer que yo hago las mismas cosas que critico en otros es sano, me hace más libre, más humilde, más pobre. Reconocer mi verdad y aceptarla me sana por dentro. No saber quién soy, qué hago mal, qué no hago, me esclaviza. Saber todo eso de mí me libera, ignorarlo me condena a seguir viviendo sin comprender lo que otros ven en mí. Me lleva a vivir en guerra con los demás que me acusan de aquello que no creo hacer. No soy consciente de mi agresividad, de mi orgullo, de mi vanidad. Pienso entonces que los demás me tienen envidia. Ellos quieren ser como yo y al no lograrlo hablan mal de mí. Y yo no sé que lo que despierto en otros no es culpa de ellos, es responsabilidad mía. Yo soy de una manera y no de otra diferente. Lo que ven en mí los demás no necesariamente coincide con lo que yo veo. Y me lo dicen y yo me rebelo molesto, porque me hacen daño sus acusaciones. No acepto las verdades que me lanzan como piedras. Quieren mi mal, pienso. No quiero engañarme pero no creo ser como los demás me ven. Estarán equivocados, seguro, pienso en mi corazón. Ellos no me conocen tan bien, yo sí me conozco. Pero me engaño. La mentira se apodera de mí y me permite estar seguro. No pretendo engañar a nadie, simplemente me engaño a mí mismo. Isabel Serrano-Rosa comenta: «Las personalidades más proclives a mentirse a sí mismas son las narcisistas, cuya idea grandiosa de su persona no se corresponde con la realidad». Y así vivo una mentira que para mí se convierte en una verdad irrefutable. ¿Cómo puedo conocer la verdad de lo que soy? ¿Cómo distinguir mis intenciones más ocultas? ¿Por qué vivo pensando que el mundo me debe algo? Vivo en tensión porque no quiero que los demás me conozcan en mi interior. Veo heridas y pecados que quiero ocultar. Entonces no miento, pero tapo con pudor. No tengo por qué exponer mi fragilidad. Eso sí, mi debilidad expuesta me hace más humilde. Que los demás me traten de acuerdo con mi verdad es una humillación que me hace más libre, más niño. Las mentiras sobre mí mismo no me hacen bien. Como leía el otro día: «Con las mentiras se puede llegar muy lejos. Pero lo que no se puede es volver». No puedo volver desde mis mentiras. Me alejo de mi camino de felicidad, de mi plenitud. Aceptar que soy frágil me ayuda a crecer. Decía Rafa Nadal: «Mi cabeza tiene el talento para seguir dándome oportunidades, continuar trabajando y aceptar los fallos para seguir haciéndolo mejor». Y su tío Toni Nadal decía de él: «La búsqueda de la objetividad y evitar el engaño no ha impedido que tuviera la máxima confianza en las posibilidades de Rafael». Cometer errores, ser torpe y débil no es el final de nada. Es más bien el comienzo de un nuevo camino de plenitud. Aceptar los límites es lo que me permite crecer. No ver los límites es vivir en la mentira. Me siento mejor por un tiempo, pero no crezco. Por eso es tan importante besar la realidad como es y soñar con lo que puedo llegar a ser. Puedo hacerlo mejor, puedo crecer, no estoy condenado siempre al fracaso. Puedo crecer por encima de mis fragilidades y roturas. La verdad de lo que soy es sanadora. Me enfrenta con mis límites y pecados pero siempre desde la verdad de lo que hay en mí. En ocasiones un pecado público, una caída humillante, un fracaso flagrante, ese olvido de los que antes me ensalzaban, pueden ser una oportunidad para ser más de Dios, para vivir más en la verdad, para crecer en mi camino de santidad. No quiero vivir engañándome a mí mismo. Tengo claro que mi pecado me ha dejado dañado por dentro y quiero darle mi sí a lo que soy. Acepto lo que hay en mí, lo que vivo y tengo. Escucho lo que los demás me dicen, porque en ellos veo a Dios hablándome siempre. Cuando me critican por algo que he hecho mal, me alegro porque esas críticas me ayudan a profundizar en lo que de verdad soy. No me siento herido en mi orgullo, no me aferro a esa imagen idealizada que tengo de mí mismo. Tengo claro que no merezco ninguna alabanza. Sé que una crítica puede hacerme crecer mucho más que cientos de alabanzas recibidas. Esa verdad que hay en mí es la que acepto y reconozco sin pudor. Soy yo con mis límites y torpezas. ¿Por qué no logro ver lo que otros ven? Me engaño de forma obsesiva. Es como si no necesitara a Dios. Me empeño en poder llegar yo solo sin ayuda a todas partes y no lo logro. Vivir desnudo es muy difícil. Me escondo, me protejo, me guardo. Estoy dividido y sólo Dios es el que logra que esté unido en mi interior. Quiero alabar a Dios en mí, en lo que hace conmigo. Mis heridas y enfermedades, mis roturas y límites me hacen daño. Quiero reconocerme pobre ante los demás, ante Dios. sin protegerme, sin vivir defendiéndome. Si alguien me dice que soy orgulloso, no tengo que pedirle que me lo demuestre. Si alguien ve en mí debilidades, no tengo que apartarlo de mí ofendido echándole en cara sus propios defectos. Quizás me ha mandado Dios a esa persona para ayudarme a cambiar, a crecer, a aceptarme en mi realidad. Cuando caigo, y escucho los juicios ofensivos de los que no me quieren, en mi cabeza, en mi corazón, me doy una nueva oportunidad. Dios me ama por encima de todo y me quiere en mi pobreza. Ese amor incondicional me levanta, me eleva, me sana. Dejo de lado todas las mentiras que me hacen daño. Y veo con alegría ese niño herido que hay en mi corazón. 

Soy un incapaz en mi forma de amar y darme a los demás. No sé amar con toda mi alma, no sé renunciar cuando amo. Es como si temiera salir herido. Puede ser por mi historia, por mi pasado. Pienso que en la vida voy dañando con una mano y con la otra prodigando ternura. Puedo ensalzar y denigrar casi al mismo tiempo. Puedo sanar y herir sin poder evitarlo. Siempre aparecen ante mí los dos caminos y yo elijo. Y lo que elijo me hace crecer o disminuir. Ser mejor o peor persona. Con un corazón más grande o con un corazón más mezquino. «Si bien usted ama, ama primariamente ideas, no tanto personas. Así es también su amor a Dios. Usted ama en Dios mucho más una idea que a Él mismo» . Puedo quedarme en las ideas. La idea que tengo de esa persona, la idea que tengo de Dios. Pero no me confronto con su humanidad, con su fragilidad, con sus límites. Amar en lo humano, más allá de las ideas que me atraen, pasa por amar la realidad de la persona amada. Amarla con sus talentos y sus defectos. Amarla con sus complejos y virtudes. Con su cobardía y su valor. Con su estrechez de miras y con su anhelo de santidad. Es amar al otro en su verdad y no en esa verdad que prefiero querer. Un amor nuevo es el que necesito para dejar de ser un discapacitado en el amor. Quiero querer bien, sin barreras que me impidan crecer. Pero el propio desamor en mi vida me ha dejado herido. He tocado mis propias experiencias con dolor. Y no sé percibir lo que el otro necesita. Interpreto, prejuzgo, tengo la medida tomada y creo saber lo que quiere. Pero me equivoco. Muchas veces pretendo hacer el bien, salvar a los otros amándolos. Y no lo consigo. Hago que huyan y se vuelvan esquivos. Malinterpretan mis palabras, mis gestos, mis silencios, mis omisiones. Quiero amar bien y amo mal. O tal vez es como he aprendido a amar a fuerza de ser amado o herido. Y anhelo un amor perfecto que no poseo. Una intimidad que no logro. Un respeto que no tengo ni recibo. Deseo el bien de aquel a quien amo y a menudo es mi bien el que consigo. La herida, de nuevo esa torpeza mía para querer. Busco educar a quien amo. Pretendo que cambie, que mejore. Me digo a mí mismo que es por su bien, que luego será más feliz. Pero a veces creo que lo que busco es mi propio bien. No quiero que sus defectos me molesten y trato de pulirlos a golpe de hacha. Intento cercenar las partes incómodas, limar las aristas, pulir lo que está sin brillo. Me erijo en educador de otros como si yo ya estuviera educado. Mi pobre amor tan limitado. Hoy escucho cómo es el amor de Dios, el de ese buen Pastor que cuida a sus ovejas: «El Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar. Me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa. Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término». Yo no sé amar así. No logro salir de mí mismo de esa manera para ponerme frente a quien me ama. No soy un remanso en el que pueda descansar. No soy el lugar en el que pueda beber en aguas tranquilas. Estoy en tensión, no me detengo. Quiero escuchar con respeto y paciencia al que llega hasta mí a descansar en mis verdes praderas. Pero el tiempo urge y no puedo detenerme sin hacer nada. Como si escuchar no fuera tan importante. La vida se juega en compromisos, en entregas, en cumplimientos. Y la escucha parece una pérdida de tiempo innecesaria. Miro hoy a Jesús para que me enseñe. Un amor paciente, un amor que calla, un amor que no juzga, un amor que enaltece, un amor que se asombra, un amor que admira, un amor que busca siempre el bien del amado, un amor que aguarda sin exigencias, un amor que acepta al otro sin querer cambiarlo, un amor que no manda, un amor que es dócil, un amor generoso, un amor transparente. ¿Y si después de amar así a mí no me aman de la misma forma? ¿Y si no me aman a mi manera? Se rompe mi esperanza y me lleno de amargura. Decido no dar más y me guardo mi tiempo, mi vida, por miedo a no recibir lo mismo que he entregado. Si a mí no me acogen, ¿para qué voy a seguir yo acogiendo? Si a mí no me respetan, ¿Por qué tengo que seguir respetando? Entonces me comparo desde mis heridas. Son las que deciden lo que está bien y lo que está mal. Si no logro perdonar, si no logro superar mis decepciones, voy a sembrar siempre desamor a mi paso. Voy a fracasar en todos los amores que trate de hacer crecer.

La soledad es un mal de mi tiempo. Esa soledad que la pandemia ha acentuado al confinarme en mi casa, solo. Miro la vida de tantas personas que se encuentran solas y viven atrapadas en redes sociales. Solos sin contacto humano y con muchos vínculos virtuales. Faltan abrazos y caricias. Diálogos y silencios en intimidad. Falta compartir las penas y las alegrías. Falta amor en los vínculos que sanan el alma. Y el corazón llora en silencio. El otro día leía una reflexión de Inma Álvarez en Aleteia: «La percepción subjetiva de soledad: el 38,5% afirma que no se siente querido por nadie, el 21,1% afirma que no tiene un grupo de amigos. El 17,6 % siente que no tiene a nadie a quien llamar. Las relaciones personales también flaquean: El 10,8% dice que no tiene a nadie de confianza con quien hablar, y más de una de cada cuatro personas dice que no habla nunca o casi nunca sobre sus sentimientos o inquietudes con otros». Me impresionan los datos. Son cifras frías que hablan de una realidad dura. La soledad forzada, el silencio obligado, el corazón cerrado a la fuerza. Veo a muchas personas que están solas pero no desean estarlo. No tienen a nadie con quien hablar de su vida, nadie con quien compartir sus sentimientos, nadie en quien dejar su dolor, nadie que les ayude a calmar su angustia, nadie que les haga sonreír y les quite algo de su pena. Hay muchas vidas solitarias y perdidas. ¿Qué puedo hacer? Me conmueve ese dolor que hiere las entrañas. Brota con fuerza ese deseo de encontrar a alguien en medio del camino, del desierto. El amor nunca se puede exigir, ni un abrazo. Este confinamiento obligado sólo ha aumentado la sensación de aislamiento de muchos. Han surgido más barreras, más distancias, más muros. Hay más soledad a mi alrededor para ser precavidos y evitar el contagio. La soledad se convierte en un mal frecuente. ¿Me encuentro solo? Dentro de mi camino, de mi familia, entre mucha gente, ¿me siento solo? Quizás tengo muchos amigos en cifras, mucha gente conocida, muchas personas que me conocen y yo las conozco. Muchos en mis redes sociales, pero nadie con quien hablar de mis cosas más íntimas. Nadie que permanezca en los momentos más difíciles, en medio de mis dudas y lágrimas. Sé que no ha nacido el hombre para estar solo, para no tener vínculos, para vivir en esa soledad de paredes vacías y puertas cerradas. Uno puede vivir el infierno en la tierra. Rechazo esa soledad muda que me empobrece y me endurece. Hoy escucho que Dios va a salir a buscarme cuando esté solo y perdido: «Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro. Como sigue el pastor el rastro de su rebaño, cuando las ovejas se le dispersan, así seguiré yo el rastro de mis ovejas y las libraré, sacándolas de todos los lugares por donde se desperdigaron un día de oscuridad y nubarrones. Buscaré las ovejas perdidas, recogeré a las descarriadas; vendaré a las heridas; curaré a las enfermas: a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré como es debido». Dios va a venir a mi soledad, cuando esté perdido, desperdigado, herido. Cuando me encuentre sin rumbo y sin nadie a quien recurrir. Cuando no tenga a nadie con quien compartir la vida y no sepa dónde ir. Él va a venir a mí para que pueda descansar a su lado, recostado sobre su pecho, dormido sobre sus hombros. «Nunca tendremos un motivo justificado para quejarnos de una soledad insoportable. Dios está presente en nosotros en todo momento como nuestro compañero de amor. Y no sólo del modo en que lo está en las demás criaturas sino de una forma inefablemente más íntima y viva a través de la gracia» . Dios no quiere que esté solo. Quiere que ame y me sienta amado. Quiere que tenga vínculos sanos que me enseñen cómo es el amor de Dios en mi vida. Por eso viene hasta mí para que note su presencia, para que no pierda la paz. No quiere que esté solo, quiere que viva en comunión de amor con otros. Y me enseña a salir de mí. Comenta T. S. Eliot: «¿Qué es el infierno? El infierno es uno mismo, y es solitario. No hay allí nada de lo que se pudiese huir ni adonde se pudiese huir. Se está siempre solo» . La soledad en la que me encierro es mi infierno. Contradiciendo a Sartre que decía que el infierno eran los otros creo yo que es justo lo contrario. Los otros pueden ser mi cielo, mi salvación, mi salida. Pueden ser el abrazo que me saque de mi amargura en soledad, el beso que me levante de la muerte, la mirada que crea en mí cuando yo dudo. Los otros pueden ser mi camino de esperanza, mi hogar donde echar raíces, mi entorno sagrado en el que poder ser yo mismo. Entonces la soledad es el infierno del que huyo. No quiero esa soledad que me atrapa en la que me alimento de mi propia indigencia y frustración. Dios no quiere que me amargue en soledad. Eso es lo contrario al cielo, no me salvo solo, no soy feliz solo. Jesús viene a mí para que experimente su amor y pueda salir de mí a dárselo a otros. Que no me aísle es lo que desea. Que no tema arriesgar mi vida amando. No puede ser que haya tanta gente sola. Algo está fallando. El infierno es esa soledad.

 

Enviado por:

 

Jesús Manuel Cedeira Costales.

viernes, 18 de diciembre de 2020

CARTAS DE ESPERANZA 18 DICIEMBRE DE 2020


18 de diciembre de 2020

 

Hermano:

«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra».

«Dios prefiere una vida accidentada, pero llena de amor humilde, antes que una vida perfecta, llena de resentimiento. Siempre se alegra cuando busco en mi interior lo que desea de mí».

Estoy llamado a la santidad, eso no quiero olvidarlo. El otro día escuché una definición obre santidad que me dio qué pensar: «Los santos no son más que la buena voluntad de los hombres canonizada». La buena voluntad llevada a los altares. Me gusta ese concepto. A veces pienso que los santos nunca yerran, no se cansan de hacer el bien, llegan a todo, cumplen con todo. Nunca están tristes ni pierden la paciencia. No caen en el orgullo en ningún momento. Jamás pecan de egoísmo ni de soberbia. Pienso que lo santos han de cumplir todas las normas. Amar siempre a Dios por encima de todo y con toda el alma. Respetar a sus hermanos amándolos por encima de sí mismos. Un concepto de santidad universal en el que nadie encaja, al menos nadie que conozca. Leo historias de santos y espero encontrar milagros, vidas ejemplares que yo no puedo imitar, actitudes perfectas. Espero de ellos la infalibilidad. Espero que no me fallen nunca y siempre estén a la altura en sus actitudes y comentarios de lo que se espera de ellos. Una vida ejemplar muy lejos de la mía, me siento tan imperfecto. Entonces es como si la santidad no tuviera que ver conmigo. Es algo reservado sólo para unos pocos desconocidos. Los miro de lejos, no conozco sus errores y no tengo acceso a su piel humana frágil y falible. Ese concepto de santidad que a veces me han transmitido me desconcierta. Me piden un amor perfecto que no poseo. Me piden un cumplimiento riguroso de todo y no llego. Y luego me dicen que sea santo imitando las vidas de esos santos lejanos e inmaculados. Yo no soy de esos. Por eso me gusta esa definición. Se canoniza mi buena voluntad, mi pobre deseo de hacer el bien, de llevar a Cristo encarnado en mi corazón tan débil y humano, tan impuro y frágil. Pienso que la santidad de cada uno es diferente. Escribe el beato Carlo Acutis: «Todas las personas nacen como originales, pero muchas mueren como fotocopias». El santo no muere como una fotocopia de los demás. muere siendo fiel a sí mismo, a su misión única, a su carácter y temperamento. Fiel a la madera con la que Dios puede tallar en él una obra de arte. Fiel al barro con el que el Alfarero hace el mejor jarrón humano. Es Dios el que se hace fuerte en mi alma única. No quiere Dios fotocopias, esclavos de galera. Necesita hombres libres fieles a su originalidad. Me necesita fiel a mí mismo y luego Él hará el resto. Como hoy escucho: «¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!». La santidad no es el triunfo de la fuerza de voluntad del hombre. Es más bien el triunfo de Dios en mí, en mi alma, en mi vida pobre y limitada. Es Él quien ensancha mi universo, despeja las nubes, acrecienta el amor de mi alma y me hace capaz de cruzar mares revueltos en medio de la tempestad. Es Él quien sostiene mi vida para que se revista de su luz. El que aclara mis sombras y despeja mis dudas. Es Dios el que me sube a la altura de sus ojos para decirme muy quedo que me ama. Es Él quien respira dentro de mí y me enseña a pronunciar su nombre con voz temblorosa. Y no pretende que siempre diga lo correcto, lo haga todo bien y salve a todas las vidas perdidas que encuentro. Porque es Él quien salva y no yo. Es Él el que levanta al caído y no yo con mis débiles brazos. Es Él el que sostiene al pobre y perdido y no yo cuando me lleno de orgullo pretendiendo ser el salvador de todos. Hoy escucho en el salmo: «Esta es la generación que busca tu rostro, Señor». Yo busco su rostro. Yo quiero conocer a Jesús. Mi buena voluntad prevalece. Quiero llegar a las alturas. Tengo una voz en mi interior que me dice cómo tengo que vivir. La escucho. No me doblego a los moldes que el mundo me ofrece. Ni siquiera a los moldes que a veces la misma Iglesia parece ofrecerme. Quiero ser fiel a la misión que me confía Dios en medio de mi camino. Quiero ser ese niño que se levanta cada mañana dispuesto a tocar el cielo. Dispuesto a abrazar a ese Dios que me ama por encima de mis miserias y me quiere tal como me ha creado. Con mis talentos y defectos. Con mis grandezas y límites. Con mi barro va a hacer maravillas. Mi propia herida, esa provocada por otros o por mi propio pecado, va a ser una fuente de vida y luz para muchos. Porque es Dios el que da luz a mis actos, el que ilumina mi camino. Es Él en mí y yo dentro de Él, cubierto por su manto. Es su amor el que me da la fuerza. «La historia de vida de los santos nos enseña que, por lo común, comenzaron a entregarse heroicamente a Dios cuando se creyeron y experimentaron tratados por Dios como la niña de sus ojos»6. La santidad no consiste en vivir en tensión por no saltarme ninguna norma, por respetar todas las señales, por vivir cumpliendo todo lo que me piden. La santidad no es un libro en perfecto estado, sin anotaciones en los márgenes, ni manchas, ni desperfectos. No es canonizado mi mérito, sino mi buena voluntad. Mi deseo por hacer el bien, mis ganas de dar la vida. El sueño de ser fiel hasta el fin de mis días. Mis ansias de amar a los demás y a Dios con toda mi alma, con todo mi ser.

Tienen las bienaventuranzas un poder que transforma la realidad. Hoy escucho a Jesús hablar desde lo alto del monte a una muchedumbre de la que formo parte: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo». Todos quieren ser felices. Yo también lo deseo con todas mis fuerzas. Quiero ser bienaventurado, bendito, feliz. Quiero ser tocado por Dios desde lo alto. Quiero tener una vida plena. Y tengo claro que una vida plena no depende de lo exterior, de lo que todos ven. Una vida aparentemente plena puede no serlo cuando escarbo suavemente levantando la piel. Y veo entonces lo que de verdad habita en el alma, una profunda insatisfacción, un gran vacío. No es oro todo lo que reluce. No está bien todo lo que parece estar en orden. Tampoco está mal lo que huele a fracaso. Es todo más complejo, más sutil o quizás más sencillo. Mi vida puede ser infeliz cuando yo decido que así lo sea. Puede ser plena cuando mi mirada la ve completa. Sé que todo sucede en lo más hondo de mi corazón. Bienaventurado yo cuando ría, cuando llore, cuando me persigan, cuando fracase. La bienaventuranza de Dios me dice que mi vida es perfecta siendo imperfecta. Me dice que la felicidad está dentro de mí, al alcance de mi mano, y no fuera. Que nadie puede quitarme un ápice de paz, ni de alegría. Nadie puede decidir cómo ha sido mi vida, cómo soy yo. Sólo yo tengo las riendas de mi vida. Puedo reír, puedo llorar, puedo amargarme, puedo ser feliz. El juicio de los demás no me condena, sólo el mío lo hace. Cuando no me perdono errores perdonables, cuando no acepto mis propias decisiones mal o bien tomadas, ya no lo sé. Soy yo el que echo, por tierra todos mis sueños y hago fracasar mis ilusiones, llenándome de amargura. Comentaba Jesús Adrián Romero: «Miro mi historia y confieso que tengo muchas razones para ser feliz». Miro el pasado y veo una felicidad que supera mis expectativas. Tantos motivos para la alegría, para agradecer. Soy yo el que veo el vaso medio vacío o medio lleno, la vida medio fracasada o completamente feliz. Tiene mucho que ver la santidad con la felicidad, lo sé muy bien. El santo es un hombre feliz porque confía. Comenta Eduardo Punset: «La felicidad es la ausencia de miedo». El miedo desaparece cuando mi vida descansa en Dios y Él sostiene tranquilo el timón de mi bote. Es en Él en quien reposa la vida de los santos. En esos hombres de Dios, niños confiados, se hace realidad la paradoja de las bienaventuranzas. Lloro de compasión por el que sufre y soy feliz en mis lágrimas. Lloro por el amor perdido, por la ausencia de los seres amados, por el fracaso que no quería, y permanezco feliz, porque me sostiene Dios. Soy perseguido de forma injusta y fracaso habiéndolo intentado, me difaman e insultan, mancillando mi nombre, mi fama y soy feliz, porque de Dios dependo totalmente, y no del juicio de los hombres. Vivo en la incertidumbre de esta vida sin controlar nada y soy feliz, porque no tengo miedo a perder nada de lo que poseo, porque todo lo he puesto desde el comienzo en las manos de Dios. Y confío en su amor que me sostiene en medio del camino lleno de amenazas. No importa, sus manos me levantan antes de caer o después de haber caído. En momentos tan duros como los que hoy vivo mi felicidad no me la dan las noticias amenazantes que escucho con pavor, ni los mejores augurios. No descansa mi paz en lo que los hombres hacen, en las medidas que adoptan para evitar los contagios. No soy más feliz si me desconfinan, ni me amargo al ser confinado. Vivo en la paz que de Dios que me sostiene. Mi felicidad tiene que ver con mi forma de vivir en Él, arraigado. Soy bienaventurado si confío, porque el Reino es mío, me pertenece. Estoy hecho para el cielo, mientras dejo mi semilla en la tierra. Soy bienaventurado porque el amor de Dios sostiene mis pasos y me regala el poder caminar confiado. Nada temo porque todos mis miedos se los he entregado a Él y le he dicho que no se aparte de mí. Los santos no son perfectos, no lo hacen todo bien, simplemente se han despojado de muchas pretensiones. Y han aprendido a vivir pegados a Dios, anclados en su pecho, en su costado abierto, en la herida de su alma.

El mundo me ofrece otras bienaventuranzas. Me dice que seré feliz si tengo éxito, si estoy delgado, si soy atractivo. Me dice que coma sano, que cuide mi descanso, que busque momentos de paz apartándome de las personas tóxicas que me hacen daño. Me promete la felicidad si me marco objetivos altos y los logro. Bienaventurado seré si me mantengo joven sin importar la edad que tenga. Si consigo que muchos me sigan y me admiren, sin jamás criticar nada de lo que hago. Persigo una felicidad inestable y pasajera que el mundo me promete como una certeza si cumplo ciertas condiciones. Pero fallo y veo que no soy feliz. Mi plenitud cada día se pone a prueba. No está asegurada nunca porque es todo tan voluble y pasajero. Como lo es mi propio ánimo, tan cambiante. Esa felicidad que el mundo me promete se vuelve esquiva y desaparece rápidamente. Una contrariedad, un fracaso, algo inesperado. Cualquier cosa puede alterar los planes marcados. La felicidad de la que me habla Dios es otra. Es otro el camino, otra la actitud. El mismo F. W. Nietzsche comenta: «¡Hombres más expuestos al peligro, más fecundos, más felices! Porque el secreto para cultivar la existencia más fecunda y gozosa consiste en vivir en medio de peligros. ¡Construyan sus ciudades al pie del Vesubio!». los santos son hombres expuestos al peligro que viven tranquilos y confiados al pie de un volcán a punto de entrar en erupción. Hombres que se entregan a Dios en medio de los peligros que los acechan. Para vivir así en la dificultad hace falta un corazón que repose en Dios. Hoy escucho las palabras de S. Pablo: «Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en Él se purifica a sí mismo, como Él es puro». Quiero ser como Él, asemejarme a Él en su pureza. Mi felicidad no depende de mis logros ni de todo lo que pueda conseguir con mi fortaleza. Quiero poner mi confianza en sus manos. Sólo Él puede conducir mis pasos y salvar mi vida. Esa certeza me sostiene, soy hijo de Dios. Y la santidad consiste en vivir como hijo de Dios, en vivir confiado haciendo lo que Dios quiere. Besando la cruz cuando duele y acariciando mi alma cuando ha sido herida. Esa confianza en Dios me permite sonreír en medio de momentos complicados. Cuando el futuro se vuelve incierto y temo que todo pueda salir mal. Me detengo a pensar en las bienaventuranzas que Jesús lanza al aire esperando que cambien mi corazón. Feliz seré cuando sea pobre y pequeño. Cuando no pueda con mi alma y sienta que fracaso en todo lo que me propongo. Feliz cuando mis lágrimas parezcan no servir para nada. Feliz cuando sea manso y no reaccione con violencia al ser agredido. Feliz cuando sea misericordioso incluso cuando conmigo hayan sido injustos. Feliz cuando tenga un corazón puro, que piensa siempre bien, que ve lo positivo y lo bueno de cada uno. Feliz cuando me persigan o insultan porque Dios no se desentenderá nunca de mis pasos. Feliz cuando entienda que no soy dueño de mi vida, porque esta le pertenece a Dios y yo solo soy su instrumento. Feliz cuando sepa sonreír en medio de los fracasos y las incertidumbres. El protagonista de una película decía: «Los errores no son lo que te limitan. Lo que te limitan son los miedos». Feliz cuando entregue mis miedos a Dios y siga caminando cada mañana con el corazón tranquilo, pacificado. Me alegra tanto esta felicidad que Dios me promete y me asegura. Nada temo porque pongo mi confianza en aquel que guarda mi vida y mis sueños en sus manos, mis deseos más profundos. Nada temo. Hoy quiero elegir esa bienaventuranza que tiene que ver conmigo, con mi vida en este momento. ¿Qué me pide Dios que haga ahora? Puedo ser más misericordioso, o más pacificador, o más puro, o más manso. Cada uno sabe la bienaventuranza que más toca su corazón.

Pienso en la mía, la elijo. Quiero ser manso: «Bienaventurados los mansos». Una mansedumbre que viene de lo alto. Dios quiere que no me altere, que no me indigne, que no pierda la paz y la alegría. Quiere que sepa que estoy en sus manos. Él sabe mejor que nadie lo que me conviene. Sabe lo que puede hacer por mí si me entrego a Él y me dejo hacer. La santidad es un Fiat, no un sí decidido y activo. Es más bien un dejarse hacer, no un lograr méritos que justifiquen mi entrada en el cielo. El paraíso no me lo gano a base de buenas obras recogidas en la mochila de mi alma. Todo eso tiene un gran valor, porque va cambiando el mundo. Pero el cielo es misericordia, es don, es gracia. Igual que lograr que mi voluntad se asemeje a la de Dios y poder decir que soy puro como Él es puro, santo como Él es santo. Es esta santidad de andar por casa, cotidiana, sin un nombre importante la que Dios pone ante mis ojos. Quiere simplemente que me abrace a Jesús y no lo suelte nunca.

 

Enviado por:

 

Jesús Manuel Cedeira Costales.

 

miércoles, 16 de diciembre de 2020

CARTAS DE ESPERANZA 16 DICIEMBRE DE 2020

  



16 de diciembre de 2020

 

Hermano:

«Y sucedió mientras estaban en Belén, que a María le llegó el tiempo de dar a luz»

«José y María hacen del establo su hogar, el lugar más sagrado de sus vidas. Ese pequeño establo se convierte en el cielo presente en la tierra»

Asturias baja de los 200 positivos por coronavirus por tercer día consecutivo, pero suma 16 fallecidos.

Salud notifica 145 nuevos contagios en las últimas 24 horas y se rebaja la tasa de positividad por debajo del 5%.

Tiene esta Navidad algo que es diferente. Es un año diferente, difícil, de pérdidas, de miedos e inseguridades. Un año en el que todo se ha complicado y los planes se han cancelado. Muchas renuncias, muchas derrotas, muchas pérdidas. Y en medio de todo lo que vivo se me invita ahora a vivir el Adviento como un tiempo de esperanza y de luz. Se me pide que me ponga en camino. Como José y María hace ya tanto: «Por aquel tiempo, el emperador Augusto ordenó que se hiciera un censo de todo el mundo. Este primer censo fue hecho siendo Quirino gobernador de Siria. Todos tenían que ir a inscribirse a su propia ciudad. Por esto salió José del pueblo de Nazaret, de la región de Galilea, y se fue a Belén, en Judea, donde había nacido el rey David, porque José era descendiente de David». Una llamada que escuchan en el mundo y disciernen que tienen que ponerse en camino. Escuchan la voz de los poderosos y hacen silencio. No es un ángel el que interviene para que actúen. Son Augusto y Quirino. Dos poderosos los que los obligan a emprender un viaje que no desean. No es el mejor momento. María está encinta. Y tiene mucho peligro un viaje tan largo. Y allí no tienen un lugar previsto para alojarse. No han hecho reservas como nosotros haríamos para evitar contratiempos. José y María se lanzan al vacío sin saber si hay red. Confían en ese Dios que los ha amado primero. Los ha llamado a estar juntos. Si Dios quiere que su propio hijo nazca fuera de Nazaret, así será. Y Él se encargará de que todo resulte. Confían en su amor y se ponen en camino: «Fue allá a inscribirse, junto con María, su esposa, que se encontraba encinta». Escuchan el mandato y obedecen. En este Adviento, entre muchas voces, escucho a Dios que me pide que me ponga en camino. Y yo salgo de mí, de mi cueva, de mi mundo interior, para ir al encuentro del hombre. Justo en medio de una pandemia que se me impone desde fuera, con restricciones a las que me obligan, en mi libertad interior yo abro una ventana de luz al caminar. Venzo todas mis perezas y me pongo a andar. Me gusta la imagen del camino interior que tengo que recorrer para vivir bien este Adviento. Dejo las comodidades de mi vida para salir. Confío, me arriesgo, me pongo en camino. En esta Navidad de las distancias Dios me pide que haga este camino interior que me lleva a la lejanía al encuentro. Así comienzo este retiro.

Tres actitudes que menciona el Papa Francisco al comenzar el Adviento son las que quiero profundizar: «Tres actitudes: vigilantes en la oración, trabajadores en la caridad y exultantes en la bendición. Es decir, debo orar, con vigilancia; debo ser trabajador en la caridad –la caridad fraterna: no solo dar una limosna, no; también tolerar a la gente que me molesta, tolerar en casa a los niños cuando hacen demasiado ruido, o al marido o a la mujer cuando están en dificultad, o a la suegra. Tolerar, siempre con la caridad pero activa. La alegría de bendecir al Señor. Así debemos vivir este camino, esta voluntad de encontrar al Señor». Tres actitudes como punto de partida para empezar mi camino a Belén. Me parecen las tres muy importantes.

La primera actitud que tengo que cuidar es la de la oración. El Adviento me invita y anima a cuidar un clima de oración en mi alma. La pandemia no siempre ayuda a entrar en intimidad con Dios. Podría ser, pero no siempre ha sido así. Hemos pasado más tiempo en casa y menos en el coche por los caminos. Más tiempo con los míos o en soledad y menos en encuentros sociales. Al principio parecía que podría ser una oportunidad para desarrollar hábitos nuevos en relación con Dios. Puede que para muchos haya sido así. Me han contado cómo muchos han crecido en su oración. Han amado más a Dios. El tocar la inseguridad en sus vidas ha permitido que surja la necesidad de buscar en el corazón, en lo más hondo, en Dios mismo, una seguridad que nadie les pueda quitar. Así lo han vivido muchos. Pero no siempre ha funcionado. Hay muchas otras personas que confiesan con dolor que se han alejado de Dios durante estos meses. Ha disminuido su vida de oración. Las misas virtuales por zoom no logran reemplazar la misa presencial. No han podido confesarse en mucho tiempo. Les ha costado ver a Dios en lo cotidiano de su vida doméstica. Me comentaba una chica el otro día que cuando iba a la Prepa, antes de la pandemia, ahí sí podía encontrarse con Jesús paseando por el campus, pero ahora en casa no lo lograba. Me gustó esa imagen: Jesús paseando por mi vida. Un Dios encarnado al alcance de mi mano. Jesús estaba con ella, con los jóvenes, paseando entre ellos. Parece que en casa las cosas son más difíciles. No hay un lugar para rezar. ¿Por qué? En casa vivo con mi familia, con los míos, ¿por qué me cuesta más? Las distracciones son mayores. Además hay casa donde faltan símbolos religiosos. Hay cuadros bonitos, famosos, pero no hay ninguna cruz. Hogares en los que falta una imagen de María ante la que rezar, no hay donde mirar. Es importante tener un lugar en el que rezar, en el que descansar. Un altar familiar, un santuario hogar. Con frecuencia hay demasiadas pantallas y me distraigo. Tengo menos espacio para mí, para estar en paz y tranquilo, en silencio, porque mi casa está llena. No logro tocar a Jesús que camina a mi lado. En Adviento se me invita a buscar lugares para la oración. Me pongo en camino para encontrarme con Dios que sale a mi encuentro en lo cotidiano. Es este un tiempo para orar más, para intensificar mi silencio. Siento que el mal de mi tiempo es el multitasking, quiero hacerlo todo a la vez. Pierdo la paz. Quiero aprender a rezar. Quiero aprender a hacer sólo una cosa de una vez, en el presente. Hacer bien lo que ahora me toca hacer. Me gusta una expresión que escuché el otro día: «Una vez, una oportunidad». Es una frase que procede de Japón. Algún día moriré, pero el resto de los días no. Tengo que aprovechar cada día de mi vida viviendo en presente. De mí depende hacer que mi presente sea memorable. Aún en medio de mi pandemia esto es así, no puedo esperar a que todo esto pase. No quiero que me distraigan los mensajes que llegan a mi celular, que no me saquen de mi interioridad las pantallas que exigen mi presencia. Quiero descansar en Dios en presente, aquí y ahora. En Él quiero habitar cada día. Tengo claro que lo que ahora vivo nunca más va a existir. No puedo dejar pasar esa oportunidad que Dios me da. Dios se manifiesta aquí y ahora. En la ceremonia del te en Japón se trata de que ese encuentro con tu invitado sea algo único. Disfrutar de los que me acompañan como algo único, como un momento especial. Esa persona que está ante mí no va a volver a encontrarse conmigo de la misma manera nunca. Si no aprovecho el momento, pasa y lo pierdo. Puedo aprovechar ese momento o dejarlo pasar.

El Adviento se presenta ante mí como una oportunidad para crecer en mi oración, en mi amor a Dios. Me siento débil, mi vida de oración es muy frágil, vivo en la superficie de la vida. ¿Cómo es mi vida de oración? ¿Cómo puedo hacer para orar como Jesús que se iba a la montaña y permanecía en vela orando toda la noche? Jesús les enseñó a los suyos el padrenuestro. Una oración espontánea tan lejana de los salmos. Era una oración libre, honda, auténtica. Jesús les rompe sus esquemas judíos, acostumbrados a repetir los salmos aprendidos de memoria por tradición familiar. Con Jesús pueden rezar espontáneamente. Hoy el padrenuestro se ha convertido en algo rutinario. Antes no era así. Quiero ahora detenerme en diferentes tipos de oración. Así cada uno puede ver cuál quiere cuidar en este tiempo. ¿Cómo es la calidad de mi oración? Me pregunto por mis motivaciones: ¿Para qué rezo? Algunos lo hacen para tranquilizar la conciencia. La oración se convierte en una obligación. Es como si debiera hacerlo. El sacerdote me pide como penitencia en la confesión, que rece. Siento que no cumplo con el mandamiento. Es obligación, aún no necesidad. No siento como si me falte algo, simplemente es la culpa lo que me inquieta. En ocasiones rezo para pedir cosas. Hago así lo que Jesús me dijo, que pidiera siempre, que si pido algo lo obtendré. Y así lo hago, me siento niño, necesitado, dependiente. Pero he experimentado que a menudo mi oración no cambia el curso de los acontecimientos. ¡Cuánta gente se enoja con Dios porque no escucha sus peticiones! Jesús me pide que insista, que persevere, que me haga niño, hijo necesitado. Experimentar la necesidad me salva, me abre al amor misericordioso de Dios. Busco al Dios que me salva. Soy frágil y necesito pedir. Otras veces siento que rezo para agradecer por los dones recibidos. Es fundamental la alabanza en mi vida. Es el momento de la gratitud. Doy gracias a Dios por todo lo que hace en mí sin que sea un derecho. No puedo estar mejor que ahora porque viene a verme, porque me habita. La oración de los salmos es así. Aclamo a Dios alabando su nombre, su bondad, su luz, su misericordia. Esta oración ensancha el alma, me alivia y alegra.¿Qué me quiere decir Dios con lo que ha sucedido? Saboreo los acontecimientos del pasado. Y previvo con ilusión lo que va a acontecer. Dios me habla a través de acontecimientos cotidianos. Medito la vida, al Dios de mi historia y busco luces que me den alegría. Dios logra que en esa meditación me alegre de su presencia. Otras veces tan dolo busco la paz, es lo que necesito. Estoy nervioso, inquieto, agobiado, lleno de angustia. Necesito encontrar la paz contemplando. Toco el instante presente en la contemplación silenciosa. Nada me perturba. Logro adentrarme en mi alma. Palpo mi vida en presente. Ese aquí y ese ahora es donde Dios me habla. Contemplar me ayuda a estar donde estoy, en presente, sin huidas hacia el pasado o el futuro. Descanso en Él a través del silencio. Encuentro paz para poder dar paz a otros. Ojalá me encuentre con Dios. Mindfullnes me lleva a encontrar paz en mi día. La contemplación me lleva a descansar en Dios. Busco paz y descanso. Es algo que me regala la oración, la presencia del Espíritu Santo. Puede ser también que la oración sea un tiempo de discernimiento. Necesito saber lo que Dios me pide. La fe práctica en la Divina Providencia me dice que tengo que orar para tomar decisiones importantes. Lo hacemos como matrimonio. Discernimos lo que Dios nos pide. ¿Qué quiere que haga Dios? No todo lo que alguien me pide es de Dios, aunque me lo pida un sacerdote. Lo medito con mi cónyuge, o solo. Oro y pongo ante Dios la decisión que he de tomar. ¿Cuál es la decisión correcta? Lo pienso, me doy tiempo, busco paz para saber lo que me dice. Otras veces busco en la Palabra de Dios lo que despierta en mí. La Palabra de Dios siempre es un cuchillo de doble filo que despierta vida en mi alma. Ecos que sacan lo que hay en mi corazón. En la Lectio Divina descubro al Dios que me habla hoy.

Estas formas diferente de oración buscan que la oración llegue a ser una segunda naturaleza en mí. De tal manera que cuando no rezo me falta algo fundamental. Si no tengo los ritmos de oración me siento nervioso. Necesito estar con Él y cuando no puedo, estoy inquieto, fuera de mi centro. En general me cuesta estar solo, sin distracciones. Y sé que sólo así es como puedo cavar muy dentro de mi alma. Puedo hacer más silencio y callar esperando a que Dios me hable. Este Adviento es una invitación a seguir los pasos de Dios que viene a mi encuentro en oración. Como la llamada que escuchan José y María camino a Belén, esa primera llamada del censo. Los ángeles hablan con María y luego con José en sueños. Dios usa ángeles para hacerme ver lo que tengo que hacer en cada momento. Personas que me ayudan a poner las cosas en su sitio y saber el camino a seguir. Él también me habla en lo que sucede en el mundo. Ahora, en este año me ha hablado de forma poderosa. Una pandemia ha paralizado este mundo en el que vivo. Una pandemia en la que todos estamos inmersos. No se salvan los poderosos ni los ricos. Todos necesitan cuidarse para salvar la vida. Una enfermedad que no respeta a países. Afecta a todos por igual, aunque algunos tengan más medios para superar la enfermedad. Pero afecta al mundo. Una llamada general como la del censo. En el Evangelio era necesario ir a inscribirse a un lugar. Una orden que parece injusta, porque María está en cinta y es peligroso el camino. Su embarazo está avanzado. A menudo las llamadas de Dios suceden en lo que acontece en el mundo. ¿Qué me está diciendo Dios a mí en medio de esta pandemia? ¿Qué quiere que haga, cómo quiere que me comporte ahora que estoy viviendo con miedo, con inseguridad, sin certezas? Tengo que discernir en silencio los pasos a dar. A veces me acostumbro a vivir con cuidado, para no contagiar, para no hacer daños a otros ni poner su vida en peligro. ¿Qué ha cambiado en mi vida en este año tan diferente a otros? Han pasado ya muchos meses. Las cosas no se arreglan tan rápido como pensaba. El virus no desaparece y eso que en medio de los miedos coroné a María como Reina de mi vida para no tener miedo. Lo hice consciente de mi impotencia. Sin su amor, sin su fuerza, sin su poder no podría salir adelante. Escucho la voz de Dios en las voces del tiempo que me toca vivir. Dios me habla a través de las pérdidas que he sufrido muy cerca. El dolor de la enfermedad que destroza tantos hogares me duele mucho. Ya lo que antes era habitual ahora no lo es. Estar todos juntos celebrando sin medidas de protección parece algo muy lejano. Dar abrazos, compartir con las personas mayores, con los vulnerables. Comer con otra familia sin precauciones. Compartir el día a día. Es todo tan diferente. Y en medio de esta indefensión Dios, como hizo entonces con José y María, me pide que me ponga en camino. El mundo en la voz del gobernador los llama. Pero ellos, en su mundo interior lleno de silencio, escuchan la voz que confirma el mandato. Sí, necesitan caminar, salir de casa, arriesgarlo todo. 

Busco el silencio en Adviento. Dejo el celular cargando. Me alejo de las pantallas para orar. Escucho las voces de Dios en el tiempo y en el alma. ¿Cómo es mi vida de oración? ¿Qué profundidad hay en el alma?

Es un tiempo para el amor misericordioso. Un tiempo para ser hogar para otros. En el camino a Belén José y María no encuentran posada. Pasan por diferentes posadas y los reciben con las puertas cerradas: «Y sucedió mientras estaban en Belén, que a María le llegó el tiempo de dar a luz. Allí nació su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo acostó en el pesebre, porque no había alojamiento para ellos en el mesón». Me gusta la importancia que tienen las posadas aquí en México. La caridad comienza por casa, como siempre decimos. Con el prójimo, con el que está a mi lado. También tiene que ver con el que está lejos, con el que me cuesta, con el que me ama. Es lo que el Papa Francisco ha acentuado en su encíclica «Todos hermanos»: «Finalmente, recuerdo que en otra parte del Evangelio Jesús dice: - Fui forastero y me recibieron (Mt 25,35). Jesús podía decir esas palabras porque tenía un corazón abierto que hacía suyos los dramas de los demás. San Pablo exhortaba: «Alégrense con los que están alegres y lloren con los que lloran» (Rm 12,15). Cuando el corazón asume esa actitud, es capaz de identificarse con el otro sin importarle dónde ha nacido o de dónde viene. Al entrar en esta dinámica, en definitiva experimenta que los demás son «su propia carne» (Is 58,7)». Me gusta esta reflexión del Papa. Salgo de mi carne para acoger la carne de mi hermano, para caminar a su lado, para hospedarlo en mi hogar. El Adviento me invita a ser más generoso, a abrir la puerta de mi hogar, la puerta de mi alma. Pero ahora que la convivencia es excesiva puede costarme. No es tan fácil el roce diario. La caridad entre los cónyuges no es un imperativo, es más bien un estilo que hay que cuidar. No siempre es fácil aceptar las cosas que me cuestan del otro. No logro que me obedezca y se adapte a lo que yo quiero para él. El regalo del amor matrimonial pasa por ver a Dios en el otro. Por amarle en lo concreto, por quererlo en profundidad, amando lo bueno y lo malo que tiene. Es el desafío más grande de la vocación matrimonial. Ver a Cristo en la persona que amo. Con frecuencia logro verlo cuando reza, o cuando es bondadoso, o cuando piensa en mi felicidad. Pero luego, cuando hace lo que no me gusta, en lugar de ver a Dios veo al Demonio. Cuando no me trata como lo hace Jesús, no lo veo presente en su carne. Por eso necesito implorar hoy una caridad que me salve. Que me haga amar al otro como es. En una serie de televisión «This is us», dos novios hacían un juego para conocerse mejor. Consistía en decir sin pensar lo que preferían. ¿Carne o pescado? ¿Animal doméstico preferido? ¿Ingrediente preferido para la pizza? ¿Playa o montaña? Cuando uno lo hace en el matrimonio puede parecer que la incompatibilidad es insuperable. Acentúo entonces las disyuntivas y parece imposible llegar a ser una sola carne. O yo cedo y me sacrifico o lo hace el otro. Es cierto que las disyuntivas dividen. El amor matrimonial integra, une. El ideal sigue siendo llegar a ser una sola carne. Hacer mucho tiempo un matrimonio me decía que cuando se casaron vieron una incompatibilidad en la forma de vivir la vida en común. Al casarse no sabían que lo veían todo tan diferente. Las tensiones se fueron sucediendo. Parecía que no había solución, pero ellos optaron por luchar. Y ahí siguen, luchando por ser una sola carne. ¿Cómo se puede llegar a ser una sola carne? Puede que al final incluso me guste lo tuyo por obra de Dios. Me enamoro de lo que a ti te enamora. Así puede ser en el amor matrimonial. Y también en las otras formas de amor que vivo. El amor paterno, materno, filial. En este tiempo se ha acentuado lo cotidiano. Y exige de mí más entrega. Veo con más claridad lo que me cuesta amar de las personas que amo. Me cuesta reaccionar bien ante las críticas o cuando no se hace lo que yo deseo. He tocado la fragilidad del corazón, del amor. El Adviento es una oportunidad para crecer en el amor en este tiempo, para crecer en el encuentro, en la caridad. ¿Hasta dónde llega la caridad? ¿Cómo tengo que vivirla cada día?

El adviento es un tiempo para regalar, para regalarme, para darme. No quiero vivir con miedo a perder. Vivo amando sin reservarme nada. En lugar del o-o uso el y-y. algo que incluye, que integra. Abro las puertas de mi posada al otro. Las puertas de mi alma. Me gusta el canto de las posadas. En este canto se ven muchas excusas razonables para no abrir la puerta ante la insistencia de los que llegan: «En nombre del cielo, pedimos posada pues no puede andar, mi esposa amada. No sean inhumanos, tennos caridad que el Dios de los cielos se los premiará Venimos rendidos desde Nazaret, yo soy carpintero de nombre José. Posada te pido, amado casero, pues madre va a ser, la reina del cielo. Mi esposa es María, es Reina del cielo y madre va a ser del divino Verbo». Me piden entrar pero yo lo evito porque tengo miedo. No quiero complicaciones y tengo mis razones: «Aquí no es mesón, sigan adelante, yo no puedo abrir, no sea algún tunante. Ya se pueden ir, y no molestar porque si me enfado los voy a apalear. No me importa el nombre, déjennos dormir pues yo ya les digo que no hemos de abrir. Pues si es una reina, quien lo solicita, ¿cómo es que de noche anda tan solita?». Dan razones para no abrir. No se fían, piensan que puede haber malas intenciones detrás de su petición. A menudo cierro la puerta de mi vida por razones parecidas. No quiero que me perturben. No me fío de quienes llaman a mi puerta. No quiero que me molesten. Las palabras del Papa Francisco en la Encíclica me invitan a vencer los prejuicios y los miedos que no me dejan abrir la puerta: «Soñemos como una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos» . El que me pide posada tal vez ya está en mi vida. pero yo no dejo que entre en mi intimidad. ¡Cuántas personas hay que por miedo a ser heridos mantienen la distancia y no me dejan acercarme! Hoy me doy cuenta de algo esencial, sólo no puedo caminar. La experiencia de José y María fue esa. No podían caminar solos. Necesitaban la misericordia de los que podían abrirles su hogar. Así apareció alguien que les dejó un lugar dónde dormir. Aunque fuera el lugar en el que pasaban la noche los animales: «¿Eres tú José? ¿Tu esposa es María? ¡Entren, peregrinos, no los conocía! Entren santos peregrinos, peregrinos, reciban este rincón, que aunque es pobre la morada, la morada, os la doy de corazón». Es un canto que me habla de la caridad que abre la puerta. Quiero crecer en esa generosidad, en ese vencer las barreras que me apartan de mi hermano, del que incluso comparte mi mesa, pero no mi vida en realidad. La caridad comienza en mi corazón. Es un tiempo de hogares abiertos. A lo mejor faltan los abrazos, pero está esa entrada a través de las pantallas. Cuido la creatividad para que los vínculos no se enfríen. Estoy abierto a pensar que en cada persona que golpea mi puerta me habla Dios, viene a verme.

En mitad de este tiempo tan duro desconfío y me pongo triste. En medio de la oscuridad de la pandemia me falta luz para ver y poder iluminar el camino a otros. En medio de tantos miedos e incertidumbres necesito aferrarme a la certeza de un Dios que viene a buscarme. Brota la alegría y la confianza dentro de mi corazón sólo cuando dejo que Dios entre. Soy bendecido por Él y entonces puedo bendecir a otros con alegría. Bendecir quiere decir hablar bien de alguien, expresar mi amor, mi cariño. No dejo de creer, de esperar, de anhelar el cielo en la tierra. Es verdad que hoy falta alegría a mi alrededor. Nadie quiere unas Navidades con distancias, sin poder acoger y festejar con mi familia, con los que no están cerca el resto del año. Pero no puedo hacer otra cosa. Sólo puedo aceptar la realidad cuando veo que no puedo cambiarla. Y quiero aprender a vivirla con alegría. Es cierto que suena raro hablar de alegría hoy. Estoy rodeado de cosas malas que suceden. Muerte de seres queridos, la enfermedad que deja secuelas, la crisis económica que echa a perder la vida de tantas familias, muchos proyectos frustrados que llenan el alma de indignación. En medio de esta guerra, de esta pandemia, ¿cómo es posible permanecer alegre y dar esperanza? Estoy llamado a entregar esa alegría y esperanza en este tiempo bendiciendo a los que están a mi lado. Quiero acercar a Dios a los hombres. Viene a acampar entre nosotros y esa es la gran noticia. Con la alegría de Jesús que nace quiero hacerles ver la vida a los hombres de forma diferente.

Para poder vivir así, con alegría y dando esperanza, tengo que mirar antes en mi corazón. ¿Dónde busco yo la esperanza y la alegría? ¿Cuáles son las fuentes de mi alegría interior? ¿Qué me causa más alegría en mi vida? La fuente tiene que estar dentro de mí, para poder sacar siempre agua. Si mi alegría está fuera y depende de cosas fuera de mí no podré ser feliz de forma constante. Si mi fuente de la alegría la encuentro en la oración y no dejo de rezar, pierdo esa fuente. Si mi alegría la encuentro en compartir la vida con mis amigos y seres queridos y la pandemia no me deja salir de casa, no tendré una fuente de alegría fundamental. No puedo renunciar a mis fuentes de alegría. Tengo que ser creativo, usar el zoom si no puedo salir y encontrar momentos para la oración. Si mi fuente de alegría es la lectura, y no me dejan leer las obligaciones constantes, no puedo vivir quejándome y diciendo que no me dejan leer. Tendré que buscar mis momentos sacrificando otras cosas. Si una fuente de mi alegría es ir a la montaña, o hacer deporte, buscaré momentos para hacerlo, sin quedarme en las excusas. Si no sé cuáles son mis fuentes de alegría tendré que empezar a pensarlo y cuidar esas fuentes ocultas que me puedan quitar la pena que tengo, la nostalgia, la tristeza. Es importante saber cuáles son y cuidarlas. Y si mi cónyuge no sabe tampoco qué es lo que a mí me da alegría, no va a respetar mis tiempos para cuidarlas. También tengo fuentes de alegría matrimoniales. ¿Cuáles son? ¿Cómo las cuido? Por ejemplo pasear juntos por la calle, por un parque. Cantar juntos, ver una película o una serie. Si no lo hago por pereza, algo está fallando en la relación. Estoy descuidando una fuente muy importante para el amor matrimonial. Si no cuido el diálogo y realmente es una fuente de alegría, estoy dejando que se seque el amor. Si una fuente es la ternura y no la cuido, se agota esa fuente. Si no cuido esas fuentes interiores, no habrá agua, no habrá alegría dentro de mí. Viviré amargado y en guerra con el mundo. Estaré insatisfecho y me acabaré yendo y dejando todo lo que parecía tan seguro. La familia tiene también fuentes de alegría en lo cotidiano de esta pandemia. Mi alegría no puede depender de lo que está por venir. Mi fuente de alegría, lo que de verdad me alegra tiene que estar dentro de mí. No puede depender de cosas que e no controlo: que mi equipo gane, que me toque un premio, que mi jefe me alabe, que mi cónyuge me diga algo bonito, que salga el sol y no llueva, que se puedan realizar mis planes. Si es así estaré siempre expuesto a los vientos como una veleta. Esa fuente interior me da una alegría constante. Si no será todo muy volátil. Si me han tratado bien estaré alegre. Si he triunfado estaré feliz. Si no lo logro, iré triste por los caminos. Tengo que pedirle a Dios que me ayude a encontrar mis fuentes de alegría verdaderas y profundas. Necesito cuidar esas fuentes que no dependen sólo de lo exterior. 

Mi alegría está fundada muchas veces en las expectativas que tengo de la vida. Hay expectativas razonables que es bueno esperar. Me alegran, me ilusionan, me despiertan, me motivan. Son pretensiones de futuro razonables. Poder hacer un viaje como familia, un ascenso en el trabajo, un éxito en el proyecto que tengo entre manos, que mi cónyuge me celebre bien el cumpleaños. Son expectativas que entran dentro de lo justo. Pongo exigencias razonables a la vida. No es malo esa alegría de lo que espero, de lo que deseo. Si sucede como yo quiero estaré alegre. Lo malo es que mi expectativa no resulte y yo me amargue. Esa inmadurez para enfrentar los contratiempos no puede ser un obstáculo para ser feliz. Tengo que aprender a llevar con paz y alegría los contratiempos del camino. Si no lo logro estaré con frecuencia enojado con la vida. Por otro lado, en ocasiones mis expectativas con exageradas. Pongo exigencias en los que amo y en los que me aman. Pretendo una alegría que depende de que se den las condiciones favorables en los demás. Espero que cambien, que se acuerden de las cosas que yo me acuerdo, que me amen como yo los amo, que se les ocurran formas ingeniosas de hacerme feliz. Y no sucede, no se les ocurre, no resulta. Entonces pierdo la paz y la alegría. Quiero aprender a valorar y cuidar las pequeñas alegrías cotidianas, las de la vida diaria. Si no me creo con derecho a todas las cosas que poseo y suceden en mi vida, seré más feliz. Cuando vivo exigiendo cosas a las que creo tener derecho, me amargaré. Quiero aprender a alegrarme con el día a día, con los encuentros cotidianos. Vivirlos con una sonrisa. Con el alma alegre. Pienso en la piñata del Adviento. Es algo que me habla de expectativas que pueden o no cumplirse. Me tapan los ojos y a ciegas intento golpearla y que se rompa. Sueño con los dulces que tiene dentro. Cuando acierto con mi golpe y caen los dulces, el premio no es sólo para mí, es para todos. No sólo para el que logró abrir el tesoro. Pienso que en la vida uno es más feliz cuando da aún con los ojos cerrados, buscando la felicidad de los demás. Soy más feliz cuando regalo, más que cuando recibo. Más feliz cuando amo que cuando soy amado. Más feliz cuando logro que otro sea más feliz que yo, aunque yo no lo sea tanto. Esa alegría del que ama es más permanente. Eso me gusta. Pienso en esa piñata. Pienso en José y María que hacen del establo su hogar, el lugar más sagrado de sus vidas, con una montaña de ternura y unos pobres pañales. Pienso en ese pequeño establo de Belén, que es el cielo en la tierra. Jesús se hace carne entre pañales y convierte ese lugar para animales en un verdadero palacio. María lo hace posible con todo su amor y entrega. Quiero ser como María y hacer de mi vida un paraíso, esté donde esté. Si lo logro haré que la vida de muchos sea más feliz. Es este el misterio del cristiano que vive su vida arraigado en Dios y entregándose a su prójimo.

 

 

 

Enviado por:

 

Jesús Manuel Cedeira Costales.

 

lunes, 14 de diciembre de 2020

XVII aniversario de la consagración episcopal del Arzobispo de Oviedo



En el cristianismo, un obispo (del latín episcopus; en griego ἐπίσκοπος, 'vigilante', 'inspector', 'supervisor' o 'superintendente') es un fiel que recibe el liderazgo de supervisar una congregación, a los pastores o sacerdotes, según el caso, de un territorio determinado. La Iglesia católica, la Iglesia ortodoxa, la Comunión anglicana y algunas iglesias luteranas afirman que la sucesión apostólica se mantiene mediante la ordenación de obispos de forma personal e ininterrumpida desde los tiempos de los apóstoles. Esto es, los apóstoles ordenaron a obispos, los cuales de forma ininterrumpida han seguido ordenando nuevos obispos hasta hoy.




En la Iglesia católica es un bautizado, aunque en la práctica suele ser un sacerdote, que recibe el sacramento del orden sacerdotal en su máximo grado, que es el episcopado. Considera al obispo como el miembro de la Iglesia que ha recibido la plenitud del sacerdocio ministerial por el sacramento del orden, sucesor de los apóstoles y pastor encargado del gobierno de una diócesis; en virtud de la colegialidad, comparte con el papa y con los demás obispos la responsabilidad sobre toda la Iglesia católica. Desde un punto de vista etimológico, el obispo es aquella dignidad eclesiástica encargada del control y vigilancia del cumplimento de las leyes de la Iglesia católica o Derecho canónico en el territorio de su jurisdicción o diócesis. Los obispos poseen símbolos distintivos que muestran su dignidad.





En el catolicismo, usan vestiduras de color púrpura, un anillo y una cruz. En las ceremonias solemnes, llevan la mitra y el báculo pastoral. El papa, cabeza de la Iglesia católica y del Colegio Episcopal, es al mismo tiempo el obispo de Roma.





Desde la Hermandad de Los Estudiantes de Oviedo queremos felicitar al Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Jesús Sanz Montes, Arzobispo de Oviedo, por el XVII aniversario de su consagración como Obispo.





BAJO LA PROTECCION DE MARIA, PORQUE ¡DIOS LO QUIERE!



Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.