jueves, 13 de mayo de 2021

CRUZ DE MAYO DE LA HERMANDAD DE LOS ESTVDIANTES




Como es tradicional , este pròximo Sábado 15 de Mayo, a las 13.30 h  en la CASA DE HERMANDAD DE LOS ESTVDIANTES , en la PLAZA DE LA SENTENCIA  se bendecirá la CRUZ DE MAYO de la Hermandad. 

Este año no podremos realizar la procesión con los más pequeños de la Hermandad por motivos sanitarios pero no queremos dejar pasar este acto tan importante para una cofradìa. 




Se inaugurará la FACHADA  " CORDOBESA " de la casa de Hermandad  en la que 130 macetas con Geranios y Gitanillas emularán los famosos patios cordobeses. 




Tambièn se abrirà ese día la parrilla " EL LLAMADOR" donde todos los hermanos, familiares y amigos  podrán disfrutar de ella apartir de ese mismo momento.


En el acto nos acompañarán diferentes Sacerdotes  con los que  la Hermandad tienen relación y que han sido invitados a este acto de Bendiciòn de la CRUZ DE MAYO . Con este gesto , los ESTVDIANTES quieren homenajear  su labor de entrega a los demás. 


BAJO LA PROTECCION DE MARIA, PORQUE  ¡ DIOS LO QUIERE¡

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.


miércoles, 12 de mayo de 2021

Ceremonia de cambio de terno de la Esperanza de Oviedo por D. Carlos Rodríguez Colunga








El sábado, 15 de mayo de 2021, a las 10:00 horas tendrá lugar la Ceremonia de cambio de terno a María Santísima de la Esperanza, en la que se pedirá permiso a los familiares de D. Carlos Rodríguez Colunga (Q. E. P. D.), fallecido el 7 de abril de 2021, para cambiarle la indumentaria de luto a la sagrada imagen titular de la Hermandad y Cofradía de Los Estudiantes.








D. Carlos Rodrírguez Colunga (a la derecha) junto a su hijo

a D. Iván Rodríguez Zapico en la Exposición de la Hermandad

de Los Estudiantes de la Semana Santa 2021.








El acto se llevará a cabo en la Parroquia de San Francisco de Asís, donde la Esperanza de Oviedo tiene su capilla. La ceremonia será presidida por el sacerdote D. Luis Fernández Candanedo y contará con la presencia de Miembros de Gobierno de la Junta de la Hermandad de Los Estudiantes, del vestidor de la Madre de Dios, D. Ígor Freijoó González, y quien desee participar en honrar la memoria de D. Carlos Rodríguez Colunga.









Es la primera vez en la historia de la Hermandad de Los Estudiantes que se produce este acontecimiento, por el que María Santísima de la Esperanza ha sido ataviada de luto por una persona en particular, el hermano de la corporación de La Tenderina, D. Carlos Rodríguez Colunga, quien ya se encuentra en la Casa del Padre Eterno.











CEREMONIA DE CAMBIO DE TERNO DE LA ESPERANZA DE OVIEDO POR D. CARLOS RODRÍGUEZ COLUNGA (Q. E. P. D.)




Sábado, 15 de mayo de 2021.


10:00 horas.


Parroquia de San Francisco de Asís (Plaza de La Gesta).




BAJO LA PROTECCIÓN DE MARÍA,


DIOS LO QUIERE



Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.


martes, 11 de mayo de 2021

D. ANTONIO SÁNCHEZ, Hermano y Pregonero de la Hermandad de los ESTVDIANTES de OVIEDO, elegido Presidente de la Federación de Ordenes de Caballeros y Damas de España

  

Texto de la Foto : ANTONIO SANCHEZ DIAZ  tomando posesión como PRIOR de la SOBERANA ORDEN IMPERIAL BIZANTINA DE SAN CONSTANTINO EL GRANDE.


Tal como fijan los estatutos Federativos y tras hablar con la Orden de San Pablo que dirige la entidad, esta propone como su representante y por tanto presidente a D. Antonio Sánchez Díaz. El mismo miembro de dicha entidad, de la Constantiniana de San Jorge de Zamora y de la Maestranza de Caballería de Carmona; es confirmado como candidato por la Comisión de Garantías de la Federación el día tres de mayo, aceptado por el resto de las entidades que componen la comisión de gobierno el día seis de mayo y ratificado en el puesto por la Asamblea General Extraordinaria convocada al efecto el día nueve de mayo. 



D. Antonio es funcionario público de la Junta de Andalucía, cursas estudios de Teología para seclares en el seminario de Sevilla y ha ocupado cargo en las Hermandades de la Paz, el Calvario, y San Esteban de Sevilla, su nombramiento se ha notificado al Ministerio del Interior y en breve se celebrará su acto de toma de posesión como presidente de la Federación".


 

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.


domingo, 9 de mayo de 2021

CARTAS DE ESPERANZA 9 DE MAYO DE 2021

 



9 de mayo de 2021

 

Hermano:

«El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca»

«No me conformo con una vida mediocre, sin forma precisa, sin luz ni alegría. Dios puede hacer conmigo grandes obras. En Él confío»

El fin del estado de alarma abre un nuevo escenario en el que cada comunidad aplicará sus propias normas.

«No podemos caer en el error de pensar que mañana también acaba la pandemia»

El presidente asturiano, que insiste en que aún queda un «esfuerzo extra», confía en que 2021 sea el año de la recuperación económica del Principado.

3.800 personas de 58 y 59 años, citadas para vacunarse en Oviedo y Gijón.

Salud hace un llamamiento para que se acuda a la cita a la hora señalada y para que se compruebe  que los datos de contacto están actualizados.

Ojalá mis sueños fueran siempre más grandes que mi alma. Cuando no es así, no me valen como sueños. Richard Branson decía: «Si tus sueños no te asustan es que son lo suficientemente grandes». ¿Cómo de grandes son mis sueños? ¿Me asustan? ¿Qué tamaño tiene lo que deseo para mi vida? Mi sueño me hace ver el horizonte eterno hacia el que camino y ante él me siento desvalido. Mis sueños me hablan de esa vida en plenitud que me trasciende y a la que estoy llamado. Soy pequeño pero sueño con cosas grandes, porque tengo en el alma una sed infinita de ser feliz y completo. Una sed insaciable. Una sed que sólo se saciará del todo en el cielo, no aquí en la tierra. Sé que esta sed tiene su semilla y sus raíces ya en mi corazón, en mi presente. Lo que sueño, cuando sueño con lo más grande, ya existe en parte dentro de mí. Y al mismo tiempo eso que sueño es algo que tiende a su plenitud en el futuro y me transciende. Mis sueños me abren al mañana y me ponen en marcha hacia esa aventura. La fuerza que existe en ese sueño me da ánimos para vivir las dificultades y contratiempos que encuentre en el camino. Víctor Hugo lo expresa así: «Sé cómo el pájaro que, deteniendo su vuelo un rato en ramas demasiado débiles, siente cómo ceden bajo su peso, y sin embargo canta, sabiendo que tiene alas». La rama débil y frágil del presente a menudo tiembla y parece no sostenerme, pero no importa. Sé que en ese momento tengo la posibilidad de hundirme y olvidarme de mis sueños. O puedo mirar mis alas y comprender que estoy hecho para el cielo. Mis alas me recuerdan que le pertenezco al cielo, que estoy llamado a las alturas. No importa que mi árbol tiemble bajo mi peso, siempre puedo emprender el vuelo. Los sueños me levantan en momentos difíciles y duros. Es cierto que cuando era joven tenía sueños grandes, hondos ideales. Pero luego puede que la vida me haya decepcionado o frustrado. En la lucha diaria tal vez he sido herido y he dejado de confiar y de soñar. Me he confrontado con mis límites. Se han frustrado mis planes y la vida que ahora llevo no se parece en nada a la que un día soñé siendo joven. ¿Es así? No me quiero lamentar. El presente es siempre el mejor momento de mi vida. En esta hora que vivo tengo la oportunidad de soñar y confiar en llegar a ser el que deseo, fiel a lo que Dios ha sembrado en mi alma, a esa semilla que me habla de la eternidad. Siempre estoy en camino, siempre puedo volver a empezar. Siempre hay tiempo. Ahora soy mejor persona que cuando era niño, joven. He crecido, he aprendido. Soy más sabio y no quiero dejar de ser soñador. Los sueños alimentan mi corazón. Dice un poema de Mario Benedetti: «No te rindas por favor no cedas, aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se ponga y se calle el viento, aun hay fuego en tu alma, aun hay vida en tus sueños, porque cada día es un comienzo, porque esta es la hora y el mejor momento, porque no estás sola, porque yo te quiero». Mi vida se abre en presente en mil opciones de amar, de dar todo eso que llevo dentro. Siempre puedo empezar de nuevo. No tengo miedo. ¿Cuáles son esos sueños que sigo soñando? Cada día es un buen comienzo. No me conformo con lo vivido. No me basta con lo que he logrado. No es suficiente lo que he pasado. Siempre puedo dar más, lograr más, llegar más lejos y volar más alto. Lo que yo sueño es sólo mío, y habla mucho de mí, de cómo soy. No quiero censurar mis sueños. Puede que tenga sueños en mi alma que son imprudentes, insensatos, locos o imposibles. No me importa, hablan de cómo soy. Esos sueños se los entrego a Dios. Tengo claro que no todo está en orden en mi corazón. Y al mismo tiempo todo lo que deseo tiende a una plenitud que anhelo con todas mis fuerzas. Todos mis sueños humanos, mundanos, locos hablan de mi verdad. Siendo insensatos e imprudentes me abren el cielo. Soñando en alto y dentro de mí, aspiro a todo. ¿Qué dicen de mí todos mis sueños? ¿En qué me reconozco en ellos? En este tiempo de Pascua renuevo mis sueños. Los vuelvo a soñar, los pronuncio con voz potente. Quiero que el mundo los oiga, los mire, los acepte. No me conformo con una vida mediocre, sin forma precisa, sin luz ni alegría. Dios puede hacer conmigo grandes obras. En Él confío.

Siempre he escuchado que la ignorancia es atrevida y osada. Parece que el que nada sabe nada teme. No conoce y se arriesga. No ha profundizado en el tema en debate y opina sin saber, sin temer. Con el tiempo he descubierto que cuanto más sé y conozco más prudente soy. Cuanto más sé de algo, de alguien, más temores albergo en mi corazón pensando en el futuro. Conocer es amar. Y saber más de alguien me expone al temor de perderlo. Es como dejar de poseer lo que he aprendido, conocido y amado. La ignorancia es atrevida. Opino de algo sin saber, sin temer lo que pueda pasar por decir lo que digo. No mido las consecuencias de mis actos y de mis palabras. La ignorancia sobre la vida me vuelve insensato, osado. No temo perder nada porque aún no lo poseo. Como el joven que arriesga su vida porque todavía sus raíces no son tan hondas y cree que puede con todo. Hay muchos deportes de riesgo. Uno se juega la vida en un momento de locura. Se arriesga porque no teme morir. Me gustaría tener un corazón libre y valiente. No quiero estar atado a lo que tengo, a lo que vivo, a lo que poseo. Quiero ser más libre de mis ataduras. Más ligero en mi vuelo sin dejar de atarme. Me pesa mucho lo que sé, lo que guardo, lo que acumulo con afán posesivo. Los santos son hombres libres. Aman y echan raíces, conocen en el corazón y se atan a la vida. Y al mismo tiempo que aman el mundo, están amando íntimamente a Dios en sus entrañas. Están tan atados al cielo como a la tierra. No les duele la separación de la tierra, porque ese amor hondo al cielo los mantiene apegados a Dios. Viven con libertad sus amores. Pero no por ello dejan de sufrir al amar. Tienen dolor en su corazón cada vez que parten. Y se llevan consigo, pegado a la piel y al alma, todo lo que han querido. No han optado por un solo posible camino en su vida. Han dejado abierto el mar ante sus ojos como rumbo que ha de seguir su barca. Y no se asustan si los vientos inquietan. O si nada es tan razonable como ellos hubieran querido. Aceptan la realidad con el dolor que conlleva, sin negar lo que les duele, sin olvidar lo que aman. Me gusta esa libertad interior de los santos. Aman y se saben amados. «Todos los santos comenzaron a aspirar de forma efectiva a las cumbres del monte de la perfección, es decir, a ser santos, cuando se comprendieron a sí mismos como ocupación predilecta de Dios e hicieron de Dios su ocupación predilecta» . No ignoran el amor de Dios. Saben que son amados y se atreven ellos a amar hasta el extremo. La ignorancia es atrevida. Lo es cuando el que ignora no teme las consecuencias de sus actos. Pero el santo es atrevido porque ha visto el amor que Dios le tiene y no teme ya nada. Los santos son libres y valientes. No viven acobardados reteniendo su vida con fuerza. No se aferran a los sueños aún cuando estos parezcan irrealizables. Los santos se saben amados. Han conocido el amor y no renuncian al dolor que conlleva. Viven en presente sin dejar de aventurarse en un futuro incierto. Con las manos atadas a Dios. Con el corazón entregado por entero. El saber no me limita. Cuando más conozco lo que amo más libre puedo llegar a ser. El amor me libera de las ataduras. Cuando amo sin imponer cadenas. Cuando amo dando libertad. Cuando amo de forma sana y auténtica. El temor aniquila el amor. Mi amor es libre y me libera. Y libera también a los que amo. Así quiero amar siempre, con ese amor que Dios me regala y hace que cale profundamente en mi alma. Cuando amo de forma correcta soy más libre. Decía Jacques Philippe: «Mirarnos menos y mirar más a Dios y dejarnos mirar por Él. Aunque no nos atrevemos a mirarle Él nos mira primero como hijos. ¡Dejémonos mirar por Jesús!» . Cuando dejo de mirarme, de pensar tanto en mí, camino más ligero por los caminos. No vivo con aprehensión pensando en el mañana. No vivo queriendo retener los días para que no mueran. Dejo que Jesús me mire y yo lo miro. En eso consiste el amor sabio. Es un amor que conoce al amado y no lo suelta. Sabe que le pertenece y esa pertenencia lo libera. Un corazón valiente no trata de contentar a unos y a otros. No espera que el mundo aplauda todas sus acciones. Vive confiado en ese amor que lo sostiene incluso cuando su barca va a la deriva. Esa actitud de los santos es la que quiero para mí. Ese valor en medio de la batalla cuando parece todo perdido. Quiero ser atrevido sin perder el norte y confiar en que el amor de Dios será el que me sostenga siempre. El amor de Jesús me anima a amar. La mirada de Jesús es la que sostengo mirando sus ojos. Y confío en que su fuerza será la que mueva mis pasos en medio de la batalla, cuando tiemblo y el miedo es fuerte en mi interior.

¿Qué significa ser apóstol en este mundo en el que Dios parece estar ausente? En una ocasión una persona me dijo: «Siento que desde que estoy en Schoenstatt no hago apostolado». Me quedé pensando. ¿Qué significa hacer apostolado? Pareciera que para algunos hacer apostolado es lograr que otros se conviertan y crean, esos que ahora están lejos y no creen, y parecen perdidos. Puede ser. Pablo recorría tierra pagana buscando la salvación de los perdidos, de los que no conocían a Dios. Hay otros que ven su apostolado como una lucha sin cuartel por defender la verdad absoluta. Son un tipo de católico activo, luchador, defensor de los valores cristianos, que no guarda silencio y alza su voz. Piensan que con sus palabras, con su coherencia, con sus actos valientes, lograrán que se imponga la verdad y conseguirán que se destierre para siempre la mentira. Habrán vencido en esta lucha cruenta contra el Maligno. Estarán incluso dispuestos a sufrir el martirio si al decir lo que creen eso les acarrea desdichas y rechazos. Cuando los condenen por sus creencias se sentirán seguros abrazados a Dios. Esa imagen de ser apóstol está muy viva a mi alrededor. Son soldados de Cristo que están dispuesto a dar la vida por su rey. Pienso en Pedro que se resistía a dejar morir a Jesús sin usar su espada para defenderlo. Se sentía como su protector, su guardaespaldas. Reconozco que, al escuchar la palabra apóstol, surgen otros sentimientos en mi corazón. Tal vez no encajo en esa imagen de apóstol, no me enciende el alma. Para mí ser apóstol es algo diferente a una lucha sin cuartel por defender verdades absolutas. O por lo menos es así como yo lo vivo. El cristianismo se contagia por envidia. No logro convencer a nadie del valor de aquello en lo que creo con palabras y argumentos. Los ejemplos arrastran. Mi forma de enfrentar la vida, la enfermedad, la muerte, los contratiempos, las dificultades es decisiva. Esa actitud mía en lo bueno y en lo malo es lo que arrastra. La envidia es la que mueve el corazón. Quiero vivir como tú vives, con esa altura, con esa mirada, con esa libertad y paz interior. Y entonces quiero conocer a aquel a quien tú amas. Así se contagia. Así es fecundo el apóstol. Me gusta mirar a Jesús camino al Calvario. Entregado a su Padre. Cargando el dolor del rechazo y el amor profundo que profesaba por el hombre. Veo que Jesús no quiso imponer su verdad. Claro que quería que los hombres cambiaran su corazón y sus ideas. Quería que fueran más de Dios y menos mundanos. Quería que fueran misericordiosos con su hermano. Pero no forzó el corazón del hombre, no se impuso con la fuerza. Nunca les exigió a los hombres su misma mirada. No se impuso nunca por medio de la ira, de la violencia. Eligió como camino la ternura y su mirada siempre reflejó esa misericordia infinita. Y llamó a los suyos para que fueran apóstoles, enviados en la fuerza del Espíritu Santo, en su nombre, según sus formas. Los eligió para enviarlos al mundo. ¿A luchar, a vencer? Pienso que esto no es una guerra. Aunque dentro de mí y en el mundo el bien y el mal estén enfrentados. Pero veo que Jesús ya ha vencido a la muerte. Y veo que el poder del amor es más grande que el del odio. Por eso siento que mi actitud no es la de un guerrero. No soy beligerante, no soy un soldado. Al menos esa no es mi forma. Creo que tampoco fue la manera de Jesús. No lo fue entonces cuando hubiera sido posible reunir un ejército de fieles armados para vencer a los fariseos, a los romanos, a muchos más. Pero esa no era la lucha de Jesús. No era ese su Reino. El suyo era el reino del amor, de la misericordia, de la paz, de la aceptación, de la ofrenda. A menudo pienso que soy un mal apóstol. Porque no lucho con esa fuerza por defender los valores divinos, las normas inamovibles, enfrentado a todos los enemigos de Dios, amigos del demonio. No veo las cosas blancas o negras. He aprendido a ver matices, tonos grises, distintos colores. Y es cierto que me siento turbado ante la fuerza del mal en este mundo, de la injusticia que parece imponerse con su fuerza. Pero no me desanimo ni pierdo la esperanza. Para mí ser apóstol, ser enviado es algo más hondo. Implica una pertenencia a Dios, una forma de vivir, una actitud ante la vida. Es el apostolado del ser el que más importa. Implica en mi vida el deseo de echar raíces en el corazón de Jesús, en la tierra de María. S. Pablo era apóstol: «Les contó cómo había visto al Señor en el camino y que le había hablado y cómo había predicado con valentía en Damasco en el nombre de Jesús. Andaba con ellos por Jerusalén, predicando valientemente en el nombre del Señor. Hablaba también y discutía con los helenistas; pero éstos intentaban matarle». No vivía con violencia tratando de imponer la verdad. Simplemente contaba lo que le había pasado, su experiencia, su humillación camino a Damasco. Y el regalo de esa llamada de amor cuando cambió su vida para siempre. Desde entonces nunca dejó de predicar, de escribir, de contar su historia. Me identifico con su forma de enfrentar la vida. Aunque intentaban matarlo, por no pensar como ellos, Pablo seguía adelante hablando de la misericordia que Dios le había manifestado un día en el desierto. Entonces pienso que hago apostolado con mi forma de enfrentar la vida, con mi actitud en la enfermedad. Con mi manera de acoger al que sufre, al abandonado, al rechazado por otros. Es mi apostolado del ser.

Quiero mirar agradecido a Dios por todo lo que sucede en mi vida. Quiero alabarlo por todo lo que me regala. Hoy escucho: «De ti viene mi alabanza en la gran asamblea, mis votos cumpliré ante los que le temen. Los pobres comerán, quedarán hartos, los que buscan a Dios le alabarán: - ¡Viva por siempre vuestro corazón! Le recordarán y volverán a Dios todos los confines de la tierra, ante Él se postrarán todas las familias de las gentes. Ante Él solo se postrarán todos los poderosos de la tierra, ante él se doblarán cuantos bajan al polvo. Y para aquél que ya no viva, le servirá su descendencia: ella hablará del Señor a la edad venidera, contará su justicia al pueblo por nacer: - Esto hizo Él». Con frecuencia se me olvida todo lo que Dios hace por mí. Es mucho y no me acuerdo. Pienso sólo en lo que me falta, en lo que me duele. Pienso en la salud perdida, en las personas que ya no tengo cerca, en las cosas que ya no hago. Decido hoy de nuevo, como otras veces, pensar en lo bueno de mi vida. En los dones que Dios me regala sin merecerlo. Porque así es su amor. Todo lo que recibo de sus manos no es por merecimiento. No tengo derecho a la vida ni a la salud. No tengo derecho al amor. Una persona me preguntaba: «¿Por qué Dios crea al hombre para que haga cosas buenas?». Me quedé pesando. No me ha creado Dios para que sea bueno y haga el bien. No me ha creado para cumplir todas las normas posibles y obedecer todos sus deseos, hasta los más sutiles. No es ese Dios en el que creo. Él sabe que soy frágil y que no siempre voy a responder al amor con amor. Sabe que no sé cumplir todo lo que me pide. Conoce mi fragilidad y que ante las tentaciones no sé responder con fortaleza. Me dejo llevar y no estoy a la altura de lo que yo mismo esperaba de mí. Por eso hoy de nuevo al levantarme me doy cuenta de que creo en un Dios que me ama y por eso me ha creado. Me ha creado por amor. Soy hijo del amor. Nazco por amor. Le basta a Él con eso. Verme y amarme es el sentido de su amor. Amarme a mí y dejar que yo sienta la caricia suave de su amor. Lo cierto es que, al saberme amado, yo puedo amar en respuesta. Pero soy libre, no me fuerza a amar. El amor nunca es una obligación. Yo decido lo que hago con ese amor. Que yo ame al que me ama es un don al mismo tiempo. Es una respuesta que brota en libertad del alma. Pero no siempre sucede. Tal vez no soporte ese amor inmerecido, no quiera estar en deuda con nadie y me cierre en mi coraza. Me escondo y me alejo del amor que recibo como en una cascada creyendo que así, lejos de ese amor, tendré más paz. Como si no me creyera que ese amor es para mí porque no lo merezco. No tengo derecho al amor y por eso lo rechazo. Y esa actitud mía puede llevarme a exigir que me amen, que me respeten, que me traten bien. Pero no funciona así. El amor no se puede exigir. Y tengo claro que hacer el bien es sólo una consecuencia del amor. Cuando amo a alguien sólo deseo su bien, no su mal. Cuando amo de forma madura es así. Cuando mi amor está enfermo vivo exigiendo y recriminando a quien más amo. Cuando tengo en mi alma un amor verdadero, la verdad es que quiero que le vaya bien y hago todo lo posible para que eso suceda. Amar es desear el bien del otro. Y el amor saca lo mejor de la persona amada. Por eso, al mirar hoy mi vida sólo brota de mi corazón el agradecimiento por tanto amor recibido. Quizás podría detenerme en la queja. En lo que no puedo hacer por culpa de la pandemia. En lo que me falta por el dolor vivido con la partida de mis seres queridos que ya no me acompañan en el camino. Podría centrarme en lo que no poseo porque ya no tengo ese don en mi alma o no lo he recibido. Podría escribir una lista de faltas, de ausencias, de vacíos. Entonces en lugar de gratitud acabaría destilando amargura y quejas por toda mi piel. Eso me dolería. El corazón me duele cuando me fijo en lo que me deben. Como si el amor fuera un derecho. Como si la vida estuviera en deuda conmigo. ¿Dónde he puesto mi corazón? ¿Dónde descansa? El otro día leía: «Yo jamás habría elegido mucho de lo que he tenido que vivir, ¿tú sí? Vivo cada día como si no fuera a despertarme mañana, porque no tenemos elección. Y siempre que vuelvo a levantarme, doy gracias» . Así es como quiero vivir y me duele cuando peco alejándome del amor recibido. Pago con ira, egoísmo, envidia, quejas todo el amor que acaricio en mis días. Siento tanto amor y yo pago a Dios con desprecios y olvidos. Quiero levantarme cada mañana con el gracias en los labios y en el corazón. Un corazón agradecido siempre sonríe, siempre está con paz, siempre vive el presente como un don inmerecido. Me da alegría darles las gracias a los que regalan su vida con alegría. Me da paz agradecerles a los que entregan mucho más amor del que reciben. Me conmueve agradecerle al que da lo que no tiene sin exigir nada como respuesta. Me emocionan esos corazones magnánimos que se dan en la entrega diaria sin medir los esfuerzos, sin calcular lo que entregan. Esos corazones tan agradecidos son para mí un camino de salvación. Quiero tener una mirada como la suya.

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.

lunes, 3 de mayo de 2021

¿Conoces el origen de la fiesta de la Cruz de mayo?

 





La victoria que terminó en un gran hallazgo

Hoy 3 de mayo, en varias ciudades de España y países de Latinoamérica se conmemora “la Cruz de mayo” (también a veces llamada la Fiesta de las Cruces), fecha en la que se hacen procesiones, fiestas y hasta bailes para venerar el madero donde Jesús murió.


La cruz previamente se adorna con flores (algunos también colocan frutas), no sólo por ser mayo el mes de las flores y la Virgen, sino también para simbolizar la nueva vida de Cristo resucitado.


Como referencia, en caso que nunca hayan tenido la oportunidad de ver una celebración de la Cruz de mayo, las decoraciones se parecen un poco a las del Día de los muertos en México (sin las calaveras, claro). Por ser una fiesta relacionada a la Pasión de Cristo, usualmente se colocan flores rojas. 


Una señal divina

Ahora bien, ¿por qué el 3 de mayo? Pues tenemos que remontarnos a los tiempos romanos del emperador Constantino, cuando todavía no se había convertido al cristianismo. Fue alrededor del siglo IV, estaba en una campaña militar contra Majencio, otro emperador romano, y no le estaba yendo muy bien… de hecho, la derrota parecía inminente. 




La noche antes de una gran batalla (que luego se le conocería como Batalla del Puente Milvio), Constantino tuvo un sueño donde vio una gran cruz luminosa suspendida en el aire y una frase que decía: In Hoc Signo Vinces (Con este signo vencerás).


Al día siguiente, mandó a colocar una cruz en varios de los estandartes y dijo: “Confío en Cristo, en quien cree mi madre Elena”. Constantino ganó la batalla y se dice que fue a partir de ese momento que decidió iniciar su conversión, edificar iglesias y parar la persecución de los cristianos.




Asimismo, encargó a su madre Elena (que después fue proclamada Santa por la iglesia católica) la búsqueda de la Santa Cruz en Jerusalén. Tras varios días de excavaciones, Elena encontró tres cruces, pero no sabía cuál era en la que había muerto Jesús. Cuenta la leyenda que llevaron a una mujer muy enferma y, al tocar la primera cruz, se sintió peor; luego tocó la segunda y no vio ningún cambio; pero al tocar el tercer madero, se curó. 


Elena, acompañada por obispos y fieles, tomaron esta cruz en procesión por las calles de Jerusalén. Algunos dicen que, incluso durante el trayecto, ocurrieron otros milagros. 


Esto sucedió un 3 de mayo y por eso en este día se conmemora la Invención (del latín invenio, que significa descubrimiento) o hallazgo de la Santa Cruz. El título Cruz de mayo vendría después y corresponde al fervor religioso popular. 






Dos fechas, una misma Cruz

Ahora bien, no hay que confundirlo con la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, que es el 14 de septiembre. Constantino y su madre Elena habían mandado a construir una iglesia para resguardar la Vera Cruz después de haber sido encontrada, pero siglos después, el rey persa Cosroes II tomó Jerusalén, quemó el templo y se llevó la Santa Cruz para ponerla debajo de su trono a manera de burla. 


Años después, el emperador bizantino Heraclio logró vencerlo y rescatarla, y un 14 de septiembre, regresaron la Vera Cruz a Jerusalén. Desde entonces, esa fecha fue proclamada en los calendarios litúrgicos como el día de la Exaltación de la Santa Cruz. Allí también se decidió, temiendo otro robo o su destrucción, cortarla en varios pedacitos que están en distintas iglesias, principalmente, de Italia y Jerusalén.





Así que este 3 de mayo, aunque sea en casa, decoremos con flores rojas nuestra cruz en familia (incluso puedes hacer flores de papel) para conmemorar su hallazgo y todo lo que representa: salvación, fe, esperanza, el estilo de vida cristiano y el amor infinito de Dios.


Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales


domingo, 2 de mayo de 2021

EL MES DE MAYO CON MARÍA CON LA CORONA FRANCISCANA

 


CORONA FRANCISCANA

Otra bella devoción mariana que se ha desarrollado en el seno Orden es la corona Franciscana de las sietes alegrías de la Santísima Virgen.

En 1442, en tiempos de San Bernardino de Siena, se difundió la noticia de una aparición de la Virgen a un novicio franciscano. Este de niño, tenía la costumbre de ofrecer a la bienaventurada Virgen una corona de rosas. Cuando ingreso en la Orden de Hermanos  Menores, su mayor dolor fue no poder seguir ofreciendo a la Santísima Virgen esta ofrenda de flores. Su angustia llego hasta tal punto, que decidió abandonar la Orden. La Virgen se le apareció para consolarlo y le indicó otra ofrenda diaria que le sería muy agradable.  Le sugirió recitar cada día siete décadas de Ave Marías intercaladas con la meditación de los siete misterios gozosos que ella vivió en su existencia. De esta manera tuvo origen la Corona Franciscana, Rosario de las siete alegrías.

San Bernardino de Siena fue uno de los primeros en practicar y difundir esta devoción, que para él era fuente de grandes favores.  Un día mientras recitaba esta corona se apareció la Santísima Virgen y con inefable dulzura le dijo: Esta devoción me es muy agradable. Para recompensarte te he obtenido de mi Hijo Jesús el predicar con fruto la Palabra de Dios y te doy milagros para convertir a los pecadores. Si perseveras en esta santa práctica, te prometo hacer partícipe de mi felicidad en el paraíso.           

DESARROLLO DE LA CORONA:

La Corona de la siete Alegrías de la Virgen María viene a ser el rosario franciscano. Consta de siete Alegrías y ésta de un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria. Al terminar cada Alegría se dirá: Bendita y alabada sea la santa, inmaculada y purísima Concepción de la bienaventurada Virgen María, Madre de Dios. Terminada las sietes Alegrías se rezarán dos Avemarías para completar los setenta y dos como los años de la Virgen y un Padrenuestro, un Avemaría y Gloria por las intenciones del Sumo Pontífice. Y por último se rezarán las Letanías a nuestra Madre. 

LAS ALEGRÍAS DE MARÍA

Primera Alegría: La Encarnación del Hijo de Dios.

Segunda Alegría: La Visita de la Virgen María a su prima Isabel.

Tercera Alegría: El Nacimiento del Hijo de Dios.

Cuarta Alegría: La Adoración de los reyes Magos.

Quinta Alegría: El hallazgo del Niño Jesús en el templo. 

Sexta Alegría: Aparición de Jesús resucitado a la Virgen María. 

Séptima Alegría: La Asunción y Coronación de la Virgen Santísima. 

PARA REZARLO EN FRATERNIDAD:

https://www.youtube.com/watch?v=16xy_Y5oIvc&t=313s


Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.


CARTAS DE ESPERANZA 2 DE MAYO DE 2021

 


2 de mayo de 2021

 

Hermano:

«Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye»

«Estoy dispuesto a navegar a la deriva sólo si Él va conmigo. Porque solo creo en mí cuando Él cree y solo creo en el mar cuando Él está navegando conmigo y lleva el timón de mi barca»

La vacunación despega en abril: Asturias administra más dosis este mes que en el primer trimestre.

El Principado se sitúa a la cabeza de España en porcentaje de inmunización y de personas con una dosis.

Asturias no relajará restricciones hasta el fin del estado de alarma.

El Principado presentará la próxima semana una adaptación del sistema 4+ con «medidas proporcionadas y adaptadas a cada momento».

Me conmueve cómo Jesús sigue llamando hoy a personas para que sigan su camino en el sacerdocio ministerial y estén con Él, a su lado, toda su vida. Sigue despertando la vocación en los corazones jóvenes en un tiempo en el que es fácil vivir en la superficie de las cosas, sin más profundidad ni hondura. Sigue llamando a una vida a su lado. Con el tiempo he comprendido que el sacerdocio no consiste en hacer muchas cosas por los demás. No consiste en lograr grandes éxitos y ser reconocido en medio del camino por corazones nobles que buscan a Dios en la carne. Me he dado cuenta de que ser sacerdote no es sólo un trabajo, ni tan solo un servicio, es aún más que una forma de vivir. No soy mejor sacerdote si predico bien, si doy buenas charlas o dirijo bien un grupo. Al menos en mi experiencia he comprobado que ser sacerdote es mucho más que todo eso. Es una forma de ser, una pertenencia. Porque Jesús no me llama para ayudarle en un montón de empresas que la mayor parte de las veces me parecen imposibles. No me pide que cree una pastoral inmejorable y logre que mucha gente recupere la fe perdida y llegue al cielo. No me exige un comportamiento intachable en el que no quepa ninguna duda y todo esté claro y perfecto. No me busca porque yo cumpla todas las normas y sea un caso preclaro para los que me siguen. Quizá es el hombre el que ha convertido el sacerdocio en una especie de modelo perfecto para justificar la imperfección propia. Que alguien al menos haga las cosas bien para que yo pueda seguir siendo infiel en lo pequeño y en lo grande. Tal vez yo mismo he convertido el sacerdocio en una especie de máquina perfecta. Atada totalmente al cielo y desprendida totalmente de la tierra. Hombres que viven en una especie de limbo perfecto en el que cumplir se da por supuesto y ser perfecto es la máxima ambición. Quizás el paso de los años me ha hecho comprender que ser sacerdote no me exime de ser pecador. Y tampoco me libera de mi condición errante y vagabunda por este mundo. Quizás lo único que me pide Jesús no es que lo comprenda todo y sea capaz de explicarlo de la forma más clara posible. No me pide que me mantenga incólume y sin mancha a los ojos de los hombres. Sabe cómo soy y quizás por eso me ha elegido para dar la vida, para entregar su vida. Pero no me siento orgulloso de su llamada, tan solo agradecido. No porque piense que mi vocación es la mejor, o la más perfecta, sino porque simplemente creo que me ha dado un lugar en el mundo en el que poder permanecer a su lado. Y siento que todos los caminos llevan a Dios tanto el mío como cualquier otro. Pero también creo que mi alma estaba hecha para seguir sus pasos de esta manera. Tal como Él me creó así me llamó. Y por eso me sigue conmoviendo que haya corazones jóvenes que en medio de este mundo tan disperso y poco profundo escuchen en lo recóndito de su alma una llamada suave, silenciosa y profunda que les pide que vayan a caminar a su lado. Me sigue conmoviendo que haya corazones jóvenes que digan que sí a esta forma de vida en un mundo tan expuesto, en el que ninguno de nosotros está libre de la caída, del error, de ser cuestionado por aquellos a los que sirve. En este mundo que busca una perfección que no encuentra en su propia alma. No me siento especialmente valioso a los ojos del mundo aunque a veces inconscientemente busque el reconocimiento. Más bien creo que el único reconocimiento que merece la pena es el del Jesús al caer la tarde cuando vuelvo cansado. Muere el sol sobre la playa y simplemente le digo a Jesús con mis manos vacías: «Esto es lo que hay, aquí me tienes». Y Él, conmovido por mi franqueza, sujeta mis manos vacías y las eleva al cielo. Y de repente, no sé bien cómo, siento que hay un montón de estrellas llenando el cielo. Acepta mi renuncia y mi entrega. Acepta mis vacíos y mis miedos. Acepta mis alegrías y mis logros. Es todo tan pequeño al lado del cielo lleno de estrellas. Y entonces me dice en mitad del mar que vuelva a remar mar adentro. Y yo le digo que tengo miedo, que estoy cansado y que no he pescado nada en todo el día. Pero Él insiste y yo le digo que por su palabra echaré las redes. Y entonces me rompo como tantas veces lo he hecho. En medio de mis lágrimas siento que estoy hecho para Dios y para el cielo. Y comprendo que no son mis logros lo que Él busca sino solamente que cada día de nuevo, al acabar el día, le diga que le quiero y que no pienso abandonarlo nunca. Y que estoy dispuesto a navegar a la deriva sólo si Él va conmigo, en mi barca. Porque solo creo en mí cuando Él cree y solo creo en el mar cuando Él está navegando conmigo y lleva el timón de mi barca. Yo creo en la vida cuando Él la está despertando en mi propio corazón cada mañana. Y entiendo que el amor humano que ha ido tejiendo en mi corazón es solamente el camino predilecto que Él ha elegido para mí. Para llevarme al cielo. No me ha llamado para no amar la tierra y a los hombres. Al contrario, me ha llamado para amarlos desde mi corazón de Pastor. Así me ha hecho Él a su imagen. Pastor herido, caminante cansado que busca encontrarse con Él a cada paso. Por eso me alegra ver que una y otra vez Dios despierta la vocación donde menos lo espero. Llama corazones jóvenes y los enciende por su amor. Eso me llena de alegría.

No es fácil tomar decisiones, ni saber muy bien lo que Dios me pide. No sé si acierto cada vez que elijo o me estoy dejando llevar por mi debilidad, por las tentaciones que me seducen. No sé si la elección que tomo es la correcta. Por eso he llegado a la conclusión que la decisión tomada es siempre la mejor. Cuando opto por algo no vivo pensando en los otros posibles caminos no elegidos. Si decido subir a la montaña es la mejor elección. Si decido no hacerlo, también lo es. Dejaré una de las opciones sin probar. Y no busco comparaciones que lo que logran es quitarme la paz. Elijo desde lo que soy, desde mi verdad. Y miro a Dios en mi corazón para saber lo que quiere de mí. Quizás no me queda claro, todo lo cubre una nebulosa. No hay luz. En este tiempo de Pascua me dejo iluminar por el Espíritu Santo para saber siempre qué es lo que tengo que hacer. ¿Cuáles son las prioridades en mi vida, mis opciones fundamentales? No siempre lo tengo claro. Es como si todo fuera importante. O tal vez nada lo fuera. Cada decisión es difícil porque tiene que ver con la verdad de mi corazón. Dios quiere que saque lo mejor que hay en mí. Quiere que me entregue desde mi verdad. ¿Hay caminos más correctos que otros? ¿Hay decisiones que debí haber tomado y no tomé? ¿Dejé pasar alguna oportunidad ante mis ojos sin hacer nada? La Pascua es el paso de Dios por mi vida. ¿Lo he visto pasar? A veces no estoy en el momento exacto, en el lugar correcto, para encontrarme con Dios. ¿O quizás es Él quien me busca en mi camino para decirme que me ama sin importarle dónde me encuentro? No lo sé. Mis omisiones me pesan. Decido sin decidir. Me alejo de Dios sin pretenderlo. Y dejo pasar la oportunidad que la vida me brinda sin prestar mucha atención. Estoy tan obsesionado con mis cosas que nada fuera de mis inquietudes me parece importante. Y no veo en una ordenación sacerdotal una llamada de Dios en mi vida a la conversión. No veo en el sí que un joven da a Dios una oportunidad para preguntarme si yo estoy dispuesto a dar tanto o prefiero optar por un camino más fácil. Cada uno en su lugar. Yo en el mío. Sigue pareciéndome un milagro que un ser humano pueda pronunciar con voz firme la palabra siempre. Si mi corazón es tan limitado, ¿cómo es posible? No sé si mañana estaré aquí y con fuerzas. No sé si seré capaz de cargar más tarde esta misma carga. No sé si sonreiré de golpe o mantendré el rostro serio y preocupado. No sé nada y aún así, ¿Soy capaz de pronunciar un sí para siempre? No lo sé. Un impulso, una pasión, un enamoramiento repentino. Siempre que veo en una película la escena en que Pedro reconoce a Jesús en la pesca milagrosa y se enamora, yo me emociono. Porque es ese momento en el que Pedro le dice a Jesús en su alma que sí, que lo seguirá a donde vaya. Ahí me rompo. Le dice que no tendrá dudas de que Él es su lugar. Y no tanto por los muchos peces que rebosan junto a la barca. El motivo no es la promesa de fecundidad. Es más bien esa mirada que rompe todas mis barreras y me deja indefenso. Y entonces mi corazón, como otros corazones, en cualquier vocación a la que Dios les llama, puede decir que sí, que quiere la plenitud para siempre, que está dispuesto a dar hasta el extremo, que quiere vivir amando de la forma como Jesús ama. Y todo porque mi corazón se supo amado. Eso es lo que gatilla mi deseo. Lo que despierta mi anhelo de volar las más altas cumbres. Sin ese encuentro en la barca no habría un sí para siempre. Cada uno sabe cuándo cruzó con Jesús su mirada. Por eso entiendo que muchos jóvenes hoy no quieran amar para siempre, ni jurar fidelidad eterna. Lo entiendo. Un sí sostenido en mi carne débil es tan frágil que cualquier desencuentro lo puede hacer tambalear, cualquier tentación del mundo, cualquier acontecimiento inesperado. Por eso sólo entiendo el infinito sostenido en la mirada de Dios. De otra forma me cuesta verlo. Puede que otros lo vivan sin Dios, para mí sería imposible. Hoy mismo al repetir mi propio sí de nuevo vuelvo a sentir el abismo bajo mis pies. Y le digo a Dios con la timidez de un hijo esa frase que ha marcado mi vida: «Sí, por la gracia de Dios». La pronuncié por primera vez el día de mi ordenación, la repito desde entonces cada día. Sí, estoy dispuesto si Dios me sostiene. Sí, le seguiré si Él mismo navega conmigo y marca con el timón el rumbo que ignoro. Y entonces mi decisión es la correcta. La que un día fue clara y el tiempo no ha logrado nublar. Porque los sueños siguen estando vivos en mi corazón de niño. Y me siento tan pequeño que su amor me levanta por encima de mis inseguridades. Y sueño con llegar a las cumbres que aún no veo. Tengo el alma en paz. Y sea lo que sea lo que decido, lo tengo claro, Dios decide dentro de mi alma.

La paciencia es un don que Dios tiene y que a mí me falta. Sé que siempre me mira con paciencia y misericordia. ¿Cómo puedo aprender yo a tener paciencia? Es difícil. Me obsesiono con las cosas que deseo y me dejo llevar por mis fijaciones. ¿Cómo puedo alterar el ritmo al que el tiempo avanza cada día? Tengo prisa por llegar a la meta y alcanzar los sueños. En esta vida tener demasiada prisa no es bueno porque me tensiona. Tengo claro que todo llega a su tiempo, cuando tiene que ser. Como la planta que crece al ritmo del agua y del sol. A su tiempo, sin prisas. Sin que yo pueda acelerar su crecimiento desde dentro hacia fuera, desde el interior a la superficie, desde lo hondo a las alturas. Sin que pueda forzar al capullo para poder ver la flor. Me abismo en mis miedos queriendo que todo suceda como yo espero. He puesto mi confianza en mis fuerzas, pensando que soy yo el que puede lograrlo todo y alcanzar las metas. Y me asusta que no se arreglen los problemas y la vida no sea como tengo planeado. Y me altero. Tengo que respirar con calma mientras me aferro al presente. No quiero angustiarme por aquello que no depende de mí y no controlo. Me gustaría que fueran las cosas diferentes. Que las aguas tuvieran otro ritmo. Es como cuando el tiempo amenaza lluvia y yo no puedo hacer nada para detener las nubes. ¿La paciencia es un don que viene del cielo? Eso espero, por eso lo pido. Pido ser paciente conmigo mismo, con mis ritmos, con mis talentos y defectos. Paciente al ver que mis imperfecciones complican el ritmo de la vida. Y soy yo un obstáculo que no deja que funcionen las cosas. Paciencia al ver cómo soy yo en mis límites. No me quiero alterar. Quiero perdonar mi pobreza. Sueño con otros tiempos y con otras metas. Miro a mi prójimo y veo también sus límites. Veo que no es como yo deseo y me impaciento. Le pido peras al olmo, como dice el dicho. Espero frutos que la persona no me puede dar. Y me impaciento cuando no se cumple lo que deseo. Como si yo pudiera cambiar a las personas y acelerar sus ritmos sólo con mi deseo. Eso no sucede. Deseo tener la paciencia de Dios. Él espera que la vida cumpla sus ritmos. No se altera, no se enoja con el mundo, ni conmigo. No vive pidiéndole al hombre lo que no le puede dar. Quisiera poseer la paciencia del que ama. «Los educadores son personas que aman y no pueden dejar de amar, y las personas que padecen este estancamiento de los afectos nos dan la ocasión de obrar como el buen samaritano y verter bálsamo sobre sus llagas. Hace falta, además, mucha paciencia, porque ellas se sienten inhibidas ante todo afecto humano» . Es la paciencia del padre que cuida a su hijo en la enfermedad. La paciencia del educador que sabe que los procesos interiores son lentos y profundos. La paciencia de ese Dios de mi vida que me mira como lo hace el buen samaritano. Se detiene, observa y cura mis heridas. Decía el Cura de Ars: «La paciencia de Dios nos aguarda». Pienso en la paciencia del buen samaritano que se detiene al borde del camino para atender al más herido, a aquel al que todos desprecian. Sé que la paciencia es un don que pido todos los días y no me llega. Me impaciento con el amigo importuno que golpea mi puerta una y otra vez. Me pongo nervioso con el que hace las cosas a otro ritmo. No llega lo que deseo y me canso de esperar en mi impaciencia. Al final todo llega, a su tiempo, cada día tiene su afán. El árbol crece a ritmo de años. Y esa planta que parecía muerta después de las heladas cobra vida a ritmo muy lento y pausado. Me gusta pensar en los planes de Dios que no son los míos, porque no me pertenecen. Son suyos. Me adapto a su ritmo. En ocasiones esperar una hora me parece mucho, un día entero demasiado. Un mes es una inmensidad y un año parece eterno. Pero no hay plazo que no se cumpla, todo llega. Para Dios diez años son un día, una sombra que pasa. En Él no hay tiempo, ni prisas, ni plazos que cumplir. Y esa forma de medir la vida me gusta más que mi ritmo agitado e inquieto. Vivo buscando que las cosas se adapten a mí, igual que las personas, en lugar de pensar que soy yo el que tiene que adaptarse a la realidad para no vivir triste y desesperado. No llevo cuentas del mal que recibo ni de las promesas incumplidas. Me contento con poco, eso que sucede es lo que deseo. Miro alegre lo que hay, y no pienso en lo que debiera haber. No espero de la vida lo que no puede darme. Ni de las personas lo que no les he pedido. Aguardo paciente al final del día a que todo suceda según los deseos de Dios, no según los míos. Y beso agradecido la vida como es sin querer que todo sea diferente. Amanezco cada mañana soñando con la noche. Y me acuesto cada noche soñando con el día. Así de sencillo, sin prisas, sin agobios, sin muchas pretensiones.

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales