domingo, 15 de noviembre de 2020

LOS ESTVDIANTES CUSTODIOS DE LAS CAPILLAS DEL MONSACRO

 



La Hermandad de los Estvdiantes está de enhorabuena. El trabajo de los Cofrades y de su Junta de Gobierno con el Hermano Mayor a la cabeza, D. ANDRES LLAVONA avanza con paso firme.

Hace pocas semanas la Hermandad organizó una peregrinación al Monsacro a la que acudió el Sr. Arzobispo   - que subió marcando el ritmo, dicho sea de paso- para reconocer la ruta del “Vía Crucis” que comienza en el pueblo de LOS LLANOS y culmina en la majada de las capillas, con vistas al VIA CRUCIS que los Estvdiantes organizarán en esta próxima Cuaresma de 2021 (d.m.) con el Santísimo Cristo de la Misericordia a hombros de los costaleros de la Hermandad y flanqueado por antorchas. Una vez arriba, el SR. Arzobispo celebró la misa de campaña en la Capilla de la Magdalena a los peregrinos que acudieron.

El trabajo y las gestiones de la Hermandad con el REVERENDO PARROCO D. RECAREDO de quine dependen las capillas del Monsacro junto con el del Director Espiritual de la Hermandad REVERENDO PARROCO D. ALBERTO REIGADA y con el visto bueno del SR. ARZOBISPO han fructificado en que nuestra hermandad se convierta formalmente en los CUSTODIOS DE LAS CAPILLAS DEL MONSACRO (SANTIAGO Y LA MAGDALENA) para el cuidado, protección y desarrollo de las mismas junto con la feligresía del lugar.

Varios cofrades junto con el Hermano Mayor se acercaron el fin de semana de Todos Los Santos y Difuntos, para dar cuenta y explicar el proyecto a la feligresía de las parroquias de:  SAN ESTEBAN, SAN SEBASTIAN, SANTA EULALIA, PEDROVEYA, PEÑERUDES Y LA PIÑERA   que son todas las que conforman la Unidad Parroquial en torno al Monsacro.

ESTO ES SOLO EL COMIENZO….

BAJO LA PROTECCIÓN DE MARIA, porque ¡DIOS LO QUIERE!

Os dejamos a continuación el escrito leído por el Hermano mayor D. Andrés Flavona a toda esa feligresía.

 

CARTA DEL HERMANO MAYOR DE LOS ESTVDIANTES DIRIGIDA A LA FELIGRESIA ENTORNO AL MONSACRO

 

Estimados feligreses de las Parroquias aledañas del MONSACROI dependientes de Santa Eulalia (San Esteban, San Sebastián, La Piñera, Pedroveya y Peñerudes,), nos hemos acercado a la ladera de esta Montaña Sagrada y especial, el MONSACRO, para daros cuenta de una iniciativa que la Hermandad de los Estvdiantes de Oviedo quiere desarrollar en coordinación y supervisión del Reverendo Sr. Párroco D. Recaredo:

Una serie de actividades y movimientos alrededor del Monsacro y sus capillas para ensalzar este lugar de peregrinación que creemos debe ser uno de los más importantes de España.  Estamos plenamente convencidos de que, si este santo lugar estuviese en Sevilla, León o cualquier otra región estaría sin duda en otra posición a todos los niveles.

Queremos haceros partícipes de lo siguiente:

            -1) En primer lugar deciros que no venimos a usurpar el sitio de nadie si no a sumar esfuerzos con vuestro Reverendo Sr. Párroco en esta cruzada de la Fe de recuperación y realce de un lugar histórico para nuestra reconquista, nuestra fe, nuestra tradición y nuestra historia.

            2) Por ello deciros que una de las primeras decisiones que ha tomado la Junta de Gobierno de la Hermandad de los Estvdiantes es la de que el ESCUDO DE MORCIN, sede del Monsacro aparezca reflejado en una de las cartelas del paso de Misterio del Sr. De la Sentencia, buque insignia de la Hermandad que sale a la calle en la ya célebre procesión de la MADRUGA Ovetense la Noche del Jueves santo / madrugada del Viernes santo desde la capilla del Edificio Histórico de la Universidad de Oviedo. Dicha cartela se presentará en el PREGON DEL COSTALERO con presencia de autoridades civiles, militares y eclesiásticas y al que por supuesto estaréis invitados a acudir. 

            3) Previamente, el 2º Domingo de Cuaresma en la que es la FUNCION PRINCIPAL DE INSTITUTO DE LA HERMANDAD donde se produce el juramento de las reglas por los nuevos hermanos, se producirá –Dios mediante- UN HERMANAMIENTO entre nuestra Hermandad y las “CAPILLAS DEL MONSACRO”, siendo testigo el Reverendo Párroco D. Recaredo y que será refrendado por la entrega de las llaves de las capillas para que nuestra Hermandad sea CUSTODIO de las Capillas.  El ser CUSTODIOS DE LAS CAPILLAS nos obliga a acudir regularmente a la limpieza, y supervisión de las 2 capillas (Santiago y la Magdalena), y a intentar solucionar cualquier problema (que esté en nuestras manos) que se pudiera dar en ellas, como de hecho ya se está haciendo.

Esas llaves serán entregadas por el reverendo párroco D. Recaredo al hermano mayor para su custodia en el acto del PREGON DEL COSTALERO DE OVIEDO   y las portará testimonialmente el JUDIO LECTOR   que sujeta el pergamino con la sentencia de Cristo dictada por pilatos, en su cintura, siendo testimonio de este hermanamiento a lo largo del tiempo cada vez que el Señor de la Sentencia salga a la calle.

 

            4)  QUEREMOS INSTAURAR UN VIA-CRUCIS DEL MONSACRO, esta próxima cuaresma y queremos que sea uno de los puntos álgidos de la Cuaresma Asturiana. Para ellos ya hemos coordinado tanto a nuestro. Director Espiritual  el Reverendo Párroco D. Alberto Reigada junto con vuestro Reverendo Párroco d. Recaredo, para que la cuadrilla de costaleros de nuestra Hermandad realice el vía crucis del Monsacro siguiendo las estaciones marcadas en la Piedra con el SANTISIMO CRISTO DE LA MISERICORDIA  de Nuestra Hermandad  trasladado a estos efectos desde Oviedo y portado a hombros desnudos sobre los costaleros de los Estvdiantes, y flanqueado por antorchas  en la tarde –noche de un Sábado de Cuaresma , donde esperamos que gentes de toda la comarca , de Oviedo y de toda la región nos acompañe haciendo un VIA CRUCIS , UNICO  Y ESPECIAL EN EL NORTE DE ESPAÑA.

            5) Estamos organizando una carrera y hacerla muy popular en el norte de España, la CARRERA DE LAS RELIQUIAS, que comience en las capillas y tenga como destino la Catedral de Oviedo emulando el trayecto de las Santas Reliquias que estuvieron custodiadas en esta montaña a salvo de la invasión musulmana. Queremos que sea en el fin de semana más próximo al 14 de Septiembre día de la SANTA CRUZ, inicio de la “PERDONANZA” (JUBILEO DE LA SANTA CRUZ):

El conjunto Monsacro-Reliquias-Cámara Santa y Camino Primitivo son entes que deben caminar juntos y estamos en contacto con historiadores, ensayistas y otros estudiosos para poner al Monsacro, sus capillas y sus gentes a la altura que merecen si es que no lo están ya.

Nada más que decirles muchas gracias por su tiempo; que pueden contar con nosotros a para lo que necesiten y como última reflexión, permítanos reseñar lo siguiente:

En el año 587 de la era de nuestro señor el rey Visigodo Recaredo se convierte al catolicismo; fue otro noble visigodo, D. Pelayo, quien acude hasta este lugar con las reliquias huyendo de la invasión sarracena. Hoy en día, año de 2020 de nuestro señor, otro Recaredo quiere darles un impulso a las reliquias… ¿casualidad? Nosotros no creemos en las casualidades si no en las causalidades.

Permítanme ofrecerles un fraternal abrazo en Nuestro Padre Jesús de la Sentencia, María Santísima de la Esperanza y San Fco. Javier titulares de nuestra. Hermandad y que SANTIAGO, MARIA MAGDALENA protejan nuestras familias y nos guíen en este camino que empezamos juntos.

Bajo la protección de María porque ¡DIOS LO QUIERE!

ANDRES LLAVONA FERNANDEZ

HERMANO MAYOR DE LA HERMANDAD Y COFRADIA DE NAZARENOS DEL SANTISIMO CRISTO DE LA MISERICORDIA, NUESTRO PADRE JESUS DE LA SENTENCIA, MARIA SANTISIMA DE LA ESPERANZA Y S.FCO.JAVIER. “LOS ESTVDIANTES”

 



Representación de los Estvdiantes con feligreses de SAN SEBASTIAN



Representación de los Estvdiantes con feligreses de SAN ESTEBAN



Representación de los Estvdiantes con feligreses de LA PIÑERA



Representación de los Estvdiantes con feligreses de PEDROVEYA



Representación de los Estvdiantes con feligreses de SANTA EULALIA




Representación de los Estvdiantes con feligreses de PEÑERUDES




Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.


miércoles, 11 de noviembre de 2020

IV JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES

 





MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO


IV JORNADA MUNDIAL DE LOS POBRES


Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario

15 de noviembre de 2020


 


“Tiende tu mano al pobre” (cf. Si 7,32)


 


“Tiende tu mano al pobre” (cf. Si 7,32). La antigua sabiduría ha formulado estas palabras como un código sagrado a seguir en la vida. Hoy resuenan con todo su significado para ayudarnos también a nosotros a poner nuestra mirada en lo esencial y a superar las barreras de la indiferencia. La pobreza siempre asume rostros diferentes, que requieren una atención especial en cada situación particular; en cada una de ellas podemos encontrar a Jesús, el Señor, que nos reveló estar presente en sus hermanos más débiles (cf. Mt 25,40).


1. Tomemos en nuestras manos el Eclesiástico, también conocido como Sirácida, uno de los libros del Antiguo Testamento. Aquí encontramos las palabras de un sabio maestro que vivió unos doscientos años antes de Cristo. Él buscaba la sabiduría que hace a los hombres mejores y capaces de escrutar en profundidad las vicisitudes de la vida. Lo hizo en un momento de dura prueba para el pueblo de Israel, un tiempo de dolor, luto y miseria causado por el dominio de las potencias extranjeras. Siendo un hombre de gran fe, arraigado en las tradiciones de sus antepasados, su primer pensamiento fue dirigirse a Dios para pedirle el don de la sabiduría. Y el Señor le ayudó.


Desde las primeras páginas del libro, el Sirácida expone sus consejos sobre muchas situaciones concretas de la vida, y la pobreza es una de ellas. Insiste en el hecho de que en la angustia hay que confiar en Dios: «Endereza tu corazón, mantente firme y no te angusties en tiempo de adversidad. Pégate a él y no te separes, para que al final seas enaltecido. Todo lo que te sobrevenga, acéptalo, y sé paciente en la adversidad y en la humillación. Porque en el fuego se prueba el oro, y los que agradan a Dios en el horno de la humillación. En las enfermedades y en la pobreza pon tu confianza en él. Confía en él y él te ayudará, endereza tus caminos y espera en él. Los que teméis al Señor, aguardad su misericordia y no os desviéis, no sea que caigáis» (2,2-7).


2. Página tras página, descubrimos un precioso compendio de sugerencias sobre cómo actuar a la luz de una relación íntima con Dios, creador y amante de la creación, justo y providente con todos sus hijos. Sin embargo, la constante referencia a Dios no impide mirar al hombre concreto; al contrario, las dos cosas están estrechamente relacionadas.


Lo demuestra claramente el pasaje del cual se toma el título de este Mensaje (cf. 7,29-36). La oración a Dios y la solidaridad con los pobres y los que sufren son inseparables. Para celebrar un culto que sea agradable al Señor, es necesario reconocer que toda persona, incluso la más indigente y despreciada, lleva impresa en sí la imagen de Dios. De tal atención deriva el don de la bendición divina, atraída por la generosidad que se practica hacia el pobre. Por lo tanto, el tiempo que se dedica a la oración nunca puede convertirse en una coartada para descuidar al prójimo necesitado; sino todo lo contrario: la bendición del Señor desciende sobre nosotros y la oración logra su propósito cuando va acompañada del servicio a los pobres.


3. ¡Qué actual es esta antigua enseñanza, también para nosotros! En efecto, la Palabra de Dios va más allá del espacio, del tiempo, de las religiones y de las culturas. La generosidad que sostiene al débil, consuela al afligido, alivia los sufrimientos, devuelve la dignidad a los privados de ella, es una condición para una vida plenamente humana. La opción por dedicarse a los pobres y atender sus muchas y variadas necesidades no puede estar condicionada por el tiempo a disposición o por intereses privados, ni por proyectos pastorales o sociales desencarnados. El poder de la gracia de Dios no puede ser sofocado por la tendencia narcisista a ponerse siempre uno mismo en primer lugar.


Mantener la mirada hacia el pobre es difícil, pero muy necesario para dar a nuestra vida personal y social la dirección correcta. No se trata de emplear muchas palabras, sino de comprometer concretamente la vida, movidos por la caridad divina. Cada año, con la Jornada Mundial de los Pobres, vuelvo sobre esta realidad fundamental para la vida de la Iglesia, porque los pobres están y estarán siempre con nosotros (cf. Jn 12,8) para ayudarnos a acoger la compañía de Cristo en nuestra vida cotidiana.


4. El encuentro con una persona en condición de pobreza siempre nos provoca e interroga. ¿Cómo podemos ayudar a eliminar o al menos aliviar su marginación y sufrimiento? ¿Cómo podemos ayudarla en su pobreza espiritual? La comunidad cristiana está llamada a involucrarse en esta experiencia de compartir, con la conciencia de que no le está permitido delegarla a otros. Y para apoyar a los pobres es fundamental vivir la pobreza evangélica en primera persona. No podemos sentirnos “bien” cuando un miembro de la familia humana es dejado al margen y se convierte en una sombra. El grito silencioso de tantos pobres debe encontrar al pueblo de Dios en primera línea, siempre y en todas partes, para darles voz, defenderlos y solidarizarse con ellos ante tanta hipocresía y tantas promesas incumplidas, e invitarlos a participar en la vida de la comunidad.


Es cierto, la Iglesia no tiene soluciones generales que proponer, pero ofrece, con la gracia de Cristo, su testimonio y sus gestos de compartir. También se siente en la obligación de presentar las exigencias de los que no tienen lo necesario para vivir. Recordar a todos el gran valor del bien común es para el pueblo cristiano un compromiso de vida, que se realiza en el intento de no olvidar a ninguno de aquellos cuya humanidad es violada en las necesidades fundamentales.


5. Tender la mano hace descubrir, en primer lugar, a quien lo hace, que dentro de nosotros existe la capacidad de realizar gestos que dan sentido a la vida. ¡Cuántas manos tendidas se ven cada día! Lamentablemente, sucede cada vez más a menudo que la prisa nos arrastra a una vorágine de indiferencia, hasta el punto de que ya no se sabe más reconocer todo el bien que cotidianamente se realiza en el silencio y con gran generosidad. Así sucede que, sólo cuando ocurren hechos que alteran el curso de nuestra vida, nuestros ojos se vuelven capaces de vislumbrar la bondad de los santos “de la puerta de al lado”, «de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 7), pero de los que nadie habla. Las malas noticias son tan abundantes en las páginas de los periódicos, en los sitios de internet y en las pantallas de televisión, que nos convencen que el mal reina soberano. No es así. Es verdad que está siempre presente la maldad y la violencia, el abuso y la corrupción, pero la vida está entretejida de actos de respeto y generosidad que no sólo compensan el mal, sino que nos empujan a ir más allá y a estar llenos de esperanza.


6. Tender la mano es un signo: un signo que recuerda inmediatamente la proximidad, la solidaridad, el amor. En estos meses, en los que el mundo entero ha estado como abrumado por un virus que ha traído dolor y muerte, desaliento y desconcierto, ¡cuántas manos tendidas hemos podido ver! La mano tendida del médico que se preocupa por cada paciente tratando de encontrar el remedio adecuado. La mano tendida de la enfermera y del enfermero que, mucho más allá de sus horas de trabajo, permanecen para cuidar a los enfermos. La mano tendida del que trabaja en la administración y proporciona los medios para salvar el mayor número posible de vidas. La mano tendida del farmacéutico, quién está expuesto a tantas peticiones en un contacto arriesgado con la gente. La mano tendida del sacerdote que bendice con el corazón desgarrado. La mano tendida del voluntario que socorre a los que viven en la calle y a los que, a pesar de tener un techo, no tienen comida. La mano tendida de hombres y mujeres que trabajan para proporcionar servicios esenciales y seguridad. Y otras manos tendidas que podríamos describir hasta componer una letanía de buenas obras. Todas estas manos han desafiado el contagio y el miedo para dar apoyo y consuelo.


7. Esta pandemia llegó de repente y nos tomó desprevenidos, dejando una gran sensación de desorientación e impotencia. Sin embargo, la mano tendida hacia el pobre no llegó de repente. Ella, más bien, ofrece el testimonio de cómo nos preparamos a reconocer al pobre para sostenerlo en el tiempo de la necesidad. Uno no improvisa instrumentos de misericordia. Es necesario un entrenamiento cotidiano, que proceda de la conciencia de lo mucho que necesitamos, nosotros los primeros, de una mano tendida hacia nosotros.


Este momento que estamos viviendo ha puesto en crisis muchas certezas. Nos sentimos más pobres y débiles porque hemos experimentado el sentido del límite y la restricción de la libertad. La pérdida de trabajo, de los afectos más queridos y la falta de las relaciones interpersonales habituales han abierto de golpe horizontes que ya no estábamos acostumbrados a observar. Nuestras riquezas espirituales y materiales fueron puestas en tela de juicio y descubrimos que teníamos miedo. Encerrados en el silencio de nuestros hogares, redescubrimos la importancia de la sencillez y de mantener la mirada fija en lo esencial. Hemos madurado la exigencia de una nueva fraternidad, capaz de ayuda recíproca y estima mutua. Este es un tiempo favorable para «volver a sentir que nos necesitamos unos a otros, que tenemos una responsabilidad por los demás y por el mundo [...]. Ya hemos tenido mucho tiempo de degradación moral, burlándonos de la ética, de la bondad, de la fe, de la honestidad [...]. Esa destrucción de todo fundamento de la vida social termina enfrentándonos unos con otros para preservar los propios intereses, provoca el surgimiento de nuevas formas de violencia y crueldad e impide el desarrollo de una verdadera cultura del cuidado del ambiente» (Carta enc. Laudato si’, 229). En definitiva, las graves crisis económicas, financieras y políticas no cesarán mientras permitamos que la responsabilidad que cada uno debe sentir hacia al prójimo y hacia cada persona permanezca aletargada.


8. “Tiende la mano al pobre” es, por lo tanto, una invitación a la responsabilidad y un compromiso directo de todos aquellos que se sienten parte del mismo destino. Es una llamada a llevar las cargas de los más débiles, como recuerda san Pablo: «Mediante el amor, poneos al servicio los unos de los otros. Porque toda la Ley encuentra su plenitud en un solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. [...] Llevad las cargas los unos de los otros» (Ga 5,13-14; 6,2). El Apóstol enseña que la libertad que nos ha sido dada con la muerte y la resurrección de Jesucristo es para cada uno de nosotros una responsabilidad para ponernos al servicio de los demás, especialmente de los más débiles. No se trata de una exhortación opcional, sino que condiciona de la autenticidad de la fe que profesamos.


El libro del Eclesiástico viene otra vez en nuestra ayuda: sugiere acciones concretas para apoyar a los más débiles y también utiliza algunas imágenes evocadoras. En un primer momento toma en consideración la debilidad de cuantos están tristes: «No evites a los que lloran» (7,34). El período de la pandemia nos obligó a un aislamiento forzoso, incluso impidiendo que pudiéramos consolar y permanecer cerca de amigos y conocidos afligidos por la pérdida de sus seres queridos. Y sigue diciendo el autor sagrado: «No dejes de visitar al enfermo» (7,35). Hemos experimentado la imposibilidad de estar cerca de los que sufren, y al mismo tiempo hemos tomado conciencia de la fragilidad de nuestra existencia. En resumen, la Palabra de Dios nunca nos deja tranquilos y continúa estimulándonos al bien.


9. “Tiende la mano al pobre” destaca, por contraste, la actitud de quienes tienen las manos en los bolsillos y no se dejan conmover por la pobreza, de la que a menudo son también cómplices. La indiferencia y el cinismo son su alimento diario. ¡Qué diferencia respecto a las generosas manos que hemos descrito! De hecho, hay manos tendidas para rozar rápidamente el teclado de una computadora y mover sumas de dinero de una parte del mundo a otra, decretando la riqueza de estrechas oligarquías y la miseria de multitudes o el fracaso de naciones enteras. Hay manos tendidas para acumular dinero con la venta de armas que otras manos, incluso de niños, usarán para sembrar muerte y pobreza. Hay manos tendidas que en las sombras intercambian dosis de muerte para enriquecerse y vivir en el lujo y el desenfreno efímero. Hay manos tendidas que por debajo intercambian favores ilegales por ganancias fáciles y corruptas. Y también hay manos tendidas que, en el puritanismo hipócrita, establecen leyes que ellos mismos no observan.


En este panorama, «los excluidos siguen esperando. Para poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 54). No podemos ser felices hasta que estas manos que siembran la muerte se transformen en instrumentos de justicia y de paz para el mundo entero.


10. «En todas tus acciones, ten presente tu final» (Si 7,36). Esta es la expresión con la que el Sirácida concluye su reflexión. El texto se presta a una doble interpretación. La primera hace evidente que siempre debemos tener presente el fin de nuestra existencia. Acordarse de nuestro destino común puede ayudarnos a llevar una vida más atenta a quien es más pobre y no ha tenido las mismas posibilidades que nosotros. Existe también una segunda interpretación, que evidencia más bien el propósito, el objetivo hacia el que cada uno tiende. Es el fin de nuestra vida que requiere un proyecto a realizar y un camino a recorrer sin cansarse. Y bien, la finalidad de cada una de nuestras acciones no puede ser otra que el amor. Este es el objetivo hacia el que nos dirigimos y nada debe distraernos de él. Este amor es compartir, es dedicación y servicio, pero comienza con el descubrimiento de que nosotros somos los primeros amados y movidos al amor. Este fin aparece en el momento en que el niño se encuentra con la sonrisa de la madre y se siente amado por el hecho mismo de existir. Incluso una sonrisa que compartimos con el pobre es una fuente de amor y nos permite vivir en la alegría. La mano tendida, entonces, siempre puede enriquecerse con la sonrisa de quien no hace pesar su presencia y la ayuda que ofrece, sino que sólo se alegra de vivir según el estilo de los discípulos de Cristo.


En este camino de encuentro cotidiano con los pobres, nos acompaña la Madre de Dios que, de modo particular, es la Madre de los pobres. La Virgen María conoce de cerca las dificultades y sufrimientos de quienes están marginados, porque ella misma se encontró dando a luz al Hijo de Dios en un establo. Por la amenaza de Herodes, con José su esposo y el pequeño Jesús huyó a otro país, y la condición de refugiados marcó a la sagrada familia durante algunos años. Que la oración a la Madre de los pobres pueda reunir a sus hijos predilectos y a cuantos les sirven en el nombre de Cristo. Y que esta misma oración transforme la mano tendida en un abrazo de comunión y de renovada fraternidad.


Roma, en San Juan de Letrán, 13 de junio de 2020, memoria litúrgica de san Antonio de Padua.


 


Francisco



Enviado por:



Jesús Manuel Cedeira Costales.


domingo, 8 de noviembre de 2020

CARTAS DE ESPERANZA 8 DE NOVIEMBRE DE 2020

  



8 de noviembre de 2020


Hermano:

«Padre. Donde dos o tres están reunidos en mi nombre allí estoy en medio de ellos»

«Quiero vivir volcado en Dios, en su amor que todo lo llena. Necesito ahondar, cavar hondo dentro de mi alma. Buscar a ese Dios escondido que quiere darme la paz para que viva en su presencia»

Asturias alcanzó ayer un nuevo máximo diario de infectados: 581; los médicos del HUCA temen el colapso como en Cabueñes.

Hoy me he puesto la ropa de trabajo. Levantando mi alma por encima del viento. Y he pensado, y he soñado, levantar el vuelo o caminar despacio. Apuntar las cosas que se me olvidan para nunca olvidarlas. Recoger en una bolsa lo que me ha sobrado para cuando me falte. Limpiar la mesa y todo lo que me rodea para tener buen ánimo, despejando la pena. Olvidar los insultos, las difamaciones y las injurias que un día guardé cansado, para no mantener el rencor en el alma, ese rencor que tanto duele. Pintar el amanecer despacio, a golpe de pincel, lleno todo de sol y de claros, justo en medio de la tormenta. Cantar una canción alegre cuando las melodías que entono parecen tan tristes, concordes con el tiempo. Recorrer a paso firme el cielo estrellado caminando sobre nubes. Sostener en volandas las ilusiones benditas, esas que la vida se empeña en marchitar de vez en cuando. Acariciar cansado la piel que más me duele, allí donde la herida avisa con revivir. Sostener los recuerdos que amenazan con irse dejándome vacío. Dibujar una cruz bendita sobre el cielo, señalando el camino, el más seguro fin de tantos pasos. Labrar un sendero oculto entre los bosques, un sendero escondido, virgen, nuevo que mis pasos quieren hollar primero. Silenciar con un gesto los gritos más airados que escucho entre las sombras, y mantener un silencio, una paz acordada, sin muchas estridencias. Escribir con mano firme los sueños que he engendrado, casi sin darme cuenta, a base de mirar más alto, o más lejos. Posponer sin miedo las citas prescindibles y agendar citas nuevas, haciéndolo todo nuevo una vez más en mi vida. Inventarme excusas para no vivir triste, conteniendo sollozos. Sofocar con un grito los miedos de mi alma, esos miedos guardados intentando acallarlos. Saber con certeza que más tarde o quizá más temprano saldrá el sol de nuevo en medio de mi vida. Todo esto he pensado mientras pasaba el tiempo muy dentro de mí mismo. Mientras el cielo azul se tornaba grisáceo con el paso del día. Mientras el mar se alejaba muy dentro de mi alma, calmándome las olas. Ese lugar recóndito en el que Dios habita, allí donde a veces no sé mirar, quizás estoy ciego. Retomo la nostalgia que acalla muy ufana los ecos del mañana. Negándome a vivir lleno de amargos gestos. Miro con esperanza más allá de los miedos. La confianza grata de saberme querido en medio del camino. La mano que sostiene mi mano a cada paso. Ese abrazo sincero que ahora, en estos tiempos de distancias seguras, el alma añora. Quiero inventarme el día con la fuerza de un parto. Un nacimiento nuevo en medio de mi vida. Me quedo sonriendo mientras las horas pasan, dibujando palabras en un blanco preciso. No quiero perder el tiempo. Me levanto tranquilo. Sé que la vida es grata y los sueños preciosos. No me canso de amar, quizás por haber sido amado. No tengo las respuestas a todas las preguntas. Y vago tan ufano por esta vida grande, que supera mis fuerzas y todos mis afanes. Quiero abrazar muy quedo las almas que contiene mi corazón herido. Y miro sin tristeza la vida que he vivido. Las sombras y las nubes. Los vientos y los fuegos. Sostengo entre los dedos los hilos de mi trama, esa que voy tejiendo, de la mano de Dios para que todo encaje. Levantaré las manos al cielo, alabando. Sólo puedo dar gracias, es tanto lo vivido, lo que tengo, lo que he sido, lo que sigo siendo más allá del tiempo que ahora se me escapa. No grito a los que gritan. No huyo del que ataca. Aguardo hoy paciente las noticias más gratas. Y espero a que la vida surja desde la muerte. Tengo hoy en mi alma un anhelo infinito. Seguro que fue Dios el que lo puso un día. No puedo esconderlo, ni dejarlo olvidado. Siempre de nuevo brota esa nostalgia de cielo que consume mis fuerzas. Soy como los niños, río y espero a que me abrace ese Dios escondido en medio de las olas. Calmando mis angustias, levantando mis miedos. Ese Dios que me dice que valgo más que nada y sonríe muy quedo. Ese Dios que me ama como a nadie. Sé que soy su predilecto. Vuelvo a abrir la ventana soñando con el día que amanece. Ahora ya ha pasado el tiempo de la noche. Sonrío, el aire se calma y el alma duerme.

El otro día me definían a una persona con palabras fuertes. Me decían que esa persona era ególatra, que buscaba el poder de forma desmedida y que si no lo poseía y dejaba de estar en el centro haría cualquier cosa para recuperar su posición de liderazgo. Me impresionó el juicio sobre aquel a quien yo no conocía. No sabía muy bien el motivo de su desahogo. Quizás me parecieron exageradas sus palabras. Tal vez nadie debería describir así a otra persona, sin caridad. Quizás podía tener razón en alguna de sus percepciones. Dejé de pensar en la persona en concreto y me centré en aquello que despertaba en mí disgusto. El ansia de poder desmedida, el deseo de estar siempre en el centro. Me quedé pensando en mi vida y en la de tantos. ¿No es acaso la búsqueda de poder una tendencia muy común en el alma? Quiero controlarlo todo, quiero saberlo todo, quiero estar al mando, en el centro, quiero que las cosas se hagan a mi manera, como yo creo que es mejor. Me cuesta exponerme a que fracase un plan por haber delegado demasiado. Los demás fallan y cometen errores, yo no, pienso. Es el deseo de poder un ansia que crece en el alma con fuerza. ¡Cuántas veces busco el centro de forma desmedida! Mi ego, mi pobre y herido ego, crece por encima de cualquier otra motivación queriendo ser amado. Es como si quisiera vivir en el centro para experimentar el reconocimiento y descubrir que soy valioso. Es como si quisiera que todo pasara por mí para que nada quedara navegando a la deriva. Quisiera que me informaran siempre, que me pidieran consejo, que me pidieran incluso permiso para hacer tal o cual cosa. Cuando mi ego es desmedido acaba enfermando el alma. Es así de duro. Cuanto más giro en torno a mi yo, a mis necesidades insatisfechas, a mis proyectos incumplidos, a mis sueños no realizados, más frustrado me siento con este mundo que no valora todo lo que hago, todo lo que doy, todo lo que sé y controlo. Vivir pendiente del ego es una enfermedad en la que el hombre cae con facilidad volviéndose un ser egoísta y ególatra. Adora su ego. Adoro a mi persona. ¿No soy acaso testigo de esta debilidad en mi propia vida y en la de tantos? El deseo de poder, de control, de saber. Un ansia desmedida de ser reconocido por el mundo, por Dios. El egocentrismo me lleva a vivir limitado, atado, encerrado dentro de las barreras y murallas que va construyendo mi ego enfermo. «Si la naturaleza humana se retira de su prisión en Dios, cae en la prisión de un ídolo. En última instancia, tarde o temprano se ahogará, esclava del yo y poseída por el yo. Enfermará psíquicamente y arrastrará también al cuerpo a la enfermedad. Esta es la imagen que ofrece el hombre moderno, fugitivo de Dios y psíquicamente enfermo. Para recuperar la salud, el hombre moderno depende esencialmente de su regreso al tú personal divino. Si no halla el camino hacia él, su naturaleza no alcanzará plenitud y no podrá sanar» . Esa enfermedad del egoísmo acaba turbando mi alma. Tengo claro que el corazón que vive así acaba enfermo, raquítico y herido por dentro, como comenta el Padre. ¡Qué difícil resulta salir de mi prisión interior! Todo me afecta, todo me duele, todo me inquieta y me pone inseguro. Necesito crecer para salir fuera de mí, de esa prisión interior que me he construido adorando mi ego. Un ídolo que ha reemplazado a Dios en mi corazón. Me digo que es Él el centro, que sin Él no puedo vivir ni caminar. Me equivoco. Soy yo el que está en el centro. Yo el que quiere sobresalir siempre. Quiero que el mundo gire en torno a mí. que las personas reaccionen como yo deseo. Mi alma enferma se busca a sí misma. «El amor propio es un impulso primordial de desarrollo y conservación de sí mismo. Está originariamente asociado y relacionado con la naturaleza de todos los seres vivientes. Un ser viviente que no se ame a sí mismo habrá de sucumbir. Sólo que puede resultar difícil trazar la línea divisoria entre amor propio y egoísmo» . El paso que me lleva a convertirme en un ególatra enfermo es una línea muy sutil. Puedo traspasarla sin darme cuenta buscando calmar la sed de amor que sufro. Quiero ser reconocido más de lo que realmente necesito. Me obsesiono. La obsesión es una enfermedad que atenaza mi voluntad impidiéndome dar un paso fuera de mí, un paso que me libere de mis esclavitudes. Por eso necesito anclarme en el corazón de Dios para dejar de vivir buscando ídolos que calmen mi sed infinita, mi necesidad de amar y ser amado. Quiero vivir volcado en Dios, en su amor que todo lo llena. Necesito ahondar, cavar hondo dentro de mi alma. Buscar a ese Dios escondido que quiere darme la paz para que viva en su presencia. La paz de Dios que tanto necesito. Quiero descansar en Él y que Él lleve el gobierno de mi vida. No quiero mandar yo, no quiero ser el centro, ni decidir lo que se hace o se evita a cada paso. Es una decisión que tomo buscando mi libertad, mi plenitud. Lejos del amor a los ídolos brota con más fuerza un amor generoso. Lejos de mi ego enfermo el tú se convierte en alguien que despierta mi misericordia. Me acerco al que más me necesita. Lo busco junto a mí, pero fuera de mí, saliendo de mi prisión ególatra. Vivir es vivir amando, entregando, no guardando.

Una cosa es la fe, mi experiencia de Dios que me lleva a creer y otra aquello en lo que creo. Creo porque amo. Creo porque me he encontrado con Jesús y Él lo ha cambiado todo en mi vida. Creo en Él que me acompaña en medio del caos, en medio de la incertidumbre y sostiene mis pasos. Esta fe es la más importante. A menudo le pido a Dios que aumente mi fe, que la haga más sólida, más firme. No le estoy pidiendo que aumente el número de cosas en las que creo. Lo que deseo es que aumente esa fe en Jesús que me hace amarlo con más fuerza. Le pido que me enseñe el camino más claro, que me abrace por la espalda para no sentirme solo. Esa experiencia profunda es la que determina si soy realmente creyente o no lo soy. La profundidad de mi fe. Las raíces hondas que se adentran dentro de la tierra de mi alma. En lo más hondo de mi ser. Esa fe es la que necesito reforzar. Nada podrá cuestionarla. Comentaba Sor Verónica, fundadora de Iesu Comunio: «Nuestra fe es en un Dios que se entrega y se derrama. Cuerpo entregado, sangre derramada. ¿Tú te crees que se puede tocar a Jesús? Extiende la mano y cree que está. Si no te lo crees te paralizas. Tengo que extender la mano. Estás tocando la vida. Esto es la fe». Mi fe es muy concreta, es personal. Creo en Él. Creo en su verdad en mi vida. Creo que puedo tocarlo en medio de mi camino. Creo que me mira conmovido cada mañana y me enseña a caminar. Esta fe es la que me sostiene en tiempos de incertidumbre. Siempre he sentido la vulnerabilidad en mi vida. He notado mi fragilidad y he visto la fugacidad de los momentos de cielo. He palpado la herida en la piel, en el alma. Y he sabido que sólo su poder, el de ese Jesús enamorado, podría sanar mi corazón herido. Esa fe es la que me sostiene cuando no sé muy bien cómo va a seguir el camino. No alcanzo a comprender la niebla que oculta mis siguientes pasos. La fe en Jesús me ilumina siempre. Así ha sido desde que me encontré con Él en el camino. Eso me da tanta paz. No sé si mi fe es a prueba de golpes. La vida me los dará, ya lo ha hecho, y pondrá a prueba la hondura de mi amor creyente. ¿Dejaré de creer cuando las cosas no sean como yo había soñado? Veo a personas que pierden su fe cuando las circunstancias se tornan muy adversas. Perecía que Dios era estupendo cuando sus planes se realizaban sin contratiempos. Y súbitamente todo cambia y se complica. ¿Permanece viva la fe? Es como si muriera de golpe y aquel Dios amoroso en el que se creía desapareciera delante de los ojos. Se esfuma la fe como un leve barniz extendido sobre la piel. Le pido cada día a Jesús que aumente mi fe. Que la haga honda para que no dude de su presencia, de su amor. He escuchado oraciones tan valientes que se han quedado reducidas a poesía cuando la vida ha seguido otro rumbo. Cuidado con lo que prometo, con el amor eterno que aseguro. Cuidado con esas promesas dichas en el momento de felicidad, como Pedro en lo alto del Tabor que quería que ese momento fuera eterno. La fe probada es la que merece la pena, la que importa. Sobre esa fe de raíces firmes quiero yo asentar mi vida. Tocar a Jesús con manos firmes. Sujetándome a Él en medio de mis miedos. Leía el otro día hablando sobre el verdadero cristiano: «No se ve liberado del sufrimiento, pero sí de la pena de sufrir en vano. Su fe no es una droga ni un tranquilizante frente a las desgracias. Pero la comunión con el Crucificado le permite vivir el sufrimiento sin autodestruirse ni caer en la desesperación» . Vivir unido al crucificado me da fuerzas para caminar, para subir montes, para aguantar enhiesto fuertes tormentas. Esa es la fe que suplico cada mañana. Luego está la otra fe. Es la que me permite creer en ciertas cosas, en aquello que la Iglesia predica como valores fundamentales de nuestra fe. Es el contenido del depósito de la fe. Aquello en lo que creo por el hecho de ser cristiano y seguir a Jesús. Ese contenido de mi fe determina mi manera de vivir. Va modelando mi estilo de vida. Configura mi forma de enfrentar las dificultades, la vida misma. Tengo que saber dar razones de mi fe cuando los que no creen me pidan que explique por qué yo sí creo. El contenido es menos importante que la persona en la que creo. Pero es valioso confrontarme con esas verdades y ver cuánto creo en ellas. Tienen que ver con la vida de Jesús, con su forma de amar y entregarse por los demás. Creo en ese Jesús que ama y vive anclado en el corazón de su Padre. Necesito profundizar en esas verdades. Saber por qué la Iglesia afirma ciertas cosas. Pero esa fe sin estar apegada a la persona de Jesús se queda convertido en algo superficial que no me da la vida. Hoy le pido a Jesús que aumente mi fe en Él. «Una fe garantizada y sostenida por Dios, que de todas maneras tiene la seguridad de un ‘péndulo’ que cuelga flojamente. Vivimos frecuentemente en verdades que consideramos muy evidentes, pero que en sí mismas constituyen una gran audacia» . Le pido a Dios esa fe que me haga creer y confiar contra toda esperanza. Que me permita vivir atado a su corazón para saber en qué creer y qué pasos dar.

Mi corazón no está tan abierto al cambio como a veces afirmo con los labios. Digo que sí, que soy flexible y abierto a lo diferente, a las novedades, a las innovaciones necesarias en la vida. Que estoy dispuesto a dejar de hacer lo que no me da vida y elegir siempre lo que me hace crecer como persona. Que voy a optar, digo, por los demás, antes de buscar egoístamente mi propio interés, pero luego veo que no es así. No acabo de querer cambiar porque cualquier cambio es difícil. Y cuando luego cambio, y me libero, en cuanto comienza la sed y el hambre tan propios del camino, tiemblo y me acuerdo de placeres pasados nunca olvidados. Hoy escucho lo que Dios le decía a su pueblo que le había mostrado su rebeldía: «No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masa en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras». Ese pueblo, hijo de sus entrañas, había dudado de su amor infinito en medio de las dificultades del desierto. Había tocado el hambre y la sed (Ex 17,3): «¿Para qué nos hiciste salir de Egipto? ¿Para matarnos de sed, junto con nuestros hijos y nuestros animales?». A menudo me quejo de Dios cuando las cosas no van tan bien como esperaba. Y le echo la culpa a Él de mis propias decisiones, por haber sido valiente. Algunas de esas decisiones fueron acertadas. Otras tal vez no lo fueron tanto. Ya no lo sé bien. Creí seguir a Jesús en muchas de ellas y eso alegró mi corazón. En otras decisiones seguro que esquivé sus pasos y seguí intuiciones falsas creyendo optar por su camino. Lo cierto es que cuando vuelvo a tener sed, o hambre de cielo en medio de mi desierto. O cuando mi alma sueña con tierras más verdaderas o con manjares más exquisitos que los que ahora poseo. En esos momentos en los que deseo un vergel que dé descanso a mis huesos. Entonces cuando sólo encuentro ante mí un secarral, es cuando todo mi ser desea un abrazo eterno que calme esa necesidad tan mía de ser amado. En esos momentos tan fríos y duros en los que me siento solo. Es entonces cuando vuelvo la mirada altiva a Dios y le exijo obras que no veo y frutos que no contemplo y una paz que no me abandone. Y entonces me veo como ese pueblo en el desierto recordando, siendo libres, esa tierra de la esclavitud abandonada a sus espaldas, esa tierra llena de manjares nunca olvidados. Esa tierra que retenía mis pasos cuando eran esclavos y se apegaban a la tierra sin alzar la vista al cielo. Porque en la esclavitud el pueblo judío, como yo mismo, no tenía hambre, ni sed. El corazón busca saciarse con bienes pasajeros que colman sólo por un tiempo. Pero con el paso de la vida me olvido de su fragilidad y los idealizo. Y pienso que aquellos manjares tan fútiles eran mejores que las renuncias de este camino. Y sueño con el pasado ya pisado. Y anhelo un futuro que se torna incierto. Sé que llevo grabado en mi pecho el deseo de un paraíso que aún no veo. Y por eso me duelen más las piedras del camino. Pero sé que esa promesa de Dios en mi vida es real, porque por algo he nacido con ese vacío tan grande en el corazón. Me identifico con las palabras de C. S. Lewis, hablando de este anhelo de vivir en el lugar perfecto: «El hambre del hombre prueba que proviene de una raza que repara su cuerpo cuando come, y que habita un mundo donde comer sustancia existe. De la misma manera mi deseo de habitar en el paraíso es una buena indicación que tal lugar existe» . El paraíso existe dentro de mí como un deseo. Y se proyecta en el tiempo hacia la eternidad donde será cierto. Si no fuera real tengo muy claro que mi corazón no lograría dibujarlo con tanta nitidez todos los días en mis entrañas. Lo que anhelo tiene que ser real, aunque aún no logre poseerlo. Por eso no quiero olvidar la tierra prometida por Dios para mi vida, ni dejar que ese sueño de plenitud se desdibuje de mis ojos. Miro el desierto y tiemblo detenido delante de la roca seca que no me da agua. Y clamo a Dios indignado echándole la culpa hasta de mis pecados, bendita ingenuidad de niño pequeño y torpe que estalla delante de su padre. Le acuso de aquello de lo que solo yo soy culpable. Si me hubiera ayudado entonces, pienso enojado, no hubiera cedido a esa tentación seductora. Si hubiera detenido mis pasos orgullosos no habría caído de nuevo. Pero Dios no es así. No es un Dios que evite mi caída. Respeta mi libertad. Él seduce mi corazón, nunca lo fuerza. Él no se impone a mi voluntad tan débil buscando que lo siga por los caminos. Él espera paciente a la puerta de mi corazón, pidiéndome que no se endurezca. Y al mismo tiempo que me llama a dar la vida, no me lo pone tan fácil. No pone a mi disposición todo lo que preciso, todo lo que anhelo. Deja crecer en mí un deseo insaciable, para que no me quede quieto, para que no me conforme. Eso lo he ido descubriendo con los años. Simplemente me pide que confíe en sus planes, y aprenda de su forma de hacer las cosas. Quiere que lo descubra a Él oculto en la roca áspera del desierto de mi vida. Que sepa probar su dulzura en los días amargos. Y que sepa mantener la calma en las tormentas aciagas, cuando todo se oscurece. Quiere que sepa encontrar su mano sueva en medio de mi vida cuando siento que voy a la deriva. Me gusta ese Dios que me enamora con su presencia.

Hoy Jesús me pide que ablande mi corazón para que sepa amar a mi prójimo. Quiere que él esté en el centro de mi corazón caritativo: «A nadie le debáis nada, más que amor; porque el que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la ley. De hecho, el no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no envidiarás» y los demás mandamientos que haya, se resumen en esta frase: - Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera». Y tiene razón Jesús. Si lo amo a Él en el prójimo tendré vida para siempre. Leía el otro día algo muy verdadero: «La única forma de reconocer con seguridad nuestra relación con Dios es reunir y revisar todas nuestras relaciones humanas. Lo que existe en estas relaciones, también existe en nuestra relación con Dios. Esta identificación de las relaciones entre los hombres y Dios es la única forma de saber cómo la fe está o no plenamente arraigada en la vida» . La forma que tengo para relacionarme con mi prójimo tiene mucho que ver con la forma que tengo para estar cerca de Dios. Pienso en todos los aspectos que marcan mis relaciones. Peco de egocéntrico y dejo de mirar a los demás. Se me olvida que soy familia, que tengo hermanos, que amo de forma concreta al que vive a mi lado. Sus problemas son mis problemas. Sus preocupaciones son las mías. Sus miedos los comparto. ¿Cómo cuido a mi hermano? A ese que está a mi lado y me cuesta por detalles pequeños. Lo ignoro y no me pregunto qué siente, qué le pasa, qué le preocupa, qué le alegra. No sé cuáles son sus sueños en estos momentos. Desconozco dónde residen sus miedos más profundos. No quiero deber nada más que amor. No quiero dar nada más que mi vida. Pero mis relaciones humanas se centran a veces en la utilidad. Las ventajas que me da la amistad de una persona, o su amor conyugal. El beneficio que saco, el bien que me hace. Alejo de mí a los que no son tan válidos, a los que no me aportan tanto, a los que no me benefician. Y busco al que todos buscan, al exitoso, al que produce y hace las cosas bien, al eficiente. Hoy Jesús va más allá y quiere que en mis relaciones aprenda a ser sincero y a ayudar a crecer a los que Dios me confía. Me lo dice con palabras duras que me resultan difíciles de entender. Hoy Jesús quiere que ayude a mi hermano a ser mejor. No se trata de que pretenda que sea como a mí me gustaría que fuera. No se trata de eso. Sólo quiere que le diga lo que sería bueno mejorar. A veces hay personas empeñadas en que yo sea como ellos desean. Leía el otro día: «Deberías ser como yo, me dicen. Cuando muestro mi verdad todos quieren controlar mi comportamiento. Investigan cómo convencerme para hacer lo que ellos quieren. Son capaces de llegar a donde sea para controlarme». Eso no lo quiero. No deseo controlar a los demás ni decirles lo que tienen que hacer. Ellos harán su camino. Pero sí lo que Jesús quiere es que no me calle, que hable, que le diga, que rece por él, que le acompañe, cuando siento que tengo que hacerlo. Tendré que verlo en mi corazón. Miro a mi hermano y si veo que peca, que sigue un mal camino y se va a perder. En ese caso puedo hacer lo que hoy escucho: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano». Jesús quiere que no me calle lo que veo que mi hermano puede mejorar. El profeta me decía que yo era como una atalaya: «A ti, hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel». Me ha colocado en lo alto para que vea cómo educar a los que pone en mis manos. Es verdad que mi religión me une con mi hermano, no me aísla. Por eso entiendo cómo es mi amor a Dios: «¿Qué religión es la nuestra?, ¿hace crecer nuestra compasión por los que sufren o nos permite vivir tranquilos en nuestro bienestar?, ¿alimenta nuestros propios intereses o nos pone a trabajar por un mundo más humano?» . Puedo callar para caer bien. Puedo ser cobarde y no decir lo que pienso para que no me hieran, para que no me ataquen. Puedo no exponerme ni arriesgarme callando lo que muchos piensan. Es cobardía quizás. Otras veces puede ser prudencia cuando sé que mi hermano no va a aceptar mi comentario. No va a ver en mis palabras una buena intención. Pero tengo claro que soy parte de un todo. Y lo que le afecta a mi hermano me afecta a mí. Sus caídas son las mías. Y sus errores se adentran también en mi piel. Jesús lo expresa con claridad: «Os aseguro, además, que, si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». ¡Qué importante es aceptar que soy parte de una comunidad de cristianos que aspiran a la santidad! Nuestras vidas están unidas en solidaridad. Todo lo de mi prójimo tiene que ver conmigo. Vivir en comunidad es el camino para vivir en Dios. No estoy solo. El amor me une al que está a mi lado y formo entonces parte de una gran familia. Esta conciencia me gusta. Donde dos o más se reúnen en el nombre de Jesús, Él está en medio. Allí donde dos o tres lloran y claman al cielo. El dolor de mi hermano es mío y también su alegría. Por eso no me es indiferente su pecado ni su mal. Tampoco su mentira, su orgullo o vanidad. Todo tiene que ver conmigo. Mi lucha por la santidad afecta a todos. «Así el amor de la Familia nos da alas para refrenar con ahínco las malas pasiones y esforzarnos por la más alta santidad, con vigoroso espíritu de sacrificio y sencilla alegría». El amor de la familia me da fuerzas para luchar. Igualmente, el pecado y la debilidad de los míos, de los que amo, tira de mí hacia abajo, abandonándome si rumbo. Mi vida está tan unida a la vida de los que forman parte de mi camino. 

El desconocimiento de lo que hay en el propio corazón es un mal muy común. Cuánta gente conozco que no se conoce de verdad. No saben por qué sienten tal o cual cosa. Y serían incapaces de ponerle nombre a lo que les pasa. Sienten dolor, pena, rabia, tristeza, alegría. Pero desconocen las razones más profundas que alteran el mar de su alma. Viven creyendo que los que están mal son los otros, que todo lo que ellos hacen está justificado. Se sienten contentos con su vida incluso cuando reciben críticas que rápidamente descartan. Achacan estos comentarios a la envidia y a los celos de los demás. Nunca ven en sus actitudes algo defectuoso. Si pecan de egoísmo dirán que se lo merecen, que otras veces han tenido menos y han renunciado a más. Si los acusan de falsos, dirán que son veraces y son los demás los que ven las cosas de forma equivocada cayendo en la sospecha. Si los acusan de mentirosos, encontrarán alguna razón para haber ocultado la verdad. Si es la pereza lo que llama en ellos la atención, argumentarán que ellos han trabajado más que nadie y se merecen ahora un buen descanso. Se sienten puros, sin mancha y todo lo que hacen es perfecto. Y son capaces de ver con claridad los defectos del prójimo, la paja en el ojo ajeno, eso sí, salta a la vista fácilmente. Es como si la vida siempre les debiera algo. En esa lucha por sobrevivir desde el desconocimiento de su corazón viven en tensión con su prójimo. Se sienten siempre amenazados. No aceptan las críticas, porque nunca ven su lado verdadero, su cara oculta. No se conocen y se engañan justificando todas sus deficiencias. Incluso en su ignorancia se convierten ellos en los que están en lo alto de la atalaya criticando y juzgando las actitudes del mundo. No sólo no se conocen, sino que se creen con derecho a condenar a los demás por lo que hacen mal. No resulta tan sencillo entonces decirle a veces a mi prójimo aquello en lo que puede mejorar. No siempre va a entender mis palabras y va a aceptar agradecido mis comentarios. No siempre va a creer en mi buena intención. Hoy Jesús es muy claro con sus palabras y su petición me toca por dentro. Tengo que acercarme al que va por el camino equivocado para ayudarle a mejorar. Y luego no apartarme de su lado. No dejarlo solo. Socorrerlo cuando necesite mi ayuda para caminar. En definitiva, mis relaciones humanas y lo que predomina en ellas reflejan mi forma de relacionarme con Dios. Todo está muy unido en mi corazón roto. Lo humano y lo divino van de la mano. Mis vínculos humanos y la forma como los vivo me ayudan a vivir más anclado en Dios, a vivir más dentro de Él. Mi manera de mirar a los demás tiene que ver con mi forma de mirar a Dios. Mi forma de ayudarles, mi actitud cuando me ayudan a mí diciéndome lo que podría hacer mejor, tiene que ver con Dios. Tengo mucho margen de mejora y puedo acoger las críticas para mejorar y hacer las cosas de forma diferente. Hoy miro a Jesús que me enseña a vivir en familia, en comunidad. Tengo que abrirme para dejarme ayudar. Tengo que mirar a mi prójimo para ayudarle y no pensar solo en mí. Una mirada así es la que Dios me regala.

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.

sábado, 7 de noviembre de 2020

EL PAPA CLEMENTE XIII PROCLAMÓ A LA INMACULADA CONCEPCIÓN PATRONA DE ESPAÑA.







Tal día como, el 8 de noviembre de 1760 el Papa Clemente XIII proclamó a la Inmaculada Concepción Patrona de España.

A propuesta unánime de las Cortes Generales Españolas, el Rey Carlos III solicita a la Santa Sede que la Inmaculada Concepción de María sea proclamada Patrona de España. A esta petición, el 8 de noviembre de 1760 el Papa Clemente XIII firmó un Decreto proclamando a la Inmaculada como Patrona de España.

Más tarde, el 25 de diciembre de 1760 presentó la bula “Quantum Ornamenti” en la que de manera solemne ratificaba esta proclamación.

El 16 de enero de 1761 el Rey Carlos III firmaba un Decreto-Ley por el que proclamaba patrona de todos sus Reinos “a esta Señora en el misterio de su Inmaculada Concepción”. Esta disposición de Ley lleva por título “Universal Patronato de Nuestra Señora en la Inmaculada Concepción en todos los Reinos de España e Indias”.

Anteriormente los obispos de las diócesis españolas y los teólogos de las viejas universidades de Salamanca, Alcalá de Henares, Granada, Zaragoza, Valladolid y Valencia defendieron y festejaron la Concepción Inmaculada de María como dogma de la fe cristiana.

También, a instancias de Carlos III, concedió Su Santidad que en las letanías de la Virgen se añadiese a continuación de la invocación “Mater intemerata” la de “Mater inmaculada” (14-III-1767).

Cuando el 19 de septiembre de 1771 se instituyó la Real y distinguida Orden de Carlos III, se puso bajo la protección de María Santísima en su misterio de la Inmaculada Concepción, declarándola patrona de la Orden. Y conociendo que los graduados en Teología por la Universidad de Ávila no hacían de forma explícita el juramento inmaculista al tiempo de conferirles los grados académicos, ordenó “que todos los que recibieren grados en las Universidades literarias de estos mis reinos, o los incorporasen, hagan juramento de defender el Misterio de la Inmaculada Concepción, en la misma forma que se hace en las universidades de Salamanca, Valladolid y Alcalá.

El 8 de diciembre de 1854, S.S. Pío IX en la Carta Apostólica “Ineffabilis Deus” proclama el Dogma de la Inmaculada Concepción de Santa María Virgen.

Cuatro años después, el 25 de marzo de 1858, la misma Virgen en una de sus apariciones en Lourdes a Bernardette de Soubirous, se autoproclama como la Inmaculada Concepción.

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.

lunes, 2 de noviembre de 2020

ORACIÓN POR LOS FIELES DIFUNTOS

  



Elevemos una oración por los fieles difuntos. Dios de misericordia y amor, ponemos en tus manos amorosas a nuestros hermanos y hermanas que has llamado de esta vida a tu presencia.

Oremos juntos:

Dios de misericordia y amor,

ponemos en tus manos amorosas

a nuestros hermanos y hermanas

que has llamado de esta vida a tu presencia.

En esta vida les demostraste tu gran amor,

y ahora que ya están libres de toda preocupación

concédeles pasar con seguridad las puertas de la muerte

y gozar de la luz y la paz eterna.

Habiendo terminado su vida terrena recíbelos en el paraíso,

en donde ya no habrá tristeza ni dolor,

sino únicamente felicidad y alegría con Jesús, tu Hijo,

y con el Espíritu Santo, para siempre.

Amén.

 



 

Fuente: Revista Almas, publicación mensual Misioneros de Guadalupe.

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.

domingo, 1 de noviembre de 2020

CARTAS DE ESPERANZA 1 NOVIEMBRE DE 2020

 



1 de noviembre de 2020


Hermano:

«No tengáis miedo; no hay comparación entre vosotros y los gorriones. Si uno se pone de mi parte ante los hombres, Yo me pondré de su parte ante mi Padre del cielo»

«Lo importante es que la falta de perdón no me aleje de nadie y no haga crecer en mí el rencor y la rabia. Quiero la paz que me da perdonar a todos como a mí me han perdonado tantas veces»

Con un récord de 435 casos, la tasa de positividad se eleva al 8,8% y las hospitalizaciones ronzan los 500 ingresados.

Los contagios se desbocan y Asturias suma 10 nuevas muertes por el coronavirus.

Son duras la enfermedad, la muerte y la pérdida. Es duro vivir el dolor en soledad, o el abandono. Es duro este tiempo de pandemia que me aísla, para cuidarme, para cuidar a otros. Veo los estragos del virus y me duele el alma. En estos tiempos duros siento el desconcierto. ¿Cómo se puede consolar en el dolor? ¿Cómo se puede acompañar al que sufre? ¿Cómo compartir el dolor cuando no se puede estar cerca en este tiempo difícil? Sé que no bastan las palabras. No devuelven la vida, ni la paz, ni la esperanza. Son sólo palabras que se las lleva el viento y no dejan nada cuando pasan. Valen más un abrazo, un te quiero, una mirada, un acompañar en silencio. Valen más, sin duda. Las palabras se quedan siempre cortas, no alcanzan a dar esperanza, ni paz suficiente. ¿Cómo puedo enfrentar este tiempo que vivo? No es tan sencillo intentar encontrar la luz en la oscuridad o dar calor en el frío de la tormenta. Supone dar un salto de fe, una entrega audaz de la vida. Me exige Dios soltar lo que me ata. Dejar ir al que parte. Llorar con el que llora. Acompañar en distancias prudentes como me pide el tiempo. Orar sin dejar de confiar en un Jesús que no se baja de mi barca ni tan siquiera en medio de la tormenta. Cuando todo parece hundirse ante mis ojos. Leía el otro día: «Ni el dolor ni la cesación de la vida proceden de Aquél que creó al mundo y al ser humano a su imagen y semejanza. Realmente, la muerte, y todo lo que ella involucra, como la enfermedad, el dolor, la amenaza contra la vida y la inseguridad existencial que nos genera, no forma parte alguna de la obra creadora del Señor. El ser humano fue creado por Dios para vivir en medio de la bondad y la hermosura. Y, como consecuencia, en paz y alegría» . Estoy hecho para la vida, para el encuentro, para el amor que no se muere nunca. Estoy hecho para una alegría que no pase. Mi corazón tiembla en estos momentos de incertidumbre. No puedo asegurar el futuro. ¿Antes podía? Tampoco. Pero vivía como si pudiera hacerlo, como si lo estuviera haciendo. Era yo el dueño de mi destino, el hacedor de mi camino. Vana ilusión la mía. Estaba seguro de mis fuerzas, como si la juventud no fuera nunca a dejar paso a la vejez. Como si nunca las arrugas del tiempo o de la muerte fueran a tocar mi piel, o la piel de los que amo. Tan seguro estaba de morir en la vejez, nunca antes de tiempo. Dueño de mi vida y de la vida de los míos. Y ahora, cuando todo es fugaz, frágil y pobre, me siento desprovisto de esa seguridad que tuve un día. Ya las promesas de Dios no parecen convencerme. Tampoco encuentro palabras para convencer a otros. Estoy perdido en este desierto lleno de amenazas y tiemblo. ¿Cómo se puede dar seguridad estando yo inseguro? ¿Dónde queda la fe en el Dios de mi vida? Ese Dios que anduvo conmigo desde mis primeros pasos. Sostuvo mis lágrimas en momentos duros. Y rio con mi risa cuando todo era más fácil. Entonces sí creía, porque no había dudas, ni miedos, ni angustias. Entonces sí, pero ¿ahora? ¿Cómo hago para confiar de nuevo como un niño? No es un juego. La vida no es una actuación, ni una obra de teatro. La vida es seria y se juega en cada paso que doy. Hoy me detengo sujetando el dolor de muchos, el mío propio. Le miro a Dios que me quiere con locura. Le pido que aumente mi fe tan débil. Y que ponga en mis labios palabras de esperanza. Que sepa abrazar sin romper las distancias. Y consolar sin tener que decir nada. Que pueda abrir rutas en cañadas oscuras. Y mostrar amaneceres que llenen de paz el alma. Está hecha mi vida para el cielo. Y no desdeño los pasos por la tierra. Quiero vivir con paz, aunque me duela. Entregando mis miedos y nostalgias. Sabiendo que Jesús viene para cada día. Para llenar de luz todas mis noches. Y hacerme reír de mi ignorancia. Quiere que siembre luz y color allí por donde pase. Y cuando no lo logre por torpeza mía, u omisiones de mi alma. Cuando no esté a altura de lo que otros esperan. Aún entonces confíe en que Él lo hará con o sin mi ayuda. Yo entregaré mis fracasos y caídas. Mis fiascos y mis miedos. Y sabré que es su obra, su tierra y su cielo y yo sólo su hijo que apenas logra caminar seguro. En Él confío. Le pido que aumente mi fe que ha de ser profunda si quiere resistir tormentas. Que ponga su Espíritu en mis palabras si quiere lograr algo conmigo. Sólo eso le pido.

Hay personas que son felices con muy poco. Se conforman con lo que la vida les ofrece cada mañana. Sonríen y caminan despacio sujetando el alma al cielo, alegres y tranquilos con lo que la vida les regala. No llevan cuentas del mal que reciben y tampoco del bien que ellos hacen por los demás. Valoran cada detalle, cada sonrisa, cada palabra, cada gesto. No guardan rencor cuando son heridos y perdonan, o pasan por alto. No viven orgullosos perdonando la vida a los que no responden a sus requerimientos. Son más felices que otros porque se toman con paz lo que les sucede. Seguramente vivirán más, puede ser. Y si no es así, al menos habrán vivido con más paz y alegría en el alma. Saben sacarle el lado bueno a todo lo que les pasa, incluso cuando todo se oscurece a su alrededor por culpa de la tormenta. Cuando están enfermos aprovechan el tiempo que Dios les regala y aprenden a dejarse cuidar por los demás. No les incomoda despertar la compasión de los otros. Lo viven con humildad y sencillez. Cambian sus hábitos, se adaptan a la nueva vida, recogen velas y se quedan con la barca en la orilla sin llorar la ausencia del mar hondo cuando navegaban. Ante la pérdida de lo que aman, de los que aman aprenden a valorar lo que les queda, y a quienes están a su lado. Siempre encuentran caminos de salida en lugares imposibles, cuando a su alrededor todos están perdidos. Saben reírse de la vida, de ellos mismos, cuando parece no haber motivos para la risa. Esperan siempre algo bueno de la vida cuando muchos pierden la esperanza junto a ellos. Se inventan nuevas formas de vivir, de amar, de soñar. No sobreviven en medio de las dificultades. Viven en plenitud, sin tapujos. No dejan de esperar cada mañana un nuevo día que les alegre el corazón. No tienen expectativas imposibles de cumplir sobre las personas. No las miden ni las alaban cuando se portan bien. No pretenden que se adapten los que les rodean a su forma de ver las cosas. No exigen que tengan su mismo punto de vista. No reclaman, no piden. Saben ponerse en el lugar del otro, en sus zapatos, en su alma y así pueden mirarlo con respeto. Aceptan sus límites sin exigirles lo imposible. Valoran sus actos sin pretender que hagan otras cosas. Dicen lo que piensan cuando les preguntan. No se callan sus percepciones. Pero no estallan con rabia y dolor cuando las cosas no salen como ellos esperaban. Estas personas tienen algo de Dios en sus maneras, en sus gestos, en sus palabras. Son capaces de aceptar la vida como es, aunque a veces hubieran elegido otro camino, o esperado algo diferente. Pero no se turban ante la contrariedad. Esperan alegres sabiendo que la vida siempre merece la pena y que cada día vuelve a salir el sol. Estén donde estén saben entonar notas de esperanza en lo que hacen o sufren. Siempre sueñan con mares lejanos y dan un salto audaz para navegar más hondo. Construyen hogares con sus manos débiles. Por eso me gustan estas personas realistas y soñadoras que no pretenden quedar bien con todos, ni responder siempre a sus expectativas. No se atan a lo que los demás esperan de ellos. Y son fieles a la verdad que Dios sembró en sus almas un día como una misión para sus vidas. Por todo eso me gustan las palabras de Víctor Hugo: «No, no me estoy poniendo viejo. Llevo en el alma lozanía y en el corazón la inocencia de quien a diario se descubre. Llevo en mi rostro la sonrisa que se escapa traviesa al observar la simplicidad de la naturaleza. Llevo en mis oídos el trinar de las aves alegrando mi andar. Me estoy volviendo más prudente, he dejado los arrebatos que nada enseñan, estoy aprendiendo a hablar de cosas trascendentes, estoy sembrando ideales y forjando mi destino. No es por vejez por lo que a veces se guarda silencio, es simplemente porque no a toda palabra hay que hacerle eco». Quiero vivir yo así. No quiero contentar a todos los que me piden. Tampoco espero el aplauso en todo lo que hago. Quiero conservar una paz profunda ante la vida que me toca ahora. No pretendo negar la realidad, ni cambiar lo que es imposible. Acepto la vida que Dios quiere para mí. Soy capaz de besar una vida que es imperfecta y perfecta al mismo tiempo. Bendita paradoja de mis pasos humanos, cuando sólo acaricio y saboreo destellos del paraíso que anhelo con toda mi alma. Me gustan esas personas que me quieren por lo que soy. No por lo que les doy, no por lo que les resulta útil de mí, no por mi buen comportamiento. No espero que todos me quieran así. Pero sí conozco algunos. Y ese amor hondo y misericordioso que no espera mi conversión, ni el cambio de mi forma de ser, refleja en mis pasos el amor de Dios, ese amor que me tiene Jesús. Me gustaría querer siempre así a las personas. Con libertad, sin querer que se adapten a mis expectativas. A veces me cuesta querer bien. Pero es el deseo más profundo de mi alma. Amar respetando, enalteciendo, perdonando, agradeciendo. Es el camino para ser feliz, pleno. Aunque sea de barro y falle y decepcione mil veces. Cuando no amo así, vivo con tristeza y dejo de apreciar los pequeños regalos que me entregan las personas. Porque no me bastan y espero más y rechazo ese poco que me entregan, como si no significara nada.

No quiero pensar en este tiempo de pandemia como un tiempo perdido. Me resisto a creer que detrás de este confinamiento no se esconde una oportunidad para mi vida. No acepto que me digan que pronto volveré a la normalidad de antes. No quiero aceptar como un mal menor una nueva normalidad para mi vida. Como si este tiempo tuviera que ser un detener mis pasos, un cambiar mis hábitos y renunciar a todos mis deseos de amar y dar la vida. Me niego a resignarme. Todo lo contrario. En esta contrariedad de un tiempo tan difícil. En medio del dolor de tantos y las pérdidas que laceran tantos corazones. Agobiado por una crisis que amenaza con echar por tierra pilares firmes que sostenían mi vida. Mi corazón se levanta y mira al cielo confiado. Pienso que un pájaro al posarse sobre una rama no tiene miedo de su debilidad. No le asusta que su peso pueda romperla. No mira hacia abajo con temor, porque tiene puesta su confianza no en la resistencia de su rama, sino en la fuerza de sus alas dispuestas a elevar el vuelo en cualquier momento. Esa actitud del pájaro es la que yo tengo en medio de estas adversidades que amenazan con hundir la barca de mis seguridades. Mi confianza no está puesta en la fortaleza de las circunstancias que me rodean. Como si mi estado de ánimo pudiera depender de un cambio súbito de todas las variables. Tengo puesta mis esperanzas en el cielo hacia el que se eleva mi vuelo. No tanto en las ramas sobre las que camino tranquilo. No tiemblo por si se rompen. No me angustia que no salgan adelante mis proyectos. Creo en el amor de Dios en mi vida y sé que ese amor está por encima de mis miedos. Ahora se me presente una oportunidad, un desafío ante mis ojos. Puedo crecer, puedo renovarme, puedo reinventarme. O puedo simplemente vivir amargado por la mala suerte que tengo. Lamentando todos mis fracasos. Hundido ante un momento histórico que me va a cambiar para siempre. Escribía el ahora papa Francisco: «El náufrago se enfrenta al desafío de sobrevivir con creatividad. O espera que lo vengan a rescatar o él mismo empieza su propio rescate. En la isla donde se llega tiene que empezar a construir una choza para la que puede utilizar tablones del barco hundido y, también, elementos nuevos que encuentra en el lugar» . Me encuentro en medio de un naufragio. Pero yo decido ahora qué hacer con mi vida. Puedo permanecer quieto esperando un milagro. Puedo vivir quejándome de la vida, de Dios que no hace nada y del mundo que es injusto y cruel. O puedo ponerme manos a la obra. Puedo emprender un camino imposible entre restos del naufragio. Puedo hacerlo si me dejo hacer antes por Dios. Él puede hacerlo en mí. No tengo miedo. Dios sabe que soy capaz de comenzar de nuevo. No me da miedo volver a fracasar o dejar escapar la oportunidad que se presenta ante mis ojos. No me quedo en lo negativo ni me angustio cayendo en la autocrítica. Leía el otro día: «Deseo no criticarme en demasía, sino siempre con bondad, nunca para hundirme en el vacío del desaliento y la depresión o autocompasión, sino que intentando siempre avanzar un pequeño paso hacia una mayor conciencia» . No busco la autocompasión. Me pongo decidido a hacer algo. Está en mi mano la posibilidad de salir de esta crisis renovado, cambiado por dentro, mejorado. Puedo crecer, puedo inventar nuevas rutas. Puedo creer en mí mismo mucho más de lo que nunca había creído. No quiero perder la esperanza. La fortaleza de la rama no me preocupa. Yo estoy hecho para volar, para soñar, para luchar por vivir una vida más plena de la que ahora tengo. Por eso quiero aprovechar este tiempo extraño de confinamiento y distancias, de miedos e incertidumbre, de enfermedad y de muerte. Un tiempo que no puedo soslayarlo pretendiendo que no existe. Está ahí ante mis ojos. Las cosas no van a cambiar en dos días. Lo que ahora me atemoriza no va a pasar al olvido de pronto. No le tengo miedo a mi vida como es hoy. No me quejo, no me amargo. La tomo entre mis manos y me digo que Dios la va a hacer maravillosa. Él puede hacer milagros conmigo. Puede atraerme a su descanso. Puede lograr que sueñe con una vida mejor, con una vida nueva. No me detengo. Este tiempo no es un tiempo perdido, un paréntesis en mi vida. Quiero aprovecharlo al máximo de muchas maneras. Mis vínculos no se van a enfriar, se harán más profundos, aunque medien pantallas en la distancia. No dejaré de invertir tiempo en crecer como persona, sin esperar a que cambien las circunstancias. El futuro no está en mi mano. Sí lo está el decidir con qué actitud quiero enfrentar mi vida aquí y ahora, en el presente. Es este el momento en el que Dios me pide que le siga.

Me cuesta herir a las personas. Me duele hacerles daño. Me siento frágil cuando digo lo que no corresponde, o lo escribo. Cuando omito esos gestos de cariño que los demás necesitan o esperan. El tamaño de mi cariño está relacionado con mis gestos que lo expresan. Pero no siempre lo hago bien, o no lo hago como esperan de mí, de la forma que desean. Hiero pasando por alto los gustos de los que me aman. No valoro sus opciones dejándome llevar por lo que yo deseo. Ignoro sus preferencias haciendo caso omiso de sus reclamos. Y hago daño. Me cuesta hacer daño de forma gratuita. Causar heridas que quedan grabadas en el alma para siempre. Es tan sencillo quebrar un jarrón sin pretenderlo. Y luego es imposible que las piezas encajen perfectamente. La herida ya está ahí y yo no puedo borrarla. Aunque lo intento con perdones, en forma de palabras y de gestos. No bastan. Ya nada basta. Nada sirve para reparar la herida causada. No puedo volver al instante previo al daño. El mal está hecho. Por eso me duele tanto herir, no responder al amor que me tienen, no dar lo que esperan de mí. No quiero hacer daño, ni tampoco abusar de mi poder cuando lo tengo. Olvidarme de hacer lo que me piden que haga. Ignorar al que necesita ser escuchado en un momento determinado, cuando yo no me doy cuenta. Me duele tanto causar daño a los que están ya heridos, por otros o por mí mismo con anterioridad. Me espanta cometer errores que nunca se olvidan ni perdonan. Una palabra mal dicha, un silencio mal guardado, una respuesta incorrecta, un gesto estúpido. Me duele no ser tan capaz de hacer el bien que deseo en lugar de ese mal que detesto. Me oprime el alma esa sensación de pena por no lograr los resultados que mi amor siempre ha soñado. Ese deseo de hacerlo todo bien, perfecto. Pero no puedo. Por eso me da miedo que la profundidad del daño sea irreparable. La percepción de mis acciones y omisiones es subjetiva, impredecible su eco. A menudo el daño que causo es sin intención. La convivencia, el compartir la vida, los roces, la cercanía, la intimidad. Todo hace que cometa errores. Y temo que mi ofensa nunca sea perdonada. Incluso cuando yo no me siento tan culpable. Pero creo que quizás no merezco ese perdón que busco. He hecho daño a aquel que es vulnerable. He herido sin cuidarme en mis gestos. Sé que llevar cuenta del daño que me hacen es algo habitual. Guardar en el ánimo los golpes recibidos es una actitud común. ¿Cómo se puede perdonar al que me ha hecho daño, al que me ha herido? ¿Cómo olvidar al que me ha ignorado? Los daños causados y recibidos. Las heridas que sufro y las que alguien me causa. Los olvidos que me duelen y mis olvidos que les duelen a otros. Y todo esto en un vaivén que tiene la vida. Paso de causar daño a alguien a que me lo causen a mí. Paso de perdonar a que me tengan que perdonar. Todo en un continuo ir y venir. Mi deseo de ser perdonado. El deseo de otros de que yo les perdone. A menudo me siento yo herido y tengo que perdonar. Y mi orgullo me lo pone difícil. Y confundo el perdón con el olvido. Y vivo en esas luchas internas que sufre el alma. Para no herir a nadie tendría que protegerme más. Quizás no vincularme tanto y así no crear expectativas. Tratar de no amar más de la cuenta, para no herir ni ser herido. Pero me doy cuenta de cómo es mi alma. Y no puedo evitarlo. Sé muy bien que cuanto más amo más puedo ofender y herir, y más expectativas creo. Y cuanto menos amo quizá menos daño causo, porque nada esperan de mí. Pero no amar me empobrece y no tiene nada que ver conmigo. No puedo vivir sin vincularme. Y tal vez prefiero llegar a herir sin pretenderlo, antes que no amar pasando de puntillas por la vida. Escondido en mi guarida, olvidado entre mis muros. Me veo siempre ante esa disyuntiva. O amo más hiriendo más al mismo tiempo, haciendo daño o siendo yo dañado. O amo menos hiriendo menos, escondiéndome más y viviendo sin alegría. Ese juego constante que se da entre los amantes es el que el alma desea. La vida es más rica cuando soy capaz de entregarme, de darme, de amar y servir la vida que se me confía. Entre aquellos que abrazan y aquellos que se alejan, opto por el abrazo. ¡Qué difícil amar sin herir nunca! ¡Qué difícil herir cuando no se ama! O tal vez sí, porque la falta de amor daña a quien espera más de mí, más entrega, más amor, más gestos. Entonces tampoco me sirve esconderme en una cueva. Siempre alguien se sentirá herido por mi ausencia. Vuelvo a optar por el amor, por dar la vida, por exponerme. Aunque hiera y tenga que ser perdonado o perdonar.

Hoy Jesús me pide que perdone siempre. No siete veces, sino siempre. No algunas veces, sino siempre de nuevo. El perdón es una gracia de Dios que tengo que suplicar. «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». ¿Aunque mi hermano sea reincidente en el daño? ¿Es eso posible? Perdonar al mismo por lo mismo. Mi corazón se resiste al perdón como una fiera salvaje a entrar en el redil. Llevo cuentas del mal. No quiero perdonar porque no quiere mi alma excusar al que tanto daño me ha hecho. ¿Y si la ofensa ha sido porque yo esperaba más de él? Puede ser que la culpa sea mía por esperar lo que no debía. Puse en él expectativas imposibles. Siempre recuerdo ese dicho: «No le pidas peras al olmo». Tal vez lo hice y sufrí, por no recibir lo que esperaba. Entonces no hay solución y duele aún más el daño. Porque no tiene arreglo. Porque lo que yo creía que era de una forma a lo mejor es de otra. No me aman tanto como yo amo. El amor es asimétrico, no puedo olvidarlo. Una de las partes siempre ama más que la otra. A veces puedo ser yo el que ama más. Otras es el otro el que más me ama. No quiero buscar el equilibrio perfecto, no existe. Pero duele ver que no me buscan tanto como yo los busco. No desean estar conmigo tanto como yo lo deseo. Entonces sufro porque la realidad no se adapta a mis sueños. ¿Es culpa mía? ¿Es culpa de los otros? Tal vez sería más feliz si no me sintiera herido de esa forma al dejarme llevar por mis expectativas. Ese daño que experimento me hace perder la paz. Pero no tiene sentido sufrir por lo que no puedo cambiar. No puedo obligar a nadie a que me quiera más. Pero aún así el daño permanece en mi corazón. ¿Puedo perdonarlo? No es sencillo. La decepción, la indignación, la impotencia llenan el alma. También puede ser que me hayan hecho daño a sabiendas, con maldad, con críticas y juicios, difamándome. Me han hecho daño porque no me aman, no me quieren, me tienen envidia o simplemente no soy importante para el que me ha herido. He sido víctima por sus actos llenos de rabia, odio o indiferencia. Es más difícil aún el perdón. Pienso que no se lo merece. Y mi alma se llena de ira y quiero la venganza. No quiero exculpar sus actos malvados. Pero hoy escucho: «Rencor e ira también son detestables, el pecador los posee. Perdona la ofensa a tu prójimo y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados. No guardes rencor a tu prójimo; acuérdate de la alianza del Altísimo y pasa por alto la ofensa». Estas palabras me desconciertan. La ira y el deseo de venganza me matan por dentro. Tendría que pasar por alto la ofensa, pero me cuesta mucho. No logro perdonar tan fácilmente. No sé si es mi orgullo o esa herida que tanto me duele. Es verdad que deseo la paz que trae consigo el perdón, pero no es tan sencillo perdonar. El perdón me libera de la cárcel de sufrimiento en el que vivo por mi rencor. Cuando mi corazón no olvida y la rabia vuelve a surgir muy dentro cada vez que recuerdo lo ocurrido. Acaricio mi piel herida y sufro. No me basta que me pidan perdón de rodillas, una y mil veces. No acepto perdonar porque me siento mejor así, creo que así el que me ofende está más atado a mí, pero no es verdad. Se me olvida lo más importante, cuando perdono lo hago por egoísmo, por mí mismo. Porque yo necesito liberarme de la prisión del rencor. Necesito tener paz y no vivir atormentado. Pero a veces parece que lo que deseo es la misma muerte del que me ha herido y roto la vida. Quiero que sufra lo que yo he sufrido, pero eso no es posible. Yo también causo daño a otros. Yo no soy tan inocente. Y si no lo veo es que estoy ciego. Soy torpe y no logro ver las consecuencias de mis actos. Y si yo no perdono a mi prójimo, ¿qué queda para mí? Mi corazón se resiste al perdón de forma inmadura. Me gustaría poseer un corazón nuevo que sepa perdonar al que me hiere. Me falta mucho amor en el alma. Me cuesta perdonar al que repite el daño una y otra vez. Un reincidente en el mal no merece perdón. Tengo claro que sólo el perdón me sana por dentro y me libera de todas mis cadenas. El perdón humilde. El perdón que es don de Dios.

Quiero perdonar, pero muchas veces veo que el perdón parece imposible. Mi corazón se resiste. A menudo he hecho mío el dicho: «Esto no tiene perdón de Dios». Se me olvida que Dios perdona siempre. Se me quedan hoy grabadas las palabras de Jesús: «¿No debías tener tú también compasión de un compañero, como yo tuve compasión de ti?». Sí. Debería perdonar como Dios me perdona a mí. Porque tengo claro que la misericordia es el rasgo esencial de Dios: «El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades. Te colma de gracia y de ternura. No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas». Es un rasgo divino, pero no parece muy humano. Lo normal del hombre es ofender y guardar rencor. Brotan la ira y la rabia como respuesta a la ofensa. Surge el deseo de venganza cuando sufro una injusticia. Quiero que le pase al abusador, al que me ofende, al poderoso que se aprovecha del débil, lo mismo que yo he sufrido. O que se muera para que nunca más vuelva a causar un daño a nadie. Que el que hiere desaparezca de la faz de la tierra. Me cuesta creer que el malvado pueda cambiar. No es posible. Va a seguir haciendo lo mismo, va a continuar haciendo daño a los hombres. Hiriendo con sus gestos y palabras. No quiero que haga más daño. Y quiero que sepa lo que se siente cuando alguien te hace daño de esa forma. Es lo que el corazón desea. Pero Dios no es como yo. Es compasivo y sufre con mis caídas. Mira mi miseria y necesita abrazarme para que experimente su calor de Padre. Le duele en lo más profundo que yo no sea como Él. Detesta mi falta de amor y de perdón. Él me mira a mí compasivo y perdona siempre todas mis debilidades. Leía el otro día: «Ahora sabemos cómo nos mira Dios cuando sufrimos, cómo nos busca cuando nos perdemos, cómo nos entiende y perdona cuando lo negamos» . No me doy cuenta de ese poder que tiene el amor de Dios. Él sí perdona siempre. No lleva cuentas del mal. Olvida todo lo que he hecho y no recuerda ninguno de mis pecados. Su misericordia infinita me parece inalcanzable. Yo la he vivido. He tocado su amor imposible. Por eso hoy Jesús me plantea un ideal inalcanzable. Quiere que sueñe con perdonar siempre y a todos. Miro mi propia vida. ¿Cuántas veces he acariciado la misericordia de Dios? ¿Cuántas veces he sentido en mi piel su perdón poderoso? Una de las oraciones más antiguas invita a orar diciendo: «Oh Dios que revelas tu omnipotencia sobre todo en la misericordia y el perdón». El poder de Dios es la misericordia. Y eso que a mí me suena a debilidad. Un Padre que perdona al hijo pecador que regresa arrepentido. Un Jesús que no lapida a la mujer adúltera. Una mirada de Cristo que perdona las negaciones de Pedro. Un Dios poderoso en el perdón. Es la forma que tiene Dios de mostrar su omnipotencia. Lo puede perdonar todo en mí, haga lo que haga. Eso me conmueve y me alegra. Pienso en mis pecados. Analizo mi alma débil y llena de rencores, de ira, de odios camuflados y justificados. Jesús me mira conmovido. Sabe cómo soy. Me perdona sin condiciones. No espera que yo sea como Él. Pero a mí me gustaría vivir lo que hoy dice Jesús: «Si cada cual no perdona de corazón a su hermano». Dios quiere que se obre un milagro en mí. Que al ser perdonado cambien mi alma y mi mirada. Se ensanche mi corazón y deje de ser rencoroso. Y pase a pensar como hoy dice S. Pablo: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor». No vivo para mí, vivo para Cristo. Y por eso tiene sentido. No perdono por mi fuerza de voluntad. Sino por la obra de su gracia en mi corazón. El perdón es un don de Dios que no me puedo cansar de suplicar cada mañana. Pero antes de recibirlo doy un paso y lo suplico. Quiero perdonar a mi hermano por lo que me ha hecho. Haya sido de forma imprudente o movido por su malicia. No importa. Lo perdono igual y le pido que me regale Dios el perdón. Que su gracia me cambie. Ese perdón me salva, me libera, me hace más hijo, me alegra. Doy lo que recibo. No actúo de forma diferente. Por eso es tan valioso no olvidar nunca el perdón que me ha dado Dios. Y tampoco olvidar el perdón que me han dado mis hermanos. Me han soportado muchas veces. Han olvidado mis impaciencias, mis estados de ánimo cambiantes, mi mal carácter, mi genio, mis exabruptos. Me han perdonado cuando no he estado a la altura, cuando he hecho daño con mis palabras y gestos. Han pasado por alto mi orgullo y mi vanidad. Han respetado mis tiempos, mis manías, mis costumbres. Se han adaptado a mis deseos. Han seguido mi juego y se han dejado hacer por mis planes. Me han perdonado una y otra vez. ¿Por qué siempre recuerdo con más facilidad las ofensas que los perdones que he recibido de mis hermanos? El perdón que recibo me recuerda que soy de barro. Estoy en deuda. Muchos en mi vida me han perdonado. Mis padres tantas veces, mi familia, mis hermanos, mis amigos, mis hijos. Me han perdonado por ser yo mismo, por tener este carácter, esta forma de ser. Han perdonado mis omisiones y mis palabras duras. Han pasado por alto tantas cosas y a mí se me olvida. Estoy en deuda. No están ellos en deuda conmigo. Vivir en deuda me hace más humilde. Experimento mi pobreza y asumo que no lo sé todo, no lo puedo todo. Si Dios quisiera ajustar cuentas conmigo saldría perdiendo. Si lo quisieran hacer mis amigos y hermanos, lo mismo. Esa deuda no la puedo pagar. Acepto que el amor es asimétrico. Pero me animo a pedirle a Dios que cambie mi corazón y lo vuelva compasivo y misericordioso como el suyo. Que sepa perdonar. Que se lo diga a quien me ha hecho daño. O también me lo puedo callar. Lo importante es que la falta de perdón no me aleje de nadie y no haga crecer en mí ni el rencor ni la rabia. Quiero la paz que me da perdonar a todos como a mí me han perdonado tantas veces.

 

Enviado por:

Jesús Manuel Cedeira Costales.